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9 min
Carta de despedida
Varios |
02.07.18
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Sinopsis

Dejo esto aquí a modo de almacenamiento. Que nadie se haga responsable.

Mi primer intento de suicidio fue con once años. El profesor que me daba la gran mayoría de materias durante dos años me consideraba un desperdicio, y como tal, me aislaba con otros compañeros a los que consideraba desperdicios. Yo, con once años no entendía qué pasaba. Solo notaba pesar, tristeza y lo sentía como algo natural. Vivía bien, no me faltaba de nada, excepto salud emocional. Así que una noche, traté de tragarme bolas de silicagel. Tuve una de esas bolitas en la mano durante horas; mientras, lloraba desconsoladamente, buscando alguna razón para no hacerlo. No la encontré, pero tampoco lo hice.

    Tras eso, han ido pasando los año. Estoy a punto de cumplir veinticinco y tras de mí hay una estela de depresiones, bullying, frustraciones, diagnósticos de ansiedad y otros tantos.

    Escribo esto porque ya no tengo con quien hablar. No me siento cercano a nadie. La poca gente que quedaba cerca mío se está yendo, consiguiendo sus objetivos en la vida, siendo feliz. Y nadie quiere estar cerca de alguien infeliz.

    No puedo recordar las veces que haya pensado en el suicidio. De verdad que no puedo. Intentarlo es un gran logro, de verdad. He pasado años enteros abatido por la depresión y resulta imposible levantarse de la cama. Y en esos momentos, el pensamiento que más tiempo y esfuerzo me absorbía era el del suicidio; el de tirarme por un puente. Y pensé tanto en ello que lo ritualicé. Conocía los detalles exactos: la ropa que debía llevar, las notas que debía dejar, hacia donde quería que mirara mi cuerpo y que quería que se hiciera con mis restos. Y, sinceramente, no era desagradable.

    Vivía en una situación angustiosa de la que no sabía salir. La idea del suicidio era una válvula de escape. Por suerte o por desgracia, jamás tuve toda la fuerza para llevarlo a cabo.

    Si escribo estas líneas, en parte, es porque estos pensamientos vuelven a mí -si alguna vez se fueron-. La diferencia es que no me noto tan débil, así que un mal día podría serlo todo. No lo se.

    Actualmente no tengo nadie con quien hablar. Quien se considera hábil para estas cosas suele estar más preocupado por si mismo que por mí. Tampoco puedo pagarme un psicólogo con regularidad. Cuando pude, lo hice, lo prometo. Solo me medicaron. Y en aquella ocasión, fue suficiente. La profesional que me trató fue pésima en su tarea, pero su Escitalopram funcionaba de maravilla.

    Hoy estoy solo. Quisiera decirle a la gente con la que hablo ocasionalmente lo mucho que pienso en suicidarme. Me gustaría contárselo. Pero no me parece justo. No soy nadie para desbaratar la felicidad y el bienestar que tanto les cuesta a algunos construir. No se merecen que venga yo con mis detalles morbosos.

    Otros muchos quieren ayudar y empeoran las cosas. Esos son los peores. Y puede ser que no te des cuenta de lo negativos que son hasta años más tarde. Las relaciones sociales son una locura…

 

    En fin. Siento que soy generalista por naturaleza. Porque la gente con la que hablo no quiere saber los detalles que me rodean, pero contaré algunos. Así quedará en algún lugar recogido. Algunos saben algunas partes. Nadie sabe el cómputo. Nadie sabe cómo me siento. Y puede que nadie quiera saberlo.

    Para empezar jamás he tenido una educación emocional demasiado favorable. Lo resumirémos así. Padres que pegaban a sus hijos y madres que eran incapaces de pensar en el bienestar de sus hijos si no era económicamente. Este ha sido el pan de cada día. Incluso ha empeorado con un padre que, tras un divorcio, intentaba judicialmente sacarnos de nuestra casa para venderla, diciendo que era por nuestro bien, que luego nos daría el dinero de venderla. Prometo que esto es real.

    Luego tenemos a mi mejor amigo. Casi el único. Y sin duda el que más me ha soportado. Hemos pasado años peleados por su pareja. Tras mucho tiempo, esfuerzo y alguna que otra crisis, nos volvemos a hablar. Y ahora se marcha a Holanda con su pareja. Me siento solo. Muy solo. Y no creo que el sepa cuanto. También me da envidia porque ha conseguido mejorar en su vida casi sin intentarlo. Es afortunado, lo sabe.

    Y luego están mis estudios.

    Tengo una carrera, y mientras la cursé, fui feliz. Pero esto es algo que solo ves una vez estás lejos, cuando eres infeliz y ves que otros tiempos fueron mejores. Ley de vida; o mi escasa educación emocional; no lo se.

    Estudié Antropología en Barcelona, a 100km de mi casa. Independencia, seguridad. Estudiaba lo que me gustaba y mis compañeros me aceptaban por fin, tras años de aislamiento. Tenía temas a hablar en común con ellos y con los que no, me aceptaban igual. El cielo debe ser como la universidad en la que estudiaba.

    Mientras estudiaba me eché novia. Nos conocimos por tener ambos desórdenes mentales. Y eso al principio ayudó. Pero luego fue peor. Varios intentos de suicidio más tarde aun seguimos juntos y creo que es más perjudicial que beneficioso. ¿Qué por qué no lo dejamos? Pues eso ha sucedido; varias veces en realidad. Pero cuando alguien se aferra…

    Todo ello junto nos lleva a este último curso. Mi socavón.

    Cuando acabé la carrera me metí a un Máster de Antropología Urbana que se realizaba en mi ciudad, así que volví a casa de mi madre, donde mi padre estaba comprando abogados para deshauciarnos. También perdí toda independencia, pero si los estudios ayudan, qué más da, pensé.

    En el máster nos hicieron hacer una investigación sobre un barrio marginal de la ciudad. El equipo que formé tenía aún menos capacidad de gestión emocional que yo, lleno de racismo y elitismos, así que un día decidí escindirme y formar un nuevo grupo. Aquí empezó todo.

    Desde ese día me fué imposible relacionarme normalmente con mis compañeros: silencios incomodos cuando yo aparecía, corros donde se me excluía, miradas de asco. Nadie me saludaba, exceptuando la gente de mi grupo. Imagino que me pusieron algún mote gracioso para ellos. También se que me llamaban lameculos y vete a saber que más.

    Aun con eso, se podía soportar, porqué había otros proyectos en marcha.

    Convertimos el estudio académico de un barrio en un proyecto con posibilidad de financiación. Contactamos a un hombre que tenía una asociación cultural en el barrio y le propusimos de crear un proyecto para La Caixa, que pudiera darnos trabajo el año próximo. Aceptó al segundo. Así que eramos este hombre, una de mis compañeras de grupo y yo escribiendo este proyecto.

    Tenía problemas en mi vida, como toda vida, al fin y al cabo, pero seguía adelante. El proyecto que escribíamos era enriquecedor y creía que podría independizarme al año próximo con lo que estábamos creando.

    Esto duró hasta el dia de entregar el proyecto. Ese día, el hombre de la asociación nos dijo que él manejaría el dinero y que cobraría más de mil euros, mientras que nosotros dos, quienes habíamos escrito la totalidad del proyecto, cobraríamos quinientos con suerte llevando a cabo una carga de trabajo sustancialmente mayor que él.

    Nos sentimos humillados y prácticamente no volvimos a hablar con el. Luego fuimos descubriendo que nada de lo que había hecho lo había hecho él realmente, sino que había conseguido engañar a otros estudiantes universitarios para que le escribieran convocatorias y cosas así.

    Tras eso todo iba a peor. En mi casa había un ambiente enrarecido. Mis amigos se iban lejos y en la universidad me sentía destruido como persona. El punto culminante llegó cuando las pocas personas que me hablaban dejaron de hacerlo de un día para otro. Sin saber por qué. Desearía tener una explicación, pero no la tengo.

    Hoy en día me planteo si acabar el segundo año de master, hacerlo desde casa o peor. No se si estaré para cuando empiece el curso.

    En muchas noches, mi último pensamiento es el de tirarme por un puente, y me dá miedo no sentirme tan impotente o incapaz como me sentía hace años.

    Solo siento desesperación. Una vida que pasa a mi alrededor, lleno de gente feliz que prefiere no tener demasiado contacto conmigo, y tampoco me extraña demasiado.

    No he encontrado a nadie que me pueda ayudar, o que me alivie. Ha llegado el punto en el que al estar rodeado de gente me siento más triste todavía. Y no se que hacer.




 

PD.

  1. Mis libros para Clara

  2. Mis comics para Alex

  3. La libreta verde para Lydia

  4. Mi dinero para mi madre

  5. Mi más profundo agradecimiento a la gente con la que compartí los años de carrera y a Itzy, mi inolvidable compañera de piso

  6. Mi más profundo rencor para mi profesor de primaria Roberto, mis compañeros de máster, para el que casi llega a ser mi jefe y para mi padre

  7. A mi madre y mi hermana, les pido disculpas. Se que es doloroso, lo he pensado infinidad de veces, pero espero que entiendan que este es mi deseo.

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