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7 min
Camino a casa
Drama |
20.10.13
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Sinopsis

Hace poco leí una entrevista a un superviviente de la batalla del Ebro. Me inspiré en sus anécdotas de la guerra para escribir este relato. A ver qué les parece. Un saludo, compañeros

 

Abro los ojos. La habitación en la que estoy es sencilla. Por la ventana entra una brisa que mueve las cortinas blancas y trae el olor de un patio recién regado. Los rayos del sol delatan la danza del polvo en el aire. Las sábanas limpias tienen un tacto suave. Se escucha una voz de mujer que canturrea. Paz. Podría quedarme una eternidad en este sitio pero no puedo. Debo continuar mi camino. No sé cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es la huída del hospital de campaña. Aproveché la oscuridad de la noche para escapar Los médicos habían dicho que mi oído no estaba cicatrizando bien y que debían operarme la pierna para quitar las esquirlas. Maldita suerte. El sargento que nos hizo avanzar antes de hora y el obús nos cayó al lado. Casi me mata uno de los nuestros, tiene gracia la cosa. Estamos perdiendo. Tanta carnicería inútil no ha detenido el avance de los franquistas. ¿Cómo diablos habré llegado a esta casa?

Debo marchar antes que me encuentren. Quién hubiese imaginado que me convertiría en un desertor. La carta que recibí hace tres meses lo ha cambiado todo. Mi Elvira me contaba que ha nacido nuestro hijo. Un hijo mío. Le ha puesto por nombre Salvador, como mi padre, que en gloria esté. Ese día me olvidé por un instante de la guerra, del hambre y del horror. Llovía y el agua convertía las trincheras en lodazales apestosos. Comencé a gritar de alegría abrazando al pobre Carbonell, que no entendía nada. Quedé en el suelo, de rodillas, riéndo y mirando al cielo. Era un republicano y no podía decirlo en voz alta, pero agradecí por dentro a Dios, a la Moreneta y a todos los santos que recordaba por permitirme vivir una felicidad como esa. Quiero conocerlo, estrecharlo en mis brazos, besar a su madre y hacerme viejo con ellos a mi lado.

¿Dónde estarán mis botas? Al lado de la cama sólo hay unas alpargatas. Son de mi número. Al agacharme la pierna manda un flechazo de dolor hasta la mitad de la espalda. Mi cabeza no responde muy bien. Una niebla cubre parte de lo que veo. Es que he perdido mucha sangre y aún estoy débil, eso será. Voy despacio hacia la puerta y me asomo apenas. El pasillo está vacío y veo una puerta abierta. Me pego a la pared y llego hasta ella. Nadie a la vista. Libre otra vez. El patio de esa casa da a los campos por lo que no ha sido difícil escapar. Voy hacia un bosque de encinas. He de evitar los caminos. Si me encuentran, rojos o franquistas, me pegan un tiro sin más. Como a los hermanos Soler, 17 y 19 años, que después de la primera batalla en el frente del Segre huyeron espantados a su casa. Del batallón de ciento treinta, volvimos cuarenta y ocho. Su padre, al verlos, tuvo miedo del castigo y los mandó de vuelta a que pidiesen perdón. Los fusilaron sin mucho trámite. Al igual que a aquel teniente que cometió la imprudencia de decir al pasar nuestra compañía “pobres nanos, los llevan al matadero”. Al paredón, por derrotista. Pero aquello era peor que un matadero, por lo menos los animales viven en la ignorancia hasta el último momento, pero nosotros no. El olor de la pólvora y las explosiones atontaban los sentidos. Avanzábamos apretando los dientes y las balas pasaban silbando a nuestro lado. Recuerdo a Carbonell murmurando

-Me matarán, me matarán.

-Ponte detrás mío- le dije

Al poco rato una bala le mató. Su cuerpo se arqueó en el aire y cayó al suelo sin ruido. Murió en silencio como había vivido. Su madre vive cerca de mi pueblo, cuando todo pase iré a verla. Le mentiré, diré que fue una granada en la trinchera mientras dormía. La verdad sólo sumaría otra herida. Los agonizantes siempre llaman a sus madres. Es la terrible nana que resuena en las noches de barro y miedo.

