cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

37 min
Código de error
Amor |
28.01.14
  • 4
  • 14
  • 4253
Sinopsis

“Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

Tras la espesura, en el horizonte, reuniéndose sigilosos, se arman los nubarrones que luego chaparrearán el aguacero de cada tarde. Numerosas guacamayas rojas los aguardan en silencio, extendiendo las plumas a la inminente rociada, posadas bajo la copa de una gran ceiba que traspasa la intrincada cúpula vegetal. A pesar de esperada, la tormenta no deja de abrumar a los soldados españoles que avanzan por las florestas de Natá, cercana a la costa panameña del mar del Sur. Los cristianos, ni los animales que traen, no se hacen a aquella perseverancia de ríos como despeñados de las nubes, al furioso retumbar de los truenos, los relámpagos desparramados como gavillas desatadas y el viento rugiente de ímpetu nunca visto. Luego de castigados desde el amanecer por el enorme sol que cuece la selva con sus rayos verticales y ásperos, el final abrupto de la jarreada vespertina alzará, desde las grietas del suelo y desde el envés de las grandes hojas herbosas, a millones de mosquitos que ensombrecerán el aire, y soliviantados les buscarán las heridas y los orificios a los soldados para descarnarlos. Al oscurecerse el firmamento con los primeros luceros se añadirá el griterío ensordecedor de las fieras apostadas tras las alargadas sombras, que se prolongará sin reposo durante la noche, poblada además de murciélagos grandes como conejos, y de felinos furtivos de piel brillante, teniendo que pasarla los hombres en vela y a la guardia, y así hasta la mañana siguiente que nuevamente romperá abrasadora y saturada de humedad, agobiando a los sufridos castellanos que tienen que soportan el peso de la armadura, el casco, el acero y la adarga, siempre prevenidos para cualquier peligrosa emboscada de los indios.

En el crepúsculo de aquella madrugada, el capitán presidió la celebración de las honras del difunto joven soldado, quedando sepultado bajo un somero túmulo de piedras entre la floresta intrincada, y cuya penosa agonía había tornado a muchos soldados melancólicos y compungidos. Juan Maderuelo era un muy buen muchacho, casi un infante que había sido recibido muy amorosamente en la compañía por su alegría contagiosa, sus algos de poeta y su desprendido valor en las acometidas. Un dardo herbolado parido por una aciaga cerbatana le rozó la pantorrilla cuatro días atrás, causándole no más que un rasguño, pero el tóxico se comunicó con la sangre, e inexorablemente ligado a ella fue interesando todas las partes del cuerpo, que se iban adormeciendo después de violentos espasmos y vómitos biliosos.

Pero ya estaba bien alto el sol y se adivinaba pronta la tormenta cuando el capitán don Gonzalo de Badajoz le iba recordando otra vez al joven escribano don Andrés Langa, Andresín, que caminaba a la vera de su caballo cogido de la brida, cómo debía leerle el Requerimiento a los indios del poblado para que los españoles vieran bien distintamente que su capitán acataba escrupulosamente las instrucciones del gobernador, y que nadie pudiera correrle al Pedro Arias Dávila que él no hacía caso de su mandamiento sin que toda la compañía se lo pudiese desmentir.

Juan Maderuelo se moría. Durante los cuatro días que luchó por su vida, con infinita y lívida tristeza, entre contenidos gemidos, requería al capitán Gonzalo Badajoz, parado al pie de su camastro, para que intercediera por él ante sus señores los gobernadores, y que se ocuparan de hacerle llegar a su madre una carta y una cadena de oro, y le rogaba con mucho amor que les recalcara que él era paisano del señor gobernador don Pedro Arias Dávila, que dios guarde, y de la señora gobernadora doña Isabel de Peñalosa, que gloria alcance, puesto que si ellos lucían el blasón labrado en piedras segovianas él era vecino y natural del lugar de Zamarramala, donde la iglesia del Santo Sepulcro de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, en cuyo levantamiento de la torre anduvo trabajando su padre, y que le hiciese notar a la señora gobernadora que su señora madre era viuda y sola en la vida, y muy cristiana mujer, y que su nombre era Juana la Cascajareña, para servirla.

Bien conocían Badajoz, Langa, y todos, que los indios no entendían el idioma español, ni los españoles hablaban su lengua, aunque ya sabían ellos hacerse entender cuando les inquirían por el oro. El que más y el que menos no podía dejar de considerar si Dios se complacía en que los indios, olvidados de él, no comprendiesen aquél Requerimiento, de modo que los españoles tenían en poco aquella formalidad si no se realizaba debidamente, lo que raramente ocurría porque apenas disponía el gobernador de traductores confiables, además de que no había tiempo para entrar en razones con ellos, y de que bien pronto todos estarían muertos, o peor.

Sonaba a burla la ceremonia y algunos soldados la celebraban, mientras que los más la escuchaban con pesar, porque aquella lectura era la evidencia de que no daban justa guerra a los indios, de modo que los contrarios que mataban les serían finalmente reclamados el Día del Juicio, como si en vez de militares fueran criminales. Pero el Requerimiento lo mandaría leer o lo leería, si fuera el caso, el propio capitán Gonzalo de Badajoz antes del inicio de cada entrada, porque temía más al gobernador Pedrarias Dávila que a todos los demonios juntos, y tenía noticia de capitanes que se relajaron con las risas y las chuflas del advertimiento, y luego les pesó.

