cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Calíope (y 2)
Amor |
29.06.21
  • 0
  • 0
  • 566
Sinopsis

Segunda y última parte de este relato, que espero les guste. Saludos

.../...

La plaza que en su día recordara a los integrantes de la armada que combatiera en aguas americanas, pasó luego a tener un nombre mucho más cercano a los transeúntes ocasionales que pasaban por allí  o a los vecinos que en ella convivían. El general Franco estampó su firma en un recinto que aún conservaba el pedestal de tritones y la taza que antaño formaran la fuente de Neptuno. Los niños corrían alrededor de la fuente sin miedo a sufrir un resbalón pero sin gorras caladas, sin prendas rosas. Y entre ellos una niña destacaba por sus ganas de participar en los juegos, siempre estaba corriendo de un lado a otro, convirtiéndose en heroína, relatando leyendas que leía en grandes tomos que tenía en su casa. Era un rayo. Fue bautizada como Helena, aunque su padre, al que apenas conoció, la llamaba Calíope. Alrededor de su cintura solía llevar siempre una cinta de color azul celeste que le ponía su madre antes de salir de casa. Ella se quejaba, decía que sus amigas usaban otras de color rosa, que aquella era de niños, pero le duraba poco el enfado porque enseguida se enfrascaba con sus juegos y se olvidaba de ello, otras veces optaba por quitársela y guardarla hasta volver a casa.

No muy lejos de allí, en otra plaza jugaban otros niños y entre ellos otra Calíope destacaba por la facilidad de palabra delante de sus amigos. Su madre nunca la llevaba cerca del callejón de los pobres, le tenía prohibido que se acercase por allí, lugar de encuentro de maleantes y donde podía sufrir alguna desgracia. Su padre le contaba historias sobre la mitología griega, sobre la hija de Zeus, sobre el origen de su nombre, sobre el amor entre hermanos, aunque fueron tan cortos esos momentos, tan pocas las horas de convivencia…

 

Una de ellas habla de biznietos. La otra se pone las manos en la cabeza. Cruzan una profunda mirada y de nuevo afloran lágrimas como si se hubiese roto el cántaro de contener agua salina. Se estremecen, un sentimiento desconocido se apodera de ellas, pero superan el momento y continúan señalando el discurrir de toda una vida en imágenes impresas y pegadas en un muestrario. Casi no se atreven a pronunciar su nombre, mucho menos a ponerse en situación, recurren a la foto de algún hijo o nieto para tratar de hallar en su rostro algún signo de identificación con el pasado. La manera de abrir y cerrar los ojos, el mechón rebelde que sólo el agua aplacaba, el tono de voz, la forma de caminar…

 

La esquina quedó convertida en un enorme solar y en la retina de Helena aún permanecía, al verlo, la fachada del Palacio que otrora fuera de los Condes de Gelves. A pesar de lo extraño del paisaje urbano, era tanto el cariño que le tenía a la plaza que no faltaba una tarde para charlar con sus amigos, para dejar que sus hijos se expandiesen correteando alrededor de la fuente, sin miedo a sufrir un resbalón y mirando de vez en cuando a la figura que remataba el conjunto, acordándose de su padre  ⸺visión fugaz⸺  y de su madre, toda la vida tan lejos de él. Ellos dejaron de vigilar sus juegos y ahora le tocaba a ella reliarse entre sus dedos una cinta azul celeste, sin saber muy bien por qué lo hacía.

Calìope, la elocuente, encontró en la política una forma natural de desarrollar sus cualidades y halló acomodo en el Ayuntamiento. Tenía hijos, pero apenas disponía de un momento para acompañarlos en sus correrías por la plaza. En alguna ocasión, alguno de ellos le contó la existencia de una figura arquitectónica que se llamaba igual que ella y que tenía en sus manos una corona de laurel, que ellos la habían visto, pero tampoco les prestó demasiada atención. El derribo del Palacio las tenía más que preocupada, no quería dejarse ver por sus inmediaciones. A ella no es que no le gustase conservar el patrimonio, es que en ese momento no había otra salida. El auge del comercio en el centro de la ciudad constituía una máquina imparable. No quería ir a la plaza. No quería ver la dentellada del avance de los tiempos.

 

Mi madre era distinta  ⸺dice una⸺ y al hacerlo vuelven a surcar dos lágrimas toda la extensión de la cara hasta alcanzar la comisura de los labios para confundirse con la saliva que sorbe a tragos acompasados.

La mía ⸺dice la otra⸺ está inmersa en todo lo que hace o dice la más pequeña que ve usted allí. Es un calco.

 

Cuando la plaza recobró su nombre primitivo y llegado el cambio de siglo, el callejón de los pobres tan solo conservaba el recuerdo de lo que antaño fuera. En sus inmediaciones ya no hay coches de caballo, ni palmeras al viento, pero si están unos grandes almacenes y la fuente coronada por la musa y niños correteando a su alrededor. A las dos hijas de Pablo le crecieron los hijos como las setas en otoño, aunque sus vidas seguían caminos dispares.

 

En el interior de los grandes almacenes, al salir de una de sus cajas, se encuentran dos mujeres:

—Perdone señora, no he podido evitar como la señorita le ha llamado Calíope.

—Es que ese es mi nombre.

—El mío, en cierto modo, también lo es y cómo es la primera vez que me encuentro con alguien que la llaman así, es por lo que me he atrevido…

—Es curioso, tampoco yo me encontré nunca con nadie que se llamase así.

—¿Tiene usted tiempo?

—Digamos que no tengo prisa.

Las dos mujeres salieron del edificio comercial y se acomodaron en una cafetería dispuestas a convertir aquel encuentro en algo más que un hecho aislado en sus dilatadas vidas.

J.R. Infante

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 151
  • 4.55
  • 118

Tengo a la Literatura por bandera dentro del convulso mundo que nos ha tocado vivir.

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta