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17 min
Bruma
Suspense |
12.10.17
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Sinopsis

Los que han cruzado alguna vez el bajo Caribe en barco sabrán al instante de lo que les hablaré a continuación: que existen, en estas costas siempre extensas, blanquísimas y cubiertas de verde selva, fenómenos que podrían calificarse de inexplicables, y no me refiero con esto a los sucesos que normalmente ocurren, de año en año, en la zona del Triángulo de las Bermudas, que, para mí, no son más que accidentes y descuidos profesionales. Me enfocaré en describir uno de los fenómenos más extraños que jamás haya presenciado sobre la cubierta de un barquito pesquero impulsado a vapor.

Los que han cruzado alguna vez el bajo Caribe en barco sabrán al instante de lo que les hablaré a continuación: que existen, en estas costas siempre extensas, blanquísimas y cubiertas de verde selva, fenómenos que podrían calificarse de inexplicables, y no me refiero con esto a los sucesos que normalmente ocurren, de año en año, en la zona del Triángulo de las Bermudas, que, para mí, no son más que accidentes y descuidos profesionales.


Me enfocaré en describir uno de los fenómenos más extraños que jamás haya presenciado sobre la cubierta de un barquito pesquero impulsado a vapor, el «Bombón Playero», propiedad de un norteamericano exiliado en Puerto Cortés, profesor de biología en el pasado y que sentó cátedra en algunas universidades de la hoy emergente ciudad de Nueva Orleans.


Por raro que esto se justiprecie, dada mi posición de mil usos y severa rudeza en las artes de la civilidad, el día que conocí a míster Hastings en un antro del puerto –el día de San Juan del 2011– entre ambos surgió casi espontáneamente una conexión que concluyó con mi adherencia absoluta a las huestes del piélago.


–¡Fuera con el gringo playero! –había escuchado gritar a los marinos detrás de la cortina carmesí que hacía de puerta en el bar.


Míster Hastings, cuyo rostro era toda afabilidad, aunque esa vez lo tenía desencajado del miedo y la sorpresa, se encontraba rodeado por un grupo de maledicentes lobos de mar, si se me permite el cliché (y este mismo cliché también), en quienes vibraba, burda y tétricamente, aquella música repleta de mezclas rancheras, Tex Mex, Fiebre de Sábado por la Noche, sudor y el incandescente color rojo de unas lucecitas un tanto apagadas.


–¿Machín, eh? –lo provocaban, dándole de pechugones.


–¿Qué les hizo este hombre? –intervine; en realidad estaba enamorado de la vedette principal del serrallo y me interesaba más por evitar la pelea que bien valdría el cierre temporario del lugar y con ello mi fallido romance.


–¿Y a vos, bombón, quién te ha llamado? –me dijo uno de ellos, mofándose.


–Déjenlo –les dije, irguiéndome–. Es un pobre gringo.


–¿Qué sos vos de él? –me inquirieron.


–Un amigo.


–Ah, su amigo, ¿su amiguito?


–Sí.


–Pues tené –uno de ellos dejó escapar un golpe.


Me lo capeé y saqué el yatagán con el que suelo rajar tiburones. Recularon. Sus ojos hervían de sangre. Hice unas cuantas fintas y eso bastó para que lo dejaran en paz.


«Maje», me gritaron cuando subían por la avenida.


–¿Por qué el enojo? –le pregunté al gringuito.


–Por nada –me contestó riendo con pena.


–¿Cómo que por nada? –le reclamé.


–Por mujer…


–¿Lina?


–No saber cómo llamar –me respondió–: grandes caderas, ojos cafés y piel canela.


–A la gran… –exclamé y me puse la mano en la frente.


–Yo no saber que a hombres gustar tanto…


–¿Se encuentra bien?


–Sí.


–Vengase por unas cervezas, pues –acabé invitándolo.


Míster Hastings era un hombre versado en muchos tópicos y era igualmente incapaz de bajar la guardia, es decir, de callar y, a pesar de la intoxicación, mantenía una actitud de abierta crítica ante las cosas que él consideraba, más que injustas, estúpidas. Cualquiera se cansaba de oírlo, pero yo, solo como estaba, sentía la necesidad de escuchar voces humanas pues estaba harto de la soledad del mar; habló de todo, empezando por el desastre del Katrina, y al decir esto enrojecía de la ira:


«Autoridades de América peor que ustedes. Mejor enviar ingenieros de acá para dar clases de ciencias allá. Desastre en ciudad, no por Katrina sino por gente que no saber hacer simples diques de concreto.»


