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15 min
Carla, crónica de una asesina de hombres
Terror |
27.11.19
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Sinopsis

cuento de horror

Si el sol sobre Andalucía brilla muy fuerte en meses de primavera u otoño, imaginaos como brilla en pleno verano europeo, en los meses de julio y agosto, por ejemplo. En una de aquellas jornadas repletas de sol y calor, se encontraba en la muy andaluza ciudad de Granada, la modelo Carla Romanini (@carlaromanini1) y su novio Emilio Di Marco (@emi.dimarco), disfrutando de aquel bello y cálido verano europeo, luego de recorrer algunos lugares de Italia y del sur de Francia.


Digamos que detrás de una joven modelo rubia y hermosa se esconde una cruel, sanguinaria e implacable asesina de hombres, capaz de cometer los crímenes más terribles y atroces. Una “Quesona” pues sobre el cadáver de sus víctimas arroja un Queso.
Obviamente, su novio, el también modelo Emilio Di Marco desconocía totalmente que su novia fuese una asesina. Como toda depredadora, Carla solía tener algunos tiempos, semanas y hasta meses, donde calmaba su sed criminal y permanecía algún tiempo sin asesinar a ningún hombre. Pero cuando el instinto asesino volvía a aparecer era una asesina realmente implacable, cruel y sanguinaria como pocas.

Ocurrío aquella tarde que Carla y Emilio se encontraban en la Plaza de Granada, que da frente al ayuntamiento de aquella ciudad andaluza, como simples e ignotos turistas se estaban sacando una fotas para publicar en sus respectivos Instagram.
Mientras se sacaban las fotografías, de repente, escucharon un grito:
- ¡Carla!
La asesina se dio vuelta. Ante ella y su novio Emilio, estaba Agustín Bernasconi (@agustinbernasconi07), un joven cantante, compositor y actor.
- ¡Carla! – repitió otra vez Bernasconi.
- ¡Agustín! ¡Qué sorpresa! – dijo Carla – mira el es mi novio, Emilio.
- ¡Hola Emilio! ¿Cómo va? ¿Todo bien? – le dijo Agustín.
- Es Agustín Bernasconi, un actor, hicimos algunas cosas juntos en una promoción hace algunos años – le aclaró Carla a Emilio, su novio.
- ¿Y estas solo acá en Granada? – le preguntó Emilio a Agustín.
- Sí, estoy en Malaga, pero me hice una escapadita aca por hoy, a conocer La Alhambra, je, je.
- Podríamos ir a esos barcitos del Albaicín, a disfrutar de un gran espectáculo del cante jondo flamenco.
- Estaría re bueno ¿No? – dijo Agustín – Para hacer honor a las tradiciones españolas, comamos una paella y bebamos una sangría.
- Dale, dale, podríamos ir ahora, sin perder el tiempo – le dijo Emilio a Agustín.
- No, no, ahora no – le dijo Carla – tengo que arreglarme bien, estar acorde con el convite. Vamos al Hotel, y en un par de horas nos encontramos aca, en este mismo lugar, dale.
- Si, mejor así – dijo Agustín – en un rato nos encontramos.

Carla y Emilio comenzaron a regresar al Hotel, al lujoso Hotel Meliá Granada (4). Emilio se entretuvo en un local de souvernis para turistas, mientras se entretenía observando llaveros y otras chucherías para sus amistades, Carla en cambio, comenzó a observar un gran puñal que se encontraba sobre una pared. 
- ¡Qué puñal! – murmuró Carla Romanini.
- ¿Te gusta mi niña? – dijo una gitana.
- Es hermoso. Hermoso para asesinar a un hombre – dijo Carla, sin poder reprimir su instinto asesino, su instinto criminal, que una vez más, empezaba a despertarse.
- Un gran puñal, sin dudas. Era propiedad de Boabdil el Chico, el último rey moro de Granada. Cuando entregó la ciudad a los Reyes Católicos, doña Isabel y don Fernando, el 2 de enero de 1492, su madre le dijo “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”, leyendas que se cuentan aquí en Granada.


- Quiero ese puñal – dijo Carla – estoy dispuesta a comprarlo por la cifra que sea.
- No esta a la venta, no tiene precio – dijo la gitana – pero te lo prestaré por una noche, una sola noche, cuando el sol vuelva a salir ese puñal debe estar otra vez aquí, de lo contrario, una maldición gitana caerá sobre ti mi niña.
- ¿Me lo da entonces? – dijo Carla.
- Es tuyo esta noche mi niña – le dijo la gitana – tómalo.
Carla abrió la cartera y se puso los guantes negros, entonces tomó aquel puñal, el puñal del último rey moro, y lo guardó en su cartera, que era de grandes proporciones, pues el puñal también lo era. Carla regresó donde estaba su novio, Emilio.
- ¿Compraste algo Emilio? 
- Muchos llaveros para llevar a la muchachada. ¿Y vos?
- No, nada.
- Me pareció que hablabas con alguien.
- Una gitana. Nada importante. Esas que solo buscan dinero.

Volvieron al Hotel, pero justo antes de la puerta pasaron por una gran tienda de Quesos. Carla no pudo evitar mirar los Quesos. Le llamó la atención las grandes hormas de un Quesos típicamente español, el Queso Manchego, hechos con leche de oveja. 
- Emilio – le dijo Carla a su novio – voy a comprar unos Quesos Manchegos.
- ¿Quesos Manchegos? ¿Para qué? ¡Los tenemos que llevar al avión!
- Es un regalo para mis compañeros de Kuarzo y “Con Amigos así” (5).
- Bueno, hace lo que quieras – le dijo Emilio.
Carla adquirió cuatro Quesos Manchegos. Ingresaron al Hotel, llegaron a la habitación.
- Me voy a dar una ducha – le dijo Emilio.
- Perfecto – le contestó Carla - ¿Pero antes de bañarte no queres jugar un poco?
- ¿Jugar un poco? 
- ¡Dale! Lo hicimos en todas partes, hagamoslo también en Granada. Quizás sea la última vez que lo hagamos.
- Sí, tenés razón Carla.

Emilio se tiró sobre la cama, Carla puso sus pies sobre su rostro, el muchacho comenzó a besar, lamer y chupar los pies de la chica, una y otra vez, ella le chupó la pija, se toquetearon y se chuparon aún más, y luego cogieron con gran goce y satisfacción. Al terminar, Emilio comenzó a bañarse.
Mientras Emilio se estaba bañando, Carla se puso los guantes negros y tomó el puñal, sí el puñal moro, lo hizo con fuerza, y en forma sigilosa, comenzó a acercarse al baño, al lavabo como le dicen en España. De repente, Emilio vio que frente a la bañera estaba Carla, su novia. Y no estaba sola, en sus manos, sostenía un puñal, no un puñal cualquiera, el puñal del último rey moro de Granada.
- ¿Qué haces loca? – le dijo Emilio al verla.
- Soy una asesina Emilio – le dijo Carla – una asesina de hombres. Una Quesona. Yo asesiné a Matías Alemanno, Matías Sotelo, a Matías Moroni, a Javier Ortega Desio, y a los demás. Lo siento Emilio, pero llegó tu turno. El Queso Manchego es para vos. Siempre supe que este día iba a llegar.
- ¡Nooooooooooooooo! – gritó Emilio. 

La asesina, con una furia criminal inusitada se tiró sobre su novio, y comenzó a apuñalarlo en forma salvaje y desenfrenada. No fueron once ni doce puñaladas, fueron como sesenta o setenta, una tras otra en forma salvaje. La sangre corría en todas partes. El cadáver de Emilio Di Marco, llenó de sangre y con cortes en todos lados, quedó tendido en el piso. Carla tomó uno de los cuatro Quesos Manchego y lo tiró sobre el cadáver de su novio.
- Queso – dijo la asesina mientras tiraba el Queso – Emilio Di Marco – dijo nombrando a su victima en voz alta.
Quizás porque estaba acostumbrada a hacerlo, le resulto bastante fácil y rápido a Carla limpiar la escena del crimen y envolver el cadáver de su víctima en unas sábanas. 
La asesina se fue del Hotel, al encuentro con Agustín Bernasconi, para ver el espectáculo del cante jondo flamenco, como estaba pautado. La asesina, llevó consigo el puñal moro, luego de limpiarlo en forma cuidada, y el Queso Manchego, otro Queso Manchego.
Mientras tanto, Agustín iba caminando al encuentro con Carla y Emilio, ignorando los sangrientos hechos que habían ocurrido. Mientras caminaba, una gitana, la misma gitana que le dio el puñal a Carla, le interceptó el paso y le dijo:
- Niño, ten cuidado, nunca confíes en una Carla. Y menos en esta Carla. Yo se porque te lo digo.
- Ja, ja – río Agustín – hágase paso, por favor, señora gitana.
- No te rías nunca de una gitana, te estoy dando un consejo mi niño.
- Se lo agradezco – le respondió Agustín – pero no me hacen falta sus consejos.

Bernasconi siguió caminando por las calles de Granada, y llegó al lugar del flamenco. Carla lo estaba esperando. Era una cuadra llena de bolichitos, todos con espectáculos del flamenco. Agustín le dijo:
- ¿Y Emilio?
- No te preocupes por Emilio, je, je, ya le tiré el Queso.
- ¿El Queso? – preguntó intrigado Agustín- ¡Ja, ja! Bueno, ¿A cual de estos barcitos de flamenco vamos?
- A ninguno – le dijo Carla – vamos a disfrutar nosotros, que flamenco ni flamenco. 
- ¿Disfrutar?
- Sí, disfrutar.
Se fueron a un costado. El Albaicín se caracteriza por los lugares altos, no fue difícil esconderse, así en medio de la oscuridad, Agustín se tiró al piso, mientras Carla ponía sus pies sobre el rostro del muchacho, este empezó a chuparla, lamerla y besarla toda, de los pies a la cabeza, chupadas y toqueteos, al sexo, un sexo muy intenso y apasionado, que solo una Quesona como Carla puede ofrecer y que es imposible de describir con palabras.
Al terminar aquel gozo sin igual, Agustín le volvió a preguntar a Carla:
- ¿Y Emilio?
- Lo asesiné, con este puñal, el mismo puñal con el que te asesinaré a vos, Agustín. Soy una asesina, soy una Quesona. El próximo Queso es para vos, Agustín.
- ¡Nooooooooooooooo! – gritó el joven.
Pero ya era tarde, Carla, con los guantes negros y puñal en mano, se tiró encima de Agustín, y le dio un profundo corte en el cuello, y luego lo siguió apuñalando sin piedad alguna. Igual que a Emilio, le debe haber asestado unas setenta cuchilladas.

El cadáver de Agustín Bernasconi, llenó de sangre y con cortes en todos lados, quedó tendido en el piso. Carla tomó el segundo de los cuatro Quesos Manchego y lo tiró sobre el cadáver de su víctima, la segunda de aquella noche.
- Queso – dijo la asesina mientras tiraba el Queso – Agustín Bernasconi – dijo nombrando a su víctima en voz alta.
Aprovechando que estaban en una de las laderas de la Alhambra, la asesina tiró el cadáver de Bernasconi hacia abajo, con el Queso incluído. Regresó al Hotel, pero antes dejó el puñal en lo de gitana.
- Gracias – le dijo la asesina a la gitana – se lo devuelvo antes que llegué el día. Me fue muy útil hoy. He tirado dos Quesos.
La gitana la miró, pareció que iba a dar algún discurso, una frase contundente, pero calló y miró a la asesina, que se fue con total impunidad.
- Tengo que deshacerme del cadáver de Emilio – pensó Carla mientras regresaba al Hotel – Ya sé.

La asesina tomó una sierra eléctrica “prestada” al Hotel, y en la habitación, no tuvo problemas para descuartizar al cadáver de su novio, y guardar todo en una valija, mezclando sus restos con el Queso Manchego, y tirar todo en otra de las laderas de la Alhambra. 
Sin hacerse mucho problema, la asesina pasó la noche y a primera hora de la mañana se dirigió a Madrid, en tren, para tomar el avión a Buenos Aires.
- Compré cuatro Quesos, ya tiré dos, ahora me faltan aún dos más. Ya sé quienes recibirán esos dos Quesos que faltan.
Carla se encontraba otra vez en Buenos Aires. Sabía que debía obrar con rapidez. El primer día trató de pasar desapercibida, para evitar preguntas idiotas e incomodas sobre porque Emilio no había vuelto. El hecho de que fuese feriado en Buenos Aires la ayudó a llevar a cabo sus planes.
- Lo apuñalé, lo descuartice y lo quesonee – podría decir Carla y tenía la frialdad suficiente para hacerlo - ¡Ja, ja, ja, ja!

Pablo Sinema, cuyo nombre real en verdad es Pablo Gimenez,  es uno de los productores de Guido Kaczka y participante de “Con Amigos Así” junto a Carla Romanini en el Canal Kuarzo.  Aquella tarde, Pablo salía de su ducha, de darse un baño, cuando descubrió con sorpresa, que Carla, la bella Carla Romanini estaba frente a él.
- ¡Carla! – dijo Pablo con sorpresa - ¿Qué haces aca?
- ¿Cómo estas Pablo? ¡Vine a hacerte una visita!
- ¿No estabas en España con tu novio?
- Mi novio quedo allí. Pero aca estoy ahora con vos y con nadie más. ¿Qué tal si disfrutamos la noche?
- Acabo de bañarme – le dijo Pablo.
- ¿Y qué tiene, pelotudo?
- Bueno, dale, dale.

Pablo se tiró al piso, desnudo, mientras Carla puso sus pies sobre su rostro, el joven empezó a chuparla, besarla, y lamerle toda, los pies, la concha, las tetas, todo, disfrutaron mucho, pero aún más lo hicieron cuando cogieron con gran pasión e intensidad.
- Brillante – le dijo Pablo – sos brillante, cogiendo.
- Pero soy mejor aún como asesina – le dijo Carla.
- ¿Qué?
De repente, Pablo vio que Carla lo estaba apuntando con un arma, una especie de revolver de pirata, de esos que se usaban en otros siglos…
- ¿Qué significa esto? – dijo Pablo balbuceando.
- Lo siento mucho Pablito – le dijo Carla – pero soy una asesina y contas con el honor de ser mi próxima víctima, de figurar en mi larga lista de hombres quesoneados. 
- ¡Noooooooooooooo! – gritó Pablo, pero ya era tarde, la asesina disparó, y aunque era un arma muy antigua, funcionaba a la perfección, le descargó los ocho balazos que tenía.

El cadáver de Pablo Sinema quedo allí tendido en el piso, con sangre en todos lados. La asesina, con su frialdad habitual, sacó el Queso Manchego, y lo tiró sobre el cadáver de Pablo.
- Queso. Pablo Sinema – dijo Carla, mientras tiraba el Queso, el tercer Manchego, sobre su víctima.
La asesina salió de la escena del crimen con la impunidad habitual que la rodeaba. 
- Aún me falta tirar el cuarto Queso Manchego. Voy por eso. Voy por el Queso – dijo en voz alta.
Juan Pérsico, miembro de Agapornis, se encontraba muy tranquilo en su departamento. No tenía ninguna actividad aquella noche y realmente necesitaba un descanso en su siempre ajetreada agenda. Miró las fotos de Melina Lezcano y de Bela Condomi, las integrantes de la banda que habían sido asesinadas por Quesones.

- Pobres – dijo en voz alta Juan – las asesinaron y les tiraron un Queso. Los asesinos se llamaban Carlos.
- Y ahora llegó tu turno – dijo una voz de mujer – Y la asesina se llama Carla.
Juan se dio vuelta y allí estaba Carla Romanini, sosteniendo el arma, ese revolver de pirata del siglo XVIII, con sus guantes negros.
- ¿Qué significa esto? – dijo Juan, aterrorizado.
- Un asesinato, solo eso, Juan, ja, ja, ja – río la asesina.
Las risas fueron continuadas por una lluvia de balazos. Carla pudo haber tenido sexo con Juan antes de asesinarlo, pero esta vez prefirió ser más directa y letal, y asesinarlo directamente. No iba a perder el tiempo con un Agapornis. La lluvia de balazos dejo el cuerpo de Pérsico tendido sobre el piso.

- Queso – dijo entonces Carla mientras tiraba el Queso Manchego sobre el cadáver de Juan Pérsico – Juan Persico.
La asesina se fue de la escena del crimen. Los cuatro Quesos Manchegos habían sido tirados. Dicen que esa misma noche, la asesina se cruzó con la gitana de Granada.
- ¡Usted! – dijo Carla Romanini al ver a la gitana.
Pero la gitana nada dijo. No pronunció palabra alguna. Solo miró a la asesina, hubo entre las dos largas miradas y largos silencios, y cada una siguió su camino. 
Al llegar a su lujosa residencia en Puerto Madero, escenario de tantos asesinatos, Carla Romanini anotó en su lista de víctimas, a los cuatro hombres a los que había asesinado.
Emilio Di Marco. Agustín Bernasconi. Pablo Sinema. Juan Pérsico.
- ¡Queso! ¡Queso! ¡Queso! ¡Queso! – comenzó a gritar Carla Romanini.
Y así concluye nuestra crónica, que habla de como Carla Romanini en poco más de cuarenta y ocho horas asesinó a cuatro hombres, dos de este lado del Atlántico y dos del otro lado, dejando sus Quesos en todos lados. Sin embargo, no todo era euforia y alegría para Carla. A la asesina le preocupaba aquella mirada y aquel silencio de la gitana…

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