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4 min
Catarsis
Amor |
15.12.13
  • 4
  • 11
  • 2935
Sinopsis

Demasiado a menudo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo hemos perdido. Entonces, sólo nos queda vivir con ello.

El olor de la tela quemada le resulta más desagradable de lo que imaginaba, pero el contraste del fuego con el negro del tejido hace que se quede viendo como arde una parte de su vida. El crepitar de las llamas decrece al mismo ritmo al que se consumen los hilos, enredados unos con otros, fundiéndose con algún componente de plástico -seguramente el que deja ese olor- en una maraña imposible de descifrar.

Recuerdo el rastro de su perfume anunciando… No sabía el qué. Su voz revelando su boca, entreabierta, augurando… Tampoco lo sabía. ¿Tienes fuego? Qué manido suena, lo sé, pero lo cierto es que así comenzó todo. Son tantas las cosas que empiezan de una forma tonta. Y sí, tenía fuego, tuve fuego durante los quince meses en los que, sin darme cuenta, ella llenó mucho más de lo que ocupaba. Pero de eso no fui consciente hasta mucho después.

Ya no se acuerda del color de sus ojos. Son tantas las cosas que ha olvidado. Otras no. El poco tiempo que compartían no leía, apenas comía, sólo dormía cuando ella lo hacía… todo su tiempo era para ella, como si intuyera que llegaría un momento como éste, en el que quemaría todo lo que la traía a su memoria. Rayuela, una agenda negra por estrenar, un foulard rojo, sus pendientes, los vaqueros, unas medias olvidadas… está quemando todo lo que ella dejó allí, incluso, las sábanas que sólo usaba cuando dormía con ella. A su memoria vienen aquellos días en los que casi no tenía a tiempo para lavarlas. En los últimos tiempos apenas si salían del armario.

Aquel primer invierno fue vertiginoso: siempre tuvimos la sensación de que nos robaban el tiempo. Aunque salía a diario con la moto, sólo o con amigos, los fines de semana los exprimíamos juntos. Pero en primavera, como todos los años, empezamos a organizar los viajes: Carapinheira, Taluyers, Hendaya… además de las clásicas en España. Nuestros tiempos se distanciaron, nosotros no. Igual también fue difícil para ella; para mí, lo era. Pero no pensábamos, sólo vivíamos el momento con pasión, nos perdíamos en el presente, el futuro parecía lejano. Nunca se me ocurrió pensar que un día, simplemente, no se despertaría.

Hace ya un mes desde que ella se fue y él aún cree oír sus pasos leves arrancando quejidos a la madera vieja, ver su silueta recortada por la luz de la noche entrando por el ventanal, notar su hueco en la cama. A veces, algunos amaneceres, en ese punto en el que se funden la vigilia y el sueño, está seguro de sentir su aliento en la nuca. Pero se despierta, y aunque hubiera jurado que las sábanas seguían oliendo a ella, la cama vacía le recuerda que ya no está. Por eso hoy lo quema todo, cree que así podrá deshacerse de su recuerdo. Pero ahora que todo ha ardido, ahora que sabe que no queda nada suyo, sigue sintiéndola como si no hubiera servido de nada ese juego catártico destinado a relegarla al olvido.

Estábamos en Müllheim, otro año más. Me había costado irme, ni siquiera me apetecía, pero no podía dejar de hacerlo, siempre lo había hecho. Aunque me moría de ganas de estar con ella, simplemente pensé… la semana siguiente. Habían pasado más de tres desde la última vez que pudimos estar juntos y varios días desde que recibiera el último mensaje. No me extrañó: los problemas de cobertura eran habituales en ruta. Cuando al final llegaron todos los mensajes acumulados, no eran de ella. Ya ni recuerdo quién los envío ni lo que decían. Sólo recuerdo que no llegué a tiempo. Y sé que es absurdo, pero desde entonces la moto se cubre de polvo en el garaje y yo no puedo dejar de pensar que, si hubiera dormido conmigo, quizá sí habría despertado. O quizá, no, pero al menos habría dormido conmigo.

La ventana abierta cambia el olor del pasado quemado, por el del frío de la noche. Desnudo, tirita frente a la ventana que cierra lentamente, mientras su mirada se pierde en la nieve de la montaña que una luna llena de invierno, revela con luz clara y fría. Era esa noche perfecta, la que habían soñado tantas veces: madera, luna, nieve, fuego… Sólo faltaba ella, iluminando el negro que nunca más volvería a tener su cama. 

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    Me ha gustado la imagen visual del fuego como elemento purificador. Una historia de amor con un triste final, pero con cierta ilusión y esperanza de que los recuerdos siempre se quedan en la memoria. Es difícil olvidar un amor y más con las trágicas circunstancias del protagonista... Un saludo!
    Gracias a todos por vuestros comentarios. Da ánimos para seguir escribiendo y reescribiendo. :)
    Estupendo relato Mayte, y muy bien escrito. Me ha gustado mucho. Saludos!
    Bonito relato, y bonita historia sin final feliz. En la vida las cosas no salen como esperamos, pero eso hace que seamos como somos. Un abrazo.
    Me ha gustado mucho la imagen de esa moto cubierta de polvo, un vehículo, un puente que lo conectaba a lugares entrañables a lado de ella. Ahora la moto es un testigo silencioso de su error. Al final no fue tan catarsis. Saludos
    Alguna vez quemé los restos de un amor. Gran error, porque el humo lo tatuó para siempre en mi alma. Tu texto describe a la perfección aquella olvidada sensación de un pasado quemado que te congela los huesos. Relato de altura, Mayte. Enhorabuena!
    La pérdida es uno de los hechos que más profundamente marca la existencia humana, y también uno de los más difíciles de describir, de expresar. Creo que lo has logrado muy bien, sin redundar, sin entorpecer el silencio propio de estas cosas. Me ha conmovido la narración. Saludos!
    Gracias, JM, por tu lectura y tu comentario :) Un saludo.
  • Cuando proyectamos nuestras expectativas de una persona sobre ella, estamos llamando a la puerta del fracaso.

    Demasiado a menudo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo hemos perdido. Entonces, sólo nos queda vivir con ello.

    ¿Acaso es menos eterno ese amor al que la rutina no horada hasta abrir un hueco por el que se escapa?

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