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6 min
Capítulo dos: Papá.
Suspense |
04.05.20
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Sinopsis

Mara era consciente de lo pesado del aire, cargado de respiraciones caducas.

CAPÍTULO DOS: PAPÁ

 

 

Mosquillas de la fruta yacían sobre la cómoda en una suerte de fosa común, sobre un campo de cenizas que era el polvo acumulado desde hace mucho. Fotos amarillas o rojizas en marcos de imitación de bronce barroco custodiaban los rostros de personas que ya no eran, de rígidas sonrisas y afectados perfiles.

 

Mara era consciente de lo pesado del aire, cargado de respiraciones caducas. Cajas de cartón acumuladas, apiladas, llenas de cojines bordados con oscuras manchas, ovillos de lana, periódicos viejos y húmedos. Las suelas de las botas se le quedaban pegadas al suelo a cada paso. La oscuridad llenaba el pasillo donde esperaba una luz, la LUZ, de hecho. El dormitorio de papá. Sólo de papá. Mamá ya no estaba desde hace mucho. Su ausencia llegó a ocupar el mismo peso que papá, de modo que en los almuerzos adolescentes seguían siendo tres, aunque eran dos.

 

El lecho matrimonial, de sábanas, antaño blancas, ora carcomidas por el uso y la lejía, una colcha de raso rosa con flecos cayendo a los lados, las sábanas abiertas parecían una boca abierta y desencajada, inánime, consternada, o ambas cosas. El hueco que habitó papá era más que evidente.

 

-Lo encontraron un mes después, imagínate. Pobre..., si yo lo hubiera sabido te hubiera llamado corriendo. Hoy en día estamos desconectados, se te muere un vecino de toda la vida al lado y ni te enteras...

 

-Bueno, sí te enteraste.

 

-¿Cómo?

 

-Por el olor, ¿no?

 

-Bueno, claro..., cierto.

 

Mara rodeó la mancha oscura de fluidos corporales que supuró el cadáver de papá. Curiosamente, dibujaba su postura fetal, a la luz de las pesadas cortinas de terciopelo verde, y si no fuera por el olor, casi se podría decir que seguía allí, durmiendo plácidamente.

 

-Bueno, vida mía, vamos a empezar, que cuando antes empecemos antes acabamos.- Carmen, la vecina del sexto, de toda la vida, la que de chica le ponía la merienda mientras veían juntas la telenovela, mientras papá trabajaba, Carmen abrió de golpe las pesadas cortinas. La luz iluminó su pelo tintado de rojo oxidado, acojuntado con la mancha de la silueta de papá.

 

-Por lo menos tu sabes dónde estaba niña, y que murió en su casa, no como mi padre, que vete a saber dónde acabó...-Carmen y Mara cogieron ambas las sábanas a cada extremo sin titubear demasiado y despellejaron la cama, echándolas a un lado.

 

-¿Qué vas a hacer con sus cosas?

 

-Tirarlas, supongo.

 

-¿Todas?

 

-Claro, ¿qué iba a hacer con ellas?

 

-Anda, niña, pues mira que puedes hacer cosas...la ropa y los libros a la parroquia, las latas a un banco de alimentos, y con las fotos y demás te quedas tú. ¿Tu madre sabe esto ?

 

-No lo sé.

 

-Ya...de todas formas ya sabes lo que pienso. Era tu padre Mara.

 

-Tu ya sabes cómo era mi padre, Carmen.

 

-Lo sé, pero era tu padre. No era yo la que me lo tenía que encontrar.

 

-Ya lo sé, Carmen.

 

Mara desplegó las bolsas de basura, negras, y empezó a ''clasificar'' con una etiqueta demasiado general para el gusto de Carmen. Luego, tras ocho bolsas, que le parecieron más bien pocas, se quedó mirando la mancha en el colchón, sin saber muy bien qué hacer.

 

-De esto me encargo yo, vida mía. Vete a tu cuarto a ver qué encuentras por allí.

 

Mara estaba de acuerdo y así se lo hizo saber a Carmen mientras se hundía en la oscuridad del pasillo.

 

A la derecha del baño, alicatado impecablemente y adaptado a un anciano impedido se encontraba el antiguo dormitorio de Mara. Al poner la mano sobre la madera notó que estaba entreabierta, y los intestinos se le contrajeron por un instante. Una imagen mental de su niñez recorrió veloz su cabeza, colorida y luminosa, sabía que lo que le esperaba al otro lado no tendría ese color y así fue. La misma colcha rosa chillón ahora era de un rosa marchito. Las persianas dejaban pasar la luz entre cada agujerito de sus ranuras, y ésta entraba danzando con las motas de polvo sobre su antiguo escritorio.

 

Mara recordó de repente que se había olvidado de respirar, y cogió aire, encojida. El hedor también había llegado a su cuarto. Un lapicero lleno de material escolar, varios cuadernos amarillentos y gastados apilados como las cajas de cartón del pasillo. La silla giratoria chirriaba cuando Mara le dio vueltas. Las paredes tenían parches y agujeros de chinchetas que testimoniaban la presencia de los pósteres que llenaban su habitación. Ninguno quedaba, sí el cuadro de la virgen de la abuela. Un marco marrón pino encajaba una madonna, de ojos con grandes párpados caídos, cabellos oscuros y oscuras ojeras que sostenían a un bebé con apariencia de señor obeso, bajo los pies de la virgen, una orbe de aguas cristalinas y un cielo dorado de fondo. En una esquina, una estampa del Cristo de los Gitanos, con su cara oscura, su capa púrpura y sus rayos dorados saliendo de su sangrante cabeza. El cuadro estaba estratégicamente colocado frente a la cama, en alto, en primer plano.

 

Sabía que el armario estaba lleno de otras cajas de zapatos que guardarían zapatos y otras cosas que no quería descubrir. El armario con espejo donde se probaba la ropa que se compraba en las rebajas era ahora un ataúd, no convenía abrirlo. Sobre la almohada descansaba Ludovico, su mono de peluche. Lo último que le regaló mamá antes de irse.

 

Mara se tumbó en la cama, a lo largo, los pies y los ojos en dirección a la Santa Madre, las manos sobre su pecho, abrazando a Ludovico. (A ti te llevo conmigo Ludovico...voy a darte un baño de agua calentita cuando lleguemos a casa...).

 

Cerró los ojos, se fingió muerta, su juego infantil más recurrente. Se puso de lado, en posición fetal, sin soltar a Ludovico. La cara mirando a la ventana. Los pies encogidos. La respiración rítmicamente coreografiada para satisfacer a su auditorio, como una soprano en una aria de creciente esplendor. Comenzó a mecerse. Hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás, ea, ea, ea, papá...Mara ponte de ladito que viene papá, ea, ea, ea....papá te quiere mucho, mucho más que mamá...ea, ea, ea, mi niña bonita, mi niña especial,...ea, ea, ea...mi niña preciosa, qué mayor eres ya...ea, ea, ea...

 

Hueles a mierda papá.

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