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10 min
Cara de hojalata
Amor |
21.02.21
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Sinopsis

Shhhh.

Cara de Hojalata. Apenas podía cerrar los ojos. Eran enormes y sus párpados no alcanzaban para cubrirlos. En la nariz tenía puestos unos cañitos para que pudiera respirar. A veces, al estornudar, se le salía alguno de esos cañitos de color metalizado. La boca, cerrada. No tenía labios. Se comunicaba con señas. No con el alfabeto de los mudos, sino con el de los presos. Hay similitudes entre los alfabetos, pero no es igual. Y no tenía lengua. Pero eso no lo sabía nadie porque no abría la boca. La comida viajaba por otro tubito conectado a la garganta. Este tubito era de goma. En un principio fue transparente. Luego tomó el color de la materia fecal. Cara de Hojalata parecía haber sido reconstruido por manos improvisadas, y no por manos profesionales. 

 

Lo divertido con Cara era pegarle justamente en la cara. Hacía ruido. Era como pegarle a una planchuela de chapa. Sonaba como un gong. Aunque pasaba el tiempo, siempre resultaba divertido pegarle a Cara. Pero un día, comenzó a defenderse de esos golpes con un cuchillo grande, de carnicero, mango de plástico blanco, y hoja brillante. Lo afilaba en el cordón. Cuando lo hacía, miraba de reojo, para que todos pudiéramos ver que llevaba un arma. Raspaba y raspaba contra el cordón, incluso haciendo sacar chispas a la hoja. La verdad hacía muy bien el trabajo. Cuando se cansaba del espectáculo amenazante, lo metía en su morral donde guardaba su mercadería. Es que Cara de Hojalata vendía pomadas. Ungüentos a base de grasa de iguana. Reconozco que le he comprado. También hacía masajes. Según decían, eran curativos. Los hombres, los estibadores que pagaban el servicio, retomaban el trabajo con otra energía.

 

Pero aunque Cara llevara un cuchillo, las bromas seguían. Ya no le pegaban de cerca, sino que le tiraban con piedras. El hombrecito sacaba el cuchillo, plantado para el ataque, pero el agresor siempre se cubría en el anonimato y la distancia. Era gracioso escuchar el ¡gong! cuando en su cara rebotaba el proyectil. Las risas eran despiadadas. Exagerábamos nuestras carcajadas. Queríamos que sintiera dolor también con la burla. A eso lo llaman saña.  

 

Con el tiempo, cuando tirarle objetos de lejos era repetido y aburrido, comenzaron los desafíos. Enfrentarlo. Pegarle en la cara con un palo y salir disparado para no recibir el castigo de Cara. En un comienzo, nadie sabía qué tan rápido podía ser Cara con el cuchillo. Y nos sorprendimos, porque al primero que aceptó el desafío, lo hirió. El muchacho tuvo que ser atendido en la clínica de los estibadores, y durante mucho tiempo no pudo trabajar. La herida había sido en el brazo. Entonces, este jueguito se ponía interesante. Y comenzaron las apuestas. Hubo varios heridos. Y aunque perdían días, semanas o meses de trabajo, a su regreso volvían a repetir el desafío. Varios estibadores, durante esa época, se endeudaron. Es cierto que a veces, el palazo en la cara era rápido, calculado, y algunos lograban salir victoriosos. Ahí recuperaban un poco de capital. Pero no siempre se les daba esa suerte.

 

A Cara de Hojalata no le gustaba este juego. El hecho de que el golpe fuera con un palo y no con las manos, le provocaba laceraciones profundas. Y su rostro ya tenía un estado lamentable. A veces, en la velocidad del ataque, y por ser de sorpresa, el palo no lograba dar en el rostro pero sí en el tubito del alimento, arrastrando el mecanismo y dejando al descubierto un agujero con forma de ano en la garganta. Todo esto provocaba el derrame de un jugo apestoso y maloliente que nos dispersaba. Arrancar el tubito de su lugar, no daba premio, aunque tampoco se lo anotaba como una pérdida. En todo caso el resultado era nulo.

 

Al tiempo, el Consejo Estatal intervino nuestro trabajo. Enviaron a la Gendarmería porque la policía bla bla bla...lo de siempre. Todo eso no nos movía ni un pelo. Mientras Cara de Hojalata estuviera vivo y siguiera recorriendo los pabellones con su aspecto monstruoso, todo era felicidad. Y no exagero con el uso de la palabra felicidad. Puedo hablar por mí y decir que nunca había tenido tantas ganas de ir a trabajar como en esa época. A veces me quedaba a dormir en el trabajo. Y todo era por Cara de Hojalata. Los patrones, también estaban felices. Si bien perdían hombres porque Cara con  su cuchillo los enviaba al hospital, enseguida el puesto era ocupado por algún estibador que venía de afuera, que esperaba su oportunidad, porque no tenía trabajo y que, aparte, se desesperaba por conocer y golpear a Cara de Hojalata. Debería decir que Cara ayudó al crecimiento de la producción. Aparte de que el ánimo de los hombres era un gran aporte para evitar problemas sindicales y de ese tipo.

 

Los policías, seguían patrullando la zona. Pero no vigilaban. Lo suyo era vagar por los pabellones, conversar con los hombres y de paso, reírse, ya sin privaciones, de los ataques que recibía Cara. Los gendarmes al principio se sorprendieron de todo este suceso. No era para menos, era un espectáculo único. Pero sus rostros se mostraban impasibles. Ningún gesto. 

