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8 min
Cayo Folías
Amor |
08.05.13
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Sinopsis

Cayo Folías es denunciado, juzgado y condenado por insultar y amenazar a un médico que trataba de limpiarle su nariz rota en un oscuro suceso en una noche de borrachera. Mientras tanto se informa sobre el protagonista.

Día cuatro de diciembre de dos mil doce.

Cayo Folías, varón de cincuentaiun años, es falso, malicioso, siniestro, astuto.

Una reciente fractura mal solidificada del tabique de su nariz, causada por un puñetazo, le ha marcado lamentablemente la cara con una concreción tumefacta que desvía su recorrido.

Es grosero, cobarde, faltón, colérico.

Cuando de madrugada despertó y se vio tirado en la acera de una calle de Ossa de Montiel, con la borrachera aún sin digerir, la nariz loca y la camisa rota y manchada de sangre y vómitos acuosos, su amigo Richardín no aparecía por ninguna parte.

Y es zafio, resabiado, mentiroso.

No sabe quién le pegó en alguno de los locales de copas del pueblo, aunque le han dicho que se ha oído en Ossa y en Tomelloso que un travesti se la metió por detrás hasta el fondo, le robó la cartera y le rompió las narices de una ostia. Y después le denunció por amenazas, insultos y agresión.

También es tramposo, desconfiado, fatuo.

Las cejas finas y largas enarcan dos ojillos oscuros de mirada levemente zurda y nerviosa, su talle todavía es fibroso aunque sin el garbo de cuando joven, con movimientos precipitados sobre sí mientras va y viene caminando pensativo y solitario por el largo pasillo del juzgado, nervioso, esperando a que le llamen para el juicio.

El médico al frente del centro de salud, aunque conocía el estado en que venía, empezó a tocarle las narices causándole un dolor intenso que de inmediato se le hizo insoportable y saltó de la camilla violentamente gritándole “¡panchito de mierda!”, y le empujó.

Folías tiene la frente despejada y el dibujo del cráneo bien marcado, como los de los bustos de Julio César dictador, y lleva fijador sobre su fosco pelo.

Pero es divertido, confidente, encantador.

No fue posible limpiarle la nariz rota taponada con cuelgues de sangre-moco y tierra, no permitía a nadie ni aún rozarla con una gasa, ni soplando, chillaba y se defendía acometiendo e insultando, su pánico al dolor le desquiciaba, así que el galeno le mandó sin más en la ambulancia al Hospital General de Villarrobledo.

Es bajo de estatura, padece frecuentes dolores de barriga, es bebedor inmoderado, y de dos años acá se ha aficionado a la cocaína.

El doctor don Jorge Tototle, que era natural de Jalisco, México, y llevaba algunos años viviendo con su familia en España, le denunció por los insultos y el maltrato recibido, principalmente por consideración a los demás colegas, aunque Folías probó a disculparse aconsejado por el sargento Gavilanes del cuartel de la guardia civil, un antiguo conocido suyo.

-Vaya hombre, pues perdóneme usted, pero es que me ha hecho ver las estrellas, no ha tenido usted cuidado tocándomelas así según las tenía, ¿pero es que no lo vio? yo no le he hecho nada a usted, pero usted sí me ha hecho mucho daño a mí, ¡me ha hecho llorar de daño! yo no le he insultado, no, solo le he empujado un poco y le he dicho váyase a la mierda por el daño que me estaba haciendo, nada más ¿pero es que le ha pasado algo? pues lo siento ¿vale?

Ginebrés hijo de inmigrantes corchetes, su madre, Penélope, quedó embarazada de Cayo cuando aún estaba principiando su noviazgo con José Alondro Folías y todavía se concertaban en secreto (en apartadas riberas umbrosas del arroyo Alarconcillo, en las frescas praderas junto a las Lagunas de Ruidera, robándose besos tras los ásperos estribos del paredón de la iglesia mayor); la revelación de la preñez fue una bomba en Ossa, y las habladurías despiadadas; los respectivos patriarcas, seres primitivos y brutales y que a mayor inri estaban encanallados entre sí por querellas viejas, no supieron dar con otra solución a la deshonra y el escarnio público y cruel a cuenta de la jodienda nefanda que la de expulsar de la casa, de la familia y del pueblo a los dos jóvenes amantes bajo amenaza cierta de muerte; y ellos, sin dinero, ropa ni techo, instrucción ni oficio, terrón con olivar o vid, pobres como desnudos decidieron, siguiendo a otros paisanos que en aquella época se marchaban huyendo de la miseria, abandonar España y marchar a Suiza, disimulando el embarazo en las sucesivas aduanas, y buscar trabajo y futuro en aquellas ricas e industriosas ciudades del norte, de modo que a los cinco meses de instalados en una habitación muy humilde en un pueblo llamado Carouge, junto a Ginebra, donde celebraron su boda en una modesta parroquia, nació Cayo Folías.

Cayo está casado con Paloma Folías, una prima lejana natural también de Ossa de Montiel con la que ahora mantiene una relación de primazgo más que la propia de una pareja instituida; un día ellos dieron por agotado su matrimonio y lo liquidaron sin más trámite, después de ponderar que los dos hijos habidos ya criaban nietos, que el sostenimiento de cada cual para el resto de su vida lo tenían regular o mal resuelto, pero en ningún caso requería la intervención del otro -ni se admitía-, y por la sencilla constatación del hecho de que ya no se amaban, se aguantaban mal y discutían siempre, resultando agotadores los ratos que pasaban juntos, pero restando finalmente un poso de cariño y secretos compartidos que bien podría ser aprovechado en el futuro por los primos Paloma y Cayo.

Vive en Madrid, en el apartamento dispuesto para dar alojamiento a los empleados foráneos de la afamada empresa de cobro de morosos “LOS COBRADORES CAFRES”, compañía en la que Folías es un veterano gestor de cobros. Su trabajo consiste en vestirse con un traje de ejecutivo de las finanzas y acosar, molestar, insultar, importunar, gritar, al moroso, a sus familiares, amigos, vecinos, compañeros y colegas, hasta convencerle de que page la deuda cuyo importe le han indicado previamente sus superiores en la oficina de los cobradores cafres, siendo éste un dato irrebatible.

De la boca de Folías surge un aliento fétido, intenso y hondo que nunca remite y que caracteriza su voz; deja sin pronunciar las palabras finales de las frases, teniendo por cosa natural que lo que falte lo ponga su interlocutor. 

Es llamado a juicio por la jueza de Villarrobledo y en la sala pasa un mal rato al verse reprendido constantemente por su señoría, que arruina su estrategia defensiva de presentarse como español de palabra y que se viste por los pies, y tiene que aguantar las preguntas insolentes de la abogadita del médico, y es condenado como autor de una falta contra el orden público y de amenazas, a pagar dos multas y además a indemnizar en quinientos euros a la víctima, la disculpa que alegó de haber padecido aquella noche un trastorno mental transitorio no fue estimada, que le prometo que yo no me acuerdo de nada de lo que pasó esa noche ni luego, que me pegaron a mí y me rompieron las narices a mí, qué pasa con eso, que yo al médico no le toque, el sí me hizo daño, yo no le dije eso de panchito, no sé qué es eso, que no me acuerdo, ea.

Se asentó en la convicción dolorosa de haber sido víctima de una honda injusticia, tratado en su propio país peor que los extranjeros, prefiriendo creerlos a ellos antes que a él. Pero pudo aplacar la ansiedad con tres copas de güisqui.

De siempre tiene los testículos asediados por hongos, le abruman con comezones furiosas que arrecian inopinadas comiéndole vivo, hasta que olvida dónde está y como un chucho enfebrecido se rasca sus partes con las uñas y se pellizca intentando aplastar a aquellas diminutas criaturas de miles de patitas frenéticas que le recorren.

No cabía en su cerebro que fuese posible que él le diera quinientos euros al…ese de mierda.

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  • Me ha encantado la comparativa sutil de los hongos. Lo que veo es que te metes de pleno en toda clase de historias; es algo que a mí también me encanta hacer. Incluso juego a escribirlo todo en primera persona, para confundir. Pero lejos, muy lejos te mantienes, como yo, de tu propia realidad con tus personajes, empero uno/a podría creerse que todo lo has visto o vivido para escribirlo. Pero lo tuyo se llama TALENTO y ojalá pudiera leerte mucho más. ¿Dónde hay más escritos tuyos? Estoy ansiosa (como la de mi relato de hoy jaja) por leer más de tí. Las historias de emigrantes me tocan especialmente, ya que mi madre lo fue en Alemania y sé lo que pasó. Gracias, siempre gracias, por tan maravillosas aportaciones; ese ingenio único y disfrutar de tu buena literatura.
    Por el ambiente y la anécdota recuerda a García Pavón y sus historias de Plinio, el policía de Tomelloso, y el veterinario. Ahora bien: para mí no acaban de ensamblarse los dos temas, el de la noche de borrachera y sus consecuencias, y la historia de los padres emigrados. Otra cosa: casualmente estuve seis años en esa zona de Ginebra y conozco bien Carouge. No sé si también lo conoces: yo iba a tomar café a una plaza cuyo nombre no recuerdo, junto a la calle que pasa el tranvía y con una gran iglesia al otro lado; o templo, que llaman allí los calvinistas. (Por fín conseguí acabar la traducción de la reseña)
    A mí me ha parecido un relato excelente. Me ha gustado esa doble forma de presentar la historia en el que se va intercalando una tremendamente deseada descripción psíquica del individuo en el detalle de lo acontecido. También se agradecen los puntos de humos a lo largo del relato (a mí me ha hecho particular gracia lo de "empezó a tocarle las narices"). Además de agradecerte tu comentario a uno de mis relatos, he considerado justa contraprestación el comenzar a leer los tuyos y, desde luego, este me ha impresionado.
    Un relato te engancha o no.. Este me engancha y me gusta el estilo tan personal. Un saludo
    Siento que no te gusten mis puntuaciones, pero lo hago sin pensar en posiciones, valorando sólo la calidad del texto desde mi punto de vista. Para no importarte, tu queja ha sido expeditiva. Como este relato también lo voy a puntuar bajo, te diré el porqué. Hay excesiva adjetivación. Resulta absurdo abusar de los adjetivos para describir a un tipo que ya se va mostrando despreciable. El odio hacia el personaje hace que no resulte creíble. La puntuación tampoco ayuda a seguir la historia: no se fluye por el texto, enrevesado y sin ritmo . Parece un texto escrito de tirón, sin revisar, ni releer, lo que empobrece una historia con posibilidades: tan sólo hay que trabajar más en él.
    Un gran relato, muy bien ambientado y muy bien narrado, con garra, chispa y destellos de esperpéntica y furiosa realidad. Y por encima de todo, el personaje del ínclito Cayo Folías, toda una creación literaria, minuciosamente descrito en cuerpo y alma, fantástico eje vertebrador de una historia costumbrista y visceral con escenas memorables y ramalazos de humor escatológico y bestial.
    Muy buen relato, excelente la pintura del personaje al que hasta le sentimos el olor, y uno termina diciendo, como alguien comentó más abajo, que pague, que pague...
    Un relato estupendo. Un pobre indeseable muy bien retratado. Enhorabuena.
    Una perita en dulce este Cayo.. Que pague. Me gustó
    Una perita en dulce este Cayo.. Que pague. Me gustó
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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