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22 min
Buscando una promesa eterna
Amor |
10.12.19
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Sinopsis

Nicole lava los platos una mañana. Su marido se ha ido a trabajar. Y como todos los días decide acostarse hasta las nueve. Pero de repente mira en la televisión la noticia de que un puente en Paris esta a punto de caerse. Desde ese momento perderá la calma y...

Nicole Munro lavaba los platos en el fregadero cuando lo vio en la televisión. Eran las siete de la mañana. Su marido, acababa de irse a la oficina. Como todos los días, Nicole pensó en volver acostarse. Pero al aguardar los platos en el cajón, no pudo dejar de mirar hacia la pantalla, y vio, que se trataba de un puente de aspecto medieval, que la joven reportera de las noticias matutinas, señalaba con la mano. Se hablaba que el puente perdía nivel y estaba cerca de resquebrajarse, por un peso excesivo sobre su lomo. «Sin embargo, la autoridad ya se encuentra retirando el material, que turistas de todo el mundo acostumbran dejar, terminó diciendo la rubia reportera». Luego aparecieron unos hombres con cascos amarillos, acarreando el pesado metal en carretillas anaranjadas. Nicole le tembló el cuerpo al mirar aquellas imágenes. Pues inmediatamente reconoció a Paris. El cielo nublado, el ambiente tranquilo, la gente caminando por la calle con gruesas chaquetas y bufandas negras. Agarró el control de la mesa y pagó la televisión.

Ya en la cama, cerró los ojos, se removió entre las sabanas, buscando el lugar más cómodo, pero no pudo dormirse. Fue entonces cuando recordó el vuelo de California a Paris. Varios paseos por las tullerías, el Louvre, la torre Eiffel. Y aquél día en que Andy le pidió matrimonio. Al cerrar los ojos, veía la lámpara encendida en el puente de piedra, los edificios enfrente, y debajo, el Cena escribiendo en sus grises aguas cada palabra, mientras Andy la besaba. Dos almas unidas en la ciudad de las luces. Nicole y Andy quedaban gravados, como el nombre de Aquiles en la historia. Ni la lluvia ni el sol borrarían aquellos nombres. Se sintió segura y lo creyó eterno. Cinco años habían pasado desde aquél día. Ocho meses después del viaje a Paris se casaron. Por el trabajo de su marido vivieron en Toronto, Alaska, y ahora habían llegado a Santa Bárbara California. «Aquí nacerán nuestros niños, le dijo ella a su llegada, dos meses atrás». Le agradaba el sol. El color. Mirarse al espejo. Verse rubia, alta, esbelta y piel color del pan. Sin embargo, aquella afirmación ahora le parecía tan lejana.

A pesar de tener sueño y ganas de seguir durmiendo, media hora después se levantó, sacudió la cama, barrio el estudio, sin acordarse de que la señora Maura vendría al día siguiente a hacer la limpieza. Más tarde, aun con el frigorífico abastecido, fue al centro comercial por frutas y enlatados para la comida de medio día. Un día antes, se había negado a ir con Angelina al Rose Bowl Flea Market, pero hoy la llamó por teléfono y le dijo que podían ir a las tres de la tarde. Cuando Andy llegó a las dos, estaba alistándose. Le dijo que el almuerzo estaba servido sobre la mesa. Él la abrazo por la espalda, la rodeo con un brazo, gruñendo le mordió el lóbulo de la oreja, y dijo algo a su oído. Ella se ruborizo como una niña. Carraspeo un poco, antes de decir que había aceptado salir con Angelina. Él le preguntó si le pasaba algo. «No. Nada», dijo ella. Andy insistió. Pero ella no reculo. Dijo que se preocupaba, porque la esperaban a las tres en punto en el centro.

El Rose Bowl Flea Market estaba a treinta y cinco minutos desde la costa este. En verano, le encantaba manejar por esas carreteras tranquilas, rodeadas de un verdor en los árboles y arbustos exóticos. «En Toronto todo era rascacielos», pensó, mientras giraba el automóvil por la Avenida principal de Santa Bárbara «Y en Alaska, un frío del demonio». Vivieron dos años entre aquél frío perpetuo. Sin embargo, una tarde Andy llegó sonriente a casa, le habían dicho que pensaban trasladarlo. Querían que administrara la nueva sucursal que pensaba abrir la empresa en San Bárbara California. Aquella misma tarde salieron a cenar, y tomaron champagne por primera vez. Al recordarlo, sonrió. La futura mudanza causo locura. Nicole telefoneo a Angelina y pidió ver—por catálogo—las mejores zonas para vivir en la nueva ciudad. En poco menos de dos semanas, ya tenían la casa, las principales tiendas donde comprar muebles, y hasta las peluquerías más cercanas. Sin embargo, pasaron siete meces y el aviso de partida no llegó. Nicole empezó a desesperarse. Lloraba por las noches, ocultándose de su marido, hasta el punto de pensar en el divorcio. Pero el mal rato pasó y, una tarde de abril, llegó el ansiado aviso de partida. Inmediatamente su vida volvió a la normalidad. Al menos eso creyó en aquél momento.

Cuando se encontró con Angelina, intercambiaron besos, saludos, preguntas de los esposos y los niños de su amiga. Luego fueron al Rose Bowl Flea Market. Había artesanías provenientes de todo el mundo. Empezaron a buscar algo que les gustara. Un uno de esos momentos, su amiga, la sorprendió preguntándole del futuro hijo que pensaba tener. Nicole dijo que eso del bebé lo había aplazado para más adelante. Angelina se sintió un poco decepcionada, pero se abstuvo de comentar. Habían estado caminando por un pasillo de artesanías asiáticas y mexicanas. Compraron blusas blancas, con estampados de flores rojas bordadas a mano. Un par de sombreros de palma para ir a la playa. Más adelante un par de jarrones chinos. Luego probaron un pulque mexicano. Bebieron. Rieron por el gustó a tequila. Tequila que probaron en unas locas vacaciones en Mazatlán. Nicole pidió la botellita completa, y se la tomó de un tragó. Ambas gritaron de emoción, sonriendo. Después salieron al estacionamiento. Ya en el carro, Nicole dijo que deseaba ir a la playa. Su amiga dijo que no podía. Pero que podrían ir a su casa, y si todo estaba en orden, podían salir a algún lugar.

En casa de Angelina los niños dormían. Un rato después, entraban al bar que frecuentaban en la Universidad. Se sentaron en la barra y cada una pidió un whisky con agua. Platicaron un rato y recordaron viejos tiempos. En ese rato, se acercaron varios tipos invitándolas unas copas. Ninguna fue aceptada. A las nueve Angelina se despidió, porque en media hora llegaba su marido. Nicole trató de convencerla, sin éxito, a que se quedaran hasta las diez. Al final, se resignó a quedarse sola. Inmediatamente a que su amiga desapareció en la salida, un hombre como de veinte años, moreno y de mediana estatura, se abrió pasó entre la gente y le habló tendiéndole la mano. La música impidió escuchar lo que decía. Luego el hombre le habló más de cerca.

— ¿Bailas?

—No sé bailar—mintió ella.

El hombre no sé intimidó.

—También no sé bailar—dijo—. Pero quiero sacudirme el polvo.

Nicole rió. Extendió su mano y se dirigieron a la pista.

El muchacho tenía los ojos de un color café oscuro, labios delgados y nariz aguileña. Tenía un lunar en forma de frijol, por encima del labio superior. Después de un par de canciones movidas, bailaron baladas de los ochentas, muy cerquitas los cuerpos. Al respirar, Nicole reconoció hierba buena en su aliento, mezclado con una fragancia a madera proveniente de su camisa azul. Mirándolo de reojo, observaba el lunar ensancharse y contraerse al hablar o sonreír. ¿Cómo puedo llamarte? Escuchó que le preguntaba. «Ah... Nicole, dijo». «Mucho gusto Nicole, dijo él». Supo que se llamaba José y era de México. Ella dijo que le gustaba México. Él asintió con la cabeza.

Minutos después volvieron a la barra. Ella tomó un whisky. José un escoces. La bebieron. Luego él dijo:

— ¿Estás bien?

—Sí, un poco mareada—dijo ella—. Ahorita pasa.

—Empieza hacer efecto.

—Solo he tomado tres—. Creo que es por la cena.

— ¿Te cayó mal?

—No. Lo que pasa es que no he cenado.

