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10 min
Colores vivos 12
Suspense |
22.08.19
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Sinopsis

Regalo para mi Seren. Por fin Internet de gran cobertura. Dichosa paz soriana jeje.

Nuestro peregrinaje duró casi cuatro semanas. Cuatro semanas que pasaron realmente rápidas para mí.

El talismán que aquel viejo me entregó funcionaba como una brújula. Sorprendentemente, como si de un imán se tratara, sin que mis manos lo tocaran, levitaba y señalaba la puesta del sol cuando nos desviabamos de nuestra interpretada ruta. Al principio nos asustaba aquel pequeño artefacto, pero al comprender que su funcionamiento era inofensivo acabamos por acostumbrarnos.

En cuanto a Sondra, supo asediar y conquistar mi bandera durante el trayecto. Cuando por las noches yacíamos al calor de nuestra intimidad y a la luz de las llamas, parecía que el escenario se transformaba por completo a nuestro alrededor, como si el mundo se redujera hasta los limites de lo que nuestra vista alcanzaba, como si al cobijo de las estrellas, la noche se convirtiera en un amplio salón con alfombra y chimenea. Cada encuentro conllevaba un torrido y apasionado nudo de sensaciones y un no menos placentero desenlace.

Había conseguido hechizarme de tal modo que casi me hizo olvidar mi pasado y la razón de mi descabellada aventura.

Nos dividimos las tareas: yo conseguía atrapar piezas de caza menor y ella las asaba deliciosamente.

Le enseñé a montar a caballo con destreza y le encantó probar la "magia" que producía fuego para calentarnos.

Era espontánea y alegre pero lo que más me seducía de ella era algo que no había descubierto en otras mujeres: su entrega.

Todos los atardeceres nos sentábamos en el suelo al cobijo de las mantas y nos quedábamos en silencio, observando la inmensidad del firmamento adornado de estrellas. Después, la paz nocturna, en su apogeo y con sus diminutos ruidos de los habitantes de las sombras como teloneros de la oscuridad, nos proporcionaba un bienestar que no recordaba desde los tiempos de mi adolescencia.

Sondra me acariciaba pensativa y el perfume de su feminidad, sin aditivos, recargaba de energía mis sentidos.

El lenguaje de nuestros cuerpos hablaba por nosotros en cada roce, en cada mirada, en cada sonrisa. Nuestros lazos sentimentales se hicieron más fuertes a medida que pasaban los días.

Forjábamos una relación instintiva en la que lo único que importaba eramos nosotros tres: ella, yo y el presente.

Atrás dejamos aldeas y poblaciones, algunas levantadas en los llanos y otras edificadas sobre atalayas montañosas, protegidas por muros y pequeños ejércitos personales.

Y después de cabalgar por aquellas tierras desconocidas y salvajes, llegamos. El medallón nos avisó.

Golaku Arkas se divisaba a kilómetros de distancia, elevándose sobre una considerable extensión de bosque, pero a los pies de una gigantesca formación rocosa que asemejaba un acantilado en medio del océano esmeralda.

Había nubes celosamente grises sobre la soberbia construcción, que descendían desde las alturas y se extendían tenebrosas acariciando las cúpulas de las torres más altas.

Por el camino que conducía a esa esperpéntica fortaleza solo podía accederse cruzando el poblado que lo custodiaba desde la falda de su ascenso. A un lado de la formación rocosa, los habitantes de la pequeña cuidad le habían incado el diente, dejando las entrañas de la naturaleza al descubierto. De aquella cantera sacaban la materia prima para levantar un recóndito y diminuto imperio fortificado.

Nos aproximamos a la entrada del recinto lentamente, a lomos de nuestros animales que se habían portado con nobleza. Temía por nosotros aunque lo callaba. No sabía lo que nos encontrariamos allí dentro y ni siquiera si saldríamos con vida. Aunque continuaba armado con el arco y las flechas a los hombros, e incluso el afilado cuchillo oculto y atado a mi pantorrilla, se me hacía un nudo en el estómago mirando a mi bella Sondra, aunque ella siempre esbozaba una sonrisa al viento.

Había algunos campesinos ocupándose del cultivo de los huertos cercanos y creí ver a lo lejos el rectilíneo cauce de un arroyo apropiado para el regadío.

Desmontamos a pocos metros del terreno desforestado que desembocaba a un arco de piedra en cuyos flancos dos torres simétricas se erguian retando a los posibles asaltadores. A continuación la muralla y en la parte superior del arco se hallaba cincelada la figura de un sello con la famosa "L", idéntico a las formas del medallón que colgaba de mi cuello y llevaba a la vista. Palpé el libro. También estaba en su sitio. Sondra se dio cuenta y cogió aire, con la mirada consciente y valiente.

Las altivas puertas permanecían unidas, pero al aproximarnos a pie sonó un golpe seco y un deslizamiento en la madera, forrada de metal y adornada de redondas cabezas de clavos que sobresalían de la superficie.

Al llegar junto a ellas se abrieron pesadamente, accionadas por algún artilugio mecánico. El corazón comenzó a trotar dentro de mi pecho y Sondra se detuvo intimidada y sorprendida.

