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9 min
Colores vivos 15
Suspense |
26.08.19
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Sinopsis

- Ahora ya perteneceis a la estirpe de los Laitenen - me concretó Groshaim con un brillo místico en sus pupilas.

- ¿Y eso es bueno o malo? - quise saber algo inquieto.

- Todo dependerá del color de vuestra alma - dijo vehemente - y del uso que deis a la llave que os ha sido concedida.

- ¿Quién sois en realidad? - le pregunté.

- Él es el Maestro Laitenen - acusó Sondra con descaro.

El viejo rió complacido por su deducción, otorgándole la razón. Mi chica recordo la lectura del libro en que un tal G. Laitenen tenía el poder del conocimiento. Relacionó la inicial con su nombre y le desenmascaró. A mí se me había pasado por alto una pista tan obvia.

- Mi hermano Tauron es quien gobierna éste pueblo de esclavos - cambia de tema el duida con tono triste - y quien se atreve a entrar cruzando el escudo que escolta su puerta, jamás logra escapar de sus altos muros.

- ¿Y los campesinos que vimos en los campos? - indagué.

- Son gentes que trabajan a cambio de que no ejecuten a sus hijos, a los que mantiene encerrados en las mazmorras de ésta fortaleza. Mientras los mantenga con vida sus padres no huirán.

Un buen elemento el tal Tauron, pensé. Y observando su gesto roto de melancolía traté de adivinar el resto de su historia.

- Vos Groshaim, erais quien gobernaba y vuestro hermano os robó en trono.

- Más bien trató de asesinarme. Su envidia y sed de poder le llevó a traicionar a su propio hermano.

El fuego de las antorchas avivó su memoria. Pude ver la rabia reflejada en su expresión.

- Compró a mi guarda personal y le ordenó que me quitara la vida en mi lecho, mientras dormía - hizo una pausa - Conseguí simular mi muerte y con la ayuda de mi consejero, escapé. Desgraciadamente al amanecer, Tauron ejecutó a mi hombre de confianza. Mi pueblo me acogió y escondió con la esperanza de que un día pudiera liberar a sus congéneres. Golaku Arkas pasó a ser un pueblo maldito y mi hermano menor se hizo con el Cetro de Salem.

- ¿El Cetro de Salem? - saltó Sondra - He leído algo sobre ese artilugio proviniente del infierno.

- Entre otros encantamientos contiene el conocimiento de las sagradas artes que une los colores vivos para plasmarlos en un lienzo, aunque nunca ha sabido sacar provecho a su verdadera esencia.

- El lienzo que me trajo hasta vuestra presencia - susurré.

- Fué obra suya aunque fallida - continuó mi frase - Por ello necesito que me ayudéis a recuperar el Cetro. Si descubre su oculto poder...

- No será muy agradable - supuse.

- ¿Y porqué vos no lo podéis hacer? - insinuó mi compañera - También poseeis artes extraordinarias.

- Pero carezco de la llave que detiene el tiempo. Vuestro caballero extranjero es quien la tiene ahora. Es el elegido - le responde alterado - Es el momento propicio para actuar.

Sondra seguía desconfiando.

- ¿Y si nos estáis mintiendo? ¿Quién nos puede asegurar que cuando recupereis el Cetro no nos mataréis? - se calienta.

Reconocía que razón no le faltaba. Me estaba dejando llevar por las circunstancias y caminaba a ciegas. Ella ponía un punto de cordura en todo aquello.

- Creo que vuestra nobleza no dejará que la esclavitud triunfe ¿cierto? - atajó altivo el viejo mirándome fijamente.

Parecia conocerme más de lo que podía imaginar. Tardé unos instantes de callada reflexión en dar mi veredicto. Pensé en mi madre. Quizás la historia recordara mi nombre en algún libro. O quizás fuera mejor el anonimato. Pero no podía detener aquel poder que me daba alas y alentaba mi corazón.

- Sólo si vos no resultais finalmente también otro tirano. ¿Cómo tenéis pensado que me ocupe del Cetro de Salem?

Triplicó su sonrisa. Sondra elevó su barbilla y cerró los ojos con una plegaria en sus angelicales labios.

- Antes dejadme daros unos consejos para que sepáis como controlar el poder de la llave - dijo con voz ronca.

Groshaim recogió el pardo tomo del suelo y lo añadió a una estantería natural de piedra, junto con otros volúmenes hermanos, que por su aspecto, curiosamente se conservaban a salvo de la humedad adyacente.

Poco después ascendimos con mucha precaución por la escalinata rocosa que no tenia barandilla alguna que velara por la integridad humana, con miedo a un posible resbalón. Groshaim comandaba el avance, antocha en mano.

En el rellano superior, otra puerta, pero de forja, nos separaba de un pasillo con recodo. La misma llave que pendía de su cuello sirvió para abrirla y después volverla a atrancar.

El silencio conducía nuestros pasos, roto por el taconeo de mi calzado, el más ruidoso de los tres. Había corriente de aire. La notaba en mi cara. Sondra apretaba mi mano con fuerza y la exprimió aún más al oír unos gritos y sollozos lejanos que yo también identifiqué humanos, y también murmuros y sonidos de pisadas aproximándose.

Supuse que el estallido anterior que había producido el libro debió escucharse en alguna parte de la superficie y alertar a los guardianes que bajaron por el túnel que comunica con la fortaleza.

Nos detuvimos. Tres siluetas grises aparecieron amenazantes en el fondo del tenue corredor. Reflejos de muerte los franqueaban. El hombretón del centro y también el de aspecto mas fiero, levantó su afilada y plateada espada señalándonos, retándonos. Comenzó a caminar hacia nosotros con paso seguro. Los otros dos seguían su estela. Descubiertos, estábamos atrapados. Tenía que realizar mi cometido.

Instintivamente solté la mano de Sondra que gritó mi nombre cuando me vió comenzar a correr hacia ellos. "Brutus" tenía sed de sangre y bramó preparando su golpe al alzar su acero. El mensaje me llegó alto y claro, no obstante no aminoré mi marcha y apreté los puños al aproximarme a mi supuesto verdugo.

Tocarle antes de que me tocara él a mi conllevaba un riesgo muy grande para mi salud pero no tenía otra manera de activar la llave. Abrió sus piernas para asentar su cuerpo y equilibrarlo. Justo lo que esperaba, así que calculé el momento adecuado y tan solo a dos metros de aquella máquina de matar me deslicé de culo por el resbaladizo suelo con las piernas estiradas, como si se tratara de un tobogán horizontal para pasarlas justo por debajo suyo, mientras la espada cortaba el aire con saña buscando mi cuerpo.

Conseguí tocar sus tobillos y me agarré a ellos con mis manos y unos centímetros antes la hoja de detuvo, afortunadamente sin alcanzar su víctima, o sea, cortarme en dos.

La llave funcionaba otra vez y mi piel relucia bajo la gabardina. Resoplé, aunque me quemara por dentro. De repente me entró hambre. Imaginé que se debía al gasto de energía.

Me escabullí de las garras de mi enemigo y me puse en pie. Me sacudí la ropa de suciedades entre las tres estatuas humanas. Estaba echo un asco, pero tocaba jugar a mi juego con aquellos hombres.

Mi primera idea fue deshacerme de ellos por la vía rápida. Sería lo más rápido y fácil, pero recordé las palabras del viejo Groshaim y decidí no jugar a ser Dios.

Me quité la ropa dejando mi tronco y mis brazos al descubierto para que los haces dorados de mi piel me sirvieran de iluminación. La até alrededor de mis caderas y aparté a uno de ellos que me obstaculizaba el paso. No pesaba nada. Aprendí que en aquel estado no existía apenas la Fuerza de la Gravedad.

Continué en solitario el recorrido del pasadizo. Los rayos fluorescentes de las desconocidas letras iluminaban el oscuro túnel de manera progresiva. Tras girar la curva, puede otear al final de éste una luz. Cuando llegué hasta ella, una estrecha abertura en la pared daba a otra ancha caverna con una larga reja de hierro, albergaba en su interior una cincuentena de niños y jóvenes de ambos sexos, petrificados, algunos agarrados a los gruesos barrotes, con sus pequeños brazos estirados pidiendo alimento a los dos guardias que custodiaban la gran sala de la mazmorra.

Era el turno de poner fin al sufrimiento de aquellas inocentes criaturas. Me metí por el angosto agujero, pillé la llave de la celda a uno de los centinelas y tras abrir la puerta saqué de dos en dos a todos los pequeños y pequeñas de allí dentro, los amontoné con cuidado fuera. Trabajo fácil, ya que no requeria esfuerzo. Luego dejé en pelotas a los guardianes y los lancé al interior de la gran jaula. Fui en busca de los otros tres, puse a buen recaudo sus armas y también corrieron la misma suerte.

Cerré la robusta puerta y trabé el cerrojo con la antigua llave. La guardé en mi bolsillo. Me vestí de nuevo. No quería espantar a los niños con mi visión medio en cueros y tatuado hasta el cogote. Bastante susto iban a llevarse al saberse libres tan de repente.

Los pies de "Brutus" asomaban entre los barrotes enclavados en la piedra inferior. Agarré sus tobillos con mis manos de nuevo y mi piel se apagó.

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