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9 min
Colores vivos 10
Suspense |
08.08.19
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Sinopsis

El alba irrumpía emborronando con su cálido colorido la sobriedad nocturna. Me sobresaltó el canto de un ave cercana.

Sondra dormía plácidamente acurrucada junto a mí. Sus cabellos le cubrían el rostro. Los aparté con lentitud y su semblante angelical eclipsó el amanecer. Abrió sus párpados con aire somnoliento y me enfocó.

- ¿Ya amaneció? - preguntó en un susurro.

Asentí acariciando su mejilla.

- Nos vamos mi bella Sondra - le recordé robando uno de sus besos.

Invertimos poco tiempo en preparar lo indispensable para el viaje: unos víveres, un arco, varias flechas, el afilado cuchillo y ropa de abrigo para las frías noches. La despedida fue muy emotiva, llena de abrazos, pues nos habíamos cogido un gran cariño compartiendo unos inolvidables días en aquella aldea perdida.

Ambos les saludamos desde nuestra montura con pena en el corazón y una sonrisa agradecida. Sondra apenas sabía cabalgar, así que de momento, nos sentamos ambos en un mismo animal, yo segundo y ella al frente entre mis brazos. En el camino ya le iría enseñando a montar sola. Nos llevamos dos de los seis caballos que llegaron con los mercenarios de Günter. Los restantes quedaban a merced de los aldeanos. Ya sabrían que destino darles.

A mediodía, un amenazador cielo plomizo comenzó a rondar nuestras cabezas y la temperatura descendió levemente. La niebla se manifestaba sobre las arboreas cimas, desplegando su fría manta de tejido invisible. Luego la lluvia hizo su aparición. La inconfundible fragancia a tierra mojada se repartía por todo el valle.

- Tendríamos que buscar cobijo - aconsejó Sondra.

- En aquella loma veo una casa - le dije señalando a mi derecha.

Las gotas empezaban a ser de dimensiones importantes cuando espoleamos el caballo y nos desviamos poniendo rumbo a la solitaria edificación rodeada de varias moreras, cuyas hojas se movían al compás del aguacero. Altivos matorrales la asediaban y una descomunal enredarera envolvía una de sus paredes trepando hasta colonizar el peligroso y medio hundido techo. Tenía todos los síntomas de estar deshabitada.

Al llegar y desmontar lo mas aprisa para guarecernos en su interior, a pesar del degradante estado ruinoso, oímos una voz débil pero cercana.

- ¡Eeeeeh! - gritó sin que pudiéramos concretar de dónde provenía - ¡Aquí!

La lluvia golpeaba con fuerza la corteza de yerba esmeralda y tras un breve silencio Sondra habló a la choza de piedra.

- ¿Quién vive?

- ¡Gracias al cielo! - se oyó a diatancia y en un eco - ¡Mirad en el pozo!

Ciertamente, a escasa distancia, se hallaba un murete redondo que coincidía con tal descripción.

Empapados hasta las cejas caminamos hasta allá y con sumo cuidado nos asomamos y vimos a un viejo de largos y canosos cabellos, poblando tanto su cuero capilar como su mentón.

Temblaba rodeado de agua por la cintura, mirándonos, pidiendo clemencia, debilitado por el cansancio. Rodeado de sombras alzó sus manos y sus ojos resplandecieron de esperanza.

- Ayudadme, os lo suplico.

Sus palabras rebotaron por las negras y resbaladizas paredes.

- ¿Qué demonios hacéis ahí abajo? - quise saber.

- Llevo dos días y dos noches abandonado a mi suerte después de que tres hombres me asaltaran y despojaran de mis escasas pertenencias, arrojándome aquí abajo.

Vaya salto con doble tirabuzon, pensé. Sondra me retiró del brazo para hablarme bajo el aguacero.

- No sabemos si su palabra es cierta. Tal vez sería mejor alejarnos de este lugar - me advirtió.

- ¿Y dejar que muera sin hacer nada? - contesté intentando menguar su temor.

- ¡No me dejéis así! - gritó el viejo.

- Quizá sea un embaucador - se quejó ella.

- Tampoco me conociais cuando me ofrecisteis vuestra ayuda en la Abadía - le recordé.

Sembré dudas en su desconfianza.

- Vamos, ayudadme a sacarle del pozo - le pedí.

Consintió al fin.

- Pero si luego os da problemas recordad que ya os advertí.

- Lo recordaré - prometí con una sonrisa.

- ¿Y cómo pretendéis hacerlo? - preguntó con inquietud - No disponemos de cuerda.

- Ahí hay una enredadera - dije señalando con la mirada- Fabricaremos una con sus tallos.