 

Sobre las fuerzas de seguridad y Cara, tengo que reconocer que el hombrecito nunca les fue a pedir ayuda. Ellos tampoco se la ofrecieron. Eso implicaba, también, aparte de felicidad, paz.

 

Pero aunque suene cursi, dicen que la felicidad no es para siempre. Y lo comprobamos. Entre los gendarmes sí había uno que se sentía afectado. Después, nos enteramos que era un militante de los Puros. Cuando lo supimos, ya lo habíamos dejado sin techo. Le prendimos fuego la casa. Pero esa es otra historia. Lo que importa acá es que este gendarme Puro, nos dejó sin diversión. Y siento un poco de culpa por lo sucedido. Porque un día, lo vi llorar al Puro, junto a Cara, que levantaba su mano y le hacía señas de que fuera hombre y terminara con eso. Pero el Puro, creo yo, entendía otra cosa. No conocía el lenguaje de señas. Y es ahí donde yo debí haber reaccionado y denunciado al gendarme con el resto de mis compañeros y quemarle la casa o su cuerpo mucho antes. Porque en esas circunstancias era mejor que ese Puro desapareciera. ¡Pero no hice nada! Y sucedió lo sucedido.

 

Cara de Hojalata, en una jornada, había enviado a seis hombres al hospital. Era todo un récord. Mirábamos sorprendidos. Cara estaba rápido con el cuchillo, mucho más ágil. Incluso, habíamos notado una postura corporal distinta. Se había adaptado al juego. Y eso era un problema porque en el corto tiempo todos iban a ser heridos. No lo podíamos permitir. Había que modificar el juego. Entonces se nos ocurrió ataques de a dos. Pero sin palos, sino golpearle la cara con las manos. 

 

El día que se inició este desafío, la ansiedad nos superaba. Primero, porque era algo nuevo, distinto. Segundo, porque había quienes querían vengarse de Cara. Muchos habían quedado inválidos de sus brazos o habían perdido los dedos de sus manos. Cara de Hojalata dejaba secuelas si lograba acertar con su cuchillo. Hubo quienes casi murieron desangrados. El clima era de diversión, pero había algo oscuro detrás. La venganza es un sentimiento tan malo. Lo aprendí ese día. La venganza hace perder la cabeza al hombre. ¡Y fueron dos hombres los que perdieron la cabeza! Mejor dicho, ¡tres! ¡Porque el gendarme Puro, fue el que destruyó para siempre nuestro juego!

 

Como decía, ese día comenzaba una nueva variante en el juego. Los primeros dos que desafiaron a Cara, sufrieron heridas. Tuvieron que abandonar y pagar las apuestas. Ese primer desafío nos ubicó más o menos a qué nos enfrentábamos. Para Cara también era algo nuevo, y no sabía de estos cambios. Sin embargo, salió victorioso. Y no fue la única, porque en dos desafíos más, ¡también lastimó a los atacantes!

 

Hasta que llegó el final. Ingrato recuerdo. Maldito...Bueno, una pareja de hombres, dos viejos estibadores, se presentaron. Cuando los vi les aposté en contra. Eran viejos y aparte su estado físico...Como sea, se presentaron. Cuando Cara de Hojalata se acercaba por el pabellón ofreciendo sus porquerías, los hombres corrieron al ataque. Cara los vio venir y sacó el cuchillo. Pero los hombres ¡también sacaron un cuchillo cada uno! Ese movimiento nos sorprendió. Iba contra las reglas. Pero no podíamos hacer nada. Las cosas debían suceder, tenían que pelear. Y comenzó una pelea sangrienta, donde los dos hombres recibían heridas pero era Cara el que peor la estaba pasando. Los hombres habían decidido atacar sus piernas. Cara de Hojalata sangraba. Sus muslos, cortados, las rodillas que cedían pero resistía, mostraba entereza el pequeño monstruo. Estábamos todos en silencio, no se oían gritos, risas, nada. Hasta que el silencio se rompió. Un tiro. El gendarme Puro. No le disparó a los dos hombres, sino al monstruo, a Cara de Hojalata. El primer disparo pegó en el rostro deforme. Se escuchó el ruido de chapa, característico. Cara seguía en pie revoleando como un gaucho diabólico su cuchillo despiadado, lleno de sangre, piel y pelos. El gendarme le volvió a disparar. Comenzó a caminar hacia Cara y siguió disparando con su arma. Cuando vaciaba el cargador volvía a cargar y seguía disparando al rostro de chapa, al rostro con música de gong. Finalmente, Cara de Hojalata cayó. En su rostro había más de veinte disparos. Nadie lo reconocía. Fue ahí donde nos enteramos que no tenía lengua, su boca estaba abierta. El gendarme se quedó junto al cuerpo. Luego, lo alzó en sus brazos y se lo llevó caminando por el pabellón. Reaccionamos tarde, pero reaccionamos. Comenzamos a correr al hombre que nos había quitado el juego, el desafío, la felicidad. Cuando lo estábamos por alcanzar, tiró el cuerpo de Cara y corrió, desesperado, corrió. Lo dejamos ir. Ya sabíamos que era un hombre arruinado.

 

El cuerpo de Cara fue enterrado en la entrada de nuestro trabajo. Cavamos un pozo y lo metimos ahí, junto a su cuchillo. Al poco tiempo los perros de la zona lo desenterraron y se lo llevaron. El pozo no era profundo y la fetidez atrajo a los perros chacales. Siempre pensé que los perros y los chacales eran de la misma familia. La familia de los carroñeros. Ahora no tengo dudas.

 
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