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4 min
CASUÍSTICA DEL DILETANTE
Varios |
06.05.19
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Sinopsis

Retomando las Historias de Duque y Martín.

“Se miraba al espejo durante mucho tiempo, y vacilaba con desesperación en ese inmenso espacio que separa al mono de Rilke.”

 

                                                                                                        Milan Kundera

 

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     La Belleza da rítmicos pasitos en torno a un farol. Me espera sin saber que la observo desde la otra calle. Cruza los brazos, mueve una pierna y luego otra, se rasca la nariz, se pasa la lengua por los labios. La Belleza sueña con un barco que nos lleve a París. Un París a lo Hemingway que la sacará a ella de puta y a mí de lobo.

     Cuando comencé a frecuentarla me cobraba cash y sin atenuantes. Era partidaria de una ecuación más bien sencilla y de indudable valor comercial: sin plata no hay culo. Claro que yo (buen lobo con mucho de tábano) hice lo que debía hacer: hablarle, hablarle, hablarle, y volverle a hablar. Un día cualquiera hablar se convirtió en un beso de verdad, jadeo incluido, pezones duritos, ojos brillantes. Ese día me abrió un crédito que nunca pagué ni pienso pagar. Pasó a ser la mosca envuelta en la telaraña de la palabra: hilos de acero que la inmovilizan con flores y unicornios. Como es lo usual en estos casos, suerte de ruleta rusa con una bala de ida y vuelta, no pude salir intacto de su cuerpo: me enamoré a lo bruto que aterriza de cabeza y sin alas sobre un pálido cemento de inalterable sonrisa: Una forma de suicidio como cualquier otra u otras inherente a la lógica del fracaso o al inevitable aullar de costillas rotas bajo el silente abandono del olvido.

     A veces la Belleza es la Belleza y a veces le da la gana de no serlo. Por detrás de mí se trata de ver las tetas en el mismo espejo astillado frente al que me afeito. Mete la mano entre mis piernas y me pesa las bolas con la palma ahuecada. Me zafo del toque y me volteo. Le agarro las nalgas, le doy un beso chiquito y la mando a dormir. Frunce la boquita (que por ser bocota se reduce a boca) y sale del baño meneando el culote (que no se reduce por nada, amén y gracias) De regreso al espejo (temático el cabrón dice Martín) me agarro el miembro (es güevo, güevón, dice la Belleza) y me masturbo (me pajeo piensa Duque) estilo va y viene velocidad standard. Cuando acabo la Belleza ronca. En silencio me deslizo y me acuesto a su lado. Enciendo el cigarrillo inevitable: dulce y fresca fumada postpaja que me envuelve en un vago duermevela de figuras entrecortadas, una eclosión de cejas y bocas inconexas, un baile de máscaras en el que se fusionan arquetipos inexplicables: Buda y Stalin, Lennon y Nixon, Mussolini y Groucho, San Pablo y Judas, luces de bengala y ángeles caídos.

     Nada que recuerde es mejor que escribir un poema, ni siquiera fornicar o la pipa de opio. Es posible que los Beatles y algo de jazz on the rock and roll para patearle el culo a las hormigas que suben por mi barba. Olvidaba el terco sudario de escarabajos que se detiene a tomar el té adentro en mis ojos. Y eso tan solo a mi derecha. Si giro la cabeza a mi  izquierda un cadáver inquieto salta a mi boca y se consume o terminas por sonreír y tu cara en la lumbre es la cara de todas las caras.    

     Ergo: la puta Belleza volvió a inyectar los cigarrillos.  

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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