El bosque en sombras se deja desnudar por el otoño. He conseguido unos madroños para mitigar el hambre y un hilo de agua medio escondido ha humedecido mi garganta. El dolor no cesa y me cuesta moverme. Un poco más lejos se ve un claro y en él unos pedruscos donde descansar. Me acomodo en ellos. El sol está bajando y el frío me abraza como un viejo amigo. En el cielo una bandada de pájaros vuela hacia el sur. Yo voy hacia el norte. Hacia el pueblo que dejé atrás hace unos meses, que hoy parecen siglos. Subimos al camión entre bromas, con un saco al hombro. Una muda, una manta, un plato, un vaso, un tenedor y una cuchara. En alpargatas, a la guerra. Mi madre, que sabía lo que estaba pasando lloraba en medio de la calle. Elvira le ponía un brazo sobre los hombros y con el otro saludaba fingiendo una sonrisa. Su pelo negro cayendo sobre la cintura y el vestido de flores, mi favorito, ciñiéndole el talle. Sus ojos, con el brillo del amor y las lágrimas. En su vientre, una vida que yo desconocía. Salvador, hijo mío. Me estoy durmiendo, deja que te vea en sueños.

He dormitado de a ratos, no puedo fiarme. Al aparecer la luna llena he aprovechado su luz para salir del bosque y caminar. Cobarde. Eso dirán muchos. ¿Cobarde? Esa palabra es para el capitán que me encañonó amenazando con lo peor si no defendía esa posición. Los moros de Franco estaban ya encima. Con la cara desencajada huyó corriendo. Yo grité a mis compañeros

-Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra. Vamos- escupí mientras seguía sus pasos.

-Rojillos! Rojillos!-gritaban los moros disparándonos.

Ahora la claridad anuncia la aurora. En el horizonte distingo una silueta familiar. El campanario. El corazón repica desbocado. Aligero el paso. El dolor cual perro rabioso me muerde sin piedad. Mi cuerpo débil no responde como antes. No importa, ya nada importa, estoy cerca. Reconozco tantas cosas, pero otras son diferentes. La maldita niebla de mis ojos me confunde. La plaza, la iglesia, la casa de la familia de Elvira. Llego hasta su puerta intentando que no me vean los vecinos. Golpeo despacio. Se abre la puerta. Apenas puedo sostenerme. Una mujer que no conozco aparece.

-Perdone...Elvira...necesito verla- balbuceo

-Aquí no vive ninguna Elvira, señor

-Elvira Valls... Esta es su casa

-Se equivoca, hace tiempo que vivimos en esta casa y no conocemos a esa familia. ¿Quiere que avise a alguien?- pregunta la mujer preocupada

-No puede ser...Ella...El niño

Mi cabeza da vueltas. Siento un fuego quemándome las tripas y subiendo por los brazos. ¿Qué es esto? ¿Dónde están? El grito sale sin control

-¡Elvira!

Y con ese nombre desaparece la luz a mi alrededor.

 

 

Abro los ojos. Estoy en la misma habitación de ayer. Hay un hombre a mi lado, sentado en el borde de la cama. Tiene mi mano cogida y me habla muy despacio. Me explica que estoy enfermo, que esa enfermedad hace que no recuerde las cosas. Dice que tengo setenta y tres años, que él es mi hijo y que mi mujer murió hace dos años. Lo miro y veo los rasgos de mi padre. Debe ser verdad lo que dice porque sus ojos son iguales a los de mi Elvira. Brillan, como los de ella esa mañana, por el amor y las lágrimas.

 

 

