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10 min
Buenas noches
Amor |
27.02.19
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Sinopsis

Un pueblo costero casi deshabitado era famoso por sus hermosas vistas. Al contrario que otros muchos pueblos, en verano también estaba prácticamente vacío. Las casas eran muy antiguas y muchas de ellas estaban derruidas. A varios kilómetros se encontraban varios pueblos más grandes y más acondicionados para el turismo. La población de este pequeño enclave era mayoritariamente de avanzada edad. Salvo unos pocos jóvenes que teñían con un poco de vida la gris existencia de un pueblo casi fantasma.

 

Los niños para ir a la escuela debían recorrer varios kilómetros de carretera para ir a la escuela más cercana. Al estar casi incomunicados, debían ir en coche, andando o mediante algún otro medio de transporte particular. Un año iniciaron el colegio solamente un niño y una niña de la misma edad de ese pueblo. El lugar se iba marchitando poco a poco con el paso del tiempo y con la perdida paulatina de población joven. Al ser nuevos los dos, los padres se pusieron de acuerdo para llevarlos juntos al colegio.

 

Desde bien niños haciendo cosas juntos. Al conocerse desde siempre, se hicieron muy amigos con el paso de los años. De hecho, sus relaciones con el resto de compañeros eran un poco difíciles, pues se reían de ellos por ser del pueblo que eran. Eso poco a poco fue fortaleciendo su relación.

 

Los veranos tuvieron su calor abrasador y su fiesta, los otoños sus hojas muertas caídas movidas por el viento, los inviernos sus días grises y sus noches eternas y la primavera dio paso a las flores y la alegría un año tras otro. Así, fueron pasando años y años de niñez de los dos protagonistas. El pueblo se fue volviendo cada vez más un vestigio de tiempos pasados sin futuro ni presente.

 

Los padres de los dos protagonistas inculcaron el amor a lo pequeño, a lo esencial y a la vida en el pueblo a sus hijos, de una manera u otra. Ante las burlas de sus compañeros, ellos se volvieron férreos defensores de su localidad. Con 14 años empezaron a quedar después de clase para explorar las inmediaciones del pueblo. Su frondoso bosque, lleno de fauna y flora imposible de verse cerca de la vida humana les cautivó. Se perdían por sus tupidos caminos sin miedo a ninguna criatura. Con el paso del tiempo, parecía que los animales se habían acostumbrado a ellos. Los aceptaban como a dos habitantes más del bosque. Ella se subía a los árboles con una habilidad digna de una experta escaladora y se internaba en las copas y ramas no sin recibir pocos arañazos y picaduras de mosquitos. Cuando ella hacía eso, él se interesaba por las plantas. Soñaba con dedicarse a algo relacionado con la jardinería. Podía pasarse horas y horas descubriendo nuevas flores.

 

Al llegar los anocheceres, los dos se dirigían a la playa. Tirados en la arena, sin nadie alrededor que les molestara en ese pequeño remanso de paz frente a la furia del mar, observaban el final del día un día tras otro. Al no haber contaminación lumínica, las estrellas aparecían magnánimas en frente de ellos. Apenas veían negro, todo era luz en el firmamento.

 

Tras estar un rato sumidos en sus pensamientos, tirados boca arriba y cogidos de la mano, hacía las diez volvían al pueblo. Sin soltarse las manos deambulaban por las oscuras calles vacías de gente y de farolas. En esos momentos apenas hablaban, lo único que les recordaba a los dos que seguían vivos era el contacto de la piel de sus manos. Al llegar a la casa de ella, más cercana a la playa que la de él, siempre se despedían con un “buenas noches”. Nunca decían nada más, se miraban a los ojos y se despedían a la vez, soltando suavemente las manos que les unían más allá de las palabras.

 

Con todo, a él no se le daban bien las clases. Siempre dejaba alguna asignatura y al llegar a Bachiller intento seguir pero finalmente desistió. En su casa había trabajo; disponían de una huerta bastante grande en la que su padre trabajaba como horticultor, vendiendo los productos a alguna tienda de los pueblos de alrededor y quedándose con los excedentes para alimentarse. El hijo empezó a trabajar con él en cuanto dejó los estudios. Poco a poco, fue sustituyendo a su padre, cansado y envejecido debido a toda una vida de trabajo en el campo.

Ella, por el contrario, era muy buena alumna. Prácticamente no bajaba nunca del notable. Siguió con el bachiller y lo terminó con muy buena nota. Una noche, mirando a las estrellas como siempre con su amigo, le dijo que le habían cogido en una de las mejores universidades del país. Lo único malo es que estaba a diez horas en coche de su pequeño pueblo. Ella tenía a unos tíos que vivían allí y se trasladaba a vivir con ellos. Sus padres le harían periódicas visitas. Él, apesadumbrado con la noticia, le preguntó cada cuánto volvería. Ella no le supo responder, pero le prometió que volvería lo antes posible. Amaba demasiado ese lugar, con la tranquilidad y belleza que hasta se respiraba.

 

Volvieron cogidos de la mano como siempre pero, por primera vez, el silencio reinante era un tanto incómodo. Al llegar a la casa de ella, se miraron a los ojos largamente. Ninguno sabía que decir y él rompió el silencio con un “buenas noches” musitado, bajando la mirada a las manos que aún les unían y soltándose de la de ella. Sin esperar una respuesta por su parte, el chico emprendió el camino a casa.

 

No volvió a saber nada de ella hasta que su padre le confirmó que había marchado ya a la gran ciudad, ni el verano pasaba en el pueblo. El joven continuó con sus labores y por las tardes iba a recoger flores al bosque. Con las que cogía se dirigía a la playa y sin pensar mucho en ello, tiraba las flores al mar y volvía a casa sin siquiera levantar la mirada al espectáculo luminoso que se vivía en el cielo.

 

Así, las noches estrelladas se acabaron para él. Ninguna volvería a ser observada por sus ojos sin una mano cálida. Fue pasando el tiempo y los meses se encadenaban a más meses, como si el único propósito de la vida fuera pasar el tiempo, sin importar a quién o a qué se dejaba atrás. Él se volvío un hombre fuerte y curtido de salir al campo todos los días, hiciera el clima que hiciera. Alguna vez pensó en ir a visitarla, pero eso quedaba lejos de su imaginación: Nunca había salido de su pueblo y temía perderse y temía lo que pudiera haber en el exterior de su burbuja.

 

Cuatro años habían pasado desde el último buenas noches expulsado de su boca cuando la volvió a ver: Él iba hacia el bosque aprovechando el buen día de mayo que hacía. Las flores habían salido hermosas ese año, como no recordaba desde que ella estuviera allí con él. Una figura femenina se acercó a él por la otra esquina de la acera. Al principio no la reconoció, llevaba ropa cara y poco adecuada para un pueblo. Cuando ella se paró frente a él y le agarró de la mano, la reconoció. ¡Cuánto había cambiado! La ciudad le había sentado bien. Tenía hasta en la mirada un gesto de valentía y ganas de vivir que él no recordaba haberle visto antes. Sin hablar, se dirigieron al bosque. Ella llevaba unos tacones muy poco adecuados para llevar por tierra y casi se torció un tobillo. Se excusó por no haberle visitado antes, pero dijo que la ciudad la había absorbido. Había tantas cosas para hacer allí que poco a poco había olvidado sus orígenes. Sus manos aún seguían cogidas. La de ella era suave y cuidada, la de él estaba llena de rasguños y era tosca y grande. Él murmuró que la habría acompañado, pero que no servía para la vida en la ciudad, le producía pavor pensar en miles de personas a su alrededor.

 

Llegó la noche y fueron a la playa. Apenas quedaban ya habitantes en el pueblo. Los padres de ella habían marchado hacía un par de años a la misma ciudad que su hija. La madre de él falleció hacía poco y su padre parecía condenado al mismo destino, pues llevaba muy enfermo desde la muerte de su mujer. Los demás habitantes del pueblo se habían ido o habían fallecido. A la muerte de su padre, él sería el único habitante de la localidad. Aún así estaba feliz: ella había vuelto. Pero su gozo se vio truncado cuando ella le informó que ella y sus padres pensaban marcharse al día siguiente, solamente habían venido a despedirse del pueblo. Le pidió a su antiguo amigo que la acompañase a la ciudad. En ese pueblo no quedaba más que desolación y muerte. Pensativo, el chico estuvo a punto de decirle que sí. Pero miró las olas estrellarse contra la arena y el reflejo de las estrellas sobre el mar y cambió de opinión: Él era de allí y allí moriría. La chica lo aceptó, resignada.

 

Volvieron al pueblo como siempre, cogidos de la mano. Antes de despedirse hicieron algo que nunca habían hecho: Abrazarse. El joven aspiró su aroma a ciudad, muy diferente al suyo, mezcla de tierra y sudor. En ese momento se dio cuenta que nada quedaba de la chica que llenó su vida durante muchos años. La ciudad la había cambiado, como a todos. Ella no era más que otra persona de las millones que deambulan en el mar que es la ciudad. Lo que no parecía entender es que ella había sido la única que había llenado la pequeña pecera que era, en comparación, la vida de su amigo de infancia. Si lo sabía poco parecía importarle. Se separaron del abrazo y, sin mirarle a los ojos, él le dijo por última vez: “Buenas noches”.

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