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14 min
CALÍGULA
Varios |
15.12.19
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Sinopsis

Una pequeña historia de cadáveres y estiércol.

“-Camila: Señor, deberíais quitaros la máscara.

-Forastero: ¿De veras?

-Casilda: Ya es hora. Solo vos estáis cubierto

-Forastero: No llevo mascara.

-Camila: (Aterrada a Casilda)

¿No lleva máscara? ¿No la lleva?”

 

“El Rey de Amarillo”, Acto 1, Escena 2da.

Robert W. Chambers

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     El Emperador, vestido con la sutil discreción de las putas berlinesas de moda en el París de 1927, permitió que sus intercostales fueran dedicados a un novedoso proyecto decorativo: le grabaron a navaja versos de Píndaro y analogías sobre el origen del hombre. Se convirtió en un recurso cartográfico de primer orden, requerido y examinado por contener dentro de sí un cúmulo de pruebas forenses de sumo interés patológico. Psiquiatras del Cáucaso, europeos, africanos, asiáticos, y árabes, buscaron en él la explicación de lo inexplicable, la que se rehúsa a congeniar con términos como furia homicida o locura temporal.     

 

     El Emperador jugó al ajedrez con la destreza innegable del sátiro criminal. O por lo menos llegó sus peones a octava la mayor parte del tiempo. Pero el Emperador estaba harto de Senadores serviles con el culo abierto a cuatro patas. Verlos siempre sumisos encendió en él ese delirio sodomita que todo amo siente por sus esclavos. Cansado de elaborar proyectos, imaginó la más infame provocación. Se le iluminó el rostro y un ánimo de burla le pintó las mejillas de salvaje algarabía. Cuentan que se untó el falo con hiel y granos de picante. Cuentan que antes de cada penetración abría los culos y reventaba uno a uno los ojetes con su anillo imperial. Cuentan que los Senadores lo agradecían entre lágrimas.

 

     El Emperador deseó que toda Roma fuera un solo cuello, para poder cercenarlo de un tajo e irse a dormir sin fantasmas (“El alma no piensa sin fantasmas”, filosofó Aristóteles) Desaparecida la histeria, razonó que sería bastante idiota proceder de ésta forma, ya que un Emperador sin súbditos ¿sobre quién imperaría? La salida más cónsona con su carácter lo sedujo de inmediato: los enfrentaría por separado, sin prisa, estimulando su cuerpo al calor del látigo, prolongando su orgasmo ad infinitum, o mientras fuera de su agrado sacrificar sin descanso a sus cobayas bípedas. No se preocupaba por la necesidad de conseguir carne surtida en abundancia: la siempre constante multiplicación de los partos le aseguraba un material de trabajo diverso e inextinguible. Confiaba en descubrir la fuente de todo principio con la aplicación práctica de sus métodos experimentales: violación, castración, desmembración, etc., unidos a diversos estímulos artísticos, relativos a la lectura de los poemas y discursos que le habían dedicado sus literatos de turno, la contemplación arrobada de su estatua en piel jupiterina, y la recolección de datos para su hagiografía. Su posición de autócrata responsable solo ante sí mismo, le garantizaba obtener la savia de los cadáveres martirizados: fuego para fundir el opio, lágrimas terribles de luminosa epifanía, bálsamo cruel, indispensable para sobrevivir el retorno de noches y jaquecas interminables, siempre idénticas a sí mismas en su odiosa recurrencia. Debido a la constante insatisfacción que le oprimía, le fue imposible contentarse con una docena o centena de ejecuciones. Decía para sí que el mayor mal del género humano tenía su raíz en la ausencia de templanza, ergo: ¿para qué matar si puedes torturar? Por suerte para las víctimas, nunca supo evitar el homicidio. La muerte ejerció entonces como alivio y consuelo, como única manifestación de una piedad involuntaria.    

    

     El Emperador, luego de meditarlo unos segundos, optó por  nombrar Cónsul a Incitato. Sobre lo incuestionable de tal decisión escribe Tácito en sus “Anales”, que “… la elección recayó sobre un caballo a falta de hombres que pudieran competir con sus dotes de excepción…,” dotes que se niega a detallar por considerarlas impúdicas en su concepción e inútiles en lo que pudieren aportar al estudio del Emperador y su época, más aún, razonaba, siendo fácil presumir que tales detalles contribuirían a la deformación de los anhelos femeninos.(*) Una vez aceptada la candidatura de Incitato, el senado aprobó que le fueran entregados los símbolos jerárquicos inherentes a su cargo. Por razones lógicas y evidentes, se hizo necesario corregir la forma de la corona, para que cesara de rodar desde la equina frente hasta la nariz de larga prosapia. También se le adjudicó la vara de lictor y se le rindieron los homenajes correspondientes a su nuevo status. Huelga decir que Incitato no es responsable de la elección ni de los hechos acaecidos durante su año consular. El Emperador –avezado estratega político- le hizo construir una lujosa residencia, dotada de todo aquello que pudiera interesarle, incluido un variado ramillete de arábigas, jóvenes, y ardientes yeguas. La inteligente maniobra le permitió ejercer tras bastidores el consulado, quedando Incitato constreñido a la práctica del más puro hedonismo. Anota Tartufo Crespo (“La Inocencia de Incitato”) que “…la ingenuidad del buen animal fue lo único que lo mantuvo con vida, y le permitió morir sin dolor, acompañado de amigos y familiares, a la edad de 48 años, edad ésta muy superior a la media de vida de su especie. Sobre su lápida se esculpió el digno rostro consular en mármol rosa.” (Se rumorea que un nieto de Fidias, venido a Roma especialmente para ello, fue el autor de la obra, valorada en un millón de sextercios.)    

 

     El Emperador tuvo tres colecciones: mariposas, conchas de mar, y cabezas. La primera la obtuvo tras infinidad de días cazando en el bosque con hábitos de ninfa y red de nylon fino. Verbigracia la agilidad de sus piernas despobló la foresta de todo insecto colorido. La segunda le fue dada como tributo por Neptuno, luego de su derrota inapelable tras la furibunda y viril campaña que el Emperador dirigiera en su contra. De quién o de qué proviene la tercera es objeto de múltiples teorías que se adversan o complementan entre sí: debilidad mental, vanidad, fatiga, hidrocefalia, licantropía, vicio, amoralidad, e incluso glotonería. Saturnino Próculo (“De Humanum Natura”) nos habla de una “sutil aberración del buen gusto.” Aunque pudiéramos ahondar en alguna de ellas, es seguro que estaríamos mucho más cerca de la verdad si optáramos por no concederle valor a ninguna. Se sabe que los avances en el área de la interpretación criminológica, es decir, la acumulación de casos atroces reñidos con el logos de lo racional, de lo irracional, e incluso con la teoría del caos, nos encamina abiertamente al abandono de las búsquedas relacionadas con el clásico ¿por qué? del suceso, dando lugar a una nueva visión estratégica, en la que se postula un tipo de monstruo hasta ahora pasado por alto y archivado como demente: el criminal inmotivado, el criminal porque sí, o, peor aún, el criminal ¿por qué no?, ese que intuye el crimen como algo natural relativo a la condición humana y actúa de acuerdo a su percepción, obrando sin dudas,  sin deseos, sin remordimientos.(**) Volviendo al Emperador, tal vez sea su propia voz, que aún resuena entre las muchas traslaciones escritas de sus grotescos arrebatos públicos, la que nos permita entenderlo o no entenderlo más de cerca. Del trágico y revelador manuscrito que seguimos (“Compilación de Actos perturbadores bajo el reinado de Calígula” / diversos y anónimos) tomamos la siguiente narración: “Habiéndose presentado en la Corte el Embajador de Samotracia, y luego de colocar frente al trono del Emperador el tributo en oro enviado por su país, abatió la mirada y se quedó observando atentamente sus propias manos, en lugar de retirarse como era la costumbre. Impaciente, Calígula inquirió la causa de la demora que violentaba el protocolo. Como respuesta, el Embajador le hizo la siguiente pregunta: “¿No es verdad, Señor de señores, que siendo tú el más poderoso de los hombres debes entonces ser también el más sabio, y por ello el único apto para decirme lo que es el poder?” Calígula, apartando la vista del dignatario, indicó a uno de sus pretorianos que lo decapitara en el acto. Cuando vio cumplida su orden, se reclinó sobre el cuerpo para besar los párpados sin vida de su víctima: ¿entiendes?, le preguntó, y se fue de la sala  silbando alegremente…”         

 

     Aburrido como solo Júpiter puede estarlo, el Emperador traspuso los límites del habla y comenzó a expresarse con los pies. Compuso dulces piezas oratorias pateando los culos de Consejeros, Senadores, y Ministros. Virgilio considera sus puntapiés “…como la mejor expresión de un arte inimitable y hasta entonces desconocido, solo superado por su habilidad para rasgar y cortar…” (Ergo: vientre y aborto de Drusila) Luego de meditarlo cuidadosamente y de rascarse con holgura las orejas, el Emperador ordenó a todos los maridos, padres, y hermanos de Roma, la cesión de las mujeres que tenían bajo su cuidado. Decidido a revitalizar las arcas del tesoro, mezcló, de grado o por fuerza, un espléndido ramillete de putas, damas de alcurnia, nenas de la calle y señoritas bien, hasta formar el establo de hembras más surtido que conoce la historia. Repitió lo anterior con los iguales de sexo masculino, consciente de que la variedad en la oferta multiplica la demanda. No dudó en acondicionar los diversos salones con todos los seres y artefactos utilizados para la práctica del sadomasoquismo y la zoofilia. Tampoco faltaron matronas, danzarinas, y efebos con las armas al aire, siempre a disposición en cualquier lugar o postura: prestas y prestos para dar o recibir lo que se les pidiera. Con todo este selecto material de incomparable calidad, el Emperador inauguró el Palacio Dorado, y languideció contando cientos de monedas que acomodaba en saquitos de piel. La Primera Dama le rindió pingües ganancias, pues, como bien lo reseña la tradición oral, el ano de Cesonia era requerido diariamente una veintena de veces o más.  Para celebrar el éxito del negocio, y la genialidad de Octavio al sugerir que se convirtiera en franquicia, el Emperador convocó a una gran cena gourmet de 150 platos. Relata Pablo Santillana, haciéndose eco de lo recogido en el apócrifo “Tiranus”, adjudicado sin pruebas a Flavio Josefo, lo siguiente: “Estando el Emperador harto de cada plato, y habiendo ido y venido del vomitorum una docena de veces, tuvo a bien masturbarse públicamente y eyacular con gracia, soltura, y abundancia, en el pico de un Faisán que yacía en su bandeja relleno de trufas y pimientos. Recibió de sus invitados e invitadas un cálido y sentido aplauso que lo llenó de la más viva dicha. Después de agradecer a la concurrencia su demostración de bárbaro servilismo, subió de un salto a la mesa y les habló con la voz chillona del animal cautivo: “He reducido vuestras ganancias –dijo-, robado vuestras casas, esquilmado vuestras herencias, humillado vuestros cuerpos, emputecido a vuestras madres, hermanas, e hijas, ¿qué más? –Decidme- ¿qué más debo hacer para que os atreváis a matarme? Finalizada su arenga imperial, los despidió a gritos y bajo amenaza de muerte. Según parece, resignó la frente con dolor, colocó las manos a ambos lados de su cabeza, y murmuró varias veces: “¿todavía vivir?, ¿todavía?...”              

