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7 min
Chinaski
Varios |
24.05.13
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Sinopsis

Un estudiante y un viejo bohemio entablan conversación en un garito de mala muerte. A la salida tendrán un curioso encuentro.

CHINASKI

 

El tío era simpático, la estrella de aquella mugrienta cueva en que se trasegaba tinto barato y cervezas. Todo del tiempo, la nevera se había jodido hacía un par de años y al dueño no le había dado ni por cambiarla ni por llamar al técnico. Me importaba un carajo. Encontrar un tercio a veinte duros era poco menos que imposible, por ese precio hubiera bebido meada de canguro. No era tacañería, ni trabajaba ni pensaba hacerlo hasta terminar la carrera y no nadaba en la abundancia precisamente. Habitaba el cuartucho infecto de una residencia estudiantil y el poco dinero que mis padres me enviaban volaba a los dos días en alcohol, marihuana y putas, consecuencia de mis correrías con los compañeros de residencia. De ahí que me viera obligado a frecuentar los locales de mala muerte situados en los alrededores de la Plaza.

Como iba diciendo, aquel tipo me cayó bien. Reía, invitaba a vino, bebía como un novelista ruso y le metía mano a una zorra trasnochada.

Cuando se cansó de la guarra decrépita y de la pandilla de aduladores que reían sus chistes a cambio de un trago peleón, nos mandó a todos a tomar por culo. Arrojó a la puta contra una mesa en la que unos moros tomaban té y se metió al retrete a cagar. Viendo que ya no habría más vino gratis, los aduladores se largaron en tropel. Allí sólo quedamos el dueño y la puta, inconsciente, las ñoras sangrándole. Y los moros, que ni se dignaron mirarla. Continuaron flemáticamente con sus tes de frutas. También yo, que me había propuesto entablar conversación con aquel individuo y ver si con un poco de suerte me pagaba una cerveza.

Salió de los urinarios, oteó en derredor suyo, se rascó los cojones insistentemente y regresó a su mesa, donde reanudó el duelo con el brick de Casón que aparentemente había dejado a mitad. La ramera se levantó, traía el rostro ensangrentado, aplastada la fea nariz. Titubeó unos pasos hacia mí, se apoyó torpemente en la barra, justo a mi lado. Apestaba hedionda. A mi gesto de náusea se tambaleó hasta la puerta y la perdí de vista.

Quería hacerme amigo de aquel bohemio pasado de rosca que, entre latigazo y latigazo de vino directos del cartón, garabateaba algo en un pequeño bloc de notas. Pero no sabía cómo acercarme a él sin parecer un capullo o, peor aún, un marica. Levantó un par de veces la vista, me pilló observándole atentamente y a la tercera se le hincharon las pelotas.

- ¿Qué coño pasa contigo, eres maricón?

- Jódete, abuelo, si quieres culito te buscas un chapero.

Rió estrepitosamente y me invitó a sentarme. Dijo que era cachondo y que le había caído bien. Me preguntó que hacía. Estudio, respondí. El nunca había pisado la universidad pero era el escritor más grande del siglo XX.

- Coño, abuelo, pero ¿quién eres tú?

Me dijo su nombre, Henry Chinaski. Podía llamarle Hank.

- Yo soy Charles Bukowski.

Oído lo cual, se descojonó en mi joven rostro y me espetó que el bueno de Charlie la había diñado hacía ocho años. Y si yo era Charles Bukowski, el coño de mi madre era patrimonio de la humanidad. Aquello me cabreó. Con mi familia no se juega. Por muy Henry Chinaski que el viejo fuera se iba a llevar un par de hostias. Y se las llevó.

- Hostia, niño, eres bueno, pegas duro.- Dijo levantándose pesadamente del suelo, a donde había ido a parar tras el segundo puñetazo, que lo hizo caer de espaldas, derribando silla, mesa y vino. Nos sentamos a otra mesa y pedimos unos tercios. Mientras esperábamos la bebida, saqué una china diminuta y la dejé caer sobre la sucia tabla de mármol.

- Hazte un porro, abuelo.

Picalagartos, el dueño, quien en sus ratos libres se dedicaba al transformismo, depositó dos botellines de Mahou y se dirigió a la mesa de los moros. Dos de ellos discutían acaloradamente y ya habían echado mano de los pinchos.

Hank quemó la miga verdosa, rasgó un Ducados, mezcló, tomó un papelillo que le hube alargado y lió un grueso canuto del que dimos cuenta entre largos tragos a nuestras cervezas. En referencia al uno-dos con que lo había enviado a comer baldosa me contó que de joven también él había boxeado de vez en cuando. Siempre y cuando, claro, sus dos actividades capitales, beber y follar, no hubiesen requerido de toda su atención. Me relató también como en cierta ocasión tuvo el enorme placer de partirle la cara al enorme megalómano hijo de la gran puta de Ernest Hemingway.

Picalagartos no conseguía separar a los dos moros, quienes se lanzaban cuchilladas con bastante mala hostia. En vista del cariz que cobraban los acontecimientos Hank decidió que lo mejor era buscarnos un local más tranquilo donde continuar la charla. Dejó un billete de mil en la barra y salimos de allí, justo en el momento en que uno de los moros degollaba al otro. Hank andaba algo cocido, así que habíase de apoyar en mi hombro para poder caminar con garantías. Cruzando la Plaza topamos con un hombre mayor, rechoncho y de espesas barbas blancas.

- ¡Hombre! A quién tenemos aquí, si es el bueno de Ernie. ¿Cómo vas, Hem? ¿Sigue sin levantársete?

- Jódete, Chinaski, hoy no estoy de humor.

Aquel vejete no era otro que Ernest Hemingway, cansado, triste, impotente y canceroso. Arrastraba los pies y una escopeta recortada en dirección opuesta a la nuestra.

- ¿Dónde llevas esa chata? No será alguna nueva perversión, Hem. En fin, tanto llevarla de acá para allá podría acabar disparándosete en los huevos.

- Y a ti seguramente se te pondría morcillona si eso sucediese

- Joder, Ernie, con lo que yo te quiero. Por cierto, te presento a mi acompañante en esta calurosa noche de trasgresión moral, Charles Bukowski. Charlie, este adiposo vejestorio que te estrecha la mano es el ínclito Ernest Hemingway.

- Encantado.

- Un placer, señor Hemingway.

- No es que el chico sea muy hablador, pero estás ante un par de buenos puños e intuyo en él a un prometedor filósofo del dolor.

- Hostia, abuelo, muchas gracias.

Hem se despojó de una bastante ajada chaqueta americana que otrora fue blanca, apoyó la chata en un banco, colgó de ella la chaqueta y, poniéndose en guardia, me retó:

- A ver esos puños, niño.

- Joder, Hem- Protestó Hank- Estás hecho una abuela. ¿No ves que te va a machacar?

- Cállate, Chinaski, desde que te aplasté aquel puro en la cara no he encontrado un rival decente.

Dicho esto me largó un directo que esquivé sin demasiados problemas. Desequilibrado, el pobre Hem se fue al suelo sin dejarme siquiera amagar un golpe. Torpemente se levantó, púsose de nuevo la chaqueta, tomó la recortada y, sin despedirse, se marchó.

- ¡Adiós, Hem!- Gritó Chinaski- No te suicides, ¿eh?

Minutos después un estampido desgarró el silencio nocturno y nosotros bebimos a la salud del difunto Ernie.

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