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8 min
Colores vivos 14
Suspense |
23.08.19
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Sinopsis

A mi hambrienta Seren. Pero hasta el lunes no hay más.

Al amparo de la negrura que me envolvía me pregunté dónde estaba. Pensé que había muerto y me asaltaron las dudas acerca de mi próximo destino. Fueron momentos angustiosos en los que levitaba sólo en un espacio infinito sin luz.

Entre las sombras escuché los ecos de una voz que poco a poco reconocí, la de Groshaim. Me pareció entender algo sobre un círculo lunar que no se había completado. Luego, los gritos de una mujer reclamando mi presencia interrumpieron y la voz se alejó.

Para cuando recobré el conocimiento, todo mi cuerpo era una balsa de agua. Notaba como sudaba por cada poro de mi piel, tumbado en el frío suelo. Abrí los ojos.

Sondra estaba arrodillada frente a mí y me nombraba para intentar despertarme de mi inconsciencia. Su mano sostenía mi mechero con la pequeña llama iluminando su cara de ángel, preocupada. Supuse que lo había encontrado en el bolsillo de mi gabardina. Me dolía la cabeza.

- Me habéis asustado - recriminó con un suspiro de alivio en su mirar - pensé que os había perdido.

Puso su mano en mi cuello y apretó su mejilla contra la mía.

- Yo también - le confesé palpando el chichón que intuía detrás de mí cráneo. Luego observé mi mano manchada de sangre. Seguramente tenía un buen corte ahí arriba.

- ¿Y el viejo? - recordé.

- No lo sé - musitó.

Me ayudó a incorporarme. Me sentía todavía aturdido, incapaz de ponerme en pie tras el batacazo. Y tal vez algo diferente también. Algo nuevo que desconocía habitaba dentro de mí.

Me apoyé en mi preciosa chica y buscamos el cuerpo de Groshaim con la ayuda de la débil llama del mechero. Tropezamos con una antorcha caída, la prendimos y así conseguimos mayor iluminación. Un poco más adelante hallamos la lámpara rota y vacía. El espeso combustible se esparcía frente a nosotros, desperdiciado.

El bulto de un ser humano que parecía corresponder al druida se nos revelaba al fin. Estaba inerte y panza arriba aunque en su tórax había movimiento y eso me tranquilizó algo. No muy lejos y a sus pies, permanecía cerrado y presuntamente tranquilo el enigmático libro. Intentamos reanimar y despertar al hombre sexagenario con unas palmaditas en su cara pero no logramos sacarlo de su sueño.

Miré de nuevo el pardo tomo. Creí que me hablaban voces del más allá provinientes de su vasto papel. Sondra se percató de mi sugestión.

- No lo toquéis - me pidió agarrando la manga de mi gabardina - Os lo ruego.

El miedo la atravesaba y llegaba hasta mi boca en un estímulo amargo. Pero aquellas voces se repetían siseando mi nombre junto con el de Laitenen. No distinguía si provenían de su compleja comprensión o se trataba de un espejismo de mi mente debido al golpe en mi cabeza. Aunque Sondra lo veía como una auténtica temeridad, aquellas voces decidieron por mí.

Abrí el grueso contenedor de palabras y la visión de aquello que se cocía allí dentro me asombró. Cientos de letras formaban una espiral sin fondo en continuo movimiento en una especie de caldo deslumbrante de un azul celeste inalcanzable, como nuestro cielo. La tinta que constituía las letras se deformaba y volvía a su adecuado formato en un bucle aleatorio pero repetitivo. Como si se hubiera interrumpido algún proceso y estuviera pausado. Parecía como si el aparente objeto de aspecto terrenal perteneciera a otra dimensión.

Sin pestañear comenzaron a salir por mi boca palabras que carecían de un significado intencioso, en el mismo dialecto que escuchamos antes del viejo Groshaim. Los símbolos se adherian a la piel de mi espalda, de mi pecho, de mis brazos y piernas, convirtiéndome en un jeroglífico humano. Los tatuajes quemaban al introducirse en mi ser, pero inmediatamente se callaba su ardor.

