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14 min
CASI UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA
Varios |
26.08.18
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Sinopsis

A algunos creyentes no les va a gustar; pero si nos contuviéramos siempre para no molestar a alguien, no escribiríamos nada.

                                 CASI UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA

Yo era uno de los chicos más misios y solitarios de la ciudad, y por eso me sorprendió un poco que Ferdizienka Lazo, una de las sobrinas más bonitas del alcalde, se fijara en mí. No sé por qué lo hizo. De puro loca supongo, porque otra razón yo no veía. A mí las chicas no me hacían caso. Me molestaban nomás cuando estaban arrechas y en mancha, por joder. Pero en serio no me tomaban. A mí tampoco me importaban. Me parecían igual de locas y estúpidas que los hombres cuando están en mancha, y me llegaban. Me hartaban. Me daban ganas de mandarlas a la mierda. Pero las dejaba nomás; para no hacer mucha luz. Ya sabía que solas no se iban a atrever.

Hasta esa vez que vi a la Ferdizienka cruzar la ventiocho de julio, y acercarse buscándome la mirada. Yo hice lo mejor que sabía hacer en esos casos: el cojudo.

Miré para otro lado, e hice como que no me daba cuenta de nada; pero ella pasó junto a mí, pegándome contra la pared, y arrimándome las tetas, y me dejó, de verdad, cojudo. No pensé que se iba a atrever. Aunque, la verdad, no era la primera vez que hacía cosas parecidas. Siempre que la veía, sola o acompañada, soltaba risitas como una loquita, se acomodaba el pelo, y me buscaba la mirada. Pero yo no le hacía caso. Todo lo que en ese tiempo quería era estudiar, leer-escribir, ser el escritor que tanto soñaba, y las mujeres no me iban a servir, así que las evitaba.

Hasta esa tarde que fui a la Biblioteca Municipal y encontré la puerta cerrada.

 No sabía qué pasaba. Siempre que iba, Palomino Riega, el biblio, me decía algo. Contaba sus chistes o me comentaba algún dato, hasta que llegaba su flaca, y me daba la llave para que yo mismo me buscara los libros. Después se encerraban en la oficina y, cada vez que yo iba al baño, los escuchaba riéndose o jugueteando; pero no les decía nada. Hasta esa tarde que encontré la puerta cerrada y pensé que estaban adentro, revolcándose. Estuve toca y toca un rato; pero como no venían a abrir, pensé en zafar. A unos metros de allí estaba la catedral, y se veía un manchón de gente amontonada en la puerta. No sabía qué pasaba. Pero como ya no tenía nada que hacer, fui por ahí, a sapear.

 Era un bautizo colectivo. De esos donde los chiquitos que no tienen mucha plata van para que el curita los bautice en manada; pero como todavía era temprano la gente sapa estaba haciendo hora para ganarse el cebo que al final los padrinos tiraban.

Hasta que llegó la familia del alcalde y la cosa se puso interesante.

Estacionaron los carros frente de la iglesia y fueron bajando,  todos elegantes y con lentes oscuros, como los mafiosos de las películas (que en el fondo es lo que eran). Los adultos que  eran los más políticos saludaron al público con sonrisas y manos; pero lo que más llamaba la atención no eran ellos, sino las sobrinas que eran todo un espectá-culo. Eran cuatro. Y venían todas con unas minifaldas cortísimas, unas mallas blancas que mostraban unas piernas bien torneadas, y unos zapatitos de taco alto, punta aguja, que les levantaban tanto el culo que más que una familia de chicas entrando a una iglesia, parecían un grupo de actrices francesas entrando a un estudio a filmar una película porno, (y del duro). Las viejas beatas que estaban en la entrada se pusieron a rajar como correspondía; pero los hombres nos estábamos dando una pachamanca de ojos. Algunos graciosos decían: “Los santos se van a quedar virolos de tanto torcer los ojitos”. O “se van romper el cuello de tanto querer voltear.” Y “hasta ese calato de Jesucristo va a querer que los desclaven para irse a puntear”, y se reían.

Pero se acercó la familia en fila, y tuvieron que callarse.

Primero pasaron los chuquis, con sus ramitos de flores y los cirios en las manos, bien monses todos. Después, los adultos, saludando con sus sonrisas hipócritas; y por último,  las chicas, como para cerrar con broche de oro el desfile. Creo que a todos los hombres se nos paró la respiración, el sexo, el corazón y hasta los pelos, mientras las veíamos pasar, frescas y tranquilas, como si no se dieran cuenta de nada. Pero en el momento en que pasaba delante de mí, vi que Ferdizienka me miraba de costado y se humedecía los labios con la punta de la lengua, y casi me da un infarto. A su mare, así como estaba daban ganas de arrancarle la mini de un zarpazo, y hacerle una sopa en plena calle. Pero me aguanté nomás y tuve que verla pasar con el dolor de mi corazón.

Lo que más me extrañaba de todo eso, era mi suerte. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? En Camaná abundaban los chicos vagos que se pasaban el día entero mirándose al espejo, arreglándose el pelo, la ropa; y ella se divertía en tentar al peor. Yo nunca me arreglaba, por ejemplo. Nunca enamoraba. Nunca iniciaba una conversación con una chica, ni iba a las fiestas, ni a las discotecas, ni les daba drogas, ni nada. Iba solo por ahí con mis libros viejos, mis jeans rotos, mis zapatillas en muere, porque desde que regresé del sur, viexus me había puesto a chambear como burro, cargando piedra, arena, cemento, sin que me pagara nada; así que estaba recontra misión imposible; pero eso sí, también recontra agarrado. Tenía más de 75 kilos de puro musculo, y me sentía torpe y cuadrado; pero a las chicas eso no parecía molestarles. Al contrario, cuando me encontraban solo me decían cosas fuertes, sucias, asquerosas, y querían agarrarme; pero yo no les hacía caso. Ya he dicho por qué.

 Hasta ahora que Ferdizienka Lazo se había propuesto alborotarme  las hormonas, y no sabía qué hacer. Por un lado quería estar solo, para estudiar y escribir, y toda la cosa; pero por otro lado la veía tan perra y mordisqueable que pensaba que si no le hacía caso me iba a perder la oportunidad de unos polvos salvajes de los que andaba tan necesitado, y quién sabe si hasta de unas experiencias eróticas como para escribir unos relatos, tipo El Decamerón, y me decidí.

 Entré a la iglesia y me puse a buscarla con la mirada.

 La vi en un costado, sin sus primas, y me fui para allá.

 Como la ceremonia estaba empezando la gente se estaba metiendo y hacían difícil el avance. A pesar de todo logré colocarme detrás de ella a punta de empujones y, casi contra mi voluntad, me vi ajustándola un poco rochosamente. Traté de contenerme todo lo que podía pese a que a mí mismo me estaban moviendo por atrás, pero no tuve mucha suerte porque de un momento a otro vi su carita molesta voltear diciendo:

¡Oigan, no empujen! ¡Qué espesos! ¿Por…?

 Pero sus ojos se fijaron en mí, y  vi su cacharrito enrojecer. La mueca de fastidio se le borró de la cara. No dijo más; pero nos miramos fijamente, y después ella volteó, y se quedó quieta, como tensa. No parecía molesta ni nada. Pero eso no significaba que yo me iba a aprovechar. Traté de contenerme un poco guardando la distancia a pesar de que yo mismo estaba más caliente que Robinson en la isla; pero no quise delatarme. Desde donde estaba podía ver su cuellito fino, sus cabellitos largos sobre su espalda delicada, y sobre todo, ese culito redondo y saledizo que, de sólo verlo, daba mareos. Para colmo olía a gloria, como las rosas. Era lo más cercano a una experiencia religiosa que había tenido.

 Así que estuve aguantando todo lo posible hasta que me cansé y tuve que ir cediendo a la presión del público. Me pegué un poco más a ella, y sentí como su suave culito se acomodaba delicadamente sobre mi sexo, como una almohadita, y ya no pude más. A pesar de que quería aguantarme sentía mi sexo crecer poderoso y lento como el dragón de Gokú después de la invocación de las esferas. Y no podía contenerlo. Estaba creciendo tan duro y jugoso que me fue agarrando los pelitos que estaban cerca, y me los estaba jalando. Más que placentero, se estaba volviendo doloroso. Sobre todo porque los que no podía jalar más, me los estaba arrancando, y estaba convirtiendo mi sueño en pesadilla. Traté de hacérmelos soltar con unos movimientos de cadera a lo Elvis, pero ni mierda; apenas me movía, sentía un jalón en la verijas me hacía ver la estrellas. Era como estar en un círculo olvidado del purgatorio. Una tortura medieval en plena iglesia. Así que pensé que la cosa era abrir con cuidado la bragueta, quitar los pelitos, y poner derecha la culebra. Pero como esa no era hora ni el lugar para hacerlo, había que tener cuidado.

Esperé un ratito, hasta que un monaguillo tocó una campanilla no sé para qué; pero me pareció una señal de dios para algo, así que rápida y disimuladamente me bajé el  cierre de la bragueta con una mano, hice a un lado el calzoncillo, pero, antes de que empezara a trabajar, la fiera se me escapó de entre los dedos, y vi que saltaba desvergonzadamente como feliz de ser liberada. Velozmente me pegué a la espalda de Ferdizienka por temor a llamar la atención, y Ferdizienka dio un respingo, y se quedó quieta, como paralizada de sorpresa, de emoción, o de no sé qué; pero la cosa es que se quedó dura como una tabla. Yo también estaba duro. Me quedé fingiendo escuchar al cura, con cara de pecador arrepentido, y permanecimos así, sin movernos. Yo, esperando que se presentara la ocasión para terminar, y ella, no sé por qué. Pero cuando me pareció que la tensión había pasado, y sin moros en la costa, retrocedí un poco el culo, saqué mi herramienta despacio, y con una manito disimulada me dediqué a hacer soltar el vellito que me estaba jalando. Pero antes de que terminara, me pareció ver un sapo que estaba chineando al costado y tuve que pegarme de nuevo a Ferdizienka. Esta vez con tal puntería que la víbora se le metió por entre las piernas, y ella dio un respingo y se quedó quieta, como estatua. Después fue volviendo lentamente la cabeza como la niña poseída de El exorcista cuando le dice a su mamá: “¿Ves lo que hace la cochina de tu hija?”. Pero yo me hice el loco nomás, y dejé que la tormenta pasara.

Ferdizienka parecía tener uno de esos calzoncitos de seda con encajes que me hacía un poco de cosquillitas en la punta; pero yo no me reí, por respeto la casa de dios.

 Seguimos así un rato más hasta que la gente empezó a cantar y elevar las palmas, y me pareció que dios, en su infinita misericordia me daba una nueva oportunidad; y entonces pude sacar al cachorro de su escondite, y acomodarlo haciéndole su peinado. Esta vez sí pude terminar. Le quité todos los pelitos que me estaba mordiendo,  lo coloqué en su estuche, bocarriba, en posición de firmes, y se quedó quieto, por fin. Gracias, dios, pensé aliviado. Respiré tranquilo. Y ya cuando  me estoy subiendo el cierre de lo más satisfecho, veo a una viejita beata que me está mirando la bragueta, y se hace la señal de la cruz y murmura algo así como:

¡Dios mío, Jesús! ¡Dónde estamos!

Y yo me quise morir, por dios. Sentí que había abusado de mi suerte y tenía que escapar de ahí lo antes posible, antes que empezara el escándalo. Retrocedí unos pasos. Me hice espacio con las manos. Y fugué abriéndome camino por entre la gente que estaba apretada como el rebaño del señor. Ya afuera de la iglesia respiré aliviado, y  le di gracias a san Chacalón por haberme sacado de ese problema sin golpes ni escándalo. Después me fui pensando en volver a encontrar a Ferdizienka para terminar lo que habíamos empezado.

 Pero no fue posible.

No sé qué le pasaba; pero desde esa vez, ya no quiso verme, ni acercarse, ni enseñarme la lengüita ni nada. Yo mismo la busqué tratando de hablarle; pero apenas me veía, se cambiaba de vereda y me hacía muecas de ascos como si viera una rata aplastada.

No sé qué le pasaba.

Al comienzo pensé que estaba arrepentida de haber cedido a la tentación en la iglesia, y ya se le pasaría, a fin de cuentas era ella la que había empezado; pero no sé qué pasaría por su cabeza que me tenía una cólera maldita que me miraba con odio y asco como si quisiera matarme con la mirada. Yo traté de hablarle en dos ocasiones; pero apenas me veía acercarme escapaba como si fuera un loco calato queriendo violarla. Hasta que me cansé y dejé que se largara.

Pero ya nada fue como antes.

Me tenía tanta cólera que cuando me veía sucio en la calle, cargando en el trabajo, se reía de mí, toda cínica, con sus amigas o les decía algo para burlarse. Pero yo no le respondía. Estaba tan acostumbrado a aguantar que simplemente esperaba que se cansara. Pero las mujeres son especialmente refinadas en sus venganzas, y seguro que para dejar bien en claro que nunca habría algo entre ella y un pobre diablo como yo, se paraba frente a la ventana de la biblioteca donde yo estaba, y se ponía a chapar con su amigovio de turno. Pero a mí las mujeres ya no me destrozaban. Solamente esperaba tranquilo que se cansara y abandonara. Pero ella parecía divertirse mucho con eso. En las noches, cuando salía de la biblioteca y sabía que la estaba mirando se ponía a reír y chapar más rico con su gilberto del momento para que viera lo bien que gozaba. Pero yo pasaba por su lado, resignado, y sin decir nada. Hasta que por fin se hartó, y dejó de fastidiarme.

 En realidad nunca entendí lo que quería. No le pregunté, ni le reproché, ni se lo conté a nadie, ni me burlé, ni hice nada.

Hasta ahora que lo escribo:

Ferdizienza Lazo, (F y L, las verdaderas iniciales de su nombre y apellido), si alguna otra vez quieres jugar a burlarte de un tipito sucio, misio, quedado, y solitario, que no responde a tus avances ni devuelve las burlas, primero asegúrate que no sea un escritor.

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  • Gracias Cometa, Julio y Peibol, por leer aunque no les haya gustado. Un abrazo.
    Perdona pero en cuanto tenga un poco de tiempo me leo tus relatos, para poder comentar algo personal. Ya sé que eres un excelente escritor. Saludos
    Muy bueno amigo, me gustó tu relato. Un abrazo...
    Siempre es bueno decir lo que uno piensa molestes a quien moleste, un saludo
    Gracias Chus, en verdad continúo; pero sin la constancia de antes. Es que aparte de obligaciones laborales, las nuevas publicaciones no animan mucho: demasiado minicuento sin corrección. Pero voy a tratar de darme tiempo. Ojala las cosas mejoren. Un abrazo. Es un gusto volver a tenerte por acá.
    Hola Omar, llevaba casi un mes ausente y me ha alegrado volver a la página y ver que estabas ahí de nuevo regalándonos una sonrisa. Aquí en España los bautizos no dan tanto juego, jajajaja, desde luego este no lo olvida el protagonista... Un abrazo
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