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4 min
Cerrad los ojos
Reales |
04.09.11
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Sinopsis

Matilde Aguirre escribió libre. Todos los escritores son violados, asesinados, descuartizados. Los pájaros vuelan libres cuando se pierden en las nubes y la tierra, abajo, ni es negra ni es blanca, no tienen color.

La escritora se masturbaba en la sombra.

Los chicos la miraban con entusiasmo.

El sol en lo más alto.

Y también el hambre.

Pero la escritora, abierta de piernas, saciaba el apetito de los negritos.

Pollas empalmadas y el frenesí de las manos.

Sudor.

La escritora nunca cerraba los ojos cuando los orgasmos encharcaban el reino del cuerpo terrenal.

Sí los cerraba cuando escribía.

Esos relatos que hoy se leen con devoción. “La pluma”, “El banquero de un hombre mantequilla”, “La Luna se vendió”, “Otelo se enamoró de la leche”, “Mariposas en Leningrado”, “Donde nacen las luciérnagas”…

Pero la masturbación era otra cosa.

Y saber que los negritos la deseaban, también.

Por eso el mayor se acercó con lo el temblor en las manos. Se arrodilló.

Y a ella le gustaba mucho ver a un chiquillo negro arrodillado a su lado esperando que se la chupara.

Se la chupó.

Y esa fue la señal para que acudieran como moscas los otros negritos.

La escritora pensó en Pier Paolo Pasolini.

Pero en la muerte de Pier Paolo Pasolini.

El cuerpo de Pier Paolo Pasolini  ensangrentado sobre la calle.

El maricón, el comunista y el medio ateo, fiambre en una calle espantada pero echa a los milagros y a los horrores de la creación.

Todas las pollas en la boca.

La escritora pensó, -tuvo tiempo-, en los segundos malditos de Miller.

En la apasionada noche en blanco de Proust.

Se ahogó con el semen de unos esclavos que no tenían rabia, pero sí las ganas de apoderarse de un cuerpo, de la piel de una mujer blanca y débil, enferma; para ellos una dominadora sin nombre, sin apellidos.

Nadie que pudiera, después de muerta, hacer que las pollas no volvieran a empalmarse y a correrse con otras negras, con más mujeres. Con los pájaros que vuelan hacia ninguna parte cuando son libres.

La muerte de Matilde Aguirre horrorizó al mundo.

Guinea era una provincia, decían.

El mundo con el grito silencioso.

La muerte se coló en habitaciones, comedores, iglesias, bares, parques, escuelas, seminarios, campos de fútbol, bancos, parlamentos, palacios de justicia, casas de putas, empresas, comisarías.

 El mundo de Matilde declaró la guerra a las pollas de esos negros.

Pero los negros no tenían cara. Eran negros que ni siquiera sabían que la carne dejada sin vida en la tierra era una higuera bendita.

Después de Matilde Aguirre han escrito novelas y relatos y poesía otras mujeres.

Ninguna violada por negros en un país esclavizado, humillado.

Es que dejó de ser provincia.

Y los pájaros se perdían en las nubes.

Todas regresan limpias.

Todas tienen éxito.

Matilde dejó escrito en el relato “La Luna se Vendió”: Todos los hombres me desean, menos el ciego. El dinero se gasta con la facilidad que tiene un mocoso para llenarse la boca con moscas y pensar que está comiendo murciélagos. Si algún día la Luna perdiera la virginidad, si algún día se acercara a mis manos, no sé, si la Luna en realidad fuera el sol y todo lo conocido un poco de oscuridad y eternidad para ateos, para todos, negros y blancos, parea mí también”.

Matilde no buscaba la muerte. Matilde Aguirre era la muerte.

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