El eco de su voz volvió a resonar con una plegaria. Le indiqué a Sondra que pusiera a cubierto los caballos y me asomé a la abertura.

- Aguantad un poco más. Os sacaremos pronto.

- Benditos seáis. Temí que os marcharais - admitió con voz temblorosa.

Apenas podía hablar.

Con el cuchillo corté los tallos más largos, fuertes y secos que encontré. Tiré de ellos y los pasé al interior de la cabaña de piedra, en la que una cuarta parte del techo se había hundido. Allí la joven comenzó a entrelazar los cabos en forma de espiral mientras yo me dediqué a recolectat madera y matojos secos para hacer un fuego que nos secara después a todos de la lluvia.

Eché mano al mechero ante el asombro de Sondra e improvisé una pequeña fogata en un rincón, alejado de los caballos para que las llamas no los asustara.

- ¿Cómo prendisteis lumbre con esa magia? - preguntó boquiabierta.

- No soy mago - la calmé - solo es un encendedor de fuego.

- ¿Me enseñareis a usarlo?

- Por supuesto - accedí alegre.

La lluvia menguó su rumor al finalizar la soga natural y volví a sacar una de las monturas para sacar al viejo del pozo. Le até el cabo libre a la silla de piel curtida mientras que Sondra se encargó de deslizar el otro por el interior de la abertura. Noté su frio pues temblaba bajo la tela empapada, y sus largos cabellos bailaban abrazados por el agua.

- Poneos el lazo alrededor del cuerpo - le indicó Sondra.

Cuando estuvo segura de que el hombre se preparó bien atado a la trenza vegetal, me dio la orden para que el caballo tirara de él. La gruesa liana comenzó a trepar por las piedras sin aristas y aguantó perfectamente el peso del hombrecillo.

Le pedí a mi compañera que me avisara cuando pudiera alcanzarlo y así lo hizo.

Intercambiamos las posiciones, ella a las riendas sujetando el animal mientras yo izaba al enclenque sexagenario de un tirón.

Debilitado por el frio y la falta de alimento cayó de bruces sobre el fangoso suelo. Apoyándose en sus brazos sin apenas energía alzó la cabeza y la vista.

- Os debo la vida - habló sin aliento.

Le desprendí inmediatamente de la enredadera cortándola con el cuchillo.

Sondra guió a nuestro noble caballo al interior de la cabaña y lo ató junto al otro. Ayudé al extraño personaje a levantarse y lo llevé a sentar cerca del fuego.

Amparados bajo el destartalado techo nos acomodamos para desprendernos del lastre de nuestras vestiduras.

Por primera vez pude apreciar la magnífica desnudez de Sondra al reflejo de las llamas. Estaba tiritando pero no se quejaba. Recogí una de las mantas y cuando se sentó en el suelo junto a la fogata, acudí presuroso a atender su destemplado cuerpecito. Agradeció mi gesto y se envolvió hasta las cejas.

- ¿Os encontráis bien? - pregunté al desconocido que permanecía inmóvil y callado en el pavimento de piedras.

- Mis piernas... - balbuceó.

- ¿Podéis moverlas? - me acerqué.

Negó con la testa.

Le quité con cuidado el calzado de piel y el angustioso lastre de los pantalones mojados y araposos, dejando al descubierto sus extremidades dolorosamente inflamadas y moradas.

Sondra desvío la mirada. Yo no entendía cómo había podido sobrevivir a la hipotermia, pero sin pausa, levanté al viejo por las axilas y lo arrimé al candor del fuego. Le quité el resto de la vestidumbre y lo arropé con la otra manta. Después yo hice lo propio, quedándome en cueros y mi joven compañera me invitó a calentarme junto a su piel y compartir abrigo, aunque antes de sentarme, colgué la ropa extendida por las paredes para que se fuera escurriendo el agua y añadí mas madera seca a las brasas.

Un trueno resonó en la distancia y los caballos relincharon nerviosos. El aguacero continuaba su constante trabajo y el sordo sonido al estrellarse en el campo ahogaba el chisporroteo de la madera al quemarse.

El delicado hombrecillo rompió entonces el hielo.

- Mi nombre es Groshaim.

- Cristian... y Sondra - nos presenté.

Apretó mi antebrazo con su huesuda mano en señal de agradecimiento.

Existía algo misterioso en el brillo de su ojos negros.

- Viviréis para contarlo Groshaim - le animé.

Acto seguido embutió la relejosa y nerviosa mano entre las telas de su ropa y rebuscó algún objeto. Al hallarlo nos mostró un medallón de siete vértices y una letra en el centro que colgaba de un cordón negro.

Curiosamente la letra tenía forma de ele mayúscula.

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