–No exagere, míster Hastings –le decía, riéndome, con una cerveza en la mano–, si allá sólo genios imperan. Además, ¿quién puede contra la Madre Naturaleza.»


Nou, nou, nou, oh nou… –objetaba.


Al final, Lina, la vedette de mis ojos, no salió a bailar en la pista. La esperé toda la noche, le envié un mensaje por el celular, pero recibí como respuesta una total indiferencia.


–Venir conmigo al barco –me pidió Míster Hastings que me veía como quien mira a un condenado–. Trabajar a mi lado en el «Seed o´Love».


–¿Sidolov? –le pregunté extrañado.


–¿Feo nombre, verdad?


–Creo que sí.


–¿Cuál proponer?


–No sé.


–Ocurrir uno –dijo carcajeándose.


–Dígalo, pues.


Bombón Playero


–Ja, ja, ja… Buena la broma, Míster Hastings.


–A mi gustar.


–Póngale así, pues.


Nos dedicamos a surcar el Caribe en busca de tiburones. Yo con mi yatagán en la izquierda y el viejo Hastings con el arpón a su derecha. La venta resultó ser de las buenas, para exportación, y en poco tiempo nos hicimos de equipos tecnológicos de última clase, principalmente del sonar y el GPS, tan útiles para dar con los bancos de estos filudos leones oceánicos.


Creo que lo más preciado del Caribe es su amplitud, su insondabilidad, su quietud traicionera, su olor, su inconfundible olor a felicidad, ritmo, dientes blancos y tegumentos prietos y salados.


No voy a desmentirlo, y en esto creo que tenía que ver la baja estima que me envolvía esos días –no, no crean que se debió a lo que me ocurrió con Lina–, me empeñe en cazar al más grande depredador marino, el tiburón blanco que los navegantes apodaban «Gran Segueta»; míster Hastings gustaba de hacerme bromas por ello.


«Antes que usted atrapar tiburón gigante, venir Día del Juicio, mi querido Narciso Way».


–No crea, míster, no crea –le decía, expectante–. Cuando lo encuentre me la juego toda. Ya va a ver.


Y lo decía en serio.


Primero porque quería sobresalir en algo siquiera una vez en la vida, y segundo, por callarle la boca a un montón de tunantes que me mantuvieron atado a los infiernos por un tiempo. Sería mi revancha, mi dulce y triunfal venganza. Me esforcé por capturarlo, en tanto que, con mi elevada productividad, míster Hastings seguía añadiendo nuevos equipos a la embarcación.


–Sonar hipersensitivo –me dijo orgulloso de su nueva compra–. Con esto encontrar usted al «Gran Segueta».


–Seguro –le dije, suspicaz; sólo confiaba en mi instinto.


Como todo imprudente, mi obstinación no tardó en ser desenmascarada: sabedores de mi encargo, en cada puerto se me acercaban hombres para darme detalles sobre los últimos avistamientos, y con espanto en los ojos me relataban los estragos acometidos por el «Segueta» a lo largo de las costas mesoamericanas, desde el Golfo de México hasta Barranquilla, en Colombia.


«Cerca de la isla de Guanaja fue visto devorando a un hombre, un alemán que surfeaba en aeroplano; pegó un salto de diez metros, lo masticó con sus dientes angulosos, y luego se perdió en la fosforescencia del Caribe».


–Será mío –murmullaba.


«Pero algo extraño ocurre cuando se presenta», agregaban. «Lo envuelve una especie de bruma, una oscuridad que enceguece a los testigos y a las mismas víctimas. Es como si, al verlo entrar en acción, el espacio, el tiempo, se borraran, como si alguien, una mano divina, decolorara el dibujo de la realidad con un borrador. De pronto todo desaparece.


»De hecho –continuaban–, esa bruma se ha convertido en un acontecimiento internacional que provoca temores y emergencias, e incluso se han levantado reportes acerca de su existencia en varias ciudades cercanas a los puertos. En fin, que la aparición del animal es un signo que trae consigo una serie de coincidencias fatales, entre ellas, accidentes aéreos, hundimiento de barcos, desapariciones de personas y lluvia de animales de toda clase, ya sabe, ranas, gusanos y hasta peces.»

Sabía que aquellas habladurías, propias de la profesión, eran parte del mito o quizá, mejor dicho, de una suerte de oposición para verme fracasar, cosa que acrecentó mi compromiso. Lo atraparía, le hundiría el arpón en lo profundo de sus agallas para acabar rajándolo por en medio con mi yatagán y después lo alzaría a vista de todos en cada puerto. No habría piedad, no, puesto que nadie la había tenido conmigo, no, señor, nunca conmigo.


Míster Hastings solía apuntar todo lo que veía en el océano sobre las páginas de su bitácora y, lo risible del asunto, es que lo hacía en su mal español. ¿Por qué motivo? No lo sé, puesto que nunca avizoré en su rostro manifestación alguna de angustia.


–Venir a ver esto, Narciso Way –me llamó ese día soleado cerca de la Isla de San Vicente, abandonando la escritura–. Creo que al fin hallarlo.


Le creí porque sentí una gran agitación en el corazón.


–Entonces prepárese –le dije–, que hoy nos toca.


–¿No tener miedo? –me preguntó, sonriendo.


–Le tengo más miedo a las personas –le contesté–. Uno nunca sabe que esperar de ellas.


–Ahí estar –dijo apuntándolo en la pantalla–. ¿Salir al camino con la colocación de cebos en la superficie o bajar con arpones al agua?


–Bajar con arpones al agua –le respondí certero.


–Usar trajes con mallas…


No lo dejé terminar; desnudo, me aventé desde la proa con el arpón alzado entre mis manos.


–¡Hombre necio! –me gritaba–. Esperar jaula, ¡esperar jaula, hombre tonto!


Su voz se perdió en las ondas del mar mientras yo descendía, impetuoso, con ansias de socavar la última fábula de los simples mortales. Nadaba rompiendo las aguas que me resistían, hasta que lo encontré, hasta que lo tuve bajo mis pies. No solté aire de mis pulmones.


Era difícil de distinguir, principalmente porque la luz del sol empezaba a debilitarse mientras avanzaba en las profundidades. Se veía borroso, envuelto en un halo, una burbuja licuosa que parecía –en vez de repeler las correntadas– absorber su energía hidráulica tal si fuera un motor de combustión.


Una enorme bruma desfiguradora emergía desde adentro disipando lo que se asomara a su alrededor.


«Es cierto», me dije. «El Gran Segueta no es un mito».


Más tardé en decirlo que en advertirlo pues pude observar, al acercárseme, que paredes de agua me rodeaban y temblaban, en vórtices, a mi lado. Corrientes de vapor me sitiaron, en una especie de embudo. Alcé el arpón y vi, cuando cruzaba su punta por entre las columnas, como ésta se doblaba en un efecto de refracción. Estaba atrapado en un agujero y en su fondo vislumbré la silueta curvada del Gran Segueta.


Fue rápido.


Y todo empezó a borrarse, a llenarse de una bruma inmaterial, invisible, y me hallé parado sobre un umbral de acontecimientos entrecruzados sin orden ni concierto que se apañaban unos a otros a velocidades increíbles. En medio de la “niebla”, contemplé a medias una figura humanoide que parecía sostener una podadera que escupía gas. Quise lanzarle mi arpón pero me hallé paralizado.


Aun así, sacando fuerzas, lo lancé.


«¡Va por mí, Segueta!», exclamé.


No recuerdo más.


Amanecí flotando de espaldas sobre la superficie del océano. Estaba solo.


Me guié utilizando la posición del sol y llegué, en el crepúsculo, a la isla de Guanaja. Apenas podía mantenerme despierto. Pregunté a un hombre por comida y se alejó molesto. Busqué un bar. Para mi estupor, los que encontré estaban vacíos, y me acordé de míster Hastings.


«¿Qué habrá sido de él», me pregunté; y luego, viéndome a mí mismo. «¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado conmigo?».
 

Estaba atolondrado y comencé a llorar sin saber qué hacer. La isla parecía estar en ruinas, cuando horas antes estallaba de júbilo, trabajo y alegría.


Mientras me conducía por sus calles, para mi espanto, me encontré con cuerpos tirados en las aceras: su piel estaba marcada de manchas negras.
 

Cuanto más me adentraba a la isla, más llanto emergía de sus escondrijos.
 

–La bruma negra –se lamentaban–, la bruma negra.
 

«¿La bruma?»
 

«Las dos de la tarde», sonaba la voz pregrabada de un noticiero. Escuché luego el cambio de radial. El bullicio de unos políticos pendencieros copó el espacio:
 

«Es nuestra obligación», decía uno de ellos, «que a pesar de esta oscuridad que agobia al país, ejercitemos al punto nuestras funciones de legislar por el bien de la ciudadanía, y así sea este el Día del Juicio, me veré orgulloso de haberlo presenciado mientras cumplía con mi deber. ¡Enciendan las luces!»
 

Me di cuenta de que no sólo yo había cambiado, sino que el espacio, el tiempo; nada era igual que antes, nada. El aire que respiraba me sabía distinto, no a mar, pero sí a muerte. Algunos individuos me salían al paso con la boca abierta, llena de sangre, carne putrefacta y la vista desviada.
 

Corrí aterrorizado a la playa, hasta que alcancé un bote pequeño. Encendí el motor y deseé desvanecerme de aquellas orillas malditas.
 

El dolor no cesaba de martirizarme y otra vez volvió a mí el recuerdo de Míster Hastings. Con gran asombro, descubrí al Bombón Playero encallado cerca del aeropuerto de Roatán, isla abajo.
 

Subí por la proa enterrada en la arena y examiné cada uno de sus rincones.
 

No había rastro de Míster Hastings. Ya en la cabina, pude dar con la bitácora del barco.
 

«Hace treinta años que cerca de estas aguas perdí a mi amigo Narciso Way en las fauces del Gran Segueta», estaba anotado. «Y desde entonces la Niebla no ha cesado de perseguirme».
 

Esto me pareció excesivo: ¿acaso había muerto yo? Seguí dándole vueltas a las hojas; cogí otro diario.
 

«Los ataques de bruma se han incrementado. Gran parte de los marineros han reportado una gran actividad lumínica en los cielos. Bolas de luz que parecen moverse fluidamente en el espacio como si fueran células dentro de citoplasma u otras que simulan bailar en un concierto terrorífico de apariciones espontaneas no renuncian a manifestarse en el firmamento.
 

»Y luego aquellos temblores de tierra que no hacen más que provocar maremotos. Hace un mes se perdió una aldea entera en las costas de Yucatán y tierra adentro, una ciudad. Esto es increíble.
 

»He tratado de darle una explicación racional a este asunto visitando, para disgusto mío, algunas bibliotecas de Nueva Orleans:
 

»Mister Barkham Burroughs ha hecho la siguiente glosa respecto a la bruma en tiempos pasados. Por ejemplo, menciona que el 19 de mayo de 1780 este fenómeno se extendió desde el noreste hasta el este de New England, tan lejos como la ciudad de Albany y al sureste de la costa de New Jersey.
 

»Menciona incluso que esto fue inmortalizado por el poeta Whittier en uno de sus poemas.
 

»Otra referencia, más reciente y aún más inesperada, escrita en los diarios británicos fue lo ocurrido en Londres el mes de diciembre del 52´, cuando una «Niebla Asesina» se ensañó contra sus barrios más bajos matando silenciosamente a 4,000 personas de hipoxia (falta de oxígeno), infecciones pulmonares, bronconeumonía, bronquitis purulenta, y por último bronquitis crónica.»
 

Cerré un momento la bitácora. Reflexioné: ¿Por qué escribiría sobre esto Míster Hasting? ¿Y yo, dónde he estado todo este tiempo? ¿De qué se trata lo de la bruma negra?
 

Salí de la cabina y volví al bote. La desolación y oscuridad era completa.
 

Todavía cargaba la bitácora bajo el sobaco. ¿Qué pensar, Dios mío? Podía observar, a escasos metros de mí, a los vagabundos, muertos en vida, merodear por los costados de la playa. Abrí la bitácora:
 

«Por ultimo», había escrito Míster Hastings, «he encontrado un relato que me ha dejado boquiabierto. En el Medioevo, una gran cantidad de gente por toda Europa y otras regiones del mundo que fueron tocadas por la peste, informaban que los brotes eran ocasionados por una “niebla” de olor nauseabundo. Esa niebla llegaba con frecuencia después de la aparición de extrañas luces brillantes en el cielo. ¿Qué relación pueden tener estas circunstancias con las nuestras? ¿No son acaso similares?
 

