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4 min
CIERTO DETALLE
Varios |
27.03.19
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Sinopsis

Microasombrado.

     Nuevamente la vio de cuerpo entero reflejada en el parabrisas. Fiel a su estilo iba de azul, incluso los zapatos. Estacionó rápidamente y salió del auto. La chica estaba de pie al otro lado de la calle, lo saludó agitando la mano y sonriendo, él respondió al saludo con desgano y mal humor. ¿Qué podía hacer con ella? No había manera de mantenerla sujeta a la rutina matrimonial estándar, una vez terminadas las tareas diarias se escapaba a caminar por cualquier esquina, por ese u otro callejón al que la llevara la inercia de estar en constante devenir. Era incontrolable: se burlaba del entrenamiento diario de la misma forma en que un perro ama pero se niega a dar la pata. Solía encontrársela en la ruta de su trabajo, cerca del puesto de periódicos o recostada en la verja del parque. Una vez se le acercó para pedirle que terminara con el jueguito de las escapadas, pero ella lo notó molesto y huyó de él a una velocidad que su peso y el tabaquismo le impidieron superar. Cuando regresaba del trabajo la cena siempre estaba a punto –pequeña sátira social, sin duda- le daba un gran beso y no comentaba nada de lo sucedido. Él, por su parte, también guardaba silencio, tratando de entender su comportamiento. Ambos comían juntos, aunque de comer solo él comía en serio, ella picaba un bocado aquí y otro allá, semejando uno de esos pequeños tordos que llegaban con la luz hasta el brocal de la ventana, causando las delicias de ella, haciéndola reír como solo se ríen las muñecas de cuerda o las vírgenes ingenuas. Luego se acostaban. Ya no hacían el amor pero no parecía importarles, solo se abrazaban y dormían. A la mañana siguiente recomenzaba la absurda comedia de las desapariciones. En días de lluvia, casi siempre al cruzar el túnel que dividía la ciudad en pudiente al Este y jodida al Oeste, una ráfaga de viento levantaba su falda dejando ver la braga azul de encaje. Él se enfurecía y le gritaba que regresara a casa, que ya no soportaba verla en todas partes, que se convertiría en un hombre mejor, que dejaría de gotear sobre ella su larga baba de incoherencias celópatas, que haría lo posible por entusiasmarse con sus palabras. A pesar de su sincera intención de trastocar sus poses fanfarronas en un tierno contrapunteo de sílabas y caricias, ella no parecía tomarle en serio, incluso mantenía los ojos cerrados cuando el trataba de justificarse con frases cortadas y accidentalmente vanidosas. El colmo fue la noche en que fingió suicidarse. La encontró desnuda junto a la cama, dos frascos de lexotanil rodando vacíos sobre la alfombra: ojos sin párpados reteniendo ángulos y declives. Levantó el cuerpo y lo depositó sobre el colchón. Le tomó un largo rato maquillarla y vestirla de juguete caro: clinique, Balenciaga, Prada, Chanel número 5. Sabía que en algún momento impostergable debería deshacerse del cadáver, pero por ahora le bastaba con deshacerse del parabrisas, del túnel, del parque, de la ventana, de la braga azul de encaje. Sacó el revólver de la vitrina del comedor y optó por el sofá de la sala para velar su regreso. La noche le rindió los ojos y no pudo verla llegar.     

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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