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9 min
Cañonero Vargas
Suspense |
15.05.16
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Sinopsis

De como las cosas que empiezan mal, pueden acabar peor. Como siempre mil gracias por leerlo.

Dicen que llega un momento en el que las cosas ya no pueden empeorar, que tarde o temprano el maldito karma te reclama lo que es suyo y después te deja en paz. Bueno, pues yo debo deberle mucho a ese tipo y se  está tomando con calma lo de recuperar lo que le debo.

Despierto con el impacto del agua helada y nauseabunda que da de lleno en mi rostro, estoy atado y sentado en una vieja silla con los pies metidos hasta los tobillos en un gran balde lleno de cemento a medio fraguar. El olor a pescado podrido y a humedad invade mis fosas nasales, debo estar en alguna vieja construcción abandonada del puerto, lo suficientemente aislada del resto de construcciones como para permitirse el lujo de no amordazarme. Al moverme noto el latigazo de dolor proveniente de mis costillas rotas y un tipo feo como el demonio sonríe divertido con un cubo en la mano, tan cerca de mí que puedo ver los cráteres que dejó en su cara un ataque de viruela especialmente fuerte. Lo reconozco, es uno de los sicarios de Samoa, intento reprimir un ataque de tos y noto como me viene una arcada. Teniendo en cuenta mi situación decido doblar la apuesta, nunca he sido un tipo especialmente inteligente y la ocasión lo merece, que demonios.

Vacío el contenido de mi estómago en los pulcros zapatos del feo que comienza un baile grotesco mientras retrocede asqueado. “Por lo menos mi puntería sigue siendo buena”—pienso, y una sonrisa aflora a mis labios partidos, pero ese esfuerzo me recuerda dolorosamente que tengo la cara destrozada y un agudo dolor recorre mi rostro.

— ¡Maldito hijo de perra! Chilla aquel aborto de mono con sombrero. — ¡Me hare unos zapatos nuevos con tu cara!

Me golpea con el cubo de hierro, intento esquivarlo pero estoy en las ultimas y me da de lleno. Todo se vuelve blanco, noto crujir mi tabique nasal y el discurrir caliente de la sangre empapando mi camisa. Ya no puedo respirar por la nariz, y la noche acaba de empezar.

—No te pongas así “Virus”. Sabes que el pediatra le dijo a tu madre que no debías acercarte a nadie mientras duerme con esa costra que tienes por cara. — Dije escupiendo sangre.

Oigo una risa cascada detrás mío, el otro sicario de Samoa está sentado a mi espalda, a Virus no le hace gracia mi chiste.  Avanza hacia mi sacando una navaja automática del bolsillo con una expresión indescriptible en el rostro, indescriptible porque es tan feo que no se si está enfadado o contento pero todo parece indicar que lo primero.

            “Esto se acaba”—Pienso y me tranquiliza, prefiero morir de una cuchillada que en el fondo del mar, es la muerte más jodidamente horrorosa que puedes tener, no tengo miedo a las balas porque no he oído de nadie lo bastante rápido que haya podido esquivarlas. ¿Porque temerlas? Tampoco lo tengo de los puños ni de los cuchillos, forman parte de la lucha. Si alguien puede acabar conmigo así, mis respetos. Pero en esos lances doy lo mejor de mí, más vale que no falles, porque yo no fallare.

Pero las heladas profundidades me aterran, sentir como tu vida se escapa con cada bocanada de aire que reclama tu cuerpo y que no le llega, sentir como bajas sin freno hacia la oscuridad mientras agonizas. Una vez oí decir que si todos los que yacían en las frías aguas que bañan Imperial City volvieran a la vida, la población de esta seria más del doble. Sin duda era una exageración, pero la verdad no quería comprobarlo. No, prefiero enfrentarme a la muerte sonriendo mientras aquel engendro del demonio se me acerca con ira y con la muerte rápida en sus manos.

— ¡Quietos estúpidos!—Oigo unos metros más allá y maldigo una vez más mi suerte. Estaba tan cerca. Se oyen pasos apresurados bajar por una escalera y aproximarse hacia nosotros, aprovecho para mirar a mí alrededor. Me han metido en un viejo almacén del muelle, el sonido lastimero de la bocina de alguna embarcación intenta avisar de su presencia en las proximidades del puerto El local debía estar hacia años abandonado hasta que se apodero de él la banda porque se caía a trozos, aun así uno podía dejarse las cuerdas vocales pidiendo auxilio en aquel lugar y a nadie le importaría...

El pequeño Samoa se acerca pavoneándose, ciento sesenta  centímetros de mezquindad embutidos en tres mil pavos de traje a medida y me acerca su cara de rata. Me sonríe con sus dientes amarillos y agarrándome del cabello me tira la cabeza hacia atrás.

—Eso es lo que quieres. ¿Verdad? Una muerte rápida. No te culpo, todos quisiéramos una muerte así. Yo quiero una muerte así Una muerte apacible, casi como si echaras una siesta. ¿Quién no desea algo así?—Dice teatralmente mientras se dirige a sus matones que asienten rápidamente.

Pero esta noche me has hecho perder mucho, mucho dinero Vargas, una verdadera fortuna. Y lo que es peor has dañado mi reputación y mi buen nombre. Además de arruinar mi inversión..!Y todo por tu maldito orgullo.¡—Grito desde sus zapatos con alzas. —Tú y yo teníamos una buena relación de negocios, teníamos un trato y era bueno, sobre todo para ti. Antes de eso no eras nada, una vieja leyenda que no tenia donde caerse muerto. ¡Me lo debes todo!—Samoa caminaba nervioso y visiblemente cada vez más enfadado alrededor mío.

            — ¡Y como me lo pagas!! Solo tenías que hacer una maldita cosa!! ¡Solo tenías que dejarte dar golpes hasta el cuarto asalto y caer como el jodido saco de basura que eres maldito imbécil!

Los dolorosos recuerdos vinieron a mi mente como un chaparrón primaveral, primero algunas gotas, luego el grueso de las trágicas vivencias de aquella noche se agolpó en mi mente

—Hice lo pactado, caí en el cuarto asalto, el chaval gano. Note como se humedecían mis ojos al recordar el último combate de mi carrera. Recordé una vez más aquella mirada limpia en aquellos ojos azules y pensé que aquella había sido la única muestra de inocencia que había habido entre los miles de almas que poblaban el recinto aquella noche.

Una fuerte patada en el estómago me corto la respiración y empecé a boquear como un pez mientras escuchaba las histéricas risotadas de los matones de Samoa, que volvió a cogerme del pelo y me acerco su pequeña cara de rata al oído.

—Lo mataste imbécil, no cayó en el ring pero lo hizo en mi casa, delante de mis amigos. Querías demostrar que aun te quedaban principios... principios Vargas.

¿Quién demonios tiene principios en Imperial city? ¿Quién? El alcalde, la policía, los jueces, todos. hasta tu dejaste tus principios de lado por un puñado de calderilla.

“Es cierto “pensé. Hasta esta noche yo era así. Pero ya no, ya no más. Asumo lo que fui, en lo que me llegue a convertir y lo acepto, con todas sus consecuencias.

— ¿Sabes? Le dije al oído. —Te agradezco que me hayas dejado sentarme, no sabes cuánto. Así podemos hablarnos cara a cara, y puedo apreciar esa peste a pescado podrido, bastardo sietemesino. —Dije obsequiándole con mi mejor sonrisa.

La cara de Samoa pasó en unos segundos de la extrema perplejidad a la más furiosa expresión de rabia, y retrocediendo unos pasos me señalo con un dedo tembloroso y ridículo.

¡Al agua!—dijo con la voz temblorosa, y con la cara roja como un tomate.

