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6 min
Cazadores y presas
Suspense |
22.02.18
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Sinopsis

Era su primera jornada de caza...

     El primer domingo de octubre del año 2014 comenzaba en Asturias la temporada de caza. La anterior había resultado trágica. Habían muerto varios hombres. Se habían matado entre ellos. De ahí que en la mente de todos los cazadores latiera un pensamiento común: extremar las precauciones y asegurarse bien antes de disparar.
 

Era mi primera jornada de cazaEstaba nervioso y emocionadoY también asustado. Mi padre y antes el abuelo me habían adiestrado para cuando llegara el gran momento. Y el gran momento ya estaba aquí. Esta noche apenas he pegado ojo. Me he desvelado temprano y he esperado, anhelando y temiendo, la llegada del nuevo día.
 

Los cazadores se pusieron en marcha al despuntar el alba. La caravana de todoterrenos de la cuadrilla “El Tejón” se dirigió al coto de Argul. Esta vez iban a tiro fijo y nunca mejor dicho. Tenían información de muy buena fuente sobre la ubicación exacta de la manada de jabalíes. Hasta media docena de ejemplares adultos y varios jóvenes habían sido vistos en las inmediaciones de un bosque de castaños y abedules, a lo largo del arroyo que descendía desde Pinomouro y entre los pastizales y montes de A Campiela y Rioforcados.
Alcanzado el paraje de destino se apostaron en lugares estratégicos. Algunos se situaron a lo largo de la pista forestal, al noroeste; otros, sobre la cima del Pico y a lo largo del pastizal de A Campiela; el resto, enfrente, en la otra ladera, en el pastizal y el monte de Rioforcados y en la pista asfaltada que bordeaba el terreno hacia el este.
Un estruendoso y discordante concierto de furiosos ladridos, gritos de viva voz y órdenes apresuradas, trasmitidas a través de los walkies  de las emisoras, reventó  la tranquilidad de la fría y despejada mañana de principios de octubre.
 

Yo trataba de mantener la calma en medio del abrumador alboroto. Pero el corazón me latía a cien por hora y la suprema excitación del momento me impedía pensar con claridad. Me dejé llevar por mi instinto.
 

Los hombres aguardaban con las escopetas preparadas, el pulso acelerado y la respiración contenida. Se avistaron los primeros movimientos de los animales que fueron puntualmente radiados en vivo y en directo. Con los perros firmemente sujetos por la correa, los monteros descendieron por la ladera boscosa para levantar las presas y forzarlas a dirigirse al otro lado del arroyo, a campo abierto.
 

Me separé de mis compañeros y me interné entre los árboles. En ese momento escuché un ruido muy cerca. Era un sonido inconfundible y se aproximaba rápidamente. Me parapeté al lado del castaño más grueso del bosque, un ejemplar varias veces centenario, y me quedé muy quieto, esperando. Y entonces, lo vi.
Se trataba de un ejemplar joven, poco más que una cría. Él también estaba muy quieto y me miraba. En sus ojos había sorpresa y también miedo.
 

Durante un largo minuto, ninguno de los contendientes realizó el menor movimiento. Tenían todos los músculos en tensión y respiraban aceleradamente. Parecían dos estatuas de piedra estudiándose atentamente, con los cinco sentidos alerta al menor movimiento del contrario.
De repente, un potente vozarrón se elevó por encima de la bulliciosa algarabía y dio la voz de alarma.
- ¡Qué van ahí!... ¡Qué van ahí!... ¡Y son un montón!... ¡Venga, coño, venga!...Hay que sacarlos para el otro lado…
 

El grito rompió el hechizo. Me giré raudo y corrí monte arribaMi antagonista hizo lo mismo en dirección opuesta.
 

Entonces se desató el infierno. La manada de jabalíes surgió en estampida de entre los árboles, cruzó el arroyo y salió al campo abierto. Los perros ladraban frenéticos y corrían enloquecidos. Las voces, nerviosas y emocionadas, elevaron el tono. Explotó  un maremágnum de órdenes perentorias, imprecaciones ahogadas y juramentos entrecortados. Sonaron varios disparos y su eco furioso se multiplicó retumbando entre los montes.
Un berrido de agonía se elevó entre el clamor general. Algo grande y pesado se desplomó entre los abedules que bordeaban el arroyo y cayó sobre las aguas. Allí se quedó, retorciéndose entre espasmos convulsos y sangrando a chorros.  El regato se tiñó de rojo. La muerte aleteó sobre el bosque como una plaga bíblica.
 

Aquella noche tampoco pude dormir. Mi primera jornada de caza había resultado horrible, mucho más espantosa que lo que pudiera haber imaginado en la peor de mis pesadillas.
Mi familia y yo estábamos de luto. Mi padre había caído abatido entre los abedules que bordeaban el arroyo. Dos certeros y malditos balazos le habían destrozado la cabeza.
Mi madre y mis hermanos tampoco dormían. Estaban nerviosos y asustados. No se oía una palabra. Sólo miradas inquietas, movimientos bruscos y algunos sonidos breves e inarticulados. No hacía falta más. Todos sabíamos lo que pasaba en ese momento por la cabeza de los demás. La dolorosa ausencia del cabeza de familia.
Yo lo había visto caer a lo lejos. Su postrer alarido de muerte aun resonaba en mis oídos y seguiría oyéndolo durante mucho tiempo. Después se habían llevado su cuerpo y no había vuelto a verlo. Y casi mejor así. Prefiero recordarlo tal como era, pletórico de vida, fuerte y vigoroso. Yo recorría los montes en su compañía y él no se cansaba nunca.
Yo no estaba asustado. Y tampoco nervioso. Sólo apenado. Y rabioso, muy rabioso, deseando vengar la muerte de mi padre. Estaba decidido. Iría a por ellos. Acabaría con ellos.
 

Llegaría hasta el final. Moriría peleando, si fuera preciso. Me comportaría como lo que era. Todo un auténtico e indómito jabato. Sólo el niño que me había mirado y permitido huir se libraría de mi ira mortal.
 

El joven jabalí gruñó satisfecho. Su berrido ronco resonó en la calma del bosque mientras alzaba la dura jeta y miraba desafiante la Luna llena. A continuación, cruzó de nuevo el arroyo, afiló sus navajas en el castaño centenario y comenzó a descender hacia el pueblo.
La caza había comenzado.

                                                            FIN

 

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