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8 min
Colores vivos 11
Suspense |
09.08.19
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Sinopsis

- Tomad éste medallón - me obsequió - Os será útil.

Antes de que pudiera abrir la boca mi sagaz compañera habló.

- ¿ Estais seguro de que esto sirve para algo? - ironizó desconfiada con su tierna voz - A vos no os ha servido de mucho.

El hombre la miró con resignación.

- Te daré un consejo muchacha: nunca subestimes el poder de lo que escapa a tu razón - decretó convencido de sus palabras.

Sondra calló y el viejo aceptó su silenciosa disculpa.

- Ahora colgad de vuestro cuello este talismán - dijo soberanamente - Os hará más falta que a mí en vuestra búsqueda.

Lo dejó caer en mi palma.

- ¿Quién os ha dicho que buscamos algo? - indagó ofendida Sondra entornando sus bellos ojos.

Groshaim sonrió a las llamas de la pequeña fogata que chisporroteaba alegre, sintiendo que su misterio nos atrapaba.

- ¿Qué significado tiene ésta letra? - le intenté sonsacar.

Respondió a la joven Sondra.

- Vuestro protector a traspasado una de las puertas de los siglos y ahora os arrastrará hacia el enigma de los tiempos.

- ¿A qué os referís anciano? -quiso saber desconcertada.

- Lo que quiere encontrar ya le ha encontrado a él - abrió los ojos con la locura cubriendo su semblante y me señaló con el dedo.

No sabía si tomármelo como un cumplido o como una amenaza.

- Dadme un poco de pan - pidió imperativo.

Su tono de voz volvió a la normalidad, como si no hubiera dicho lo que acababa de decir.

Saqué un trozo de la alforja de los víveres y me dispuse a ofrecerselo pero antes le propuse hacer un trueque. Miré el pan con disposición y luego desvié la vista sin moverme hacia él.

- ¿Podéis ser mas concreto?

No habló. Se limitó a emitir una risa fúnebre que fue incrementando y acabó en carcajadas ofreciéndonos el repugnante espectáculo de su amarillenta y desfigurada dentadura.

Demasiados años solo, supuse.

Me dio tiempo a contar las piezas que le faltaban. Sondra me miró y se santiguó creyendo que podía ser algún socio de Satán. Se aferró con ambas manos a la pequeña cruz que pendia alrededor de su tierno cuello.

Paró de reir en seco. Otra vez lo había hecho.

- ¿Eso es un no? - le advertí sin inmutarme.

Arranqué un mordisco al mendrugo y lo observé con paciencia. Mastiqué lentamente.

Movió suavemente su cabeza de derecha a izquierda varias veces con gesto despechado y sin dejar de desear aquel trozo de pan que yo poseía.

- Me habéis salvado de una muerte segura y lo único que puedo ofreceros a cambio es una advertencia sobre los peligros que os acechan si continuais empeñados en llegar a vuestro destino.

Al final le entregué aquel mísero tentempié que comenzó a devorar con apetito.

- Agradecemos vuestra preocupación por nuestras vidas pero partiremos en cuanto deje de llover - zanjó Sondra ante la insistencia de Groshaim.

Buscó complicidad en mis ojos y asentí.

- ¿Pero como sabéis tanto sobre alguien a quién no habéis conocido nunca? - me reiteré.

Tragó el bocado y sonrió con un destello ancestral en sus pupilas.

- Las respuestas a todas vuestras preguntas las obtendréis en el corazón de ese talismán. Sabréis cómo y cuándo dar buen uso de él llegado el momento. Que la ventura camine junto a vos y vuestra noble doncella.

Su respuesta todavía me adentró más en el laberinto de mi ignorancia. Levanté las cejas a Sondra indicándole que lo dejaba por ido y que ahí concluía mi interrogatorio. Uní mi cálida mejilla a la suya para reconfortarla.

Aquel enjuto hombre era una caja de sorpresas y a la vez un callejón sin salida. Pero ya no había marcha atrás en todo aquello. No tenía ni idea de lo que nos íbamos a encontrar en aquel santuario maldito, Golaku Arkas o como se llamase, pero tenía el presentimiento de que no sería la última vez que vería a ese extraño personaje que estaba comiendo de nuestro pan.

La lluvia no amaimaba y decidí preparar un precario lecho para acostarnos y pasar la noche. Luego eché un ojo al color de las piernas del viejo Groshaim, las cuales habían remitido su añil azulado.

Me respaldé arropado en la pared y la joven e impetuosa Sondra se acurrucó entre mis brazos de nuevo. Nos quedamos observando la grácil danza de las llamas, envueltos por la musicalidad del aguacero.

Groshaim hizo lo propio y tomó un rincón seco para dejarse estrechar por los fuertes y brazos de Morfeo. Agotado, a los pocos minutos sus ronquidos así lo reivindicaron. Entonces ella rompió la paz. - ¿Hay algo de certeza en sus palabras? - preguntó directa - Sería de buen grado conocer verdaderamente con quién yazco.

- No sé si sabría explicaros mi pasado, aunque mi vida no ha sido nada extraordinaria - dudé continuar porque no encontraba la forma de dar credibilidad a aquella inconcebible locura - Pero sí existe una diferencia entre nosotros que todavía no os he revelado.

- ¿De qué diferencia habláis? - abrió de par en par sus lindos ojos.

Observé su impaciencia y busqué en mi diccionario la frase adecuada que expresara mi situación, mis origenes.

- Todavía no he nacido - solté intentando que me comprendiera.

Sondra frunció el ceño y luego comenzó a desgranar una risa contagiosa. Me propinó un amistoso codazo en las costillas.

- Sois despiadadamente divertido aunque intentéis burlaros de mi.

- No pretendo. ...

- Vuestro pasado no es de mi incumbencia y respeto vuestro silencio - quiso tildar de serias sus palabras - pero si osais traicionarme os arrepentiréis, os lo juro.

- Me complace que penséis así, amor - bufé de irónico alivio.

- ¡Sois imposible! -exclamó impotente - Dejad de decir sandeces de una vez y abrazadme.

Obedecí con felicidad en el precipicio de mis labios y se la ofrecí.

Acalló mi conducta burlesca con uno de sus interminables, dulces y profundos besos que conseguían hacerme olvidar mi existencilidad. Nos mecimos entre danzas bucales hasta estirarnos entrelazando nuestro deseo en el rocoso pavimento. Poco después quedábamos irremediablemente dormidos a merced de las últimas sombras del dia.

La luz de un despejado amanecer alumbraba las sangrantes paredes de piedra carmesí que nos protegieron durante la lluvia, cuando la voz de Sondra me despertó con una sacudida. Tenía las articulaciones entumecidas por la posición y la humedad de la noche.

- Despertad. Se ha marchado - me informó.

- ¿Quién? - me quejé somnoliento.

- Groshaim, ¿quién si no?

Me incorporé, la miré sin pestañear y ella intuyó la siguiente pregunta que iba a salir de mi boca.

- Faltan la mitad de los víveres, pero los caballos siguen ahí detrás - señaló.

Inmediatamente caí en la cuenta del libro de la Abadía. Pareció que me leía el pensamiento y me indicó con la mirada que se hallaba junto a mí, bajo la manta.

- Ya os avisé que no confiaba en ese anciano - me recordó - Se lleva nuestro sustento y nos paga con un medallón roñoso.

Se quejó con toda la razón.

Noté su peso pender de mi cuello y recordé su palabrería incoherente, pero supuse que algún valor oculto debía tener aquella pieza de museo.

Lo que tampoco comprendía era cómo había logrado marcharse a pie en su estado.

- Dejaremos que pasten los caballos y reanudaremos nuestro viaje - le comenté a mi atractiva compañera abriendo el libro para echar una ojeada al viejo mapa.

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