    

     El Emperador pagó de su tesoro personal los juegos circenses más inolvidables de su tiempo. Personalmente se aseguró de que sus leones no fueran aficionados a la nouvelle cuisine, esperando que sus paladares, poco educados, admitieran con gusto cualquier tipo de carne que incluyera el menú. Para regocijo del público asistente, la orden del día se confeccionó en base a cristianos maronitas y vírgenes núbiles. Suavemente fatigado por el calor de la sangre y los rugidos, el Emperador convidó a sus íntimos a lanzar los dados, lamerse los dedos, o fumar en narguilé. Cuando recogía sus ganancias, fue importunado por el Centurión de guardia, que le avisó de una conspiración en su contra, y de la necesidad de trasladarle de inmediato a Palacio, donde Quereas, Comandante del Pretorio, le esperaba para recibir de él la contraseña nocturna de identificación y acceso. A pesar de su molestia, el Emperador siguió a su Centurión, regocijándose al imaginar la frase que todo centinela habría de pronunciar durante la noche,  algo así como: -¡Quién vive! (pregunta el soldado de guardia) –la culito dulce o la pezones de fresa o la nalguitas con crema (responde el que llega) o alguna otra variante de cínica indolencia, que habría de repetirse en todos los puntos de control y hora tras hora hasta llegar el día. Disfrutando a priori de los rostros contraídos por la indignación que causaría su consigna, el Emperador no supo ver la red que se le tendía. Una vez recorrido, casi en su totalidad, el túnel que habría de sacarlo del Coliseo, sus guardias personales fueron detenidos y muertos por ocultos conspiradores. Las grandes barbas germánicas se tiñeron de sangre al recibir los frutos del degüello. El Emperador suplicó por su vida y luego la rindió sin mayor empeño. Cada uno de sus asesinos le dio una puñalada, cada uno comprometió su silencio con una herida. Quereas eligió el rostro y lo desfiguró. Alguno de los otros –no se precisa cuál de ellos- le seccionó la garganta de un tajo, tal vez por atávica misericordia o por sadismo. Cuando su respiración se detuvo los emboscados huyeron. Salustio nos dice: “aún manchados por la sombra de la muerte sus ojos parecían sonreír. Nadie se atrevió a tocar el cadáver. El rictus de su boca inspiraba temor. Al morir, el Emperador contaba veintiocho años, había reinado cuatro de ellos.” (***)

 

     Quizá no merezca la pena registrar esta última acotación, producto de las habladurías y rumores que siempre acompañan la desaparición violenta de un Tirano, de todas formas la añado aquí, más que nada por su procedencia imperial, aunando a ello la sana intención de terminar con una semblanza tan bien provista de lápidas y buitres. Luego de varios años de su forzada ascensión al trono, y habiendo imperado ahíto de vino, cerdo, y Mesalina, Claudio César nos legó una frase en extremo lúcida e inquietante sobre  su  tío:  

 

     -“Nadie supo nunca la causa real de su muerte: ¿Dónde se ha visto que una metáfora fallezca por la espada?”

 

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     (*) Suetonio apunta con malicia, que dichas dotes oscilaban entre  los 25 ctms flácido y los 35 ctms erecto, para estupor y escalofrío de damas y meretrices. Ob. Cit. “Vidas De los Doce Césares” / W. M. Jackson, Inc. / sexta edición: 1973 / Printed and made in London / Párrafo suprimido sin atenuantes en la versión castellana.

 

     (**) “Teoría del condicionamiento Cero en la criminología moderna”  / Dr. Henri Fernier / Abelmarde e hijos / cuarta edición: 1992 /Impreso en Argentina, Buenos Aires / Colección: “Análisis del comportamiento criminal.”

 

     (***) Su esposa e hija fueron brutalmente asesinadas. Cesonia violada con saña en repetidas oportunidades y luego decapitada frente a la criatura. La niña, de apenas tres años, levantada por los pies y estrellada contra una pared de su habitación.

 

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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