El joven Maderuelo, que aunque tenía las musas de poeta no sabía las letras, y tampoco tenía tiempo ya para aprenderlas, le requirió al escribano Andrés Langa, que además era su compadre, que le escribiese una carta, para enviarla por duplicado en dos naves diferentes, decía, por asegurar la llegada, a su madre, donde le dijera que estaba bien, que no le faltaba de nada, y que le rogaba que rezara mucho por él, sobretodo esto último, y también por la señora gobernadora a la que besaba los pies, y le encarecía que ella también se los besara, y que le enviaba una cadena de oro para mejor pasar la vejez. Pero como no había correo regular entre España y las Indias recién descubiertas, porque ninguna autoridad de postas se había organizado todavía, el correo de particulares se depositaba en manos de marinos y otros viajeros que se hallasen embarcados en las naos que en cada ocasión, a su ventura y sin previo aviso general, se aprestaran para la singladura. Sin embargo, estos mensajeros no tenían cargo ni cuidado de las cartas, ni eran obligados a dar cuenta ni razón alguna, dando con frecuencia malos recados y causando mucho daño, por no hablar de confiarles cualquier objeto de valor. La carta además habría de salir del campamento de la expedición, que entonces estaba en lo más intrincado de la selva que da al mar del Sur, y llevarla a La Antigua, la capital de Castilla del Oro bañada por el mar Atlántico, donde se hallaba la casa del gobernador, para lo que habría de cruzar las montañas de la sierra, y en su puerto debería aguardar a que una nave recalase y se llevara el correo al puerto de Santo Domingo de Guzmán, en donde acostumbran a reunirse las mercaderías y pasajeros con intención de zarpar para cruzar el Atlántico con buena mar hasta arribar a España, desde todos los asentamientos abiertos hasta entonces de la isla de La Española, la Isla de Cuba, las islas Antillas y Tierra Firme. Aunque si había suerte era posible que alguna nao con pertrechos que hubiese arribado directamente a Castilla del Oro desde Cádiz, marchara a España desde la capital de Santa María La Antigua del Darién. Si la embarcación sorteaba tormentas y piratas, la carta tendría la fortuna de arribar a Sevilla, desde donde todavía le quedaba un buen trecho hasta llegar a Segovia y su cercana población de Zamarramala, y una vez allí, aún no sería fácil dar con la destinataria, Juana la Cascajareña. Y aunque en tierras españolas sí había una red de postas, el viaje del correo costaba sus buenos maravedíes por adelantado. Finalmente alguna alma caritativa tendría que dársela a entender,  porque la señora Juana no sabía leer.

Quién podría ser el mensajero propio de Juan Maderuelo, aquél al que le pudiera encomendar que le trasladara a su madre una carta y una cadena de oro, era asunto que barruntaba el enfebrecido Juan, y al cabo dio con la solución del gobernador, o mejor de la gobernadora, a la que le podía tocar su instinto maternal. Esta opción solucionaba todos los problemas de traslado desde La Antigua hasta la mismísima casa de su madre en Zamarramala, porque los gobernadores eran naturales de Segovia, a escasas tres millas del pueblo. Sin embargo a él el dardo emponzoñado del indio ya le había dado matarile, por lo que no le quedaba más remedio que ponerse en las manos de don Gonzalo de Badajoz, que aunque era buen capitán también sufría de codicioso como Pedrarias Dávila, y bien por uno o por otro él temía que la cadena se perdiera sin salir de Tierra Firme, y dudaba mucho que la carta sin metal que la sostuviera terminara su viaje felizmente. Era en verdad un empeño insólito, por no decir inútil, puesto que ningún soldado mandaba correos a la patria, ni nadie en España los esperaba, que era cosa sabida que el intentarlo era como sembrar los maravedíes en el mar. En su día los unos y los otros se despidieron para siempre, salvo que la fortuna lo guiara de vuelta de las Indias algún día, o que se diese el acaso afortunado de conocer a alguien de verdadera confianza que se embarcara para España y que el lugar de destino de la misiva no le apartara mucho de su camino.

El gobernador de Castilla del Oro era un anciano de setenta y cuatro años que no se moría, a pesar de los ruegos al altísimo de los que le trataban, un demonio de legendaria maldad al que apodaban Furor domini, la Ira de Dios, y que señoreaba con crueldad despiadada sobre hombres bragados que, a pesar de haber matado cada cual a cientos, no osaban chistarle. El más arrojado coronel que habían los reyes de España, acompañado de la gobernadora su esposa doña Isabel de Peñalosa, fue enviado a las Indias, para descanso de toda la Corte, al mando de una armada de veintidós naves bien pertrechadas y mil quinientos soldados, muchos de ellos veteranos de las jornadas de Garellano y Orán, que arribó a Santa María de la Antigua del Darién, desde donde sembraba el terror entre los pobladores, enviando sucesivas partidas de rescate de oro y apresamiento de esclavos por todo el territorio de su jurisdicción, matando muchas decenas de miles de indios que allí vivían su vida, sin atender a poblamientos ni a evangelizaciones.