»¿Qué hay sobre estas palabras?: Entre los años 1298 y1314 fueron vistos sobre Europa siete grandes “cometas”, uno de los cuales fue de una “oscuridad impresionante”. Un año antes del primer brote de la peste en el continente europeo, se informó de “una columna de fuego” divisada sobre el palacio del Papa en Avignón en Francia.
 

»En 1557, “Una Cronología de Prodigios y Portentos” de Conrad Lycosthenes, se lee: “Un cometa fue visto en Arabia con la forma de un rayo de madera puntiagudo…” La ilustración que lo acompaña estuvo basada en descripciones de testigos oculares, señala lo que claramente parece ser la mitad frontal de un cohete metido entre algunas nubes y que éste arrastraba consigo tempestades, terremotos, gases nocivos que matan los árboles y destruyen la fertilidad de la tierra…»
 

Tras leer estas líneas, desconcertado, pude recordar lo que no hace minutos me había pasado bajo las aguas mientras luchaba contra el Gran Segueta.
 

Recordaba la luz en el fondo del remolino y la bruma que salía de él, de su vórtice y aquella figura humanoide en su centro, la que yo suponía ser el gran tiburón blanco. ¿Pero había alguna relación entre esto y aquello?
 

«En Brandenburgo, Alemania, aparecieron en 1559 unos hombres horribles, de los cuales fueron vistos primero unos quince y más tarde veinte. Los primeros tenían sus pequeñas cabezas colocadas por el lado posterior, y los otros tenían espantosas caras y llevaban largas guadañas con las que cortaban la avena, así que el crujido de las guadañas fuera oído a gran distancia; pero la avena quedaba en pie. Cuando se le acercaban algunas personas, al verlos se iban corriendo con sus segadoras.”
 

¡Oh Dios!
 

«Forestus Alcmarianos escribió sobre una “ballena” enorme que él encontró, la cual tenía las siguientes proporciones: 28 ells (105 pies) de largo y 14 ells (33 pies) de ancho. La “ballena” había sido lanzada encima de la playa de Egemont por grandes olas y quedó varada al aire libre, la cual volvió luego a la mar y produjo tan grande malignidad y fetidez del aire que muy pronto estalló una gran epidemia en Egemont y lugares vecinos.»
 

Clamé, clamé de angustia de leer aquello, y vi, vi las luces encima, juguetonas al principio, aterradoras al final, ya acercándoseme.
 

Entonces me percaté de que todo empezaba a retroceder, el vuelo de los albatros, el paso torpe de los muertos vivientes, el sol, las luces brillantes que se abalanzaban, el espacio-tiempo mismo tal como si ocurriría durante el Big Crush, como si yo mismo estuviera metido en una cinta de película que corre a velocidades inimaginables hacia atrás, mientras escuchaba repetidamente, “híbridos, híbridos, híbridos”, y las aguas cayeron sobre mí… Fue terrible.
 

–¡Hombre necio! –escuché la voz repentina de míster Hastings–. Esperar jaula, ¡esperar jaula, hombre tonto!
 

Aspiré hasta el último átomo de aire. El Bombón Playero navegaba tranquilamente sobre las aguas.
 

–¿Por qué ser tan necio? –me preguntó el gringuito, enojado, de malas pulgas, junto a la cubierta.
 

–Venga esa mano –le dije, contento.
 

–Creerme –dijo, agarrándome–: Antes que usted atrapar a Gran Segueta, mi querido Narciso Way, venir Día del Juicio. Lo vi fijamente a los ojos, con ternura, alegre de estar vivo.
 

–Como rezó alguna vez su amigo Ernesto –le dije–: "Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso."

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    Al cuervo, ce vivía como productor d´espectáculos en la jungla, se le ocurrió una gran idea; el problema residía en ce, ante la feroz competenzia i´l bajo retorno de sus inversiones, no sabía cómo llevarla a cabo. Siempre listo, convenzió a sus camaradas silvestres de "c´acélla” serviría a l´Academia de Zienzias “para estudiar el comportamiento animal en un contorno mui reduzido, soziolojía, pues”, i, lo ce era mejor, sería televisado.

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