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6 min
Cacería
Amor |
13.02.18
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Sinopsis

Otro de Sileno. Ad doc de las fechas

En una noche cálida de verano en la Riviera Maya, reunidos en una terraza del hotel Príncipe Akumal, tres matrimonios manteníamos la discusión más baldía; el amor en el matrimonio. Específicamente analizábamos una hipótesis planteada por Beatriz, mi esposa.

Esgrimía argumentos hilvanados con vivísima emoción y actitud. Para mí, de mayor interés que la propia teoría. Expuso una serie de ejemplos para demostrar que el amor se cotiza a la baja cuando hay sobreoferta:

“Los hombres se complican”, decía, “cuántos los hay que soslayan y hasta menosprecian los amores encendidos, los evidentes, los inocultables por estar a flor de piel, y sin embargo, mendigan las migajas de los amores fríos y calculados. Los hombres son capaces de desbaratarse y reinventarse por conquistar un nuevo amor, acechando, acorralando, atrapando, y domestican como si de una presa de caza se tratase. Mientras más difícil, más mérito tendrá.”

La inmediata negación del género masculino tuvo pronta respuesta: “Se los voy a demostrar”, sentenció mi esposa.

Como suele ocurrir en las pláticas informales de grupo, después de un rato dejamos el tema y abordamos diferentes tópicos durante la velada. Poco contribuí, mis pensamientos se quedaron en el desafío de mi esposa.

Las de esa noche, fueron las últimas vacaciones, juntos, porque a los pocos meses nos divorciamos y me fui a vivir a climas más benignos, el bochorno de la Península de Yucatán me asfixiaba. Durante casi un año me rehusé a tener relación alguna con las mujeres y también me retiré de la vida social; estuve a casi nada de convertirme en anacoreta. Me propuse enderezar el rumbo, decidí dar tregua a mi empeño de vivir alejado de todos.

Decidí reiniciar en el mismo lugar donde había abandonado todo; viajé a la ciudad de Mérida, en Yucatán. Eran fechas de fiestas carnestolendas. Demasiado bullicio en las calles para empezar mi reingreso en el ambiente social, de modo que me entregué a lecturas pendientes de autores jóvenes que prometían una carrera sólida en las letras.

El martes de carnaval decidí abandonar mi encierro y salí a disfrutar de la algarabía de las comparsas que desfilaban por el Paseo Kukulkán. Me posicioné al final del recorrido, donde algunos participantes optaban por ingresar al Salón los Aluxes para continuar la fiesta.

El cortejo más aplaudido y vitoreado lo conformaba un grupo de modelos contratadas por una empresa cervecera. Los delgados y bien formados cuerpos atraían más a cuanto hombre augusto hubiera, en tanto que yo me concentraba en la menos alta, en la de alegre movimientos de caderas. Bailaba con ese apasionado goce interno que los hombres solemos confundir con insinuaciones seductoras.

Todas cubrían totalmente su rostro con máscaras de plumas multicolores, la elegida de mis veleidosos sentidos se destacaba por usar como tocado una pluma verde de quetzal.

Cuando al fin logré captar su mirada, me sonrió con la cortesía característica de las bailarinas. Tal vez por mi falta de práctica en los lances amorosos me pareció percibir una chispa de coqueta invitación. La comparsa en la que participaba llegó al final del recorrido y tal como yo deseaba me dedicó una mirada antes de bajar del carro alegórico y entrar al salón de baile.

Nuevamente perdía el control, otra vez tentado por el deseo de hacer mía a una mujer. Un fuerte impulso me obligó a hendirme entre la gente para seguirla. Sobre una plataforma bailaban las modelos para atraer potenciales consumidores. Un cuerpo de seguridad limitaba el acceso a los impertinentes que intentaban contactar con las bellas jóvenes.

Me posicioné lo más cerca que me fue permitido para hacerme notar ante la chica. De fallar en mi propósito no iba a quedarme como espectador de tan simple espectáculo. A punto de marcharme con el fuego de mi sangre sin apagar, mi bella modelo ubicó mi presencia y su mirada insistente encendió aún más la pasión, incrementando mi excitación. Su posición infranqueable le aseguraba inmunidad a su coquetería.

La actuación concluyó. Al bajar por la escalinata, antes de perderse entre el gentío, la portadora de la pluma verde levantó el brazo y me hizo una señal para que me aproximara. El llamado fue puntual para atizar la efusión. El salón estaba abarrotado, de manera que no era fácil sortear el obstáculo orgánico que formaba la gente hacinada, por tanto, solo alcancé a ver la pluma verde moverse por encima de innumerables cabezas.

Con imprudencia, casi con arrebatos violentos, me abrí paso entre la masa de cuerpos para acercarme, pero ella avanzó en sentido contrario y tuve temor de perderla de vista. Como si ella adivinara mi pensamiento, se subió sobre una banca y me buscaba entre el remolino de disfraces mientras agitaba los brazos.

El tiempo que utilizó para ubicarme lo aproveché para acortar distancia. Al verme tan cerca se sorprendió, pero por poco tiempo porque con habilidad volvió a alejarse. Entendí que jugaba conmigo al gato y al ratón y lejos de desanimarme resultó un ardoroso incentivo. Se trataba entonces de una cacería y me lancé como león en celo tras su presa, pero ella era ágil gacela que se escabullía con gracia.

Agotado, jadeante, como fiera sin su botín, por tanto esfuerzo y empellón, empezaba a rendirme. Ella notó mi desaliento y se detuvo a esperarme. Caminé sin prisa, deleitándome por anticipado. Ella permaneció quieta, sugerente. Mientras me acercaba recordé el comentario de mi exesposa:

“Hay un deseo irrefrenable por conquistar la mujer que no tienes.”

Tenía razón. Me enfoqué en sus exquisitas formas… “Es Beatriz”, pensé por un instante, y mientras más cerca, más seguro estaba, “¿será ella cumpliendo su promesa de demostrarme su teoría?”

Ahora estábamos de frente, sus ojos negros seguían quemando los míos. Sus labios se movieron con tanta sensualidad que no hice caso de sus palabras: “Hasta aquí llega el juego. La belleza también puede matar, recuerdas que le ocurrió a Hilas. Lo que pretendes no puede ser, pertenezco a un sátiro”. Sin responder la tomé entre mis brazos y la besé. Le quité la máscara para declararme enamorado por siempre. La vi y entendí mi error.

El rostro develado era de picardía juvenil, de una ninfa, diferente al semblante sereno y maduro de mi exesposa. En mi confusión, la modelo se alejó para arrojarse a los brazos de otro que le reclamó entre risas: “No entiendo tu antojo por los humanos”. El sonido de sus pasos me hizo dirigir la mirada a sus pies y lo que vi fueron una para de pezuñas.

 

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  • Hola umbrío, me ha sorprendido gratamente la lectura de este relato. Está muy bien construido y contado..., se agradece su lectura. Saludos desde Madrid. Te seguiré leyendo
    Excelente querido Umbrio, me encanta como describis a la perfección,
    El final sorprende, desde luego, a pesar de estar insinuado en el título. Ocurre que cautivados por tu prosa contundente ensalzando las bajas pasiones humanas olvidamos que hay otros seres por el medio con rostros angelicales y pies diabólicos. Saludos, Umbrío.
    Jugando con las emociones de los hombres, mujeres y ninfas se divierten. Como todo buen relato, un final que sorprende.
    Un buen relato lleno de matices
  • Otro de Sileno. Ad doc de las fechas

    Todos los personajes de la obra de Sileno son mitológicos. Su puede opinar que es una tema muy manido, en su defensa puedo alegar que son recopilaciones recogidas de primera mano y en cada una de ella expone al menos una debilidad del ser en marras.

    Sileno también recogió en su obra seres mitológicos de México.

    Los silenos son considerados los padres de los sátiros. Éste es autor de las historias recogidas en la obra "El Bestiario de Sileno". Presentaré algunas de ellas.

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Intento todos los registros con lamentables resultados. Con todo, me empeño en seguir escribiendo; ficción filosófica es el que más disfruto leer y escribir.

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