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12 min
Caminante
Terror |
19.12.16
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  • 270
Sinopsis

Salir a caminar es muy sano

Fue por prescripción médica por lo que Alfonso comenzó a salir a andar. Según el doctor, los medicamentos eran parte esencial del tratamiento, pero no le ayudarían a cambiar sus hábitos de vida. El ejercicio físico sí. Y su dañado corazón se lo agradecería.

El primer día comenzó ilusionado. Se había comprado todo el equipamiento de las mejores marcas, y se creía preparado para atravesar de punta a punta el país. Pero media hora después de salir de casa, había regresado de un humor de perros.

—Esto es una tontería —le dijo a su esposa—, una auténtica pérdida de tiempo.

Habían sido treinta minutos de esfuerzo inútil. Por mucho equipamiento que llevara, todo el esfuerzo lo había tenido que realizar él. Estaba muy cansado, las rodillas le dolían y tenía ampollas en los pies.

Pero Lola, la mujer de Alfonso, le convenció para que no arrojara la toalla a las primeras de cambio. Ahora se alegraba de haberla hecho caso.

Tres meses y varios cientos de kilómetros después, Alfonso parecía otra persona. Había pasado de pesar 127 kilos a solamente 89. Se encontraba otra vez joven y fuerte. Incluso su humor, que con el paso de los años se había ido volviendo cada vez más huraño, había cambiado para mejor.

Al principio, las caminatas solo duraban una hora, dos si se sentía animado. Pero cuanto más andaba, mejor se encontraba. Y cuanto mejor se encontraba, más quería andar. Ahora, al menos una vez por semana, casi siempre los domingos, se daba largos paseos con una duración de alrededor de un cinco horas.

Pero hoy se sentía con energías. Alfonso se había planteado el reto de batir su propio record de tiempo. Así, a las ocho de la mañana, salió de su casa estrenando ropa nueva, con los cascos escupiendo su música preferida y cargado con una mochila, en la que llevaba algo de fruta, media tableta de chocolate y dos botellas de agua.

No había decidido qué camino seguir, quería improvisar. Al principio fue por la ruta que recorría habitualmente todos los domingos. Pero cuando pasaron dos horas llegó al primer punto conflictivo. El Parque.

No era un parque en el sentido más común de la palabra. Lo cierto es que se trataba de un bosque que bajaba directamente de las montañas que había al norte de la ciudad. Donde lindaba con la urbe, solo había algunos árboles dispersos entre las zonas de juegos habilitadas. Caminos cuidadosamente adoquinados, zonas ajardinadas, bancos para sentarse y fuentes para refrescarse. Por la noche, la zona estaba iluminada por farolas. Aquí era imposible hablar de bosque.

Pero ese apelativo era cada vez más adecuado conforme uno se iba alejando de la ciudad. Lo primero que desaparecía eran los jardines, las fuentes y las zonas de juego. Un poco más adentro la iluminación nocturna desaparecía, al igual que los bancos. Los caminos dejaban de estar tan cuidados, y si uno los seguía lo suficiente, dejaban de ser caminos para convertirse en senderos.

Alfonso no se sentía cómodo en ese parque. Nunca se lo había confesado a Lola, pero si estaba él solo evitaba en medida de lo posible ir a aquella zona. En sus caminatas, nunca había entrado en el Parque.

—Mientras esté por la zona urbanizada no pasará nada —se dijo a sí mismo intentando convencerse.

Como si aquella zona no guardase ningún secreto para él, Alfonso continuó caminando. Un poco nervioso al principio, pero pronto se olvidó de sus temores y volvió a sus propios pensamientos vacíos, canturreando la música que sonaba en sus auriculares.

Sin darse cuenta, se fue internando cada vez más en el bosque. No tenía la intención de adentrarse tanto, pero cuando fue consciente de donde se encontraba, se dio cuenta de que ya no había ningún camino. Era como si hubiera estando andando en sueños y acabara de despertarse.

A su alrededor, una fina neblina lo envolvía todo. Solo era principios de octubre, por lo que la niebla era altamente inusual. De pronto sintió frío. La temperatura había descendido bruscamente, haciendo que el sudor en que estaba empapado le robara el calor corporal.

Algo no marchaba bien. Eso era evidente. Alfonso sintió un miedo profundo, como si algo volviera de su pasado para atormentarle.

—Pero eso es una tontería —su voz sonó amortiguada entre la espesura del bosque.

Decidió dar la vuelta, pero no estaba muy seguro del camino a seguir. Los senderos se cruzaban unos con otros, haciendo imposible que supiera cual era el que le había llevado hasta allí. Para colmo, la niebla había ido espesándose cada vez más.

Creyendo que caminaba en dirección sur, donde se encontraba la ciudad, avanzó a paso vivo. La temperatura era cada vez más fresca, pero por suerte la niebla parecía que comenzaba a disiparse.

De pronto llegó a una zona que le resultaba vagamente familiar. Hacía más de treinta años que no pisaba el bosque, pero reconoció el lugar. El claro, el árbol caído, la roca.

Ese sitió era la razón por la que no le gustaba el bosque. Allí es donde se hallaba el punto más negro de su vida, su mayor error, el pecado más imperdonable que hubiera cometido nunca.

Tres décadas antes, Alfonso y dos de sus amigos se habían emborrachado. No estaba muy seguro de como la conocieron, pero la chica se unió a ellos en la fiesta. Los recuerdos estaban muy confusos, pero el hermoso rostro de la muchacha estaba completamente nítido en su memoria. Los cuatro estaban en el Parque, bebiendo vino directamente de la botella, sin nadie que les molestara.

La chica era guapa, y con sus miradas hacía hervir la sangre de Alfonso. No recordaba nada más hasta el momento en que se descubrió sobre ella. Solo podía ver sus ojos aterrorizados, pues una mano tapaba su boca, evitando que los gritos escaparan. Estaba completamente desnuda, y él, con los pantalones bajados hasta las rodillas, le agarraba con fuerza un pecho mientras terminaba dentro de ella.

Aunque horrorizado por lo que acababa de hacer, Alfonso estaba sonriente. Luego fue el turno de Suso, y después de que terminase Rodri, él volvió a ponerse en posición. La chica hacía ya rato que estaba inconsciente, pero eso no les detuvo. Ella, en cambio, no volvió a despertar.

Sabiendo que lo que habían hecho estaba mal, llevaron su cuerpo hasta el interior del bosque. Encontraron un pequeño claro y allí la dejaron. Levantaron una enorme roca y, en el hueco que dejó en el suelo, cavaron un profundo agujero. Arrojaron a la chica, completamente desnuda, y lo cubrieron lo mejor que pudieron. Sobre la tumba hicieron una pequeña hoguera donde quemaron las ropas de la muchacha. Luego volvieron a colocar la roca en su sitio, ocultando la tierra recientemente removida.

Nunca habían vuelto a hablar del tema, como si nunca hubiera pasado. No tenía ni idea de cómo lo llevarían sus amigos, pero Alfonso no llegó a perdonarse nunca. En sus sueños, era muy común ver la cara de la chica, con la boca tapada por una mano misteriosa.

Ahora, treinta y dos años después se encontraba en el mismo claro que aquella noche. Solo que había una diferencia.

La enorme roca que colocaron sobre la improvisada tumba estaba partida en dos. Cada uno de los trozos había caído hacia un lado. En el centro, donde antes estaba la piedra, la tierra se veía removida. Como si algo, o alguien, hubiera salido de su interior. Junto a uno de los pedazos de roca, un lobo grisáceo lo miraba con curiosidad.

Asustado, Alfonso comenzó a correr. No sabía adonde se dirigía. Solo sabía que quería alejarse lo más posible de allí. El miedo le confería fuerzas que desconocía poseer.

Agotado, con el corazón golpeando fuertemente en su pecho, Alfonso intentó calmarse. Pero era tarea imposible. El bosque parecía haber cobrado vida propia. Multitud de animales le acosaban. Podía escucharlos. Al menos eso creía. También podía ser todo producto de su agitada imaginación. O quizá fuera algo mucho peor.

De pronto, Alfonso se detuvo en seco. Enfrente, a solo unos metros de distancia, un enorme lobo lo miraba fijamente, gruñendo y enseñando los afilados dientes de forma amenazante. No estaba seguro, pero creía que podía ser el mismo que había visto junto a la roca.

Sin saber cómo actuar ante tal situación, Alfonso dio un paso hacia atrás. Muy despacio, deseando no alterar más al animal. Luego otro, y otro más. Hasta que se topó con un árbol. No quería perder de vista al lobo, pero aun así lo hizo cuando, instintivamente, giró el cuello ligeramente para ver cómo podía escapar.

Cuando volvió a fijarse en el lobo, el animal ya no estaba. Había desaparecido.

En su lugar había una mujer joven, hermosa, completamente desnuda. Una lágrima inundo cada uno de sus ojos. La belleza del rostro de la chica era idéntica a aquella que le hizo perder los papeles tantos años atrás.

