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4 min
CIERTO OLOR A MENTA
Amor |
13.11.17
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Sinopsis

CIERTO OLOR A MENTA

Casi todas las tardes, casi pisando la noche, caminaba hasta la casa de Estela, respirando con cierto temor y contenida excitación, aquella amalgama vespertina de menta, clavel del aire, humo de leña mojada y olor fuerte, inconfundible, de caballos o vacas.

La noche lo envolvía cuando llegaba al portón de la casita. Como todas las viviendas de aquella cuadra, de aquel barrio, era de madera. Estaba un poco inclinada hacia un lado y transpiraba pobreza. A él no le importaba. Iba hasta allí por Estela y nada más le interesaba. Quería besar mucho y tenerla, disfrutar al máximo aquel tiempo que pasaban juntos.

La madre de la muchacha los observaba de lejos. Ellos se comportaban correctamente en la sala, hablando y alargando asuntos que no les interesaban mucho. De pronto él se incorporaba, decía que tenía que irse, que debía levantarse temprano. La vieja se alegraba. Su vigilia terminaba y podía irse tranquila a la cama.

Estela lo acompañaba hasta el portón. Buscaban la parte más oscura para iniciar la despedida. Él la besaba despacio e iba aumentando la presión. Ella resistía sin mucha convicción, mientras las manos del muchacho se metían por debajo de la blusa, soltaban el sostén y se apoderaban de los senos e inmediatamente, iniciaban el camino hacia las piernas, resbalando por debajo de la pollera, alcanzando la ardiente suavidad de las piernas morenas, la húmeda tentación del sexo femenino. Ella apretaba las piernas, pero la mano cruel, con sus dedos mágicos, ya estaba allí y comenzaba el glorioso ritual.

___ No - gemía ella y se entregaba nuevamente, cada vez más.

Determinado y preciso, él la recostaba contra el muro, bajo y sumamente práctico, la liberaba de la prisión de la bombacha y con su sexo, que era arma e instrumento de tortura y placer, la abría, la levantaba, la hacía volar, gozar y la devolvía a la tierra como en un pase de magia. Él era rápido y apasionado, la llevaba a la locura y la hacía feliz, a pesar de toda la culpa que crecía en su alma.

Muchas veces repitieron e inventaron gestos; se besaron, se mordieron, bebieron de todas las fuentes y de todos los ríos; siempre a la hora de la despedida, en noches calientes o completamente heladas. Y siempre él la dejaba con una bombacha manchada de semen, una duda inmensa en la conciencia y un dejo de felicidad vibrando en todas sus células.

Mil veces se besaron y se amaron, casi en silencio, excitados por la pasión juvenil y la presencia constante del peligro.

Aquella noche parecía especial, a pesar de que él estaba algo extraño. La primavera era tibia y ellos estaban con ropas leves. Ella olía a jaboncillo y a talco. Estaba deliciosa y excitada. La madre se retiró temprano, quejándose de un fuerte dolor de cabeza y ellos corrieron para el portón. La calle estaba desierta y oscura como nunca. Él se sentó en el murito, esperando un beso, una caricia. Estela, en un gesto imprevisto y que lo desconcertó, se arrodilló, le abrió la bragueta, se apoderó del sexo del muchacho y lo introdujo en la boca. Nunca había hecho algo igual. Él, sorprendido y trastornado, se dejó envolver por aquella ola de placer. Ella besaba, mordía, acariciaba, chupaba, besaba..., lo envolvía con sus labios carnosos. Estela se incorporó, dejó caer la bombacha, se sentó sobre el muchacho, montando como si fuera una amazona, se dejó penetrar y lo cabalgó en loca y espectacular carrera hacia el placer. Se mordía para no gritar.

Cuando terminaron, se miraron sorprendidos y ella, decidida, repentinamente iluminada de plena felicidad, lo quiso besar. Él se esquivó y dibujó en su rostro una mueca de asco.

___ ¿Por qué? - preguntó Estela.

Y él, mirándola a los ojos, sacudiendo los pantalones como si quisiera limpiarse de algo inmundo, le respondió a quemarropa:

___ Porque no beso putas.         

 

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