El “Virus” se removió inquieto. —Jefe, el cemento todavía no estará bien fraguado sería mejor esperar...

¡Quiero al maldito hijo de perra en el fondo del muelle, imbéciles!—Dijo, sacando un revolver de cañón corto del bolsillo interior de su cara americana, sin dejar de mirarme con sus ojos de roedor desquiciado...

            Los esbirros del enano se acercan a mí y Virus me tira hacia atrás de una patada. Caigo de espaldas al suelo y un relámpago de dolor proveniente de mis costillas rotas me hace gritar  Eso alegra el día al tipo de la cara de cráter, que deja escapar una risita mientras avanza hacia mí con una mueca vengativa en el rostro.

— ¡Vamos, al baño nene! Dentro de unos años los peces habrán dejado tus podridos huesos tan limpios y relucientes que los podrán exponer en un museo.

“Así no, no moriré así.”—Y un sudor helado recorre mi castigado cuerpo, Desde el suelo, mi cabeza gira al oír el ruido de una gran puerta corredera y veo a Samoa empujándola con dificultad. Afuera la noche está en calma, las estrellas brillan con fuerza, y la luna se refleja en las negras aguas del embarcadero.

Noto como la adrenalina fluye por mis venas, como mi cuerpo maltrecho a golpes intenta liberarse de sus ataduras, me muevo por instinto. Ese bendito instinto animal que es el que realmente nos saca las castañas del fuego cuando estamos ante una amenaza real, y nuestro racional cerebro no acierta a sacarnos del embrollo.

Intento mover mis pies, Virus tenía razón, el cemento no ha fraguado del todo, y lucho contra el con la fuerza que me da la desesperación, forcejeo nerviosamente aprovechando el subidón temporal de adrenalina, y por fin consigo sacar un pie de su prisión de cemento.     

Los dos sicarios se acercan a mí, y yo con mis últimas fuerzas espero hasta que el compañero de Virus este a mi alcance para hacerle la zancadilla. El tipo no se lo espera y cae aparatosamente encima de una antigua báscula de metal. Veo como su cuello se dobla con un crujido y cae rodando a mi lado con la sorpresa aun reflejada en su rostro. Oigo la exclamación de sorpresa del otro esbirro mientras aprovecho para recuperar el aliento. Por fin el karma se ha dignado a ponerse de mi parte.

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  • La verdad es que tienes toda la razon, aunque intento mejorar con cada texto, siempre quedan mil cosas. Gracias por tu sinceridad, a ver si poco a poco cuido mas la ortografia.
    Pedías en una de tus entradas que opinásemos sobre tus textos. A mi me ha gustado. Escribes con soltura, y eres capaz de mostrar en palabras la crudeza de una escena. Desarrollándose éste relato en una habitación y en un lapso de tiempo limitado, mantiene el interés. Muy bien los diálogos, donde se te notan tablas. Quizás el final es un poco abrupto y deja la sensación de dejar la escena inacabada. Ya en temas más formales, me ha llamado la atención el formateo del texto, eres cuidadoso en la separación de los párrafos y la utilización del guion largo en los diálogos, pero descuidado en otros aspectos, por ejemplo colocas varias veces un guion de cierre de diálogo que no has abierto previamente al terminar de plasmar un pensamiento y por el contrario no cierras algún diálogo antes de introducir la acotación del narrador. En varias de las exclamaciones las abres simples y las cierras dobles, y alguna está puesta del revés. También faltan algunos acentos. Siendo lo complicado escribir el texto, es una pena que se manche por estas cuestiones que son de poner un poco de cuidado. Un saludo.
  • De como las cosas que empiezan mal, pueden acabar peor. Como siempre mil gracias por leerlo.

    Unas dudas trascendentales para un aspirante a escritor.

    Un día el destino puede darte una oportunidad de volver a ser el que eras, pero todo tiene un precio, y no suele ser barato.

    Pequeño microrelato de terror, espero que os guste.

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