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    • Querida paisana, si tuviera que hacer un símil con la pintura, diría que tu relato es impresionista, brochazos, frases cortas, que al alejarse forman un todo, sobre todo, debido a las sensaciones. El resultado ha sido excelente. Saludos.
      Creo en la máxima de que la dificultad de un relato corto reside en que no le puede sobrar y faltar nada. ¡Y qué difícil que es, cojones! Y el relato en sí lo consigue, por los pelos, pues toda la historia desemboca en un gran final… Saludos
      Te felicito por tan trágico, pero a la vez, excelente trabajo. Nos dejas pasmados con ese guiño al final y, al principio por supuesto. Nos narras los horrores de nuestra guerra civil por boca de un testigo que , en un comienzo y a mi juicio, luchó por una noble causa. Pero la brutalidad de la guerra y los intereses lo corrompen todo. De todas maneras he disfrutado como pocas veces la lectura en esta página con tu relato.
      Me ha conmovido el relato. Yo también he conocido hombres que vivieron la guerra civil, he hablado con ellos, he sentido sus lágrimas contenidas, y he escrito algunas de sus historias, todo lo cual te dota de una sensibilidad que, verdaderamente, ha llegado a despertárseme con tu relato, tan bien trazado, tan bien narrado. Enhorabuena.
      A mediados de los 80 descubrí a un escritor, Antonio Di Benedetto. Su manera de describir con frases cortas me obligó a cambiar mi forma de leer prosa. Si he conseguido que más de un lector frenara la velocidad, me doy por halagada. Gracias por los comentarios, compañeros. José Manuel, agradezco las disculpas pero el único perjudicado eres tú. Un escritor de tu categoría no puede recurrir a lo escatológico para elaborar un simple comentario. Un saludo y gracias por vuestro tiempo.
      El espeluznante fantasma de la guerra, uno de los jinetes del Apocalipsis, narrado con crudeza y realismo, no exentos de entrañable lirismo. Las frases cortas, precisas y contundentes, son como golpes rápidos y continuados que se prestan muy bien para describir el efecto aniquilador de la guerra y su eficaz trabajo de demolición sobre los cuerpos y las almas. Sin duda, un buen relato. Saludos.
      Estimada SeleneLorena, he pasado buena parte de la noche dándole vueltas al comentario anterior, que ahora veo que me ha salido excesivo; mi repugnancia por la expresión solo puede sostenerse con motivaciones de carácter estético o literario pero no gramaticales, y por eso te pido disculpas al haber sugerido que aquello era un excremento lingüístico. He consultado la Nueva Gramática de la RAE y allí dice (página 3002, párrafo 40.7b, sobre los adverbios de foco) que: "Pertenece a este mismo grupo la expresión "es que". Se antepone en el registro coloquial -y yo subrayo coloquial- a oraciones que introducen justificaciones (unas veces aclaraciones y otras excusas o disculpas) relativas a lo que se declara en el discurso precedente". La expresión me sigue pareciendo horrible y evitable, pero mi comentario fue excesivo. De nuevo te pido disculpas. Saludos.
      El relato es muy bueno y sólo se aprecia cabalmente al final de la lectura, que es cuando nos enteramos de que el protagonista sufre cortocircuitos mentales que se reflejan en la forma narrativa un poco atropellada y en la propia presentación de la historia, que siempre da la impresión de estar parcialmente velada. Sin embargo no me ha gustado nada el "Es que he perdido...", una interjección de significado intuitivo y exculpatorio, una caca maloliente que mancha el relato (no puedo evitar volverme escatológico) perfectamente evitable. Saludos.
      Como Domenikos creo que las frases cortas desmerecen el principio, son como golpes que se contradicen con lo que describes que habla de calma: habitación sencilla, brisa, sábanas blancas, paz. Además estamos asistiendo a un monólogo y es difícil que alguien hable así y más cuando es un monólogo interior. En cambio si que se es adecuando este estilo en el momento de la huida, cuando hay acción, ya que le da un ritmo trepidante y angustioso al relato. En cambio vuelve a molestarme en el último párrafo. La historia es preciosa y me has hecho recordar a mi tío, su demencia senil le hacía creer que su hijo le encerraba en la cochiquera. Y gracias por todas esas perlas descriptivas que ragalas
      Al principio sí parece un tanto abrupto, pero a lo largo del relato llego a la conclusión de que no hay nada que no esté tal como la autora quiere, para conseguir el efecto que final que quiere. Lo único malo del relato es que se basa en hechos reales, claro que eso no es malo para el relato, los es para el ser humano. Un saludo.
    • Un guiño a la primavera. Gracias por leer y comentar.

      Un patio de tierra y dos hermanas.

      Amor: salto de fe que practican hasta los ateos.

      "lex talionis" Código de Hammurabi (1760 a.C.)

      Los guiños de Joene y Umbrio a Angelique me inspiraron esta historia. Gracias, querido Alberto Roma, por dedicarnos tiempo de lectura.

      Hace poco leí una entrevista a un superviviente de la batalla del Ebro. Me inspiré en sus anécdotas de la guerra para escribir este relato. A ver qué les parece. Un saludo, compañeros

      He hecho un pacto y cumplo mi parte no borrando textos ya publicados. Van estos micros a la salud de La Maga y Castelao, un par de asturianos que saben dar buenos consejos.

      Tiempos cambiantes.

      Argentina, hace 31 años.

      Dedicado con muchísimo cariño y respeto a los compañeros de TR. Gracias por el recibimiento cálido y cercano.

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    Pluriempleada, trimadre y mujer inaburrible. Me interesan tus comentarios para aprender, acompáñalos de las estrellas que te apetezcan. Si quieres continuar el paseo lalunaticadetuvida.blogspot.com.es

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