Aterrorizado, Alfonso cayó de rodillas, y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

—¡Lo siento! —gimoteó—. Perdóname. Perdóname por todo lo que te hicimos. Nunca he dejado de arrepentirme. Lo que te hicimos mis amigos y yo fue horrible. Por mucho que lo he intentado olvidar, el recuerdo siempre vuelve para atormentarme.

La muchacha avanzó hacia él con paso extraño. Aunque movía las piernas, parecía como si sus pies apenas rozaran el suelo. Se detuvo enfrente de Alfonso y colocó una fría mano sobre su cara, limpiando una lágrima con el pulgar. Luego le obligó a alzar la cabeza, a mirarla a los ojos.

El vello púbico de la chica le quedaba frente a la cara. Su pálida piel parecía fresca y suave. Sus grandes pechos desnudos eran deseables. Aunque enormemente inapropiado, Alfonso se sintió excitado.

—No puedo perdonarte —dijo la mujer, con una voz sorprendentemente clara y cristalina—. Ni a ti ni a tus amigos. Vosotros me robasteis la vida que todavía me quedaba por delante, todos mis sueños, deseos y esperanzas. Me violasteis, arrebatasteis la inocencia de mi cuerpo para después arrojarme todavía viva a un inmundo agujero. No es culpa mía que hayas sufrido, yo solo fui el pecado, no el pecador. Pero ahora tendrás una oportunidad de expiar tus penas.

Según iba hablando, la pureza de la voz fue desapareciendo, adquiriendo un tono cada vez menos musical y más ronco. Pero Alfonso apenas la escuchaba ya.

Ante sus ojos, la belleza había desaparecido para dar paso a unos rasgos cadavéricos, con labios amoratados y ojos hundidos e inyectados de sangre. El pelo, que antes ondeaba libremente al viento, se volvió sucio, lacio y apelmazado. La blanquecina piel se oscureció y arrugó, cubierta de costras de sangre y de tierra. La carne se consumió, dejando solo huesos y piel donde antes habían estado sus esbeltos brazos, sus torneadas piernas, sus generosos pechos. La hermosa mujer se había convertido en un ser de pesadilla.

El terror más intenso que había sufrido nunca se había apoderado de Alfonso, que gimoteaba casi de forma obscena mientras un punzante dolor se agarraba a su pecho y se extendía por el brazo izquierdo. Estaba sufriendo un ataque cardiaco.

 —La muerte no siempre es el final —dijo la rasposa voz de la mujer—. Pero tú sufrirás antes de que te lleguen los tormentos del infierno.

Sintiendo que le abandonaban las fuerzas, Alfonso se dejó caer al suelo, poniéndose bocarriba. Cerró los ojos, intentando hacer desaparecer la imagen tan monstruosa que acababa de ver, procurando normalizar la respiración y calmar un poco el pulso acelerado. Pero el monstruoso ser no se lo iba a permitir.

Inclinándose sobre él, colocó las huesudas manos sobre su pecho. El tacto, incluso a través de la ropa, era desagradable. Un frío helador se agarró a su cuerpo, extendiéndose a través de sus venas y arterias, congelando la sangre a su paso.

El consumido cuerpo de la mujer se sentó a horcajadas sobre el del hombre, que no había dejado de llorar lastimosamente. Con sus últimas fuerzas intentó lanzar un grito que desahogase su sufrimiento, pero una mano esquelética le tapó la boca. Entonces su cuerpo comenzó a hundirse en la tierra.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la horrible máscara que tenía aquella cosa por rostro.

—Sufrirás —dijo sin mover la boca—. Sufrirás. Sufrirás.

Repetía una y otra vez la palabra, la amenaza, mientras iba siendo engullido por el suelo del bosque. Alfonso sabía que era cierto.

No podía moverse. El dolor de pecho se había extendido prácticamente por todo su cuerpo. El frío sobrenatural envolvía todo su ser. Su cuerpo era devorado lenta e inexorablemente por el bosque. Ni siquiera podía respirar.

Pero lo peor de todo era que frente a sus aterrorizados ojos estaban los de ella. No había rastro alguno de aquella mirada que, tres décadas antes, había encendido su sangre. Ahora solo había odio y rencor, un resentimiento malévolo que se complacía en su agonía.

En pocos segundos los dos cuerpos habían desaparecido, sin dejar rastro alguno, como si nunca hubieran estado allí. Un lobo apareció entre los árboles y se acercó hasta allí, disfrutando de la agradable temperatura que envolvía el bosque. Olisqueó el lugar antes de levantar la pata trasera y vaciar la vejiga. Sintiéndose satisfecho, se alejó de allí trotando alegremente.

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