Porque tenía amigos poderosos en la Corte, y su esposa en la cámara de la reina, Pedrarias era sabedor de las tristes cuitas que acuciaban el ánima de los señores del mundo, abrumados con la visión espantosa de las puertas del infierno con que de continuo les amenazaban los frailes confesores, por el trato cruel que daban los españoles a los naturales de las Indias, con el conocimiento de los soberanos, puesto que recibían numerosos informes sobre ello. Así que, viendo que la pintaban calva, Pedrarias no perdía ocasión de pavonearse como el servidor más cumplidor de Sus Altezas, el que miraba al tiempo por la real hacienda y por la salvación de sus reales almas, pregonando las bondades que para la satisfacción de ambas necesidades regias contenía el Pliego de Requerimiento, regalo de su amigo el obispo Fonseca, que presidía el Consejo de Indias, para que se sirviera de él en sus entradas a los poblados de los indios, y que el Pedrarias supo interpretar también como un salvoconducto para robar más a su sabor del quinto real.

Los camaradas, que le recordaban a Juanillo en todas las ocasiones siempre alegre y desvergonzadamente joven, acudían a saludarle embargados por la congoja, sin acertar con las palabras de consuelo y confortación; y quedaban mohínos cuando se retiraban, notando sus desconcertadas imprecaciones contra el género humano, y después también contra el divino, y estremeciéndose al escuchar sus monótonos ayes en los momentos en que más sentía el veneno que le abrasaba. Juan Maderuelo hubo de reconocer con amargor perdida su ánima, porque sabía bien, como todos sabían, que no le aguardaba la gloria de los ángeles. En fin, el miedo rindió a Juan el último día de su vida, que viendo bien distintamente que le llegaba la parca, él pugnaba por burlarla con la rabia del desesperado, revolviéndose y profiriendo lastimeros lamentos. El padre dominico fray Francisco de San Román nunca abandonó la vera del malherido, rezando sin descanso por su salvación, pero Juan le lanzaba miradas ásperas, reprochándole la encrucijada infausta en la que se veía. Andresín Langa, que aunque era algunos meses mayor pertenecía también a la cuadrilla de Maderuelo, había sido de los que con más frecuencia le visitó para consolarse y entretenerle, y cuando en aquélla postrera jornada se marchaba viendo lo que pasaba, chafado el ánimo después de dejarle en aquél estado, se imponía sobre él, como si un severo nubarrón le trepara por las vértebras, el pensamiento de que algún día podía ser él mismo, como cualquier otro compañero de la partida, el que acabase en aquella postrada disposición, él el que se topara con el dardo herbolado. Y con los sudores fríos del espanto que bajaban de la frente, mezclándose detrás de la oreja con los templados que rebosaban por el cuello, de la humedad pegajosa de la mañana, Andresín proseguía su reflexión mezclándola de recuerdos de precedentes reuniones con muchos conmilitones bebedores de chicha de maíz fermentado en las tascas de La Antigua, cuando no les tocaba ser de la partida y los días transcurrían mano sobre mano y las noches pecho ante pecho, donde una y otra vez argüían hasta enquistarse del enojo sobre que allí no se daba guerra justa a los indios.

No se habían vuelto jurisconsultos los soldados, y aunque Andresín estudiaba en Salamanca, donde vivió al servicio de un caballero de largo nombre y grave destino hasta el día en que unos conocidos le llamaron para embarcar, y aceptó impulsado por el deseo de vivir aventuras y conocer otros lugares y gentes, todavía no era bachiller, pero dilucidar la verdadera naturaleza de lo que estaban haciendo en aquellas tierras lejanas afectaba a su oficio, a su botín y a la salvación de sus almas, porque iba como de la noche al día que la guerra fuese justa o injusta.

Desde que llegaron a La Antigua no se hablaba de otra cosa, como que el ambiente ya estaba enfebrecido cuando la ciudad recibió a la armada de Pedrarias Dávila. Los religiosos dominicos que se presentaron para evangelizar a los indios, encaramados a los púlpitos, reprendían a los soldados con virulencia porque iban a las entradas como lobos entre corderos, y les amenazaban con las llamas del fuego eterno a los que participaran, que eran todos, en aquellas matanzas de inocentes donde fenecían privados del bautismo, contraviniendo con ese acto cruel las bulas dictadas por Su Santidad en las que se hacía donación de aquellas tierras e islas descubiertas y por descubrir a los Reyes Católicos, con la condición de que evangelizaran a los naturales, que sufrían de la ignorancia insuperable sobre la palabra de Dios, ni sabían nada de la venida de Cristo entre los hombres cuando asentó la piedra de la santa iglesia hace mil quinientos catorce años, y en ella instauró el regalo del bautismo y el perdón de los pecados y las otras ceremonias y sacramentos que son tan gratas a la iglesia católica, tan olvidados y ajenos estaban los indios a todo aquello; y advertían los frailes que las almas de el Rey Católico y su amada hija Juana, sus señores, no podían estar apaciguadas si en verdad conocieran lo que tras aquellos bosques se hacía en su nombre; y no se cansaban de recitar y traer a continua colación en sus destemplados sermones aquellos preceptos de las Instrucciones dadas por Su Alteza el Rey Fernando Quinto de Las Españas a Pedrarias Dávila pocos días antes de zarpar el dos de agosto de mil quinientos trece, en los que marcaban con meridiana exactitud los estrechos márgenes por los que habían de moverse los soldados, y que pasaban por el buen trato que había que dar a los indios para facilitar la evangelización, que era el fin principal de la empresa, por destacar en todo momento ante ellos la solemnidad del culto e involucrarles en la construcción de iglesias, y por atenerse al cumplimiento estricto de las promesas que se le hicieran a los naturales, “porque por esta vía”, aseguraba Su Alteza, “vendrán antes a la conversión y al conocimiento de Dios y de nuestra Santa Fe Católica, y más segura en convertir ciento de esa manera que cien mil por otra”; y advirtió que solo se haría guerra a indios cuando éstos sean atacantes; aún así, antes de romper con ellos, insistía en que “les hagáis de nuestra parte los requerimientos necesarios para que vengan a nuestra obediencia, una, dos, tres y más veces, cuantas vieras que fueran necesarias conforme a lo que lleváis ordenado”; así tronaban los religiosos, asegurando, en fin, que la codicia de oro se había apoderado de los españoles que servían en Tierra Firme, sin distinción de condición ni sexo, pasando éstos por encima de todas las leyes que les habían dado los príncipes, y hasta la de la propia conciencia de cada uno, y los abocaba a la perdición, sin que hubiese fuerzas ni razones bastantes para remediarlo, por el gran deservicio a Dios que aquella avidez implicaba.

