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4 min
Camposanto en Landete
Reales |
12.12.09
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Sinopsis

Hace frío. Es un mediodía soleado, pero con un astro imperial sin fuerza para acoger ni calentar: es diciembre. Es Landete. Es el camposanto. Estoy sólo... acompañado por mis recuerdos, por estatuas de mármol que ya no miran para atrás, como sí hizo la mujer de Lot al ser petrificada al girarse y contemplar el Hades. Aquí la piedra es fría, inerme, pero abierta a la trascendencia de cientos de almas cuyo punto de partida hacia la Gloria, ojalá, se iniciara en esta humilde tierra. Ojalá, ojalá aquí no tenga el Hades sucursal. Ojalá, ojalá la mujer de Lot pudiera abrir los ojos en Landete. Como Judas. Ojalá. Ojalá.

Me gusta escuchar el silencio más puro y verdadero: el de los muertos. Aquí todo lo veo claro. Me gusta vivir. Me asusta morir. Añoro a los que viven sin que les veamos. Rezo. Anhelo la esperanza, me cobijo en la fe, que aquí es latente, cuestionada, fuerte, suplicada. No creo en la paz de los cementerios: compruebo que existe, que se puede tocar. Estoy triste. Me gusta estarlo aquí. Rezo. Os echo tanto de menos... Mi abuelo Hilario, con su boina, su genio, su jerarquía. Mi bisabuela Elisa, con su delgadez, su moño, sus derrotas simuladas en los juegos de cartas con nosotros: el premio, dos pesetas. Mi abuela Inés, hoy son once años desde el adiós, con su redondez, sus mofletes rosados, su eterna sonrisa. Mi tío Hilario, en un camposanto vecino, con el increíble parecido con mi padre, la viveza de sus ojos, su ingenio. Mi abuela Eloira, la que me rasgó en su marcha hace ya casi un año, con su permanente rizada, su miedo desmesurado, su amor insuperable.

Y son más, muchos más. Bisabuelos, tatarabuelos, tíos no conocidos... ¿cómo erais? Sois mi familia. Mi gran familia, del ayer al mañana, aunque sólo os vea quietos, en postales en blanco y negro que no pudieron fijar en el tiempo si estabais tristes o alegres en el momento de la foto. ¿Qué pensabais? No sabíais qué sería pasadas las décadas. Yo soy testigo de ese tiempo y os lo cuento, pues formamos parte de una gran familia. ¿Tendré hijos y nietos, y bisnietos y tataranietos que piensen qué pensaba un Miguel Ángel Malavia nacido en 1982 y muerto en...? Y son más, muchos más. Vecinos, familiares, abueletes de nombre desconocido y rostro más que inolvidable. Son el color, el movimiento del Landete que yo he vivido desde que, al calor de la lumbre, comía la mejor tortilla de patatas antes de salir a la fría noche. Era mi infancia. Mi inocencia. Esas personas van desapareciendo. Landete es menos sin ellas. Al menos mi Landete. El que vean los futuros miembros de la familia será su Landete. Tal vez ya no esté. Espero que alguien me recuerde. Y son más, muchos más. Agapito y Jose, aunque no estén aquí.

Estoy triste en el camposanto de Landete. Me gusta así. Siento, estoy vivo. Quiero disfrutar de este silencio que me hace estremecerme de recuerdo, respeto y amor en medio del frío. Leo nombres, fechas y dedicatorias. Siento la fe. De personas, de un pueblo. De mi familia. Un cementerio es el mayor signo de esperanza por vivir tras morir. Si no, ¿para qué? Sin cementerios, seríamos salvajes, experimentos cual Leviatán hobbesiano.

Lloro y rezo en el camposanto de Landete. Estoy vivo. Quiero a mi familia. Quiero a mi pueblo. Quiero a este mundo tan podrido. No me quiero morir. Me aterra morir. Pero espero que, llegado el día, pueda ser la losa fría de un camposanto el inicio de mi vida para siempre. Como la mujer de Lot. Como Judas. Ojalá. Ojalá.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Conquense y madrileño, licenciado en Historia y Periodismo, ejerzo este último. Libertario y comunitarista, voto al @Partido_Decente. Mi pasión es escribir.

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