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6 min
CECILIA Y LA CHIMENEA
Suspense |
07.04.20
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Sinopsis

Cecilia ya no se acordaba de cómo era la calle.

Cecilia estaba sentada con su Babá frente a la chimenea. Era una pequeña casa, oscura donde no te podías poner de pie sin que te golpearas la cabeza con las vigas. El fuego ardía y crepitaba furioso. A Cecilia le picaban los ojos, las lágrimas no le dejaban ver bien. No veía la necesidad del fuego en plena primavera. El chal de lana la hacía transpirar y la angustiaba. Se rascaba el cuello hasta hacerse sangrar, fuertemente, para que su Babá se diera cuenta. No se atrevía a decírselo directamente, no quería que su Babá se enfadara con ella. Si ella le hubiera dicho algo al respecto él le hubiera dicho lo de siempre: no hay mejor lugar que al calor del hogar.

 

Ella miraba a su Babá que transpiraba también, su rostro arrugado, la barba larga y blanca cayéndole sobre los pies cruzados en el suelo. Las manos también cruzadas, en actitud de oración, los hombros encorvados en el mismo ángulo que la cabeza y la nariz aguileña. Severo.

Cecilia tenía ganas de abrazarlo y salir con él a recoger flores como aquellas que había visto a través de la ventana, flores rojas, amarillas, violetas, azules, todas diferentes, todas preciosas.

 

-Babá, ya no recuerdo la calle.

-Y, ¿por qué querrías recordar algo tan horrible, pequeña?

-Echo de menos las flores y el río, las colinas y las nubes, el pueblo, las fresas, el sol.

-Nada de eso existe ya, pequeña.

-Pero he visto las flores, Babá.

-Ya te avisé de que no miraras por la ventana, Nostalgia te engañará y te hará daño, eres demasiado joven para entenderlo todo, pequeña.

-Pero necesito salir, Babá.

-¿Lo has olvidado todo?¿Echas de menos la nieve y el hielo?¿O la tempestad y la lluvia ?¿La oscuridad, los lobos,el frío?

-¡Pero las he visto, Babá!

-O bien deberías quedarte fuera y congelarte para aprender a agradecer el fuego, mocosa desagradecida.

 

Silencio. Babá no había abierto los ojos en ningún momento. Cansado, se cubrió la cara con sus viejas y nudosas manos y se tumbó sobre su costado. Cecilia se tragó las lágrimas. Lo odiaba tanto como lo quería. Apretó los puños y cerró los ojos.

 

El día se desvaneció dando paso a sombras que se extendían por la habitación como lobos que acechaban en la oscuridad.

Los únicos sonidos de la habitación eran el crepitar del fuego y el crujir de las vigas. Cecilia desfallecía, pero no podía dormirse. Tenía miedo de que se apagara el fuego si no prestaba atención, Cecilia no sabía cómo encender el fuego. Lo único que podía hacer era vigilarlo y barrer las cenizas que cubrían el suelo de un manto gris. Miró a su Babá, aún dormía. Parecía muerto, pero respiraba suavemente. Cecilia tenía miedo de quedarse sola. Sin él, moriría de frío en esa casa pequeña y oscura. Sólo Babá podía encender el fuego. Cecilia se concentró en la chimenea. Las llamas se erigían sobre los troncos consumidos y negros, figuras danzantes, sibilantes, que se estiraban y se plegaban bruscamente, se apagaban, saltaban, la miraban, se reían de ella...¿se reían de ella ?

 

Cecilia reprimió un grito de terror y se cubrió los ojos. Babá continuaba roncando. Cecilia echó un vistazo a través de los dedos para buscar esas caras rojas que se habían reído de ella. No veía nada, ¿dónde se habían metido ?

 

-Babá, -susurró Cecilia-, Babá, despierta, el fuego se ríe de mí.

 

Babá no se movía, un pequeño charco de saliva se había formado junto a la comisura de su boca entreabierta.

 

-¡Babá, tengo miedo Babá !

 

Nada, ningún movimiento.

 

Cecilia estaba sola.

 

A veces, Babá se quedaba tan quieto que Cecilia no podía saber si realmente estaba allí o ese viejo barbudo con abrigo era sólo un disfraz del que se servía para hablar con ella.

 

A lo mejor Babá no estaba allí, a lo mejor nunca había estado allí. A lo mejor, estaba escondido en la chimenea y se reía de ella por ser una mocosa desagradecida. Por querer salir. Babá se reía de ella, no el fuego, todo era una broma pesada, quería asustarla, por eso no respondía cuando Cecilia lo llamaba.

 

A Cecilia no le hacía gracia. Ella siempre había sido muy buena, barría, fregaba, lavaba los platos, escuchaba atentamente a su Babá. Se había aprendido, todas sus canciones, sus consejos, le prestaba atención al fuego, nunca se quitaba su chal para no coger frío, nunca salía desde hacía mucho, mucho tiempo...era verdad que miraba las flores de vez en cuando cuando su Babá dormía, pero es que eran tan bonitas...con todos esos olores...Cecilia pensó que no merecía que su Babá se riera de ella, pensaba que no era justo, siempre había sido muy, muy buena.

 

De repente, Duda recorrió con su dedo largo y frío la espalda de Cecilia y le susurró al oído : ¿y si el Invierno no existiera ?

 

Cecilia abrió la boca pero no dijo nada. Miró hacia la oscuridad de la ventana donde estaban las flores, no podía saberlo, pero su Babá no le habría contada una mentira tan gorda, eso no estaba bien, para nada.

 

-Pero, ¡si se ha reído de ti!, -continuó Duda-, ese impostor no es tu Babá, tú lo has visto, está ahí en la chimenea, no estás ciega, Cecilia.

 

Cecilia volvió a mirar el fuego, después dirigió los ojos al bulto que roncaba a su lado. Si su Babá necesitaba ese disfraz para reírse de ella e impedirle recoger las flores ella tenía que darle una lección, le quitaría el disfraz para que no pudiera volver a llamarla mocosa desagradecida, y podría quitarse el chal, y salir, y oler la primavera, y le diría a su Babá que ya era mayor para entenderlo todo.

 

Sonriendo sacó una rama aún ardiendo del fuego y la acercó a la barba del disfraz.

 

 

 

 

 

 

 

Babá se despertó.

 

 

 

 

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