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9 min
Candela
Varios |
13.08.19
  • 1
  • 2
  • 105
Sinopsis

Texto apto solo para mayores de 18 años.

 

Déjame que sea tu noche

que enturbie tu transparencia

Manuel Altolaguirre

 

 

Tan limpio que parece una muchacha desnuda” así lo describe Juan Ramón en el capítulo XXXIX de Platero y Yo, ese titulado Aglae (la más joven de las Tres Gracias). Describe al burro mojado después de la lluvia. Hoy no llueve, luce el Sol de justicia que no reparte Justicia. Paseo después de leer, percibo, olisqueo, el excitante olor de los pollos fritos de la tienda. Por allí voy a pasar, por allí paso. Y, cuando pregunto por el precio de un pollo frito con una buena guarnición de patatas fritas y salsa, la chica, una de las chicas, me dice que van a cerrar, que ya no se vende más…pero sonríe coqueta, fea y seductora como solo lo pueden ser las feas. Lleva el pelo recogido y con trencitas, el flequillo liso sobre la frente, los pendientes de aro, la sonrisa graciosa. Se llama Candela. Y cuando se ofrece a invitarme, a compartir el pollo frito que suele llevarse a casa tras el trabajo, yo acepto. Acepto irme con ella, a su casa.

Candela pone la bandejita de papel de plata sobre la mesa, abre el recipiente con el pollo aún humeando y se empapa todo de su aroma y su sabor. Coge un tenedor grande y mezcla bien las patatas con la salsa y la salsa con el pollo. Coloca las servilletas de papel, abre dos botellines de cerveza bien fríos y se sienta conmigo, con la sonrisa a flor de piel. Nos ponemos a comer, un poco groseramente (porque tenemos hambre). Ella trocea con los dedos el pollo, coge un muslo, se pone a mordisquearlo. Me mira con los ojos oscuros. Chupa del botellín sin dejar de mirarme. El pan crujiente es el complemento perfecto, así se lo digo: todo exquisito, todo delicioso. Mojamos el pan en la suculenta salsa. Nos hartamos de comer, apuramos las cervezas y nos quedamos contemplándonos el uno al otro.

-Tenías hambre…

-Pues sí.

-Seguro que también tienes ganas de quedarte a gusto del todo…-Y aunque tardo un par de segundos en intentar descifrar su mensaje cifrado no sé si debo asentir. Pero ahora ella me mira con cierta solemnidad. Se levanta y se acerca a mí hasta sentarse en mi regazo, rodeando mis hombros con su brazo, como una niña mimosa. Me besa en la boca, sin venir a cuento, y saboreo el amargor de la cerveza en su lengua. Su mano sapiencial busca ya dentro de mi pantalón, manosea la bestia que todos llevamos dentro, y se va sonriendo ella, recuperando la sonrisa, mientras nota cómo se despierta, se despereza, mi hombría, la virilidad grosera.

Se desnuda, se va quitando el uniforme de la tienda de los pollos fritos y me ofrece sus bonitas tetas caídas con los pezones tan redonditos y jugosos. Chupo sus pezones, la miro a los ojos mientras lo hago y ella entreabre la boca de nuevo muy solemne. Se muerde el labio inferior y, ahora, su rostro es puro vicio. Un rostro pequeño, de labios finos, de nariz vulgar. No sé si se acerca a los treinta años, pero sigue siendo tierna y con aire ingenuo. Me estruja la verga hasta que la nota bien tiesa y, luego, pasa a manosearme los huevos con exquisita habilidad.

-Quiero que me la metas, cabrón, ¿me la vas a meter? Quiero sentir tu polla dentro de mí, que me la metas hasta los cojones…-Murmura en mi oreja, sin saber lo mucho que me gusta sentir el aliento ajeno dentro de mi oído, sin saber lo que me provoca que me haga todo aquello. Tengo que hacer un esfuerzo para no correrme, pero no es suficiente, me corro, me derramo y empiezo a escupir veneno con violencia. Ella sigue, no se detiene ni se sorprende, se va pringando los dedos y la mano sin dejar de menear mi rabo y me va metiendo la lengua en la oreja mientras no deja de hacerme gozar.-Venga, cabrón, quédate a gusto…

Deja de menear su sapiencial y pequeña mano y estruja y escurre mi capullo pringoso. Sacude los dedos y deja caer las gotas de leche sobre el suelo. Y luego sonríe: “Hijoputa, qué lechero eres…”

Se incorpora para desnudarse del todo y hace que yo me desnude, me lleva descalza a su cama y yo la sigo con esa mano que me coge como para que no me pierda o la abandone. Me mira a los ojos con vicio cuando llegamos al dormitorio y me acaricia los huevos cuando me invita a tenderme con ella. Qué bien sabe hacer eso de ponerme en forma, de ponérmela de nuevo tiesa, de hacer que me vuelva loco por sus carnes. Esta vez me correré dentro de ella, me la follaré, se la meteré hasta los cojones como me ruega hacer en un devoto gemido femenino y después nos quedaremos dormidos improvisando una siesta con el Sol impartiendo su injusticia fuera.

