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9 min
Café con leche y doble de azucar
Humor |
19.02.16
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Sinopsis

Otra cagada más. Sin nada de especial. Tengo una teoría, y es, que dentro de mi hay muchos relatos malos, si los saco todos, quizás deje hueco para uno bueno.

¡Voy a urdir una trama contra el camarero ¡

                Mi nombre no importa para esta redacción. No sé por qué, pero necesito escribir estos acontecimientos.

                Todo comenzó hace unos días. No me he dado cuenta, pero hoy, día 13 de marzo del 2016, me he percatado de que todo es un complot. No llego a entender el motivo, pero lo averiguaré. Durante toda esta semana ese camarerucho de la cafetería de debajo de casa a intentado matarme. ¿Cómo? Haciendo que mi gaznate se derrita por culpa de esa taza de lava, que él llama café con leche y doble de azúcar.

Todas las mañanas suelo bajar a tomar mi repetitiva taza de café. Me levanto a las 6 de la mañana, me aclaro los síntomas del sueño y me pongo mi ropa de trabajo. Los niños y mi mujer hacen lo que yo querría hacer, dormir. Todos en la casa están bajo esas agradables sabanas, con sus cabezas reposando en las blanditas almohadas, con esas caritas de estar tan a gusto. Pero no puede ser. Al que madruga Dios le ayuda. Y yo quiero estar en la lista el primero, aguardando mi momento en el que me ayude. O al menos a ver si tengo suerte, y entro en la reserva. 

                Tras lavar mi rostro, y siempre después de esto, levanto la tapa del WC y hecho todos los líquidos que no he echado por la noche. El fondo se convierte en una acuosa espuma amarilla, con repulsivos olores a cereales.

No suelo estirar de la cisterna. Seguramente, el ruido, levantaría a mi familia; que como he dicho, duerme plácidamente.

                Siempre suelo dejar la ropa de trabajo en la silla del salón. Así, puedo vestirme sin molestar a nadie. En invierno me abrigo con un chaquetón de plumas. Un artilugio que repele el frio, pero que inunda la casa y mis movimientos de cientos y cientos de plumas.

En verano, pues menos ropa. Una camisa de manga corta y un pantalón de chándal, de peinera corta, es suficiente para bajar a mi café diario. Y reconozco, que mi estilo es algo parecido a un Londinense en las playas de Málaga.

                Cojo mi llave de casa. Antes suelo mirar el interior de mi cartera. Es muy habitual que no haya suelto. Mi trabajo solo me arroja billetes de 500 por cada tres días. Es lo que tiene ser un profesional. Por eso siempre tengo monedas sueltas para el café y para el mimo que hay enfrente del ayuntamiento.

Con dinero en la cartera, todo está preparado para saborear la infusión de granos.

                Una mañana, Melisa, la antigua camarera del bar, desapareció. En su lugar pusieron a ese barbudo piojoso. Me apuesto un huevo a que no se lava desde la última vez que su madre lo bañó después de nacer. Hice un despliegue de preguntas: ¿Qué ha pasado con Melisa? ¿Cuándo va a venir? ¿Sabes si volverá? ¿Se ha marchado a otro bar?

Preguntas y más preguntas que aquel estúpido camarero no supo responderme.

Melisa hacia un buen café.

                No me quedó más remedio que tomar el café que aquel individuo preparaba.

El primer día se lo perdoné. Le pedí un café con leche y doble de azúcar. Y si era posible, como lo hacía Melisa. El muy hijo de la gran puta me respondió: < ¿Cómo lo hace Melisa? ¿Acaso lo hacía de algún modo especial? Y me sirvió un café con leche que no estaba caliente, era puro magma.

Vi asomar del interior de la taza una leve columna de humo. Pensé que sería el calor de la taza, o simplemente que estaba a su punto, como a mí me gusta. Pero no. Acerqué mis hermosos labios al borde del recipiente. Fui un inepto. El ardor se anticipó antes de posar los labios, como un preaviso, como un preámbulo. Mi cuerpo recibió aquella señal. Aunque mi cerebro la codifico como quiso. Llevé allí el morro.

                La temperatura intenta estar siempre en equilibrio. Es una teoría que funciona en todos los ámbitos físicos del planeta. Esta dentro de la ciencia exacta. ¡Y tan exacta!

Yo no iba a ser menos. Al pegar los labios a la cerámica de la taza, el calor pasó de la zona más caliente a la zona más fría, para así cumplir con el valor de la teoría.

En esta ocasión, diría que hubo un exceso de transmisión de energía calorífica. Seguramente dejé la taza fría, pues pude sentir en mis carnosos labios como surgía el principio de un incendio. Vislumbre al camarero por el rabillo del ojo. Lo vislumbré porque fue casi imposible distinguirlo entren las lágrimas que se embalsaban en mis ojos. Creo que reía. Un rayo atravesó directo al sistema sensitivo. Un acto reflejo me hizo retirar la taza, detrás vi cómo se llevaba parte del labio. Maldita sea, aquello estaba tan caliente que fundió mis labios al vaso.

 Volví a mirar de reojo al camarero, aun me estaba mirando, como si esperará que le pidiera la cuenta. Pero yo sabía que no era eso. Quería reírse de mí. Quería ver como lloraba de dolor. No iba a conseguirlo.

                Aquello me iba a doler. Eso lo sabía bien. Pero no podía dejar que aquel camarero de mala muerte se saliera con la suya.

Recuperé la posición de la taza frente a mis labios. Una gota de sudor recorrió mi rostro. Se descolgó por la ceja, transitó por el contorno de mi silueta, describió la forma de mi moflete, descendió hacia la barbilla y se perdió en una caída vertiginosa hacia la barra. Tragué saliva. Intenté en un par de ocasiones, que transcurrieron en dos segundos, abortar la misión. Pero no lo quise así. No podía ofrecer la cara débil a ese indeseado.

Presentí que el camarero me estaba observando. Sabía lo que estaba pensando. Junté mis labios haciendo con ellos una O ajustada, dejando un pequeño orificio por donde sacar el aire que aspiré previamente. Lo solté. El sonido de aquel soplido se quedó tendido en la soledad de las 6 de la mañana. Fue como el pedo de una prostituta, flojo. Sonó un Fuuuuuu.

                El humo que soltaba el café se alejó de mí. No tardó en recobrar la verticalidad. Me acerqué la taza a la nariz e inspiré aquel sabroso aroma. Hice un gesto de placer, un simple engaño para ganar tiempo, en este caso ganar algo de frio.

                Aunque para frio el que hacía en el exterior. Creo que hacían unos menos diez grados. Unos ricos y fresquitos menos diez grados. Cuanto me hubiese gustado tenerlos dentro de mi taza.

                Ya no podía retrasar mas lo inevitable, o empezaría a pensar que era un gallina y que no podía enfrentarme a aquel café alto de temperatura. Aquel hombre quería terminar conmigo, no sé por qué, pero alguna razón tendría.

Tragué sin saborear la fuerza de la marca. El líquido descendió por mi garganta, y una mueca de dolor me hizo derramar unas cuantas gotas en mi camisa de trabajo. Dejé de un golpe la taza en el pequeño plato donde se sirve, como aquel que toma una copa de Tequila de una sola vez. Hice un sonido que dejó entender que aquello me había sabido a gloria. ¿Qué pretendía mostrarle bebiéndome el café de una sola vez?

Cogí una de esas servilletas de los bares que no hace nada, me la pasé por la comisura de los labios, en un estúpido intento de limpiar las marcas del café; y le puse un euro con veinte sentimos. Hice un sonidillo con los dedos en la madera de la barra, una acción para indicar que tenía prisa. En realidad, estaba esperando el momento para devolverle lo que me había hecho.

Volvió con diez céntimos en otro plato más pequeño que el anterior. Una manía de los bares. Todo se soluciona con un plato.             Lo arrastró por la barra y lo dejó frente a mí.

  • No. – Le dije con aires superiores. – quédatelo para ti. Inviértelos en una clase de preparación de cafés, o en un termómetro.

El camarero se quedó inmóvil, su mirada se clavó en mí. Me di media vuelta, como una niña presumida ante los chicos de su clase, y me marché. Lo hice llorando por dentro.

                En casa me di un par de golpes contra la puerta del bloque. Menuda estupidez. Él me calcina la boca, y yo, con un simple: … para una clase de preparación de cafés.

Menudo idiota que estoy hecho. Encima le regalo diez céntimos.

Esa misma mañana me salieron unas ampollas en el paladar. Me costaba hasta mantener una conversación.

                Mi mujer siempre me lo dice: Los escritores tenéis una imaginación demasiado potente. 

Antes de ponerme a trabajar con mi manuscrito, decidí contarle lo que me había ocurrido: que habían echado a Melisa, y que al nuevo camarero no le caía bien.

No me sirvió de nada hablar con ella de eso. Todo se lo achacó a la imaginación de los escritores. Que todo sería cosas mías, supersticiones por las muchas horas de trabajo.

                Entonces decidí hacer una investigación, y urdir un plan en contraataque al camarero. Porque, aunque mi mujer me afirme que todo es cosa mía, sé que quiere matarme, para hacerse con mi familia. Supongo.

Pero no quiero sacar las cosas de contexto antes de tiempo. Y voy a concederle, y a concederme, una moratoria. Por eso os pregunto, amigos: ¿A vosotros también os pasa que pedís un café con la leche fría y termináis con ampollas en la boca?  

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