Sondra se sobresaltó al ver como el brujo abrió los ojos de golpe y sin moverse, susurraba las mismas frases que yo al mismo tiempo. Se alejó lentamente a gatas unos metros de nosotros. No podía hacer más que de espectadora.

La espiral de energía etérea me había atrapado y su poder se estaba introduciendo en mi mente. En una especie de viaje astral en el que ví a mí mismo paleta y pincel en mano, pintando un cuadro. Terminaba una rosada luna incompleta. Groshaim se acercaba por detrás y derramaba nuevamente un líquido de su cuenco sobre el lienzo inclinado. La viscosa mezcla formaba chorretones que se deslizaban despacio entre los matices de colores, devorando la materia orgánica y transformándola en tiempo dimensionado, pero manteniendo su aspecto inicial.

Una vez concluido el conjuro, el libro se cerró sin que nadie lo tocara, con un sonoro golpe cuyo eco se propagó por toda la caverna dejándonos de nuevo a oscuras.

- El círculo lunar se ha completado - sentenció Groshaim en algún lugar cerca de nosotros. Hubo una inquieta pausa.

- ¿Y eso que significa? - quise saber.

Con un chasquido, Sondra hizo que la triste llama del mechero nos localizara. Temblaba su mano.

- ¡Demonios! - se sorprendió confundido - Una bruja en mis dominios.

Se alzó en posición para un ataque. Intuí su invocación y me interpuse rápidamente. Sondra era inocente. Esta se asustó y retrocedió.

- ¡No Groshaim! - le agarré del brazo - No es brujería si no química.

Mi contacto en él creó un destello blanco y fugaz que lo detuvo. Más bien lo paralizó. Lo dejé como una estatua.

Noté que toda la piel de mi cuerpo quemaba. Abrí la ropa que cubría mi pecho y vi los tatuajes negros que lo cubrían. Las letras del libro se habían incrustado en mi cuero y una tenue fluorescencia anaranjada las envolvía. Mi temperatura corporal había aumentado. El calor quemaba.

Me volví hacia mi preciosa Sondra y la extraña secuencia se repetia. Otra estatua con la llama sin ondear, extrañamente sin movimiento en el mechero que sostenia. No creía lo que mis ojos captaban. El conjuro de aquel libro me había otorgado un extraño poder. Un poder inconcebible que detenía el tiempo. No sabía si era debido a una casualidad del destino o a una premeditación de aquel antiguo y viejo druida, y mi duda más grande, que hacer con ello.

Rocé su joven rostro imperturbable con mis dedos y lo deformé ligeramente. O sea que podía modificar también el espacio. Interesante. Palpé mi cabeza por detrás, buscando la zona donde me había golpeado. Cosa extraña, ya no me dolía.

Regresé a por Groshaim que se asemejaba a un personaje perteneciente a un belén viviente y posé otra vez mi mano en su antebrazo. Lo conecté y tomó vida de nuevo. Sondra lo secundó. La sensación de quemazón desapareció. Estaba aprendiendo a controlar mi inesperado don. El viejo me miró indagando en mi interior y percibió lo que acababa de ocurrir.

- La profecía ha obrado ¿cierto? - exibió su dentadura horrenda con una satisfactoria sonrisa.

No entendía sus palabras pero si su contexto. Dirigió sus ojos a mi desnudo pecho. El ámbar de las letras ya no estaba.

- Posee la llave - admitió con misterio en la voz. Sabía que había sucedido, aunque yo todavía no asimilada la magnitud de todo aquello.

Sondra me abrazó con el temor amenazando cada músculo de su frágil ser. La diminuta llama que ostentaba, creaba una atmósfera extraña y enigmatica, pero Groshaim le puso remedio. Otro par de palmadas encendieron las cuatro antorchas que nos sacaron a los tres de la perenne oscuridad.

- Ya no es necesaria vuestra lumbre, joven Sondra - le indicó.

Obedeció y dió descanso al mechero y a sus doloridos dedos calientes. Buscó cobijo en mis brazos.

- Soís un brujo - le dijo ella con voz temblorosa tras mucho rato sin intervenir.

Le sacó una risotada.

- Sólo soy un pobre viejo, muchaha - admitió con un brillo de sugestión en sus ojos.

Cierto, un pobre viejo, pero con una sabiduría fuera de lo común.

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