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30 min
cinco plantas y una terraza. Parte 1
Ciencia Ficción |
06.03.17
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Sinopsis

Bueno...estaba ahí y era una mierda. Así que tenia que subir....

Apenas había luz que iluminará las escaleras que hacían de columna vertebral. La entrada al edificio quedaba rezagada al fondo de un largo pasillo, fraccionado en dos niveles que se unían mediante una rampa azulejada por unas baldosas de lo más resbaladizas. Las tímidas farolas de la calle apenas tenían la suficiente fuerza para dejar ver el interior. Por suerte, aquel día, llevaba el móvil conmigo; y con batería. No me quedó otra opción que buscar la APP en forma de linterna. Saqué el móvil del bolsillo, pulsé el pequeño botón que iluminó hasta entonces la apagada pantalla y tracé un dibujo con el dedo. El aparato lució con más intensidad y mostró la imagen de una chica enseñando sus argumentos. Evité cualquier pensamiento impuro e impropio, y viajé por todas las aplicaciones que almacenaba. No tardé mucho en encontrar la linternita que hace del Flash un cegador farol. Aquello estalló y me vi reflejado en un simple espejo con fines decorativos.

                Dejé atrás el pasillo y me presenté ante el primer escalón. Sus baldosas eran horteras y pigmentadas por el paso del tiempo con un amarillento color lejía.

Es fácil transportarse de la planta cero a la quinta con la ayuda del ascensor, seguro que muchos estaréis pensando en ello. Pero alguien lo dejó atrancado en la última planta, así queda resuelto todo.   

                Cinco plantas más la terraza, dos tramos de escaleras para unir cada planta, ocho escalones para cada tramo y un descansillo por cada dos tramos. Ese es el resumen del ascenso.

La primera planta me recibió como yo pensaba que lo haría. A oscuras. O al menos casi a oscuras. De las cuatro puertas que resguardan cada una su respectivo piso, una de ellas se encontraba entre abierta. Desde el interior se deslizaba la claridad de la luz y un rico olor a incienso. Empujé la puerta, que sin hacer apenas ruido, se abrió dejando ver el interior de un largo paso que desembocaba en un salón de pequeñas dimensiones. Recorrí el espacio que había hasta entrar en el salón. La fuente de la luz era un cuidadoso altar que se alzaba en un lateral precedido por una imagen de la Virgen María masturbándose, mientras era observada por una inmensa tormenta que parecía querer llevarla al pecado más íntimo. Como si fuese un ejército de luciérnagas, miles de velas iluminaban la escena repartidas por el suelo. 

                De una puerta surgió un hombre de unos treinta y cinco años. Vestía con una sotana y un alzacuello. Un corte de pelo moderno y nada bajo el hábito. Un bulto surgía de entre las piernas, estaba en medio de una erección.

Al cerrar la puerta las velas oscilaron y por un instante pensé que se iban a apagar. Aquel extraño hombre me sonrió. Vi otro cuadro de grandes dimensiones colgado junto a un reloj de péndulo. De nuevo una forma extraña de ver las cosas. Jesús se encontraba crucificado en la cima de un mundano monte rodeado de nubes. Su cuerpo estaba desnudo, una figura de mujer que se encontraba de espaldas a mi visión, y a la del pintor, le practicaba una felación mientras éste esperaba una angustiosa muerte.

                No me quedó otra opción que desviar la mirada. El hombre fue sorteando las velas como una acción repetida y se colocó junto a mi sin perder la sonrisa.

  • Bienvenido. Supongo que estarás cansado. Toma asiento mientras te preparo una copa de vino y algo de comer.

Una mesa camilla se encontraba arrinconada junto a la ventana. Las enagüillas eran de terciopelo color berenjena haciendo conjunto con dos sillones de anchos brazos. Encima había una montaña de preservativos, unos abiertos, otros aun en sus envoltorios y otros usados. En un cenicero había un cigarro encendido junto a un rosario.

                Por miedo decidí sentarme. Me senté justo mirando el altar masturbatorio. Intenté no distraerme con la imagen, pero era imposible. He de reconocer que era tentadora.

Aquel hombre regresó con un cáliz de oro y una bandeja de plata que sostenía con una mano. Con la otra describió un arco y barrió los preservativos que cayeron al suelo. La copa contenía un vino con un olor fuerte. En la bandeja había unas diminutas tortitas de trigo. El hombre lo dejó todo frente a mí, puso los brazos en forma de jarra y se quedó mirándome. En aquel movimiento la sotana se elevó un poco más dejando ver la erección. Busqué el contenido del cáliz y me dispuse a beber.

  • No debes. – Sin apenas avisar dio un golpe en la mesa. – Antes tienes que confesar tus pecados. Cuando lo hayas hecho y hayas pedido perdón, entonces podrás formar parte de la comunidad. Hasta entonces no puedes comer.

Unos gemidos se escucharon en tras la puerta por donde había surgido.

  • Érica era como tú. – Dirigió la mirada hacia la puerta, como si estuviese visualizando una escena placentera. – Ahora es de la comunidad. Dios la ha hecho libre. – Volvió a mirarme con su mirada y su sonrisa. – Ahora será tu turno.

Aquel hombre fue en la dirección de los gemidos, dejándome a solas en la estancia. Aproveché el momento para marcharme de allí. Me encaminé hacia la salida cuando a mitad del pasillo vi como alguien entraba al piso. Antes de que se diera cuenta me introduje en la cocina.

                Un hombre entró silbando. Desde mi posición pude observar una larga melena y una acicalada barba que le llegaba a la altura del pecho. La túnica que llevaba parecía de lo más cómodo, el color blanco resaltaba en la tenue oscuridad alimentada por las velas. Sus pies, calzados por unas cáligas desgastadas, no tocaban el suelo. Sus pies se deslizaban como si fuesen repelidos por la acción de un imán. Aunque la barba le añadía algunos años de más, no sobrepasaba los treinta y tres.  Su pose era majestuosa. Dejaba caer todo su peso sobre la pierna izquierda, mientras la derecha quedaba ligeramente flexionada. Llevaba los brazos cruzados a la altura del busto, alardeando de un poder sobrenatural.

La puerta del salón se abrió por la actividad de una mano invisible. El fulgor de las velas se potenció cuando se detuvo frente a la imagen de la virgen. Se introdujo el dedo índice en la boca, lo humedeció y lo restregó por la imagen mientras gesticulaba caras obscenas.

                El hombre del alzacuello regresó acompañado de una mujer, la cual llevaba colgado un recién nacido aferrado al pezón del cual surgía un líquido viscoso negro. La criatura clavaba unas afiladas uñas en el pecho de la mujer mientras se alimentaba de aquel jugo.

  • Señor. – El hombre del alzacuello inclinó la cabeza todo lo que pudo, clavó una rodilla en el suelo y acercó los labios a los pies del hombre que levitaba. Con un gesto de placer los beso. – Un nuevo ser a nacido. Tiene unos minutos de vida. La violación ocurrió como tus normas dictan.

El hombre que levitaba dedicó una mirada a la mujer, que, curvando la espalda desnuda, le dedicó una reverencia. Sus pechos actuaron a favor de la gravedad y quedaron colgando, y con ellos, el niño.

                La mujer volvió a recuperar la compostura. Con ambas manos agarró al bebe y comenzó a tirar de él. Los pechos comenzaron a sangrar, las garras del crio rasgaron la delicada piel.  Cuando pudo liberarse le ofreció al recién nacido. El hombre que levitaba sonrió y lo sostuvo por las axilas, lo miró con cariño y desencajó la mandíbula. Introdujo la cabeza del crio y apretó los dientes. La sangre se derramó en el suelo, creando un charco bajo sus pies. Sin apenas dejar espacio de tiempo para masticar, volvió a abrir la bocaza para ingerir el cuerpo completo del crio. La garganta se ensancho cuando el cuerpo del niño pasó dirección al estómago. El hombre de la sotana y la mujer, que permanecían con la mirada baja, asintieron satisfechos.

  • Ahora demos gracias al Señor, nuestro Dios, y mi creador, por tener a esta mujer entre nosotros. – El hombre que levitaba posó una mano sobre ella en señal de complacencia y bondad.

Lo que vi me asustó. No dudé en retroceder por el pasillo en busca de la salida. Los inquilinos del bloque de pisos eran un poco peculiares. Nunca había tenido mucho contacto con ellos, cosa que me alegra.

                Intenté olvidar lo que acababa de ver. Ascendí algo apresurado hacia la segunda planta con la ayuda del flash del móvil.

Allí la estructura de la primera planta volvía a repetirse, cuatro puertas que escondían el interior de cuatro pisos. Uno de ellos se encontraba completamente abierto. Apagué la luz del móvil para comprobar si había algún tipo de emisor de luz en el interior. Una débil luz surgía desde el interior. Con sigilo me asomé a la intimidad. Un pasillo se extendía ante mí, al final, una puerta cerrada.    

  • Eliot, pasa y escucha lo que te tengo que decir.

Una voz emanó detrás de la puerta. Los pelos del brazo se volvieron clavos, y un helador frio me recorrió el cuerpo. La voz sabia mi nombre.

                Con cautela recorrí la distancia que me separaba, giré la manivela y abrí lentamente la puerta. Una brisa acompañada de un olor a podrido me agitó los pelos de la barba. Un personaje quedaba iluminado por un foco vertical mientras me sonreía desde el centro de la habitación. Uno de sus codos descansaba sobre un atril de conferencias, con un dedo me señala.

  • Tú, si, tu. Tu eres el tipo de gente que estamos buscando para levantar el país. – hizo un breve silencio para gestualizar con la cabeza un SI. – La nación te quiere en sus filas. – Con la mano que me señalaba me indico que diera unos pasos hacia él para ponerme a su altura. – Nosotros siempre hemos confiado en ti.

Aplausos y clamores florecieron desde la oscuridad en la que se sumergía la estancia.

  • Pon la mano aquí. – Señaló el atril en el que se encontraba. – Confía en mí. – Metió la mano debajo de la tablilla superior y extrajo un hacha pequeña. – Tan solo tienes que poner la mano aquí. Todo el mundo que desea el bienestar tiene que pasar por aquí. – Desde cerca pude observar que su sonrisa era un millar de diminutos dientes puntiagudos y afilados. – No duele nada. Todo lo contrario, es placentero y agradable. Todo es beneficios.

Negué con un movimiento de cabeza. Fui retrocediendo sin perder de vista al sujeto hasta que choqué con la oscuridad, que no era otra cosa que la limitación de la habitación. Palpé en busca de la puerta, pero lo que encontré fue un muro de jaulas. Veinte, treinta o quizás cien de ellas. Con la poca luz que arrojaba el foco que iluminaba a aquel hombre pude distinguir en el interior de las mazmorras sombras con forma. Fui en busca del móvil que estaba en el bolsillo de mi vaquero, desbloqueé la pantalla y lo precipité sobre los barrotes de hierro. Las sombras se aclararon convirtiéndose en personas demacradas. Hombres y mujeres confinados por separado en cada una de las jaulas, con la boca cocida y una cicatriz en la cabeza. Todos llevaban la muñeca izquierda vendada en un apósito ensuciado de sangre.

  • No lo dudes y pon la mano. – Aquel hombre del atril me seguía sonriendo. Como si intentará convencerme de una verdad difícil de creer. Mi reacción fue retroceder. Choqué contra las jaulas que se tambalearon, haciendo equilibrio por no derrumbarse como un castillo de naipes. –

Entre la confusión pude divisar la salida a unos diez metros. Todo había tomado una dimensión extraña. Respiré todo lo hondo que pude, conté mentalmente hasta tres y mandé correr a mis piernas. Ellas se movían todo lo que podían, no las puedo culpar de mi vaguedad.

  • Es inútil huir. Estoy dentro de tu hogar, dentro de tu televisor y dentro de la información que queremos ofrecerte. – Retrocedí la vista para comprobar que permanecía inmóvil.  Mis piernas comenzaron a volar. La boca de aquel ser se abrió lo suficiente como para comerse a Falete acostado. Sus dientes eran tan finos que atravesarían hasta la piel más curtida, en sus ojos no se podía apreciar nada de concordia. Pedir clemencia hubiese sido un acto erróneo. – Vuelve ahora mismo aquí.

El atril se elevó con virulencia, como si fuese un misil programado por la NASA con un único objetivo; yo. Aquello me buscaba, una especie de nube de polvo la acompañaba. Mis piernas recibían bien la indicación de correr, pero el resultado no era el esperado. El hombre se avecinaba sobre mí a una velocidad incalculable.

                Por fin pude salir de aquella sala oscura y me introduje en el pasillo que daba a las escaleras del bloque. Al final del túnel se veía la puerta. Mi avance era lento. Giré la vista hacia atrás, quería comprobar lo lejos que estaba el agresor. Pero una mano con uñas afiladas y piel verdosa había ganado terreno. Cinco dedos me separaban de él, un simple movimiento de brazo, y me podría haber atrapado.

Entonces ocurrió una cosa curiosa. De mi pequeña mochila, la cual llevaba colgada a la espalda desde el inicio de la historia, se cayeron unos folios adjuntados por una grapa. No era otra cosa que Mi Nueva Esperanza. Si, como os lo cuento. Esa misma mañana había firmado un contrato de trabajo para comenzar cuanto antes como bibliotecario. El corazón me dejó de latir. Me daba igual dar la vida, morir en aquella extraña aventura; pero mi contrato, Mi Nueva Esperanza, eso no.

Grité como solo lo sabe hacer un hombre en pocas ocasiones, entre ellas: cuando ve una araña. La hoja describió un acrobático baile hasta que finalmente se depositó a cámara lenta sobre el oscuro alicatado. Mis pies se detuvieron, mis ojos se abrieron al completo y los miedos a aquel ser se esfumaron. La valentía se apoderó de mí; un impulso, que partía desde el corazón, me fue invadiendo por el pecho. Las piernas se tensaron para en cualquier momento saltar hacia el documento.

                Inesperadamente, aquel hombre se adelantó a mis actos y se arrojó desde lo alto del atril. Al caer al suelo su forma cambio. Ya no iba trajeado. Su cuerpo estaba completamente desnudo, recubierto de escamas pegajosas; si tuviera que compararlo diría que se parecía al de una lagartija, incluso le había surgido una larga cola verde. Dejó de posarse sobre las dos piernas para pasar a arrastrarse por el suelo, a cuatro patas. Se acercó a mi documento, lo observó con detenimiento y sostuvo sonriente.

  • Un contrato. – Dijo con un débil hilo de voz. Sus ojos no perdían de vista aquel grupo de hojas. –

Sus dientes se clavaron entre mi firma y la del ofertante de empleo, estiró con fuerza y se llevó un trozo de documento. Tras mascar un par de veces, tragó, los ojos le brillaban de la emoción. Mis instintos más primarios me pidieron huir, y así lo hice. Visualicé la salida, di unos cuantos pasos hacia atrás, sin perder de vista a aquel ser. Cuando estuve a una cierta distancia, me giré con todo el cuidado que los nervios me permitieron y comencé a correr. Con lo difícil que es conseguir un contrato y yo voy y lo abandono a su suerte. Intenté convencerme de que otros contratos se presentarían ante mí, pero por dentro, sabía que aquello era una absurda mentira para consolarme.

                Corrí todo lo que pude, tenía que aprovechar la ventaja que se me había presentado. Mis piernas parecían volar por encima de aquel suelo negro. Sin apenas dame un respiro para respirar, me aferré a la barandilla de las escaleras y me ayudé como impulso. Los escalones los subí de tres en tres. En menos de lo que se tarda en abrir y cerrar los ojos ya me encontraba en la tercera planta, con el corazón revolucionado y las palmas de la mano empapadas en sudor. Intenté controlar el descontrol que había en mi cuerpo. Me centré en la respiración, controlarla alinearía todos los ritmos, como la hormiga que encabeza el regreso al hormiguero.

Todo parecía estar en su lugar, para finalizar el ritmo de huida aspiré una gran bocanada de aire, la retuve treinta segundos y la expulsé lentamente. Me asomé por el borde de la barandilla y pude observar el rellano de la segunda planta. Vi algo brillar en el suelo, intenté indagar en la oscuridad y para ello entrecerré los ojos. El intento fue inútil. Apenas podía adivinar que era aquel objeto. Lo que si tenía claro era que bajaría para comprobarlo.

                Una vez más todo volvía sucederse. Uno de los cuatro pisos se encontraba abierto, y de su interior, un brote de luz se distinguía de entre la oscuridad. Llevé la mano derecha a mi bolsillo para coger el móvil y usarlo como apoyo visual. Metí la mano hasta el fondo y toqué las costuras con los dedos. No estaba. Palpe como lo haría un policía los bolsillos, traseros y laterales, pero no había nada que me diera a entender que allí estaba el móvil. Entonces me acordé de la extraña luz que había en la segunda planta, y dejó de ser extraña para pasar a ser familiar. Volví a la barandilla y me asomé, la luz del flash descansaba contra el suelo, dejándose ver entre este y el móvil con debilidad. La pantalla se encontraba bloqueada, por eso no lo deduje desde un primer momento. Bajé un escalón, quería recuperarlo, pero el temor me hacía dudar. Una sombra eclipsó la luz, por un instante parecía haberse apagado, pero volvió a brotar; la sombra pronunció mi nombre. No me lo pensé y decidí abandonar el móvil. No era un buen día, ya había abandonado el contrato y el móvil ¿Qué sería lo próximo? 

                Una nueva voz volvió a invocarme, esta vez desde la planta en la que me encontraba.

  • Chico, entra y observa el auge de la cultura. – La voz sonaba como si el locutor estuviese en un lugar abierto y amplio. – Pasa y deléitate con el espectáculo.

No me lo pensé y entré. El pasillo era largo y oscuro, me hubiese venido de lujo tener la antorcha del móvil. Al final del pasaje se vislumbraba una puerta entrecerrada. Cuando estuve a su altura la empujé con delicadeza, intentando no hacer ruido. Un enorme ruedo de arena se descubrió. Grandes tablones de madera se alzaban hasta el infinito vestidos de rojo y simbolizados con extrañas figuras en color negro. Un punto blanco, como si fuese polvo, marcaba el centro de la plaza. En él, una extraña figura.

                El personaje me vio y levantó una de las manos, no sé si para saludarme o era más un atributo a la victoria. La poca luz que había me impedía imaginármelo, hasta que, a unos escasos metros de mí, por fin pude describirlo. Era esbelto y de aspecto rudo. Tenía un pelo rizado, como el de los huevos; una larga mata de pelo se extendía por la mandíbula pasando a convertirse en barba, con un delineado asemejando un triángulo mal trazado. Los ojos los tenia juntos y apenas apreciables, como el hueso de una aceituna. En realidad, todas las facciones las tenía concentradas en el mismo punto. Casi seguido a los ojos se encontraba la nariz, apuesto que si apretara lo parpados podría tocarse la punta de la nariz. E igual ocurría con la boca, las dos líneas que hacían de labios lindaban con las fosas nasales en una cercanía asquerosa. Su rostro era como el de un estreñido en el cuarto de baño. El colofón cefálico lo ponía una extraña y absurdo gorro con dos bustos como adorno.

Una vestimenta peculiar para una cara peculiar. Un traje de una sola pieza, una especie de neopreno que se ceñía al cuerpo marcando sus lugares más íntimos. Dos colores, rojo y amarillo se entremezclaban con miles de guirnaldas doradas que brillaban con el reflejo de la escasa luz. Si no fuera porque lo vi, hubiese pensado de que se trataba de la feria del pueblo. Treinta o cuarenta centímetros de lo que parecía un calabacín se dibujaba por el interior de la malla en la peinera izquierda, mientras que, en la derecha, un enorme bulto parecía que iba a estallar con cualquier movimiento.

Una capa roja gravitaba aferrada en la mano derecha y de la otra, un puntiagudo estoque iba dejando una fina línea en la arena a la paz que el sujeto avanzaba. Le hice un rápido análisis que terminó en los mocasines color berenjena con dos pompones del mismo color.

  • Manuel Díaz Serrano, matador. – Me extendió la mano y comprobé unas uñas poco cuidadas, entre medias, trozos de suciedad le daban un color poco apetecible. – Es usted bienvenido. Va a presenciar uno de los espectáculos más sensacionales del mundo.

De repente la plaza se iluminó. Una música sonó desde algún lugar, parecía la típica asociación musical local típica en todos los pueblos. Trompetas, tambores y no sé qué otros instrumentos retumbaron en el ruedo, el pasodoble dio paso a una invisible grada de aplausos y vitorees. Una puerta enorme se abrió, y de ella un hedor a mierda lo invadió todo. Aquel escuchimizado hombre se aproximó y se clavó de rodillas mientras gritaba al interior del portón. <EH EH> 

                Un minotauro de unos seis o siete metros de altura surgió dando cornadas al aire. Las puertas se cerraron y este, tras oír el ruido se giró y las embistió con dos grandes golpes. El entablillado salto en miles de astillas dejando una oquedad del tamaño de su cabeza.

Era un monstruo bellísimo. Su cuerpo, negro como el tizón, se trenzaba en pura fibra repleta de venas que surcaban cada milímetro de su piel. Los cuernos eran del tamaño de un hombre, sus dientes capaces de descuartizar el acero con solo morderlo. Una autentica máquina de matar a grandes dimensiones.

                El engalanado hombre llamó su atención vociferando unos ridículos insultos. El minotauro lo miró fijamente y atrasó una de las bruscas piernas, cogió carrerilla y se lanzó hacia él. Con un movimiento de cadera lo esquivó, clavándole unas banderillas arponeadas de colores en la pierna. Un gruñido tronó, la sangre surgió de la herida que le había obrado el filo de la banderilla. El monstruoso ser llevó la mano al muslo y sintió correr la sangre entre los dedos. Pude notar un cambio en su salvaje fisionomía. No cabía duda de que se había enfurecido. Elevó el rostro al techo, como si se encomendara a Dios. Que iluso, no sabe que Dios está más cerca del infierno que del cielo. Unas fauces, donde posiblemente cabrían varios hombres acostados, se abrieron hasta que dio de sí. No podría explicar el grito que emitió. Mis oídos retumbaron, no me quedó otra opción que llevarme las manos a ellos e intentar paliar el dolor que provocaba aquella bocanada de voz. 

El hombre esquelético saludaba a una grada imaginaria, lanzaba besos a damas imperceptibles y presentaba su respeto a un negro auditorio. Justo estaba de espaldas cuando el mastodonte lo acometió por la retaguardia. El hombre de mierda voló con suma facilidad, por suerte fue detenido por el alto entablado que limita la extraña plaza. La recepción fue buena, una caída donde la flexibilidad del cuello fue un factor importante.

Tras recolocarse las cervicales lo mejor que pudo, se sacudió la arena del traje, cogió la capa y la espada, y irguió la cabeza en representación de orgullo y tranquilidad. Fue en busca del agresor que se encontraba en el centro del ruedo, adelantó el capote, lo agitó y llamó su atención. <EH toro.>

                El voluminoso minotauro reaccionó, y sin pensárselo, avanzó a grandes zancadas. Cuando estuvo a escasos metros agachó la cabeza y presentó su basta cornamenta. El personaje consumido se envalentonó ofreciendo una idea de sí de coraje, sacudió con más fuerza el capisayo y volvió a invocar su gran dialogo. <EH toro.>

Aquel mamotreto de animal, en este caso el minotauro, era una locomotora a pleno rendimiento. Sus piernas, aunque pesadas, se movían a gran velocidad. Recorrió la distancia que los separaba en un instante. Cuando el animal, en este caso la persona, quiso responder al ataque, ya fue demasiado tarde. Una de las astas le perforó el estómago; se dirigió, abriéndose paso entre piel y vísceras hasta la columna, y esta se astilló como la botella que inaugura un barco. Como una espinilla que revienta la punta del cuerno brotó encarnada. Algunos de los órganos se desprendieron y se dispersaron por la arena del ruedo. De un pellejo quedó colgando algún miembro que no logré diferenciar.

Aquel absurdo personaje quedó pendido como un chubasquero un día de agua. El capote y el estoque quedaron diseminador por el lugar, su brillante traje de luces cambió de tonalidad y su montera coronando su demacrado rostro. El hombre sonrió y comenzó a saludar a la grada, juntaba las manos y las alzaba en señal de agradecimiento. Millones de aplausos le obligaban a sonreír y a asentir con la cabeza. Una corona de flores voló desde algún rincón, calló sobre los pies de minotauro y el hombre le devolvió el agradecimiento lanzándole el gorro, que traspaso el alto entablillado y se perdió en la negrura.

                Y por fin, alguien se fijó en mí. Y quien si no que el TORERO, clavó el talón en el ojo del monstruo y me señalo mientras gritaba: <AHÍ toro, AHÍ toro>. Así fue como comenzó la idea de salir huyendo, una vez más. Tras cada zancada, una nube de polvo parecía querer envolverlo. En ningún momento se me ocurrió volver la vista atrás, mi único esfuerzo era en correr. Bueno, en realidad sí que eché la vista atrás, justo cuando iba por mitad del pasillo. Pensé que aquella terrible máquina de mutilar iba a tener complicado pasar por la estrecha puerta por la que yo había salido de la plaza. Pero la verdad sea dicha, tuvo una impactante manera de hacerlo, no detenerse. La puerta explotó y una oquedad, que se ajustaba a la silueta del minotauro, quedó al descubierto. La parte superior del hombre, de los hombros hacia la cabeza, se había desmenuzado, vamos, que se había quedado sin entrar.  La escena tuvo un toque más macabro con aquello, por lo que nuevamente no me detuve hasta que llegué al piso superior, la cuarta planta.

 

                Ha esas alturas de la aventura ya podía anticiparme a lo que iba a hacer: Vería una luz en el interior de uno de los pisos, alguna voz me llamaría o simplemente me picaría la curiosidad y terminaría entrando, para luego, tras ocurrir una serie de sucesos absurdos y extraños, salir huyendo.

En esta ocasión no cambió nada. Una mezcla de luces cálidas surgía desde el interior de la vivienda y entre medias, una extraña respiración. Como si alguien llevara respiración asistida, cada inspiración y exhalación era metálica, como si el origen no fuese humano, más bien autómata. Y así que, decidí entrar.

El pasillo era como todos, oscuro y con una puerta al final. Al abrirla me di cuenta de que estaba en otro sito muy muy lejano. De las cuatro paredes, tres formaban una cristalera enorme, y la cuarta, era la puerta del final del pasillo, por donde justo acababa de pasar. Los inmensos ventanales mostraban el planeta tierra y su inseparable compañera de viajes. Era como estar en una nave a miles de kilómetros. La curiosidad me llamó y me acerqué para contemplar aquella majestuosa imagen. Por un instante me sentí insignificante. Pensé: <El ser humano, que nos creemos colonizadores de todo. Colonos de un universo creado para nosotros. Inmortales y sabios. Nos creemos con derechos y con capacidades de destrucción. Y en realidad no somos nada. Una pequeña gota en una nube a punto de estallar.>

                Me quedé observando aquella estampa unos segundos, aunque me hubiese quedado allí toda la vida. Son de esos lugares que sabes que por mucho que vuelvas y los contemples, siempre te dejaran con la boca abierta.

En mitad de la sala había un panel de control con millones de luces, botones, palancas, interruptores, ruedecitas, letras, números, pantallas… Me coloqué en frente y me senté en la silla de oficina que se encontraba apartada a un lado. Las ruedas hicieron un sonido pesado cuando la arrastré por el metálico suelo. Me sentía como un niño al abrir los regalos que le han dejado los reyes bajo el falso abeto de plástico. Las luces se brillaban en el reflejo de mis pupilas. Había tantas cosas que pulsar y desconfigurar que me quedé absorto en aquel recitar de intenciones. Me incliné hacia un lateral para poder alcanzar un botón rectangular que brillaba en rojo, elevé el dedo y lo descargué contra él.

  • La cuenta hacia atrás ha comenzado. – Una voz inhumana surgió desde el techo. – Treinta, veintinueve, veintiocho, … - La voz comenzó una cuenta que decrecía por cada segundo que pasaba.

Un sonido me abordó por la espalda. La puerta por la que yo había entrado se abrió automáticamente, como la del Carrefour cuando te intuye. Por un instante pensé que no iba a entrar nadie, pero de fondo comenzó a sonar la misma respiración que había oído desde el exterior del piso. Cada vez se iba acercando más, hasta que una mano, enguantada en negro, surgió desde el otro lado. Detrás hizo presencia una figura vestido con un extraño traje negro, con capa, con luces en el pecho y una máscara donde ocultaba su rostro.

                Me quedé asombrado. Aquel extraño personaje que estaba haciendo era el mismísimo Darth Vader. Mi cuerpo quedó paralizado por la emoción, donde debería haber terror surgía un brote psicótico típico de una adolescente al ver su grupo favorito.  Tuve la tentación de salir corriendo, pero no, no como pensáis, en una dirección contraria; si no en su búsqueda. Arrodillarme ante él y quizás entre lágrimas, pedirle que lo diga.

  • Por favor señor Darth Vader, dígalo. Yo soy tu padre.

Aquello me hubiese hecho tan feliz. Llevo tantos años buscando pareja para poder engendrar un hijo y poder decirle esa misma frase. Bueno, al menos con razón.

                Darth Vader se acercaba hacia mi posición, una BSO: Marcha Imperial le acompañaba. ¿No sé de donde surgía aquella deliciosa música? ¿O era producto de mi mente? La verdad es que no lo sé, pero me gustaba.

Se quedó observándome durante unos largos minutos, su armadura casi me rosaba el rostro. Creo que intentaba intimidarme, pero la verdad es que es imposible, es Darth Vader, eso no se ve todos los días.  Para un soldado de la Rebelión seria como una pesadilla, para mí era un sueño. Estar delante del personaje/villano más emblemático de todos los tiempos, eso no tiene precio. Creo que unas lágrimas surcaron mi arrugada piel, era imposible contener la emoción.

  • ¿No sabes quién soy? – hubo un espacio de tiempo en el que esperó una respuesta que no llegaba. -  Ya veo que no.

<< Como no voy a saber quién eres>> me hubiese gustado decir. Pero no, no podía articular palabra. Estaba completamente ensimismado con sus luces, su capa ondeando contra la gravedad y su voz robótica. Por el sonido que me envolvía sé que me estaba hablando, pero yo no prestaba la más mínima atención. Con mi mirada divagaba con la ilusión de encontrar su sable laser, cogerlo y hacerlo brillar.

  • Veo que no eres consciente de lo que te puede suceder si me enfureces. – Su máscara dirigió una mirada hacia el planeta que gravitaba ahí afuera. – Mi poder es infinito, tengo la fuerza de mi lado y la destrucción en mis manos.

Darth Vader se dirigió hacia el panel de control y con un movimiento de dedo pulsó un botón en rojo.  Me invitó a que mirase por el enorme ventanal donde la tierra daba sus típicas vueltas.

               Una voz secundó al botón cuando fue pulsado. Una mujer hablaba desde cualquier parte de donde me encontrara. < Los reactores están siendo cargados. Están al 40%>>

  • Vas a ser partícipe de la destrucción de tu planeta. Ahora serás consciente de mi poder. –

 

 

               

               

                                                                                                                                                                                                                        

 

 

 

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