Él miró su reloj. Sacó su cartera del bolsillo trasero de su jeans oscuro. Pagó la cuenta y dejo unas monedas de propina.

—Ven—dijo, levantándose del asiento—. Vamos.

— ¿A dónde?

—A un lugar más tranquilo. Y donde haya de cenar.

 

—Traes carro—preguntó Nicole en el estacionamiento.

—No. Vamos caminando. Aquí cerca hay un puesto de tacos que cierra a media noche.

— ¡Tacos!

— ¿No te gustan?

— ¿Son de lengua?

—Creo que es muy pronto para eso—dijo él.

Nicole se sonrojo.

—Hablo de los tacos.

—Ah—dijo él sonriendo—. Son de carne asada.

Nicole dijo que los tacos de asada si le gustaban. Luego se acercó a un automóvil rojo.

— ¿Qué haces?—preguntó él—. No piensas robarlo.

—jajaja. No. Este es mío—dijo ella, sentándose frente al volante.

José abrió la puerta del acompañante y subió.

Al llegar, Nicole observó—por encima de la puerta—un cartel que decía: «TACOS DON PEPE» José dijo que la esperaba adentro. Ella lo vio entrar y llegar a un pequeño saloncito, donde asomaban tres mesitas adornadas con colores verde, blanco y rojo. Al entrar en el saloncito, vio a un par de italianos cenando. La saludaron. Carlos la presentó a su madre, una señora de unos cuarenta años. No platicaron en ese momento. La dejaron sentada frente a una mesita que olía a grasa de res y salsa picante. Minutos después, empezó a oler y escuchar el mover de la carne, que alguien hacía en la pequeña cocina. Un rato más tarde, José llegó con la orden de tacos. Alrededor de los tacos traía salsa mexicana, salsa inglesa y el guacamole, todos en vasitos pequeños de plástico.  En ese momento estaba más ansiosa y hambrienta. José se sentó en la silla de enfrente, y quedó observándola. Nicole llevó un taco a la boca, pero lo detuvo a medio camino, pues observó la mirada embelesada de José. «Mira a otro lado “dijo. Por primera vez se sentía cohibida de comer frente a alguien. Él se cubrió los ojos con ambas manos, dejando una pequeña abertura entre sus dedos. «Eso es trampa» dijo ella. José, fue por una orden de tacos y volvió a sentarse. Luego empezó a comer, como si no hubiese nadie enfrente. Una rayita de salsa colorada y aguacate le escurrió por la barbilla. Nicole sonrío y siguió el ejemplo. El plato quedó como si le hubiera pasado la lengua un gato.

Eran las tres de la madrugada cuando se fue a casa. Las luces estaban apagadas. Seguramente Andy se ha dormido, pensó. No tenía sueño. Subió al segundo piso. Sirvió té helado en un vaso y salió al balconcito de atrás de la casa. Entonces rememoro lo vivido. Le había agradado aquella plática con la señora. Supo que José llegó desde Huamúchil Sinaloa con tres años de edad a Estados Unidos. Primero vivieron en Florida, donde su papá trabajaba de albañil. Cuatro años después murió, dejándola con José de seis años. La señora viajó a Texas para vivir con una prima. Ahí trabajó de cocinera en un restaurante, y conoció a su actual marido. Con el tiempo, se establecieron en Santa Bárbara, y abrieron el local de comida «Tacos don Pepe». El negocio iba bien. Les daba para vivir. José lo habían aceptado en la Universidad y estaba cerca de graduarse como Ingeniero Civil. Una hermosa historia de superación, se dijo en voz baja.

— ¿Cuál historia?— le preguntó su marido.

Al volver el rostro movió su mano y se derramó te en la blusa.

—Una que leí—dijo, abanicándose con la mano.

— ¿Y cómo te fue con Angelina?

—Bien. Compramos algunas cosas. Después fuimos a su casa y platicamos.

—Sí—dijo su marido, tomándola de la cintura—. Algo tarde, no crees.

—Un poco.

—Hueles bien—dijo él, aspirando—. Sabes. No podía dormir. Te estaba esperando.

— ¿Por qué?

—Por esto.