Una vez se abrieron por completo, cuatro hombres vestidos con trajes de guerrero y lanzas en mano nos dieron el alto.

También colgaba de sus cinturones una espada pequeña que interpreté adecuada para las escaramuzas internas.

- ¡Alto extranjeros! - gritó al viento uno de ellos, hablando en un dialecto parecido y adelantándose unos pasos y apuntandome con su espada.

Me quedé quieto como una estatua. Se fijó en el medallón que pendía de mi cuello y lo levantó con la hoja pulida. Sus cabellos negros y rizados ondeaban a la brisa que atravesaba la distancia que nos dividía.

El sol se ocultaba tras nosotros en el horizonte y su calor dejaba su huella en nuestra espalda, alargando las sombras, anunciando su despedida.

- Mi señor os aguarda. Seguidnos - ordenó con un ademán de sus dedos.

Traspasamos con pausa el arco principal, poniendo nuestra libertad en manos de unos desconocidos, cuyos rostros poco sociables llevaban algunas cicatrices, y sus brazos y piernas desnudos les acreditaban de una buena forma física. El símbolo del medallón también se hallaba plasmado a fuego en el antebrazo de cada uno de ellos, marcados como propiedad del amo y señor de aquellas tierras.

El más bajo se hizo cargo de nuestras monturas recogiendo el testigo de las riendas y se los llevó a las caballerizas, mientras que los otros tres nos indicaron la dirección a tomar. Dos de ellos se pusieron a nuestra retaguardia y el tercero tomó la iniciativa delante de nosotros.

Tragué saliva y cogí la mano entrelazando los dedos de la joven. Las puertas se cerraron de la misma forma que se abrieron y me volví para ver como se esfumaba mi idea de escapar por allí.

La calle adoquinada ascendía y se estrechaba, y algunas personas nos miraban con lástima y humildad sin dejar de realizar tareas a las puertas de sus casas.

- ¡Maldita sabandija! - susurré para que los soldados no me oyeran.

- ¿Cómo es posible? - exclamó Sondra al comprobar lo que estaba mirando.

Una cara conocida con la vista puesta en nuestro paseo guiado me puso más nervioso todavía. Allí sentado, sobre un pedazo de tronco nos sonreía Groshaim. Ninguno de los dos pudo pronunciar su nombre ante el inesperado reencuentro. Inconcebible que llegara antes que nosotros y demasiada coincidencia que acabara en el mismo destino.

Nos guiño un ojo sin dejar de mover los brazos afilando una útil de labranza, dándome una ligera pista de lo que acontecería en breve.

Disimulamos conocerlo y comenzamos a ascender por la empedrada calle.

De repente, un murmullo creciente se avecinaba frente a nosotros. El griterío de mujeres y niños se volvía ensordecedor a medida que, inesperadamente, nos absorvía un enjambre humano. La angosta calle no podía albergar un cauce de tal envergadura y el choque fue inevitable. Los hombres que nos custodiaban intentaron zafarse y parapetarse con sus lanzas pero fue inútil, fueron arrollados. Todo aquel tumulto repentino venía dado por el acoso de una patrulla de la guardia personal que les amenazaba con armas. Nuestra comisión de bienvenida gritó furiosa a la multitud que les embestía.

- ¡Apartaos escoria!

Sondra y yo fuimos engullidos por igual y a la vez notamos que varias manos nos sujetaban y llevaban en volandas. Recibimos algunos codazos y rodillazos e incluso estuve a punto de caer y ser pisoteado. Solo veía parte del cielo grisáceo y un montón de cabezas moviéndose a una velocidad de vértigo. No conseguía verla y grité su nombre pero mi voz quedó ahogada entre el bramido de las personas que me transportaban.

Luego me soltaton en el interior de una de las casas, cayendo bruscamente en el pavimento de tablones mientras que la muchedumbre continuaba calle abajo.

Me quise poner en pie y un instante más tarde Sondra aterrizó sobre mi. La puerta de madera se cerró y alguien la atrancó. Alguien cuya voz reconocimos.

- ¡Apresuraos! - apremió el viejo Groshaim.

Con él había dos mujeres de castaña melena recogida en un moño y vestidas con largas faldas. Nos ayudaron a ponernos en pie y luego, sin pausa, apartaron una cama y levantaron una parte de los tablones del suelo.

Groshaim encendió una lámpara de aceite y se detuvo frente a la boca rectangular y oscura del suelo. Una escalinata labrada en la roca descendía angostamente y un pensamiento me hizo entender que debíamos meternos de cabeza por ese agujero inmundo. Me pareció que tenía mejor pinta que los hombres que nos buscarían fuera. Miré a mi preciosa Sondra. Parecía algo asustada y respiraba nerviosa pero con su entereza siempre a flor de piel.

El hombre de los sesenta inviernos bajó los primeros peldaños con soltura impropia de su edad. Se detuvo y se volvió para que nos dieramos prisa en seguirle. Ella me cogió con fuerza de la mano y tiró de mí.

Pisamos con cuidado las húmedas huellas y cuando nuestras cabezas se perdieron en la oscuridad del túnel, oímos cerrar el acceso con las tablas y correr el lecho a su sitio.

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