Los veteranos que arribaban desde la isla de La Española, o desde la isla de Cuba, para sumarse a la empresa de Castilla del Oro, o los que se acercaban en las naves para mercar con los tenedores de bastimentos, y en especial los marinos que tripulaban las naos dedicadas a la trata de esclavos, daban cuenta de los comentados sucesos acaecidos en los años pasados en la Hispaniola y las Antillas, de la voracidad que tenía de esclavos el gobernador Ovando, de La Española, que hasta se los mandaba traer del África, de algunos discutidos apresamientos de gente para esclavizar, vaciando las islas que abordaban, refiriendo que en algunas ocasiones hubo tropas que se negaron a participar en aquellas razias desaforadas. Historias, en fin de cuentas, que alguna verdad contendrían en sí y que daban que pensar a los soldados que las escuchaban.

Andresín Langa, descabalgó, se aseguró los lazos que fijaban la armadura del peto a su costado, se ajustó las tobilleras, los guanteletes, las coderas, y lo demás de los arneses, se asentó el casco y enhebilló el barboquejo bajo la velluda barbilla, envainó la espada y tomó una pica, y con el pliego del Requerimiento enrollado en la otra avanzó doscientos o trescientos pasos a través de un herbazal que contenía el avance de la selva, hasta un claro extendido sobre un pequeño lomo que se alzaba ante el poblado, en donde se destacó sobre un viejo tocón que allí estaba.

El moribundo Maderuelo terminaba por alumbrarse a causa del aguardiente que le administraban, como fuego que combate el fuego, para tratar de adormecer el abrasamiento de carnes causado por las llamas que consumían sus partes corporales internas sin excepción, porque se decidió que no se le trasladaría a La Antigua, pues solo la fuerza del veneno decidiría el final triste o feliz del herido, sin que los médicos pudieran hacer nada por él, y trataba de evadirse de la melancolía que le agotaba con la visión de una veintena de exuberantes guacamayas rojas que alborotaban perchadas en las altas ramas de una poderosa ceiba erguida próxima a sus pies; majestuosas como las rapaces de Castilla pero con un pico más grande y curvo que ocupaba buena parte de la cara, y poseedores de un carácter festivo y para nada adusto, recorrían su figura con delicadas cintas de luminosos colores rojos, amarillos y azules, y flameaban el aire con la extraordinaria cola de alargadas y gráciles plumas, que recordaba haber visto muchas veces adornando los penachos de los indios y las coronas de las indias, y que ahora se transformaban ante él, como un sueño que tomaba espesura, en guacamayas mensajeras, heraldos de dioses: Juanillo Maderuelo, ofuscado por el sopor en que le dejaba el alcohol con que se alimentaba, pero con la penetrativa y consciente clarividencia de la última imagen con la que habría de despedirse de la vida, advirtió bien distintamente cómo cinco aristocráticas guacamayas rojas descendieron hasta donde él estaba postrado, y cómo cuatro de ellas tomaron con sus poderosos picos la punta de un dedo de cada una de sus manos y pies, y de ese modo las cuatro aves alzaron a volar y se llevaron al expirado por los aires, el cual con los sudores, los vómitos y las evacuaciones había perdido tanta sustancia que pesaba lo que una sábana de holanda, y eran seguidas de una quinta que con acompasado aleteo sujetaba una carta con el pico y una cadena de oro entre las garras, y los seis se esfumaron en la impenetrable bóveda de la selva.

El escribano Langa, con ademán pausado y gentil, mostrándose a las gentes de las cabañas y girándose luego ceremonioso al capitán, abrió el papel ante sí con los brazos extendidos, y en alta voz y agradable música comenzó a leer el Requerimiento:

En el día primero de noviembre del año de mil quinientos catorce, festividad de todos los santos que murieron y hoy gozan de la presencia del creador. De parte del muy alto y muy poderoso y muy católico defensor de la Iglesia, siempre vencedor y nunca vencido, el gran rey don Fernando el quinto de las Españas, de las Dos Sicilias, de Hierusalem, y de las islas y Tierra Firme del mar Océano, etcétera; dominador de las gentes bárbaras, y de la muy alta y muy poderosa la reina doña Juana, su muy cara y muy amada hija, nuestros señores.

