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6 min
Circularidad
Reflexiones |
21.05.16
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Sinopsis

Relato metaliterario.

Detrás mío oía una voz, un hilillo apenas audible para cualquiera que no estuviese acostumbrado a escuchar los ruidos que no suelen oírse si no se presta mucha atención. Aquella voz me recordaba a la de alguien, pero no sabía a la de quien. Sonaba en mi interior distinta, como si tras escuchar el graznido de un pato, por alguna inexplicable razón, lo recordase, qué sé yo, como un mullido o como un estruendo en mitad de la noche. Era incapaz de darme la vuelta, me hallaba paralizado, sujeto a la silla por una fuerza invisible que me impedía girar. Pensé que podría tratarse del miedo, que, tal vez, el súbito terror que me había provocado aquel esporádico croché al pulcro silencio que invadía mi habitación pocos segundos antes del suceso, era el causante de mi agarrotamiento físico e intelectual. Ya no podía pensar en nada coherente, se agolpaban en mi cabeza infinitud de ideas que en su conjunto conformaban algo así como un conglomerado de pensamientos absurdos. Sentía que deliraba, cada instante que pasaba tenía la sensación de estar volviéndome más loco. ¿Pero es que no enmudecerá?, me preguntaba. Aquella maldita voz, por más que me esforzaba en dejar de oírla, no cesaba, continuaba oyéndola detrás mío, tan cerca que casi sentía el aliento,  frío y gélido como una estalactita, atravesar mi nuca sin contrición. Rememoré aquella vez en que me había ocurrido algo parecido, pero pronto terminé descartando cualquier semejanza de ese episodio con lo que ahora experimentaba: una absoluta imposibilidad de llevar a cabo cualquier acto volitivo, igual que si una capa espesa de grasa hubiera recubierto mi cuerpo abocándolo a un estado de acinesia inquebrantable. Lo de aquella ocasión, sin duda, fue distinto. Durante todo el trayecto, desde el paseo de la playa hasta casa, tuve la impresión de que alguien me seguía, no obstante, cada vez que me daba la vuelta para comprobarlo, para cerciorarme si estaba en lo cierto o si bien todo era fruto de mi desorbitada imaginación, me topaba con el horizonte, limpio y diáfano, como de hecho siempre luce aquí el horizonte. Recuerdo aquel paseo como el más extraño que jamás haya dado. De la acera ascendía la calima, como si el calor veraniego proviniese del mismo infierno. Vagaba la ausencia por cada calle que tomaba, a sus anchas, quizá por eso todos los porticones con los que me cruzaba permanecían cerrados - por pavor a ella-. Todo lo revestía una áurea fantástica. Llegué hasta notar que alguien por detrás se tropezaba conmigo. En el fondo era como si yo fuese el último hombre vivo de la tierra, algo así como un accidental superviviente de una catástrofe que solo podría haber acontecido mientras me zambullía en el mar. En un principio no tenía la intención de bañarme. Solo había salido a caminar por la playa y a que me diese un poco el aire. Pese a mi primigenia idea, cambié de parecer cuando me senté en la arena y observé aquel mar en calma, moteado de tonalidades verdosas, confiriéndole una apariencia celestial. El paraíso, pensé, tenía que ser un lugar parecido a ese... y fue entonces, cuando llegué a esa irracional conclusión, que quise penetrar el agua, traspasar cada molécula que la componía, profanar ese estado líquido con mi cuerpo gastado y sucio. Aquello fue una herejía, una especie de violación que me transportó al éxtasis. Aun guardo la sensación del agua bailando con frenesí sobre mi piel, y el sabor a sal, y aquellos largos besos que me dieron algunas algas al estrellarse dócilmente contra mí. Al reflotar hubiese jurado que había rejuvenecido de golpe más de veinte años, que ahí donde antes una arruga trazaba mi semblante ahora lucía una tez tersa y sonrosada...

Si bien, como he procurado relatar, aquella tarde la recuerdo igual que se recuerdan los sueños que no pueden olvidarse- con la misma imprecisión y añoranza-  es cierto que todas las cosas que me ocurrieron ese día, a diferencia del episodio que he comenzado contando, podían tener algún tipo de explicación fundada. Por supuesto, aquella voz era real, no una mera impresión fruto de tantos y tantos días sin hablar con nadie, como quizá sería fácil que alguien pensase. Me hallaba sentado frente al ordenador de mi escritorio, escribiendo un relato por pasar el tiempo, solo por estrujar las últimas dos o tres horas antes de irme a mi cama a dormir. Sobre la mesa habían desparramados una decena de lápices y bolígrafos y un saco amarillo que enfundaba unas gafas de sol que hacía más de dos años que no me ponía. Escuchaba el sonido de la lluvia, arreciando con fuerza, al colisionar con alguna superficie. Era como si alguien estuviese tecleando con ímpetu en una máquina de escribir. Una plácida penumbra alumbraba lo esencial. La luz de la pantalla del ordenador, así como la poca que entraba por la ventana de mi derecha, que no era más que la luz que mantenía encendida en su cuarto algún vecino, eran suficientes para espantar la oscuridad. Aquella voz, poco a poco, comenzó a hacerse comprensible y a ordenarme que hiciera determinadas cosas. Mi cuerpo, a medida que se hacía más clara, parecía desentumecerse, librarse del maleficio al que en un inicio parecía haber sucumbido. "Escribe lo que voy a dictarte", sentenció encolerizada, dicho lo cual me dispuse a teclear lo que sigue:

"Detrás mío oía una voz, un hilillo apenas audible para cualquiera que no estuviese acostumbrado a escuchar los ruidos que no suelen oírse si no se presta mucha atención..."

 

 

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