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10 min
Catalepsia
Terror |
20.08.19
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Sinopsis

A veces muchos desearíamos tener un lugar al que huir y poder llamar hogar. Ese lugar no tiene porque ser material, ni mucho menos una persona; a veces ese lugar puede incluso llegar a ser la soledad, la absoluta soledad, donde el olvido es la mejor arma para curar el alma. Pero a veces, la soledad y la realidad, para algunas personas, por desgracia, puede ser su peor pesadilla.

Desperté confuso, sin saber exactamente dónde estaba. Recordaba vagamente lo último que había sucedido, y sentía como si, finalmente, me estuviera despertando de un largo letargo. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía en un estado extraño, sin dolor, que me liberaba durante cierto tiempo de todas las preocupaciones de la vida; de cualquier dolor, emocional o físico, que pudiera estar sintiendo. Cuando ocurría, era como si Medusa, la protectora griega, me guiñara el ojo y me arrastrara a las mismísimas puertas del cielo, desde donde podía observar, inmóvil, todo lo que sucedía a mi alrededor. No recordaba casi nunca en qué momento sucedía semejante milagro, aunque la verdad, el inicio no tenía tanta importancia como el final, pues llegó un momento en el que estos eran parte de mi vida, y los recibía, pese a su macabra naturaleza, con una extraña alegría, dejándome llevar por ese estado indoloro, apático, que producían en mi ser. Y es que mi capacidad de ser invencible era un arma de doble filo, pues era imposible anticiparse al suceso, y pese a ser para mí, en ese mismo instante, y desde que empezaron a producirse, una vía de escape, podían también suponer un verdadero problema.

 

La primera vez no fue nada del otro mundo; aunque, a decir verdad, en ocasiones la simplicidad puede llegar a ser mucho peor que la más compleja de las historias. Recuerdo, en esa ocasión, encontrarme frente al escritorio, escribiendo uno de mis trabajos con una pluma negra preciosa que me regalo mi padre, cuando un escalofrió me recorrió la columna y me paralizo la espalda por primera vez justo cuando estaba intentando alcanzar la copa de whisky escocés que me había preparado. Al instante supe que algo iba mal. De alguna forma extraña lo sentí llegar desde lo más profundo de mi ser.

 

 El proceso duro unos diez minutos, o quizá más; o menos, no lo sé. Primero fueron los escalofríos, que me congelaron las extremidades como si me hubiera expuesto al más frio de los inviernos durante un tiempo biológicamente imposible para el cuerpo humano; luego llego Medusa para guiñarme el ojo, y me vi arrastrado poco a poco hacia un vago estado de conciencia que, sorprendentemente, se parecía a la embriaguez extrema a la que estaba acostumbrado desde que murió mi mujer y perdí a mis dos hijos. El mareo, las náuseas, la sensación de estar al límite de la conciencia, el semidesmayo y la incapacidad total de moverme fueron, en ese mismo orden, las siguientes fases. Como decía, desde mi particular punto de vista, el proceso pareció durar una eternidad; sentí como la vida se me escurría entre los   dedos y como mi propio corazón reducía las pulsaciones hasta percibirlas tan débilmente que me era imposible saber, y mucho menos confirmar, que realmente seguía vivo y que no me estaba, por mucho miedo que me produjera la idea, simple y llanamente, muriendo. Y es que quizás era lo mejor que podía sucederme, solo era un pobre desgraciado que vivía solo y que lo había perdido todo, absolutamente todo; así que finalmente decidí dejarme llevar por la fría corriente del destino y me dejé arrastrar, poco a poco, hacia ese estado indoloro, inmóvil, semimuerto, pero con una borrosa y letárgica consciencia de la vida.

 

Pasaron tres horas hasta que empecé a sentir el cuerpo de nuevo, tres largas y angustiosas horas en las que me sentí como un muñeco de cera expuesto en el macabro escaparate en el que se convirtió mi propio despacho, un escaparate sin espectadores, sin precios ni valores. Vacío. Esa primera vez perdí todas y cada una de mis capacidades motoras casi por completo, aunque, extrañamente, pude verlo absolutamente todo. Pude incluso percibir vagamente como, uno detrás de otro, cada uno de los hielos de mi vaso de whisky se derretían, desapareciendo y fusionándose con el alcohol que, una vez recobré la conciencia, recorrió mi garganta hasta mi estómago, recordándome la diferencia entre la embriaguez y la extraña bendición que había recibido durante tres horas.

 

En muchas otras ocasiones, mi viaje no fue, ni mucho menos, lo que podría considerarse corto, y fue entonces cuando empecé a concebir la vida desde un punto de vista distinto, apático y tan desconectado de lo material, que pasado un tiempo tuve la certeza de poder llegar hasta los confines del universo a través de mi propia mente, donde la nada y la más negra oscuridad se convertían en el todo más absoluto durante tanto tiempo, que mi mente vagaba por el vacío durante semanas, apropiándose del lugar como si de algo suyo se tratara, aprovechando el tiempo para divagar acerca de todas esas cosas que un ser humano decente y normal no tiene tiempo para meditar durante su existencia. ¿Y qué era la existencia, si no, nada más que la conciencia más absoluta del ser y del pensamiento? ¿No seguía yo existiendo sobremanera pese a no tener la capacidad física y mortal de moverme y comunicarme? ¿Y qué es pensar, sino la máxima representación del libre albedrio, que es lo que nos hace humanos? ¿Estaba yo muerto si todo el mundo pensaba que mi cuerpo material era un simple cadáver, una cascara vacía? ¿No es el cuerpo humano el origen de casi todas nuestras debilidades? "Cogito, ergo sum", "Pienso, luego, existo", sentencio en su momento Descartes. Y a eso me dedicaba durante mis viajes, a pensar. Y pensaba, y pensaba; y me dedicaba a existir en ese espacio infinito al que termine llamando "hogar", hasta que luego, como si de un interruptor se tratara, la oscuridad desaparecía, y la nada se convertía en el todo en un pequeño instante; y la muerte, que me miraba siempre desde un rincón del vació sujetando su larga guadaña con las manos, me devolvía a la perfecta consciencia como si nunca me hubiera ido, y la luz volvía de nuevo como si nada malo hubiera pasado, como si no hubiera estado nunca al borde del oscuro y hondo precipicio que es la muerte, el olvido, la existencia dentro de la no-existencia. Y entonces me despertaba.

 

Fue a la vuelta de uno de mis viajes más largos a las puertas del cielo cuando, finalmente, tuve la certeza de que esta particularidad que rodeaba mi vida seria, con total seguridad, la causa inevitable del fin de mis días. Un ciclo vicioso cruel e infinito, que se encargaba de darme un poco de esperanza y tranquilidad para luego arrebatármela, devolviéndome a una vida cruel, asquerosa, donde el destino y mis propias decisiones me habían privado de lo mejor de la vida. Era imposible recuperarse así.

 

***

 

A veces, la vuelta era repentina, fugaz, y me despertaba como el que despierta de una larga pesadilla: confuso y alterado, con la intención de recuperar el control de mi vida; de la real, al menos. Era entonces cuando me levantaba empapado en sudor, consciente de la gravedad de mi situación personal y de mi asqueroso y denigrante ritmo de vida, que se basaba simplemente en vaciar botellas y llenar vasos, y era entonces cuando decidía luchar durante unos cuantos días por devolver mi vida a un camino sano y decente que no me destrozara poco a poco; pero aun así la realidad se imponía siempre, y conmigo no era distinto: las personas no cambian nunca. El vaso de whisky siempre terminaba llenándose de nuevo, y a mi garganta le gustaba demasiado el dulce escozor que me provocaba el alcohol a partir de la cuarta, la quinta, o la sexta copa, que me recordaban que al menos, pese a toda la mierda que había en mi vida, seguía vivo.

 

  En otras ocasiones, el despertar no era tan rápido, y Medusa, que le encantaba jugar conmigo, me devolvía a mi estado normal devolviéndome mis facultades por partes, como si estuviera molestándose en arreglar un muñeco de trapo roto con el que el destino se había cansado de jugar. En estos casos, la vuelta a la realidad era muy parecida a un amanecer gris, triste; muy parecido a como lo eran para mi todos mis amaneceres, solos y sin compañía, acompañados de una sensación de dolor emocional que me devolvía, por partes también, todos y cada uno de los recuerdos de mi vida. Entonces, tras un largo rato, empezaba a sentir un débil zumbido en los oídos al que seguían unas extrañas sensaciones de hormigueo en las extremidades muy parecidas a la comezón que uno siente cuando hay falta de riego sanguíneo. Después de eso, la oscuridad parpadeaba, y varias veces me sumía en un desmayo momentáneo del que volvía tras varios minutos, o segundos, no sabía. Era en ese momento, a la vuelta, cuando todas estas sensaciones empezaban a cobrar sentido, y yo volvía a ser consciente de mi propio cuerpo y de la realidad. Los pensamientos y las sensaciones empezaban a fluir de nuevo en mi cerebro, se formaban y se deformaban con una facilidad increíble; se unían, se separaban, y se volvían unir formando, finalmente, cosas parecidas a pensamientos y emociones. Y, entonces, algo que para cualquiera debería ser una bendición, el despertar y la resurrección a la vida, suponía para mí la vuelta a una interminable pesadilla.

 

 Con el vislumbrar de ese nuevo amanecer llegaban los recuerdos de mi vida real. Llegaban en forma de películas viejas de otro cuerpo, de otra vida en blanco y negro; vivida mucho tiempo atrás en una piel que fuera mía a medias, como en una cascara vacía, una crisálida rota, podrida y consumidas por las desgracias de un desgraciado que ha tomado malas decisiones. Y entonces, de un momento a otro, era consciente de que ese no era un amanecer normal, sino que me estaba despertando de uno de mis largos sueños y que había sufrido, en efecto, otro más de mis ataques. Y en ese instante todo volvía a empezar. Primero sacaba la pluma negra de mi padre con la intención de grabar en papel los pensamientos surgidos durante mi último viaje, pero pronto la realidad me golpeaba con la fuerza de un huracán, y seguidamente, todos esos pensamientos, esas verdades absolutas que se me aparecían en sueños, desaparecían igual que desaparecen los sueños tras los primeros instantes de vigilia. Y era entonces, entre recuerdos nítidos y grandes verdades borrosas, cuando sentía, de nuevo, que era el momento de llenarme otro vaso y empezar a vaciar otra botella. Un nuevo día. Una y otra vez.

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  • Gracias mack! Me alegro de que te gustara! Pronto vendran nuevos relatos, y muy interesantes! A ver cuando escribes algo no? Te leo
    Muchas gracias por tus palabras Jose Maria! Es un placer que hayas disfrutado con este pequeño viaje, la idea era ser lo mas cercano a la sensación real jeje y quien sabe... quizás no solo sean ficción y haya algo de realidad. Un saludo y espero que te gusten los demás cuentos!
    Es formidable la fluidez descriptiva... en verdad se sumerge uno en un viaje cataléptico... tu imaginación me deja absorto, aunque tal vez no sea sólo imaginación y tus viajes sean reales... voy a revisar tus cuentos... felicidades...
    Increíble, de verdad, sin palabras. Te felicito amogo, una obra maestra y una mezcla increíble de realidad y ficción. 10/10
  • A veces muchos desearíamos tener un lugar al que huir y poder llamar hogar. Ese lugar no tiene porque ser material, ni mucho menos una persona; a veces ese lugar puede incluso llegar a ser la soledad, la absoluta soledad, donde el olvido es la mejor arma para curar el alma. Pero a veces, la soledad y la realidad, para algunas personas, por desgracia, puede ser su peor pesadilla.

    Un microrelato basado en la realidad que se vivió en Catalunya durante la guerra civil española y la época franquista.

    “- ¡Quiero hablar con el comisario! - le dijo la mujer al androide que se encargaba de atender a la gente en la entrada de la comisaria. Ella estaba fuera de sí. - como no me lleves ahora mismo frente a quien sea que este al mando de esta pocilga te juro que te arranco los tornillos uno a uno hasta que sirvas para lo mismo que sirve un clip roto, chatarra.” Un drama de ciencia ficción en formato de relato.

    Cogió la nota que había dejado José en el escritorio. Escrita a mano con boli azul, los rasgos de la letra se mostraban firmes y claros mientras relataban lo que parecían unas últimas palabras. Ángel, impotente, no podía dejar de llorar a la lágrima viva mientras sentía que le ardian los ojos. Sujetaba el teléfono con tanta fuerza que empezo a clavarse las uñas en la palma de la mano.

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    Acelera y sonrie.

    Año 2250. Samantha se despierta de nuevo. Hoy es Domingo. Los Domingos son buenos dias. Y hoy Samantha esta ilusionada. Es su octavo cumpleaños. (Capitulo II). Se trata de un relato en desarrollo. Pueden encontrar la primera parte en mi perfil! Muchas gracias de antemano! Cualquier comentario o consejo seria de gran ayuda y estoy abierto a discutir todo tipo de ideas.

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Es la primera vez que me atrevo a compartir con el mundo lo que me llena por dentro. Escribo en prosa, en verso, o incluso una mezcla de las dos. Escribo para desahogarme, escupo sobre todos mis demonios y los de los demás. Mi mayor proyecto es una novela de ciencia ficción , aunque también tengo en el horno una “colección” de relatos cortos. También me encanta el terror, el drama, la historia y todo lo que te anime a pensar y explorar tus propios límites. Aprender, en general, es algo que me fascina. Y hacerlo leyendo me parece vital para cuidar el alma. Si te gustara mi prosa, mi verso, o no, no olvides comentar y calificar, es siempre una buena noticia saber que piensan mis lectores.

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