Yo, Pedrarias Dávila, su criado, mensajero y capitán, como gobernador de la Tierra Firme de Castilla del Oro, os notifico y hago saber como mejor puedo que Dios Nuestro Señor, uno y eterno, crió el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de quien nosotros y vosotros y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes y procreados, y todos los que después de nosotros vinieren.

A las afueras del pueblo un grupo de niños y niñas que jugaban a mancharse con barro vieron a un hombre extraño que despedía destellos deslumbrantes desde el pecho y la cabeza, y que les hablaba. La más pequeña de ellas se levantó y fue hacia él con caminar incipiente. Los otros niños miraban, no se allegaban pero no se iban. La niña se acercó y le cogió con las manitas el reborde inferior del peto, que se rizaba hacia afuera a modo de una faldilla, y se lo quería traer a la boca. Andresín, a lo suyo, la ignoraba.

Las últimas guacamayas rojas cortaban el cielo, rozando las copas de los árboles, para resguardarse de la inminente tormenta, cubiertas bajo la ceiba junto con las demás. Sus largas colas, ondulantes como las de un papalote de algodón, dibujaban en el aire estelas trenzadas de rojo, azul y amarillo. Las gigantescas nubes sombrías escalaban con rapidez hacia el firmamento, cubriendo completamente el cielo, y embargaban la selva con el olor y sabor húmedo del vapor de agua que ahora se hacía visible en perspicuas pompas flotantes.

Mas por la muchedumbre de la generación que de éstos ha sucedido desde cinco mil y más años que el mundo fue criado, fue necesario que los unos hombres fuesen por una parte y otros por otra, y se dividiesen por muchos reinos y provincias, que en una sola no se podrían sostener ni conservar.

De todas estas gentes, Nuestro Señor dio cargo a uno, que fue llamado San Pedro, para que de todos los hombres del mundo fuese señor y superior, a quien todos obedeciesen y fuese cabeza de todo el linaje humano donde quiera que los hombres viviesen y estuviesen, y en cualquier ley, secta o creencia, y le dio a todo el mundo por su reino, señorío y jurisdicción.

En todas las ocasiones los más veteranos gustaban de recordar las batallas que se hicieron en la vieja bota italiana contra los franceses junto al río Garellano, o en las cálidas playas del mar Mediterráneo con los moriscos de Orán y de Argel. Las victorias eran gloriosas y las derrotas honrosas, pero antes que nada los soldados morían soldados, nunca asesinos, y afrontaban el destino alegremente, sabedores de que no se les pedirían cuentas por los contrarios que hubieran despachado en los embates; eran valientes y atrevidos caballeros que combatían conforme a las leyes de la guerra y bajo el divino manto consolador, y frente a otros tales que además compartían la misma fe, o que abiertamente renegaban de la santa iglesia y se proclamaban sus contrarios absolutos, como infieles. Muy distinto, como bien se veía, era lo que les ocurría con los indios, que siempre les sorprendían con el ánimo revuelto, lo que no habían padecido en anteriores ocasiones.

Porque a las claras se advertía que no se podía justificar la guerra que hacían contra los naturales, no siendo además Pedrarias ni ningún otro gobernador de los que por allí se asentaban un príncipe con autoridad para declararla, según como requerían las providencias reales, de modo que se pudiera denunciar que los indios hubieran arremetido agresivamente por fuerza que fuera preciso repeler, para defensa de la nación, o para evitar que sea oprimida por algún tirano; o que se hubiera recibido una injuria por parte de ellos hacia la nación o Sus Altezas, grave y consumada, que no se pudiera reparar de otra manera que con el castigo que inflige la guerra, y con más justeza si éstos se hubieran negado a restituirles cuando se les demandó para ello; y tampoco se podría argumentar que se desataban las confrontaciones para reprender y castigar a los súbditos que injustamente se hubiesen rebelado contra su señor, y se negasen a obedecer una orden justa de éste, y con mayor fundamento si anteriormente hubiesen sido convenientemente amonestados; o que fuera preciso para recobrar alguna cosa que les hubiesen robado y que no pudiera ser obtenible por otra vía; ni tampoco se daba el caso de que los indios se rebelaran ni se resistiesen a la predicación evangélica, cuando tenían ocasión de recibirla antes de las entradas; o si se adujera que se les daba guerra porque los indios porfiaban en negar a los españoles cualquiera de las cosas que por derecho de gentes les están a todos permitidas, o que les impidieran el paso.

Y no siendo ninguno de los supuestos anteriores, que no lo era, más bien ocurría lo contrario, que los indios, incluso los sometidos y pacíficos por propia voluntad, eran provocados y agredidos injustamente por los españoles con el fin de hacerles esclavos y tomarles el oro, para que tras la afrenta pudieran los cristianos pretextar que había revuelta, hostilidad o resistencia. Bien mirado, concluían algunos, lo que pasaba era que en aquella tierra contra españoles, de parte de los indios, tan nada belicosos como naturalmente mansos, no había guerra, sino legítima defensa, justa y natural, lícita y permitida de todo derecho humano, divino  natural. Y, definitivamente, por parte de los cristianos, contra los indios, se daba guerra injusta, crímenes sin cuento y tropelías.