Su marido la beso en el cuello. Recorrió con sus labios su cara, depositando besos aquí y allá. Al mismo tiempo le desabotonó la blusa mojada, dejándole al descubierto los pechos. Se metió la yema de un dedo en la boca. La untó de saliva y acaricio en semicírculos el pezón de fresa. Nicole se estremeció.

— ¿Quieres té?—dijo ella, soltándose del abrazo, y dándole el vaso a medio beber—. Voy a darme una ducha.

Al salir de la ducha su marido lo esperaba en el cuarto matrimonial. Cuando se puso frente al espejo, se le acercó por detrás y le deslizo la toalla por los hombros. La tomó en brazos y la llevó a la cama. Tuvieron sexo del bueno. Él conocía muy bien su cuerpo. Sabía dónde tocar para que llegara al cielo. Sin embargo, más tarde, él deseó volver a repetir la sesión. Y lo hicieron. Pero cuando llevaban unos cinco minutos moviéndose, inesperadamente quiso que terminara pronto. Se montó a horcajadas sobre su hombre y cabalgo como una endemoniada. Terminaron. Su marido quedo con los ojos en blanco, sonriente. Pronto se durmió, abrazándola por la espalda. Cuando escuchó que roncaba, se soltó de su abrazo, y quedo mirando la oscuridad de la ventana entre abierta.

Tardó dos semanas en saber de José. Cuando recibió su llamada sintió que volvió a vivir. Él dijo que la llamaba de una caseta telefónica. Había perdido su celular. Y no sabía cuándo podría comprar otro. Luego platicaron de la Universidad y el nuevo trabajo de Nicole. Por último, José preguntó si podía verla en algún lugar. Nicole se negó al principio. Pero cuando él parecía que se resignaba a no verla, aceptó. Al encontrarse en una cafetería del centro, José le dijo que le había encantado conocerla, y le dio un beso en los labios al despedirse. Salieron con frecuencia a cenar o a ejercitarse en algún parque. Un sábado por la noche, fueron al teatro a ver representar Romeo y Julieta. Nicole lloró, mientras él la abrazaba, acariciándole el pelo castaño y lacio que olía a manzanas maduras. Más noche, caminaron por la playa, entre besos salpicados de sal, y vieron danzar las olas sobre la arena oscura. Esa noche se acariciaron por primera vez como amantes. Pero fue en el cuarto mes, cuando hicieron el amor en el automóvil rojo de ella. Era un jueves de otoño. Agradable. Hojas caídas. Airecillo helado proveniente del Canadá. Después de cenar en Café Monarch. Aparcaron en el parque de los sueños.  El momento fue rápido. Ligero como el viento. Al terminar nadie dijo nada. Permanecieron un rato en silencio, como esperando a retomar el aliento. Al rato, Nicole se acomodó el vestido y las bragas. Luego empezó por manejar y lo llevo a casa. Él, antes de abrir la puerta, tomó el rostro de Nicole entre sus manos y le susurró al oído que le había encantado la velada. La beso en la mejilla y salió del carro, cerrando la puerta. De repente Nicole bajó el cristal de su ventana.

— ¿Podemos vernos mañana? —le preguntó.

—Mañana no puedo.

—Que sea en la tarde—dijo ella—. Quiero llevarte a un lugar.

Él se acercó al automóvil.

—No puedo pajarito mío—dijo.

— ¿Por qué no?

—Voy a una marcha de la comunidad hispana.

—Solo te vas a meter en problemas—dijo ella—. ¿Y de qué? o ¿qué?

—Una iniciativa de ley contra los migrantes.

— ¿Y es la única marcha que van hacer?

—No. Es la primera.

—Ven conmigo mañana. No pasara nada si no vas a una.

—No puedo, pajarito mío. Ya dije que asistiría.

Nicole empezó a bajar el cristal de la ventana. José trató de hablarle. Pero la ventana siguió cerrándose. El automóvil dio marcha atrás y enfilo por la calle, perdiéndose en la siguiente vuelta. Más noche José la llamó por teléfono, pero nadie contestó.

Nicole había abandonado a su marido tres días después de conocer a José. Esa tarde no pudo cenar. Pasó la tarde caminando de a un lado a otro de la sala, poniendo música pop en su estéreo que luego volvía a quitar. Al escuchar el ruido de un carro, se asomaba a la ventana. Pero no era él. Así estuvo, hasta que llego su marido a eso de las nueve de la noche. Entonces le pidió que se sentara a su lado. «Quiero hablarte, le dijo» Él le preguntó que pasaba. Sí estaba bien de salud. Si quería que fueran al doctor. Ella dijo que estaba bien. Sólo quería hablarle de algo importante. Sin embargo, cuando lo tuvo enfrente, al mirar sus azules ojos, preocupados, no pudo hacerlo. Él se sentó a su lado y la abrazó para que ella descansara en su hombro. Al rato se fueron a la cama. Pero Nicole solo durmió un par de horas. Al despertar volvía a sentirse sola. Sentía que estaba durmiendo cada noche con un extraño. Que ya nada tenía sentido sin ese lazó eterno. Esa promesa que un día él le juró, para siempre. Nicole empezó a llorar. Fue al estudio, y buscó en el ordenador la noticia que había visto de Paris, tres días atrás. Al principio buscó convencerse de que había sido un sueño. Pero era real. Ahí estaba en las noticias, con imágenes que le recordaron que todo estaba terminado. Cuando su marido despertó y volvió a preguntarle que le pasaba, le dijo que se marchaba. Andy se restregó los ojos con las manos. Pensó que había escuchado mal. Pero al verla llenar su Anorak con los vestidos, por fin comprendió que la perdía. No pudo hacer nada. Ella no se lo permitió. Terminó de arreglar sus cosas y dijo: «Es lo mejor. Adiós».

—Espera—dijo él, poniéndose enfrente de ella—. ¿Porque te vas?

—Es lo mejor.

—Eso no lo entiendo Nicole. Dime. ¿Que hice mal?

—Nada.

—Entonces. ¿Qué pasa?

—No lo entenderías.

—Tratare de hacerlo. Dime.

—No. No lo entenderías.

— ¿Hay alguien  más?

—No hay nadie más—dijo ella, mirando hacia otro lado—. Pero es lo mejor. Adiós.

El enojó duró una semana entre los dos. José había seguido llamando y visitándola sin mucho éxito en el hotel Hilton, donde trabajaba de recepcionista matutina. El viernes, por fin, Nicole le dijo que la esperara al salir del trabajo. Él lo hizo. Llegó temprano. Al salir del Hotel Nicole le señalo hacia el otro lado de la calle. No hubo palabras hasta llegar al estacionamiento. En el carro primero hubo un tímido beso. Palabras de arrepentimiento. Explicaciones. Esa tarde fueron a un parque a las orillas de la ciudad. Desde ahí podían ver los edificios y la costa con sus aguas azules. Volvieron los momentos pasados. Los momentos felices. Ella, aprovecho que todo era sonrisas para pedirle que firmaran un pacto. Él dijo a todo que sí. Le juró amor eterno. Hasta dijo esa estupidez de preferir que le cortaran el brazo derecho antes de perderla. Sin embargo, cuando Nicole le pidió que prendiera una pequeña hoguera y puso la punta de un alambre a calentarse, él le tembló la voz al preguntarle que buscaba hacer con ello.

—Es para ti—dijo Nicole.

—Para mí.

—Sí.

—En que puede ayudarme un alambre al rojo vivo.

—A que estemos siempre juntos. Tú llevaras la primera letra de mi nombre en tu brazo y yo llevaré la tuya.

—Nicole, ¿tengo apariencia de toro?

—Por favor. No te lo tomes así. Esto es muy serio.

—No es serio si me dolerá.

Una vez que los alambres con sus iniciales estuvieron al rojo vivo, Nicole le dio a José el que dibujaba la letra N. Ella agarró el otro con la letra J. Cruzaron los brazos y presionaron. Hubo dos pequeños gritos. Un olor a carne de pollo asado se esparció entre los árboles. Luego el trató de besarla. Ella no se dejó. Se revolcaron como perros enrabiados por el suelo lleno de hojas que crujían al ser aplastadas. Al fin, José consiguió sujetarla por los hombros. Luego hubo un largo beso, sin respiración. Él le levantó la falda hasta las caderas y le hizo a un lado las bragas. Se levantaron del suelo, cuando las luces de la ciudad comenzaban a brillar en los edificios y las embarcaciones que flotaban en la oscuridad de las aguas.

En dos semanas no pudieron estar juntos. José iba todas las tardes a las marchas que estaba haciendo la comunidad hispana. Decían, que el congreso había aprobado las iniciativas de ley enviadas por el presidente, y que pronto podrían deportarlos a todos sin excepción. Se lo dijo una tarde a Nicole.

—Que pasara si me deportan—dijo—. He vivido casi toda mi vida en este país, pero según ellos soy un dreamers.

—Me voy contigo—dijo ella.

—No debes ir. Aquí es mejor.

Ella le señalo la letra J en la cara interior de su brazo, por arriba del codo. Luego hablaron de que siempre estarían juntos. Aunque él insistió que no le convenía irse a México. Había muchas cosas malas en su tierra. Había violencia. Había muertos.

—Aquí también los hay—dijo ella—. Recuerda el chico que disparó en una iglesia.

El asintió con la cabeza.

—En todos lados existe—dijo ella, abrazándolo.

—Te quiero siempre a mi lado—dijo él.

Un mes después, Nicole lo visitó en la taquería don Pepe. No encontró a nadie. Nunca pensó que la separación estaba a la vuelta de la esquina. Y que aquellas últimas palabras, de siempre estar juntos, eran premonición de que todo terminaba. El lugar estaba clausurado. No había nada de vida. Únicamente las letras grandes arriba seguían diciendo «Tacos don Pepe». Se fue a casa. Lloró. Gritó su mala suerte. Se la pasó dos días seguidos deambulando sin rumbo por la ciudad. Al tercer día, llamó a Angelina a las nueve de la noche, y le contó lo que había pasado.

—No puedes hacer nada Nicole—dijo—. Él se ha ido. Ahora deberías de regresar con Andy. Él te sigue queriendo.

Nicole colgó la llamada. Salió y fue al bar donde conoció a José. Bebió unas copas. Algunos tipos querían invitarle otras. No aceptó. Volvió a salir y pasó por el mismo lugar, con la esperanza de que las luces estuvieran prendidas en “Tacos don Pepe». Pero nada había cambiado. Él se había ido para siempre. Siguió manejando y volvió al departamento. Permaneció sentada en su sofá hasta las diez. Luego de repente se levantó de un salto,  y comenzó por alistar su equipaje. Viajaría a México. Cogió el teléfono y llamó al aeropuerto. Preguntó por vuelos a Mazatlán. Le dijeron que había uno para las dos de la madrugada. Fue más largo la espera en el Aeropuerto que el viaje en avión.

 

Cuando Andy la llamó eran las cinco de la madrugada, y estaba bajando de un taxi. Le preguntó dónde estaba.

—En algún lugar de México—contestó ella—. Ahora no puedo hablar. Voy a comprar un billete de autobús.

— ¡Espera! Porque no vuelves y platicamos—dijo él—. Me quieres. Lo sé.

—No sabes nada.

—Claro que lo sé. Eso no puede afectarnos Nicole.

— ¿Él qué?

—Lo de Paris.

—Voy a colgar. Adiós.

— ¡No! Espera. Aunque arrancaron y tiraron el candado…

—No sé de lo que hablas—lo interrumpió.

—El candado que pusimos...en el puente des Arts...con nuestras iniciales. Podemos ir a Paris y poner otro. Lo sabes.

Nicole colgó la llamada.

Al despertar todo estaba oscuro. Escuchó voces. Estaba en el autobús rumbo Huamúchil. Al rato el autobús se detuvo y bajaron unos tipos que llevaban sombreros blancos y morrales de hilo en el hombro. Se levantó y le preguntó al conductor si estaban en Huamúchil.

—No güera—dijo—. Yo le aviso cuando lleguemos.

Nicole regresó a su asiento y volvió a dormirse. Al rato alguien le tocó el hombro.

—Oiga. Oiga.

— ¿Qué pasa? —preguntó.

—Aquí es Huamúchil—dijo el chofer.

Nicole dio las gracias y bajó. Estaba en un parque. En medio había una casita con escalones a ambos lados. Lo reconoció como el kiosco. No sabía a donde ir. Arrastro su maleta con llantitas hacia el centro del parque y se sentó en una de los escalones. Miró a todos lados y esperó a que pasara el tiempo.

 

FIN

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