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10 min
Cartas de un suicida
Drama |
07.01.14
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Sinopsis

La vida de un joven adolescente cambia cuando, tras precipitarse desde un puente, sobrevive milagrosamente. Entonces descubre el verdadero significado de vivir.

45 metros. Eso es lo que media el puente del que me tiré. Miré abajo y de nuevo al frente, cerré los ojos y salté. No había costado mucho decidirlo; había sido mas bien un impulso.
En aquel momento me pareció la mejor solución. Nadie me esperaría en casa, preocupado por las altas horas de la noche, ni llamaría a la policía angustiado por mi ausencia. Nadie me buscaría ni lloraría mi muerte cuando me encontraran. Mi padre era un gran bebedor, de mi madre nada supe nunca, solo que se fue después de mi nacimiento, y mi hermano mayor había pasado los últimos cuatro años en la cárcel por no sé que lío con las drogas. Y luego estaba yo, rondando los dieciocho, o eso me parecía. Seguía en el instituto pero llevaba expulsado mas de una semana, vagando por las calles para no tener que volver a casa. No había mucha diferencia respecto a mi infancia, tal vez con unas palizas menos y mas inocencia. Ahora había aprendido a sobrevivir a base de tres cosas: robar, mentir y correr. No había mas en mi vida. Esa era mi ley. Así que supongo que por eso no me costo mucho precipitarme desde un puente, esperando escuchar crujir mi cráneo contra el fondo del mar. Pero debo decir que sucedió algo que cambió el curso de mi vida, de mi historia; y que en unos segundos, mientras caía, mi realidad se detuvo. Escuché una voz:

-¿Qué estas haciendo? ¿Quién te crees para acabar con una vida; tu propia vida? No tienes ese derecho.
Entonces comencé a pensar. A pensar de verdad. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tan mala era mi vida para acabar con ella? Había conocido gente que estaba 10 veces peor que yo. Y no se habían suicidado. Yo, cobarde, lo había hecho y ahora me estaba arrepintiendo. Así que en un último momento de exhaustiva desesperación se me ocurrió hacer algo que jamás había hecho. Rezar.

-Dios- pensé- si me escuchas te pido, no, te suplico para que me perdones. Sabes que nunca he sido creyente y ahora mismo no se que me ha hecho hablarte o creer en ti, pero de verdad me arrepiento. Quiero vivir.
Lo siguiente a eso fue un gran “crack” seguido de la perdida de consciencia. Semanas mas tarde desperté en un sitio muy iluminado rodeado de gente que se fueron acercando al verme despertar. Comenzaron a hacerme preguntas, a lo cuales solo respondí unas pocas. Sobre el intento de suicidio no dijeron nada. A las preguntas le siguieron largas hora de tratamientos, revisiones, cambios de bolsas y posterior rehabilitación. Eso fue lo mas doloroso que jamás había sentido y en mi mente supe que era una especie de castigo por mi acción.En aquel momento vi aquello como el mayor de mis sufrimientos cuando en realidad era un milagro. Y de verdad lo era; me había roto mas huesos del cuerpo de los que conocía y mi cabeza andaba de aquí para allá a causa de los traumatismos craneales, sin embargo, y a pesar de mi poco empeño, me recuperaba. Pronto se corrió la voz por todo el hospital y más de una vez escuche a alguien llamarme “el niño milagro”. Y es que hasta los médicos lo veían como tal, cuando me visitaban con una sonrisa referida a mi mejora.

5 meses necesité para mantenerme en mi pie sin necesidad de ningún tipo de apoyo, incluso caminaba agarrándome de la pared. Pero llevé la ayuda de un bastón el resto de mi días. Es el precio que pagué por mi error.
Me obligaron a recibir tratamiento psicológico una vez recuperada mi parte física, de ese modo comencé a ir dos veces por semana al loquero, un hombre de mediana estatura, entrado en calvicie y con gafas “culo de botella”, quien me hizo un examen psicológico. Esa misma semana y para variar mi rutina, empecé a bajar al oratorio, a hablar con el que me había salvado de acabar bajo tierra. Así fui alternando y acabé cogiéndolas el punto a ambas, convirtiéndose en costumbre. Hasta que llegó el día; debía abandonar el hospital. Me fui una mañana, con una sonrisa y una bolsa con un poco de ropa. Me había despedido de cuantos conocí allí y había recibido una pequeña suma de dinero por parte de los periodistas que reportaron mi noticia. No necesitaba más, ahora empezaba mi vida.

Comencé por buscar trabajo, no es que tuviera muchas puertas abiertas, pero siempre había algo que pudiera hacer y ganas no me faltaban. Con el dinero que ganaba me alimentaba, a veces dormía en la calle solo para recordarme a mi mismo la suerte que tenía, pero nunca volvía al mismo sitio. Me convertí en nómada.

