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4 min
Caprichos
Varios |
27.11.12
  • 4
  • 13
  • 2824
Sinopsis

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Cada día para el era una tortura, se sentía desgraciado, sentía que el mundo se confabulaba en su contra, que nada le salía bien, que la mala suerte no se separaba de él ni un momento ¿Qué había hecho él para merecer lo que le estaba sucediendo? No encontraba la respuesta, o más bien no la recibía, pues estaba seguro de que alguien estaba detrás de esto. Sabía que alguien, con su retorcida mente, pretendía complicarle la existencia y esto le enfurecía, desembocando en maldiciones, insultos, blasfemias y demás infamias

Los días pasaban y nadie parecía querer darle la respuesta haciendo que de las 24 horas del día, 23 estuviesen llenas de reproches, críticas y demandas a ese “ser maligno”. Se arropaba con maldiciones, se enjuagaba con protestas y masticaba quejas.

Volviendo a casa un día cualquiera del trabajo, con la mirada perdida, concentrado en echar pestes sobre todo aquello que se le ocurría cruzar su mente, atravesó la calle y al alcanzar la acera vio como una figura femenina se le abalanzaba. Esta le miraba con ira, como esperando una explicación, y al ver que el no tenía intención de decir absolutamente nada se precipitó a decir:

-          ¿Qué problema tienes conmigo?- Ahora más que furiosa parecía dolida.

-          Eeeh… ¿Yo? – Él no entendía nada,  seguro que se había equivocado de persona.

-          Sí, tú, y no, no me he equivocado, sé perfectamente quien eres, Carlos- Dijo ella como si le hubiese leído el pensamiento.

¿Cómo podía saber su nombre? Intentó hacer memoria pero no, no le sonaba de nada, y jamás habría podido olvidar esa mirada tan intensa, segura e hipnótica, parecía que esos ojos le atravesasen, y que al mismo tiempo jugasen con lo que veían en su interior. Le dolía, literalmente, mantenerle fija la mirada, así que apartó los ojos y aprovechó para fijarse en las demás facciones de su cara: La nariz fina, como de porcelana; los labios delgados, que parecían mantener de constante una sonrisa irónica; los pómulos rosados, como los de una niña, pero la misma dulzura que expresaba su cara se veía contrarrestada por un pelo rojo y alborotado, cuyas ondulaciones se distribuían aleatoriamente sobre su cabeza. Le tenía atontado, era la belleza más natural que jamás había visto.

Ella se impacientó y para asegurarse una respuesta suavizó el tono:

-          ¿Por qué me odias?

-          Verás… Yo no sé… No sé quien eres… - Casi lo decía avergonzado.

-          ¡Oh, vamos! Sí que lo sabes, no dejas de maldecirme en todo el día.

Entonces el comprendió ¡Era ella la culpable! ¡Era ella quien le debía una respuesta! Intentó mirarla con ira, pero no estaba cabreado, no podía estarlo. ¿Por qué tenía que ser tan bella? Su cara parecía ser el antídoto contra todo el veneno que su boca deseaba escupir. Estaba confuso y entonces se le ocurrió la única pregunta que quería y era capaz de cuestionarle.

-          ¿Quién eres tú?

-          Soy la vida. La vida que tú pareces no querer, con la que estas tan cabreado. La vida que con esfuerzo te deja levantarte cada mañana. Soy quien te dio la oportunidad de conocer a la chica con la que compartiste tantos momentos de felicidad. Yo soy la que cuida de aquellos familiares que aún siguen contigo y la que cuida de ti. Gracias a la que conociste a los que hoy son tus grandes amigos, la que te da la posibilidad de cumplir tus sueños, sí, es cierto, también soy yo, en cierto modo, la culpable de robártelos, de hacerte entristecer por aquellos a los que me llevo, de tus desamores y de tus enemistades. Y digo en cierto modo, porque en muchas ocasiones tu estupidez se deja guiar por mis caprichos: aquí el máximo culpable eres tú. Tú que dejas escapar las oportunidades y con ellas tus sueños. Tú eres el que decide olvidar a quien se ha ido, el que con su tozudez, su ego y su afán por culpar a los demás consigue perder a todos los de su alrededor. Incluso a mí.

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  • Me gustó mucho!
    La vida no cuida de nadie ni es bondadosa, es una cabrona egoísta que sólo mira por su propia supervivencia. Aún así... yo la amo.
    Me encantó el escrito!!!! Unos interrogantes: ¿Quién está legitimado a exigir a alguien engañado, que ande feliz por la vida, desparramando optimismo? ¿Existe alguien, con suficiente autoridad moral, para engañar al otro (un médico, por ejemplo) y obligarlo a sufrir? Gracias "anónimo" por compartir tan buena literatura, un abrazo apretado, Dulce Soledad Suárez
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    No lo leí en su momento. Interesante mensaje
    Un gran relato... me gustó mucho.
    Cierto lo que dice ender sobre la similitud del tema con el relato de Berríos, pero tú lo has encarado de otra forma. Muy bien
    Escribe tus comentarios...Al leer tu texto me vinieron a la cabeza "los nueve principios..." del relato de Roberto. Lleva razón Katia, la vida no es tierna, pero nuestra forma de encararla es determinante para obtener las satisfacciones que puede ofrecernos. En ese sentido totalmente de acuerdo con la idea que mueve tu texto, pero sabiendo que incluso así da sus buenos palos. La descripción "física" de la vida, una metáfora cautivadora.
    Muy ingenioso y bien escrito
  • .

    Se querían...

    .

    Todos como borregos hasta que nos demos cuenta de que merece la pena arriesgar.

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