Nos hemos metido juntos en la bañera, juntos tras despertar y dejar que ella se meta mi verga en la boca y me la chupe como los Dioses deben chuparla.

-Debes pensar que soy una guarra…

-No estoy pensando eso, pero si lo pensara sería un canalla desagradecido ¿no crees?-Estoy acariciando su cuerpo resbaladizo bajo el agua calentita. La tengo sobre mí, abrazado estoy a su cuerpo pequeño y suave y noto cómo respira, cómo retumba su carne al hablar. Porque se pone a hablar, me cuenta su historia o un resumen de su historia. Escucho atentamente con mis manos palpando atentamente su cuerpo. Quizá no la estoy respetando suficiente, pero ella (mientras habla) también tienta mis carnes. Se llega a girar para que sus ojos y los míos se encuentren, y noto su aliento notando también su mano sobre mi rabo que ya está de nuevo tieso. Me sigue hablando a la vez que se mete mi cipote en su coñito y empieza a menearse toda contra mí sin dejar de hablar.

-Joder, eres todo un machote…-Se sonríe al ver que me corro otra vez, dentro de ella. Se lo agradezco abrazándola y besándola lo más profundamente que sé, que me alcanza. Y ella se abraza también y me recorre lujuriosamente las carnes con sus manos. Se ha puesto cachonda y se dedica a enseñarme cómo le gustaría que la tocase, lo que debo hacer para que se me corra encima. Y yo lo hago, al pie de la letra.

Salimos a cenar, ahítos de follar. La invito a un buen restaurante, en compensación de toda su generosidad. Pero ¿la generosidad recompensada sigue siendo generosidad? Qué importa la metafísica y la teórica. Le digo que tres veces me enamoré y tres veces me tuve que desenamorar. Quizá con la primera fracasé en mi intento de desenamorarme, seguro que con la segunda fracasé del todo.

No me he vuelto a enamorar, por suerte, comento. Candela me escucha con la misma atención que yo la escuchaba en la bañera contarme que, siendo muy joven, como si ahora se sintiera vieja, se prostituyó y lo pasó mal, muy mal. No contó nada de su infancia que supongo con parecidos (pero no los mismos) traumas a los de la mía. Se interesa por el libro que siempre llevo conmigo. Le leo un par de capítulos: el de La Tísica y el de La Niña Chica y se emociona igual que yo me emociono cuando los leo. Quizá no he debido escoger esos precisamente, pero me ha salido así. La poesía y la muerte, la ternura y el sexo sórdido. Todo vilmente unido.

Candela está inesperadamente guapa con el suéter azul oscuro y la camiseta blanca de tirantes debajo. El pelo ahora suelto y los pendientes de aro con preciosos adornos azules. El semblante serio, preocupado. Los colgantes al cuello y las gafas de sol colgadas del cuello del suéter. Me atrae mucho su mirada de cachorrito triste.

Salimos del restaurante a pasear, a gusto con nuestra mutua compañía. Del amor no queríamos saber nada, pero quizá sí de la buena compañía. La beso porque está muy guapa, porque me atrae mucho.

-Todos los días hay que comer y follar…-Apunta ella de forma un tanto misteriosa. Sus ojos me escudriñan. No saben si están observando al poeta o al macho cabrío. No cree en Príncipes Azules (¿alguien cree en eso ya?), pero sabe mucho del absurdo y efímero arrebato del delicioso y escaso orgasmo. Yo todavía sueño con Princesas Azules. Sueño que solo en sueños son reales.

Nos besamos en rincones impuros y la dejo hacer con su mano dentro de mis pantalones. “¿Quieres correrte en mi cara?” susurra llena de vicio, como si supiera que el vicio es una llamada que siempre obtiene respuesta. Y asiento sabiendo, o debiendo saber, que luego me sentiré culpable. Pero nunca la culpabilidad nos evita tener la culpa de lo que hacemos. Ella menea frenética su mano, aferrada a mi rabo tieso y enorme: “Qué tranca tienes cabrón…venga córrete en mi puta cara, córrete en mi jodida cara de puta…” y eso hago, eso hago.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  • Por cierto en mundopoesia tienes una cara subnormal propia de la mierda que escribes
    Repugnante como de costumbre garlitos el troll más triste y sórdido de la web solo aportas asco y repugnancia eres el tío más solo y triste de tu pueblo puto paleto cordobés sigue anunciandonte en páginas de singles que estás más solo que la una.... Salido de mierda tu forma de escribir es propia de aquel que se mata a pajas en el ordenador. Payaso
  • Texto apto solo para mayores de 18 años.

https://escritorcsg.blogspot.com/

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