Y como quiera que le mandó que pusiese su silla en Roma, como en lugar más aparejado para regir el mundo, mas también le permitió que pudiese estar y poner su silla en cualquier otra parte del mundo, y juzgar y gobernar a todas las gentes: cristianos, moros, judíos, gentiles y de cualquier otra secta o creencia que fuesen. A ese llamaron papa, que quiere decir admirable, mayor, padre y guardador, porque es padre y gobernador de todos los hombres. A este San Pedro tomaron por señor, rey y superior del universo los que en aquel tiempo vivían, y asimismo han tenido todos los otros que después de él fueron a pontificado elegidos; así se ha continuado hasta ahora y se continuará hasta que el mundo se acabe.

Uno de los pontífices pasados que en lugar de este sucedió en aquella silla y dignidad que he dicho como señor del mundo, hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos rey y reina y a sus sucesores en estos reinos, nuestros señores, con todo lo que en ellas hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según dicho es, que podéis ver si quisiéredes.

Aguardando a que Andresín terminara de leer, y todavía a cubierto de las sombras, el capitán don Gonzalo Badajoz iba pasando por todos los grupos de soldados que esperaban la llamada a la acción, instándoles para que se armaran minuciosamente, ayudando a cada cual a ajustarse una codera, acomodarse un peto, o encasquetarse el capacete, o el yelmo quien lo tuviera; a los arcabuceros les advertía que tomaran solo una carga de pólvora y guardaran bien en seco la demás, que estaba pronto a diluviar, pues no habría más que una tirada al principio para hacer ruido y humo, y les encarecía que hicieran heridas de mucha sangre para que los indios zozobraran en pánico. Los soldados se concentraban en cebar las cazoletas de los arcabuces, el olor picante de la pólvora les traía el recuerdo de otros choques. El capitán no quería por nada en el mundo que hoy se repitiese otra muerte como la de aquél mozo, porque temía que terminase el velorio con algo parecido a un motín de los soldados.

Así que Sus Altezas son reyes y señores de estas islas y tierra firme por virtud de la dicha donación, y como a tales reyes y señores algunas islas a más y casi todas a quien esto ha sido notificado han recibido a Sus Altezas y les han obedecido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer; y con buena voluntad y sin ninguna resistencia, luego sin dilación como fueron informados de lo susodicho, obedecieron y recibieron los varones religiosos que Sus Altezas les enviaban para que les predicasen y enseñasen nuestra santa fe, y todos ellos de su libre y agradable voluntad, sin premia ni condición alguna, se tomaron cristianos y lo son, y Sus Altezas los recibieron alegre y benignamente, y así los mandó tratar como a los otros sus súbditos y vasallos, y vosotros sois tenidos y obligados a hacer lo mismo.

En el campo despejado que quedaba a espaldas de Andresín los soldados surgían perezosamente de las sombras de la selva y formaban en filas, atendiendo a las voces que les daban los oficiales; delante de ellos iban apareciendo hasta una docena de impetuosos caballos con sus jinetes, encabezados por el capitán, que se revolvían descargando tensos manotazos, excitados por el presentimiento del jaleo inminente. En un extremo de la fila cuatro perros alanos tiraban con rabia de las traíllas con que los sujetaba un montero, tremulantes de tensión, rumiando gemidos roncos entre resoplidos y medio cegados por el aura brillante que desprendía la niña, con las bocas hechas agua. Aunque continuamente andaban en pos de su oro, tras sus lugares o sus rastros, si los hubiesen abandonado precipitadamente para esconderse de ellos en las montañas, sin embargo su sola aparición causaba desazón constante en los españoles, parecía que tuviesen los naturales la mirada traspasadora, y con ella pudieran atestiguar el desarreglo de sus almas, de donde emergía un remordimiento pestilente que todos trataban de apaciguar con afeites, polvos y pinturas, como cuando se disimulan las canas y arrugas.

Por ende, como mejor puedo, os ruego y requiero que entendáis bien esto que os he dicho, y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice llamado papa en su nombre, y al rey y a la reina, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y señores y reyes de estas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación, y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho.

Y para dar por buenas las anteriores conclusiones y habituarse a convivir con la fugacidad de la vida en el bosque, los castellanos habían de trasegar numerosas garrafas de chicha fuerte, y eso hacían, además de fornicar con las mujeres del lugar, porque españolas casi no las había, perder en el tapete el oro arrancado de la selva, hablar con unos y otros, aprender a hacer negocios, soñar con volverse ricos a sus aldeas, comprender, para beneficiarse, el funcionamiento de la máquina imperial, del ejercicio de la autoridad real en un lugar tan alejado; y cuando tornaban a las expediciones, olvidarlo todo, aderezarse concienzudamente y andar con mil ojos, atendiendo a los adornos dorados con que los indios de ordinario se engalanaban, no apreciándolos como se debía.

 Si así lo hiciereis haréis bien y aquello a que sois tenidos y obligados, y Sus Altezas, y yo en su nombre, os recibirán con todo amor y caridad, y os dejarán vuestras mujeres, hijos y haciendas libres y sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente todo lo que quisiéredes y por bien tuvieras, y no os compelerán a que os tornéis cristianos, salvo si vosotros, informados de la verdad, os quisierais convertir a nuestra santa fe católica, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas, y allende de esto, Su Alteza os dará muchos privilegios y exenciones y os hará muchas mercedes.

Después de quedar advertidos, siendo como eran sin duda criaturas temerosas de Dios, de que los indios daban funesta muerte pues de su mano eran arrojados a las llamas eternas, al perecer como criminales, la pelea no era franca, sino sórdida, y no podía ser de otra manera porque los cristianos se sentían impelidos a abordarla a la mayor prontitud, para lo que se empeñan con extremada crueldad y fiereza. Luego tiempo y ocasión de reconciliarse con Dios habría; se consolaban calculando que mientras conservaran la vida, eludían el castigo. Y aunque no lo decían abiertamente, porque sería como tentar al diablo de la rebelión, a pocos se les escapaba que si en alguna ocasión les constara la injusticia de una guerra, les estaba prohibido pelear en ella, ni aún por mandato del príncipe, en virtud de lo ilícito, por todos conocido, que supone dar muerte a inocentes.

Los españoles pensaban que era razonable, en su situación, exigir el cielo y el oro, porque de lo que tomaban en sus jornadas militares, la mayor parte era para los señores de lo mundano y lo divino, quienes tenían la autoridad y la obligación de mirar por el estómago y el ánima sus mejores servidores, para que la guerra se le hiciera a los indios conforme a ley y a dios, no por dar gusto a los indios, pero por los españoles. Los soldados estarían conformes a aceptar que el Requerimiento, con las referencias que en él se hacían a las bulas papales y a las instrucciones regias recibidas por el gobernador Pedrarias antes de la partida de la armada, les podía otorgar justo título para hacer la guerra a los indios, por lo que en las expediciones, la mayoría de ellos al menos, exigían que se leyese bien y enteramente, que se tomara su tiempo el escribano o quien fuera que lo leyera, pero sobre todo que se llevara a un traductor que trasladara fielmente las palabras que se decían a la lengua de los indios, para que pudieran entender cabalmente sobre lo que se les requería y advertía, porque leerlo en la española era igual que tener un propio en Alcalá, una burla cruel y una afrenta innoble para todos.

 Si no lo hicieres, o en ello dilación maliciosa pusieres, certifícoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré guerra por todas las partes y maneras que yo pudiera, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Altezas, y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su Alteza mandare, y os tomaré vuestros bienes, y os haré todos los males y daños que pudiere, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen.

Las voces que venían del bosque alertaron a los habitantes del poblado, que iban apareciendo de los rincones donde faenaban para ver y enterarse de lo que pasaba, y entonces contemplaron con espanto a esos cristianos maravillosos sobre los que les habían contado tantas historias inquietantes, a aquellos hombres-armadillo de leonados fulgores, y a los otros hombres-guacamayas, que sentados a horcajadas sobre las aves dantescas aleteaban sobre la sabana rozando las flores con los pies y ondeando las crines el viento, a modo de grímpolas altaneras. Algunas mujeres corrieron hacia donde estaban los niños, a otros muchos les alcanzó un súbito horror y lloraban y corrían sin sentido. Repentinamente surgieron de los vanos de las puertas de los bohíos un tropel de millares de apretadas guacamayas rojas que parecían elevarse en torbellinos que después se abrían en lo alto con la forma de una sombrilla de colores iridiscentes. Eran los hombres que aparecían vestidos de guerra, los cuerpos y los rostros pintados de rojo, y los escudos y los penachos galanamente adornados con las espléndidas plumas de las guacamayas, armados con lanzas, macanas y arcos y cerbatanas, tratando de juntarse, buscando al cacique y a los demás que faltaban.

-Caballeros, hijos míos: es hora de que encomienden su alma a Cristo, porque nos aprestamos a la lucha. ¡Adelante!

Y protesto que las muertes y daños que de ello se recrecieren sean a vuestra culpa, y no de Su Alteza ni mía, ni de estos caballeros que conmigo vinieron. Y de cómo os lo digo y os lo requiero pido al presente escribano que me lo dé por testimonio y signado, y a los presentes ruego que de ello sean testigos.

Las nubes negras y contundentes se movían como ballenas inquietas aprisionadas en un canal angosto, y terminaban precipitándose en el ojo turbio de un remolino gigantesco que involucraba a la esfera celeste, rasgándola en trazas de innumerables gradaciones del blanco al negro. Por debajo los relámpagos sacudían el aire, astillándolo entre chasquidos huecos, y culebreaban dorados entre la penumbra. Los truenos retumbaban horrísonos y sin pausa, apenas remataba el rayo, ahogando los gritos de los niños. El viento furioso se revolvía en veloces carreras, doblegaba las infinitas gotas de agua de la lluvia caudalosa, que caían muy inclinadas, y estremecía la floresta, sometiéndola. En un palmo de la sabana que contornea el bosque, un diablo de polvo, de reja afilada, abría surcos y levantaba hojarascas y arbustos, desbaratándolo todo, mientras las hermosas guacamayas rojas, vestidas ahora para la guerra, por centenares volaban ajenas al huracán, cernidas al aire, casi inmóviles, observando las correrías desenfrenadas, las danzas mortales.   

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Genial. Fantástico. Esmerado. Conseguido. Sublime. Está escrito con una gran sensibilidad y eso, para mí, es muy importante. Como te dice Junior más abajo, entré aquí para aprender y creo que usted me enseñaría muchas cosas. Un abrazo. Sigue así.
    Una cosa más, como me he metido en este nido para aprender de vuestros trabajos, me gustaría lograr aprender algo, asi que te pediré que me dejes tu correo para ojearme por ahi tus publicaciones, y al mismo, cuando yo me anime de nuevo a escribir algo, dejartelo a ver que me sugieres. Respecto a tu comentario sobre eso de que las criaturas mitologicas se dan màs en minas o en montañas, pues si, cierto, sólo que cada cabeza es un mundo, y cada mundo un universo. Jajaja. En ese universo ya todo estâ como está pero tomaré en cuenta el consejo, seguro que algùn tendré que escribir sobre seres magicos. Bueno, espero que leas esto antes de borrar. Saludos.
    Tema aparte tu trabajo, ya es tarde, man. Gracias por la dvertencia pero me siento decepcionado, desilusionado, y la consecuencia inexorable es que eliminarè mi cuenta. Rainking? Ni siquiera sé cómo se escribe esa palabra, el puñetero rainking no me importó nunca sólo quería que las fachotas estas de esta pàgina corrigieran mi trabajo, pero como dices, son unas caras pintadas con el ego suelto. Que pasa? Se gana uno un premio por estar en la primera posición? Pues no! Yo creía que era por pereza que no valoraban, y hasta me creí que mi trabajo era muy malo para merecer la ojeada, pero veo que se trata de ego, envidia. Ya vi por ahí un relato donde eres tù un protagonista.
    Cómo se hace una reverencia? Jajaja! Macho, he invertido un buen tiempo para leer tu trabajo, y tengo que preguntarte: sabes cuál es la diferencia entre tù y Alejandro Dumas? Ninguna! Tio, el lenguaje, la sintàxis, la coherencia, la adhesión, todo es estilizado, justo como el trabajo de Dumas, aunado el detallazo de que hablas un monton con los dedos. Sentí que leía wikipedia. Jajaja. AprendI de mi propia historia, soy nativo de las "indias", y ademàs de informàtica...Ahora sè porque a veces me sale ese jodido cuadrito en la pantalla diciendo ERROR. Jaja. Te felicito, no tienes que estar aqui, escribe tu novela y ve a una editorial, eres un sensei, brother.
    Eso es cuidar el leguaje, sí señor. Gracias por tu inteligente comentario; siempre es bueno que nos recuerden cuando se nos va la miel de la pluma.
    Pues yo considero, sólo el primer párrafo es ya de por si fascinante. El estilo es culto, esmerado, casi mágico.Un ambiente épico, difuso, borrascoso, como la jungla misma. La historia, por su tema, por la fuerza narrativa atrapa y convence. No niego que tuve qu tomarme mi tiempo para leer la historia completa. Sólo la contrucción de tan magna obra, al menos a mi juicio, se merece todo mi reconocimiento. Tampoco me fio de las afirmaciones de aquellos que critican y no aportan, sin mostrar ellos mismos aristas o perfiles y su auténtica finalidad. Algo esconden con tanto maquillaje. Sí, sinceramente, lo considero más que un buen relato.
    Por favor todo esta letania de guacamayas por doquier para explotar el recurso facil de juzgar con la perspectiva del siglo XXI sucesos del hace mas de 500 años, sabes hacerlo mejor
    Por fin he encontrado algo de tiempo para leer con tranquilidad tu relato amigo José Manuel y como era de esperar no defrauda en el contenido ni en las formas de plasmarlo, se me ha hecho un poco largo, pero es normal teniendo en cuenta que contiene el Requerimiento completo, en cualquier caso no le resta brillantez al relato aunque lo ralentiza un poco, pero está claro que era necesario incluirlo para valorar en todo su absurdo la lectura del panfelto, un saludo.
    Poderoso y épico lenguaje, como corresponde a la epopeya que se narra. Una escritura que reproduce perfectamente el phatos ético y estético de la época, y sin embargo es también fesco, ameno y actual. Una narración que combina el rigor de la crónica histórica - deliciosa exposición de la problemática del correo postal en aquellos parajes y tiempos- con personajes tan de carne y hueso como el escribano Langa o el soldado Maderuelo, al que las gacamayas se llevan en volandas, cuando, ya expirado, pesaba menos que una sábana de holanda. Me ha gustado mucho. Saludos
    Aquí ganó la noche, pero se le vio luchar al día, se le vio. Hay una pequeña esperanza. Cuando los truenos ahogan el llanto de los niños, pensé en una campesina de Colombia. Me contaba: “Después de matar a mis vecinos y mi familia, los guerrilleros se metieron al monte. Los rayos, como si quisieran ayudarme a denunciar a los asesinos, no dejaban de alumbrar sobre ellos mientras desaparecían”. Un saludo.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

  • 19
  • 4.42
  • 463

SEMPRONIO. ¿Tú no eres cristiano? CALISTO. ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta