cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Circunstancias
Reales |
17.04.17
  • 4
  • 3
  • 1858
Sinopsis

Sobre el problema de los puntos de vista.

Colgó el teléfono y resopló. Miró otra vez el reloj en el ordenador aun sabiendo de sobra la hora que era. Agarró los papeles sobre la mesa y comenzó a ordenarlos sin pensar. Se detuvo y analizó por dónde se había quedado. Miró de reojo el reloj.

Valoraba que el señor Esteban le contara sobre su hija recién nacida, pero esa media hora al teléfono cuando se trataba de un trámite formal de cinco minutos, le iba a costar no entregar a tiempo el informe que le había pedido su jefe.

Recordó qué estaba haciendo y comenzó a ordenar los folios para poder comenzar a redactar el informe en la pantalla. El tecleo en el teclado se escuchaba.
A los siete minutos alguien llamó su atención:
—Pedro, ¿tienes el informe?
Sonó como sentencia al tiempo que se giraba para mirar a la cara de Rogelio, más cerca de lo que esperaba.
—Estoy en ello.
—¿Cómo es eso posible? Te lo pedí a primera hora de la tarde.
—Estuve hablando con el señor Esteban sobre e-mail que pidió le mandara.
—¿Y has estado una hora para eso?
—No.
—¿Entonces? Mira, cuando lo tengas, me lo subes en persona. ¿Captas?
No le quedó otra que afirmar. Regresó al teclado y la pantalla conforme Rogelio se alejaba. El tecleo en el teclado era apenas audible.

La bibliotecaria tenía la dichosa manía de estar hablando sin apartar la mirada del libro que estuviese leyendo en ese momento, aunque peor era la manía de ir bajando la voz gradualmente conforme regresaba a la lectura, dejándote a medias de lo que preguntaras.
—Perdona.
—¿Eh? ¿Qué pasa? —decía Clara con cierta brusquedad y te miraba.
—Le preguntaba sobre el nuevo de Paul Auster.
—Si ya te lo he explicado. Que no depende de mí, que el encargado es quien selecciona que… —Y entonces regresaba a la lectura, con una última palabra apenas audible.
—¿Qué?
—Le he dicho que —comenzaba la frase, se acomodaba y era entonces que le daba por cerrar el libro—, le he dicho que no depende de mí.
—Ya, lo sé. Pero pregunta si es posible que lo traigan.
—Mira, Miguel es ya un hombre muy mayor, y ese se queda hasta después de la…
Decía una palabra por lo bajo y se distraía con unos papeles pendientes de ordenar que habían sobre su mesa.
—¿Qué?
—Ay, chico.
Total que se conseguía arreglar el asunto. Él se marchaba con la misma sensación que tenía con su prima, que hablaba rápido y lo obligaba a pedirle que repitiera, recibiendo alguna que otra vez una mala mirada.
Sucedía más tarde u otro día que Clara la bibliotecaria se ponía a desahogarse con una conocida, una que iba por allí a hacer como que leía muchos libros en casa. Le contaba sobre un chico entre sordo y tonto, que siempre le daba la murga con libros nuevos que no dependían de ella. Su conocida ya la tenía calada y le decía sí a todo mientras miraba de reojo a ver qué libro la haría parecer más culta de lo que era.

—Buenos días.
—Buenos días —respondió de forma brusca.
El ambiente se enrareció. Mientras preparaba el desayuno, su hermana ya no dijo nada más. Él no dejaba de pensar en la discusión que tuvo anoche con su novia a distancia. Llevaban una semana irregular, con discusiones mudas donde los pulgares transmitían el agotamiento hacia el cuerpo. A pesar del sueño que tenía antes de la medianoche, terminó acostándose tarde, más enervado cuando apreciaba que el tiempo pasaba demasiado rápido, al ritmo de una discusión que sólo daba vueltas.
Su hermana lo miraba de reojo. En sus pensamientos rondaba sobre la vida de su hermano, mucho más arisco desde que estaba atrapado por el móvil. Se pasaba el día en el móvil, sin importar el momento, comiendo deprisa para regresar. Hablaba de una novia, pero no era posible que estuviese todo el día enganchado porque ella no podía estar igual. Había que hacer algo, llevarlo a esas agrupaciones a lo alcohólicos anónimos pero para enganchados al ordenador.
Entonces se acabaría ese mal genio que mostraba su hermano de buena mañana, producido —segura estaba— por esa adicción que iba a terminar haciendo daño a una gran cantidad de personas.

El semáforo en rojo. Aprovechó para abrir la guantera y rebuscar por el recibo del banco, pues no podía estar en otro lugar.
Rebuscó concentrado, y lo encontró, sonriendo. Lo sacó y dejó en el asiento del copiloto. El semáforo seguía en rojo. Sonreía victorioso, le había dado tiempo y se quitaba un peso de encima, saliendo del trance momentáneo al escuchar cómo pitaba el coche que tenía detrás.
El semáforo en verde.
Gruñó por lo bajo y se centró en quitar el freno de mano y acelerar con cierta brusquedad. Murmulló por la impaciencia que tenían algunos, que por llegar un minuto antes no daban premios. Ni que fuesen fórmulas 1 batiendo récords a nivel de décimas.
El resto del día estuvo malhumorado.
En otro día con el coche llegaba tarde a la reunión. Se había confiado debido a que se había levantado y duchado con tiempo de sobra, saliendo de casa sin prisas. No esperaba la circulación de ese día, más embotada de lo normal. Llegó al fin a la zona donde se ubicaba su trabajo, mucho menos cargada de vehículos, por lo que podía acelerar con más libertad.
Paró detrás de un coche detenido frente a un semáforo todavía en rojo. El ruido del motor le asimilaba el de un insecto impertinente. Resopló y eso pareció animar al semáforo a ponerse en verde.
El coche de delante no se movió.
Comenzó a abrir más los ojos y no se lo pensó a la hora de golpear donde la bocina, gritando “vamos”. El otro coche aún tardó un poco en percatarse y comenzar a moverse.
Quitó el freno de mano y murmulló por lo bajo. Fue cambiando de carril al tiempo que subía el volumen de la radio. Estaba sonando Queen y nada más importaba, salvo llegar lo menos tarde posible a la reunión, por supuesto, pues hasta un minuto de diferencia era de vital importancia.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 416
  • 4.56
  • 20

Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta