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4 min
Caído
Fantasía |
11.07.09
  • 4
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Sinopsis

En medio de un silencio opresivo, se oyó un zumbido seco y potente. Un grito de dolor lo acompañó, mientras el soldado veía consternado el rayo láser, descuartizando con precisión y velocidad su infortunada pierna.
Cayó al piso, tragando tierra y arrastrando multitud de hojas al rodar inertemente. Atontado, pudo oír dificultosamente a sus compañeros, que alarmados se lanzaban contra los recién detectados enemigos. Enseguida percibió con el oído los disparos provenientes de un lado y otro, y sus ojos aturdidos lograron captar los resplandores de cada ataque, recortados contra el oscuro fondo de ese día nublado.
Su cuerpo se hundió en un charco sucio y no muy profundo. Levantó su cabeza al escupir, y vio un hilo de sangre cortando el agua manchada. Se dio vuelta, de forma que su cara quedara mirando a la superficie, y sintió un punzante dolor en la zona impactada por el rayo.
Chilló desesperadamente, con la esperanza de ser oído por el médico del grupo; pronto divisó, escudriñando ansioso el aire, una figura inclinándose sobre él. El alivio que sintió fue rápidamente reemplazado por terror al notar que se trataba de uno de los mutantes.
La criatura fijó sus enormes ojos de reptil en el indefenso hombre allí caído, y dejó caer su puntiaguda lengua, a la vez que mostraba sus verdosos y torcidos colmillos en una grotesca demostración de hambre letal.
Las manos del temeroso soldado palparon su cintura frenéticamente esperando tocar su arma, pero no obtuvieron el resultado esperado.
Se entregó al pánico y cerró los ojos. Pero ¡cuál sería su sorpresa al oír un aullido de dolor del monstruo! Abrió los ojos y vio a la bestia cortada en retazos por algún ataque inesperado. Aquellos pedazos habían caído sobre él. Se sacudió para quitárselos de encima con la escasa movilidad que aún poseía, y nuevamente sintió la atormentadora punzada en su pierna, hasta entonces relativamente estable.
Tomó conocimiento de que el trozo de carne mutante había contactado con su herida, probablemente provocándole el padecimiento. Lo retiró de un manotazo, pero continuó sintiendo el dolor. Pasó su mano suave y tiernamente sobre su muslo, como quien quiere calmar a un animal asustado. No mucho después, la retiró horrorizado: el corte comenzaba a cerrarse a velocidad exorbitante y a tomar un aspecto negruzco y putrefacto.
Luchó contra el dolor gritando y arrastrándose, mientras sus pensamientos se disipaban. Comenzó a sufrir alucinaciones producto de su pérdida de sangre y sufrimiento físico; los enemigos reales e imaginarios lo encerraban en un círculo de locura cada vez más estrecho y que amenazaba con dejarlo sin un solo rastro de cordura y noción de la realidad.
Los puñetazos inútiles contra sus rivales intangibles lo cansaron paulatinamente. Su retorcida imaginación se agotó y abrió paso al mundo real, devolviéndole claridad a su mente.
Quizá hubiera sido mejor que muriera en lo irreal, en la demencia que podría haberlo salvado del dolor infinitamente mayor de la verdad.
Comprendió que estaba sufriendo un envenenamiento, producido por la carne del mutante al tocar su pierna. El terror, la verdad y la paranoia se aliaron llevándolo a sentir el lento trepar de la contaminación, penetrando cada vena y arteria del árbol circulatorio, intoxicando cada partícula de su ser.
La visión comenzó a fallarle. Unos nubarrones traslúcidos movían la imagen frente a sus ojos; pronto los resplandores poderosos se volvieron insignificantes destellos, y los rostros de sus compañeros se borronearon poco a poco, hasta desaparecer por completo.
Siguió arrastrándose, cada vez más lentamente, en dirección al exterior del foso. Ya fuera la disminución de su vista, ya la terrible realidad, le pareció notar que sus manos se tornaban oscuras poco a poco. De pronto, se detuvo por completo. El negro absoluto lo invadió.

El médico detectó un ligero humo proveniente del pozo. Se acercó cautelosamente, y luego soltó una exclamación de pánico.
Una figura carbonizada se encontraba en posición agónica. Sus huesos estaban casi consumidos y continuaban desintegrándose a un ritmo macabramente rápido.
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