De esta manera recorrí casi todo el país y cuando quería ver más llegaba más lejos, guiándome solo por mis corazonadas. Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda... solo necesitaba mi mochila y un tren al que subirme. Veía como era el mundo, ampliando las barreras de mi imaginación cada vez más. Cuando llegaba a una ciudad recorría cada rincón, cada calle, cada puente y cada bar, como si fuera recogiendo poco a poco trozos de su esencia, también aprendía a medio hablar algunos idiomas para comunicarme con la gente. Era una sensación indescriptible, como si el mundo nunca fuera a acabar. Antes de marcharme del hospital, hice un trato con mi loquero, al que ya había cogido cariño. Ya que no podría seguir acudiendo a las citas todas las semanas, cada lunes escribiría una carta y se la enviaría, daba igual donde estuviera, en la que le contaría mis experiencias, mis sentimientos y todo lo relacionado con mi salud psíquica. Y así lo hice, durante casi cuatro años, una tras otra envié todas las cartas que escribí.

Me encontraba en Hong Kong cuando recibí por primera vez una contestación, después de tres años y medio. Quería verme, decía que tenía una sorpresa para mí que jamás podría imaginar. Y lo era. Unos días más tarde llegué a Madrid y fui a la dirección que me había mandado adjunta a la carta. Un edificio bajo y con una placa en la puerta se alzaba ante mí, después, algo nervioso me decidí a entrar.

Mi sorpresa fue tal y como predijo. No lo habría adivinado jamás. Un montón de gente, algunos conocidos, se aglutinaban en una espaciosa sala y en el fondo un gran cartel que a primera impresión no me gustó nada. “Cartas de un suicida”, ese era el titulo del libro que contenía todas y cada una de mis cartas, las que había enviado contando mi relato. Quise dar un puñetazo a alguien. Tal vez más de uno. Pero me contuve, apretando fuertemente la cruz que llevaba colgada al cuello, hasta casi hacerme sangre. El loquero se dio cuenta de mi reacción y se asustó, moviéndose inquieto. ¿Quién era el sorprendido ahora? Fui en dirección a él, para reclamarle una explicación, cuando alguien me agarró del brazo.

Un chico fuerte y de más o menos mi edad me miraba con una especie de sonrisilla en los labios. En un principio no le reconocí, pero al detenerme a mirar me di cuenta de quién era.
-¿Ya no saludas a los viejos amigos?- me dijo irónicamente. Yo, sin saber muy bien porque sonreí también.

-Sergio, ¿pero que haces aquí?. ¿Cómo sabías de esto?- Me observó con una mirada profunda.
-Lo vi en el periódico. Es lo menos que podía hacer por ti. Tu viniste a verme a mí. Entonces mi mente volvió años atrás. Cuando él y sus amigos se dedicaban a pegar a los débiles del instituto, amenazaban y armaban escándalos por donde pasaban. Era el típico chico grandullón pero que en el fondo sólo estaba solo. Íbamos a la misma clase y en más de una ocasión tuve que huir de él. Casi ni le miraba hasta que un día comenzó a sentirse mal, se agarraba el pecho con fuerza haciendo muecas de dolor. Al día siguiente ya no vino a clase. Le habían trasladado al hospital a causa de un fallo en una válvula del corazón, aunque aún no sabían exactamente lo que tenía. Fui a verle un domingo por la tarde.

-¿Nadie ha venido a verte?- le había preguntado. Él negó con la cabeza y dirigió una mirada al suelo que no supe descifrar. El hecho no parecía sorprenderle mucho.

En un momento estábamos los dos hablando como amigos de toda la vida y a eso le siguieron más tardes de visitas. Aquellos fueron unos de los pocos momentos buenos de mi vida pasada. Luego lo trasladaron a otro hospital con mejores recursos. No volví a verle hasta ese día, cuando él agradecido y sin olvidar aquello, me devolvió el favor.

De pronto olvidé mi furia, mi resentimiento y las ganas de pegar puñetazos, que fueron sustituidas por mejores sentimientos. Hablamos largas horas sobre nuestras vidas como si el tiempo no hubiera pasado, mientras la gente seguía comentando el libro, que supongo era mío. Y cuando ya se hubo ido todo el mundo me despedí de él y guardé su teléfono en mi agenda. Después busqué a mi loquero para decirle que no estaba enfadado por aquello y que en el fondo le estaba agradecido.

Estando solo en la enorme sala vacía me acerqué al libro que contenía mis cartas, mi vida, y comprendí como pequeñas cosas, elecciones o acontecimientos pueden cambiarnos, para bien o para mal y que no siempre todo acaba cuando o como uno espera. En ese momento pensé en un proyecto que pensaba llevar a cabo con el dinero que consiguiera de la venta de los libros. Abriría una campaña para ayudar a jóvenes, como yo, con problemas. Sí, estaría bien enseñar a otros de mis propios errores. Intentar cambiar el mundo aunque solo fuera una milésima parte. Porque si todo el mundo lo intentara, haríamos de este planeta un lugar mejor.

Había acabado una parte de mi vida, había empezado otra. Y ahora tocaba esperar a que me llegara la siguiente, quien sabe que me depararía el futuro... Al menos ahora tenía fe en ello.
Yo creo que Dios escribió una gran obra en la que cada reglón era una vida, así como el silencio entre renglones era el espacio de tiempo en el que una vida acaba y otra comienza. 

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