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3 min
Canciones infantiles
Varios |
28.03.14
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Sinopsis

Entró una leve brisa a través y las hojas de los arboles que comenzaban a teñirse de naranja...

Una sonrisa embellecía sus facciones, sus mejillas sonrosadas se marcaban más y sus ojos verdes claro adquirían un brillo que nadie podía pasar por alto.

La gente del pueblo le decía desde bien pequeña que llegaría muy lejos con esa sonrisa. Aunque bueno, tampoco es que fuera muy mayor.

 

Esta niña era muy especial.

 

Todas las mañanas de verano recorría una hora y media de un sendero que cruzaba los campos para llegar a la linde del bosque, lo hacía entonando canciones que había aprendido a lo largo de su infancia o que le había cantado su tía materna, que hacía las veces de madre. No es extraño ya que la suya murió al darle a luz a ella.

Te preguntarás para qué tanta caminata, casi tres horas diarias por un bosque. Ya he dicho que era muy especial.

 

Cuando llegaba se internaba, yendo siempre al mismo sitio, con su almuerzo preparado de casa, un termo con leche y azúcar y unas galletas.

 

Se tumbó en medio del claro con los brazos estirados y las briznas de hierba se mecieron alrededor de su contorno haciéndole cosquillas, por los brazos y el rostro.

Olía levemente a amapolas y lavanda silvestre, había de esas flores distribuidas al azar de la naturaleza por todo el claro con forma de circulo imperfecto.

Entró una leve brisa a través y las hojas de los arboles que comenzaban a teñirse de naranja se mecieron suavemente hasta que llegó a ella y su pelo también se unió a esa sutil danza con el viento, posándose sobre sus labios.

El olor a lavanda aumentó de intensidad y luego todo cesó, de repente el viento dejo de moverse y todo se quedó paralizado, como si se pudiera detener el tiempo.

 

Abrió despacio los ojos, la luz del sol pasaba a través de las hojas y se quedó con cada matiz de cada color que podía percibirse, el verde intenso de la hierba húmeda que la rodeaba, los verdes, amarillos y tonos anaranjados de las hojas de los árboles que volvían a mecerse lentamente, cantando una nana para ella.

Pensó en su madre, en las canciones que jamás le había cantado, en cómo sería el sonido de su voz.

Seguramente sería tan suave, dulce e inolvidable como lo que en esos instantes embriagaba sus sentidos. Se sintió más cerca de ella.

Respiró hondo y allí se quedó, inmóvil, apreciando todos los detalles que la rodeaban, hasta que algo la hiciera moverse.

 

Ese algo llegó, el hambre.

Con tranquilidad se tomo su leche y sus galletas, dejando una al lado de uno de los árboles que conformaba el círculo, algún animalito apreciaría ese festín.

Tras recoger sus cosas, retomó el camino de vuelta a casa, desandando lo andado y canturreando canciones infantiles mientras le dedicaba una sonrisa al mundo.

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    Entró una leve brisa a través y las hojas de los arboles que comenzaban a teñirse de naranja...

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Puedo decir de mi que adoro recoger un montoncito de semillas de arce y lanzarlas alto para luego intentar cogerlas; que olvido a propósito el paraguas los días de lluvia, y que paso mis noches mirando el cielo, buscando siempre lo mismo. Soy curiosa, y me encanta aprender. Adoro los buenos consejos, y las conversaciones que duran horas, las pausas y los silencios.

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