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8 min
Colores vivos 16
Suspense |
26.08.19
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Sinopsis

El hombretón se incorporó como un resorte, simulando un cadáver de la morgue espoleado por el rigor mortis. Hincó la frente en el hierro de la reja.

Me sobresaltó. No me lo esperaba y me aparté hacia atrás de un brinco. Soltó un bramido de toro que hizo gritar a los menores en mi retaguardia. Un efecto dominó.

Me giré agachado y les pedí calma siseando y con un ademán de mis manos. Por suerte me prestaron atención obedeciendo, aunque no sabia por cuanto tiempo aquella multitud de ojos desorbitados se mantendrían quietos y allí arrinconados.

- Os he liberado - les informé - pero si queréis salir con vida de aquí debéis guardar silencio y mantener la calma.

Intenté ser lo más convincente. Los hombres de Tauron se levantaron y se abalanzaron a las fornidas rejas, acusando en sus rostros la complicada e inesperada situación en la que se encontraban.

- ¡Maldito hijo de una ramera! - dijo "Brutus" sacudiendo sus brazos sujetos a los barrotes - ¡Os arrancaré la cabeza con mis propias manos!

Sondra y Groshaim entraron en escena a través del boquete. El viejo se detuvo con la humeante antorcha y su semblante se iluminó unos instantes. Luego se encaminó hacia los más pequeños para cuidar que el desconcertado rebaño no empezara a segregarse.

Mi preciosa chica corrió hasta donde me hallaba y me regaló un generoso beso acompañado de un estrecho abrazo. Mi premio favorito.

- ¿Porqué no habéis despachado a los guardias de una vez por todas? - me preguntó al separar sus rosados pétalos.

Groshaim contestó por mí.

- Su decisión ha sido sabia, joven Sondra.

Regresamos todos a la sala de los encantamientos. El druida interpretó que tenía que poner a salvo a los hijos de sus vasallos y les dijo que los llevaría al un lugar seguro antes de poder ver la luz del sol, ya que teníamos que encargarnos primero de Tauron.

Los chicos obedecieron con la esperanza y la silenciosa alegría en sus sucias caritas.

Dejamos a los carceleros en su cárcel, forcejeando, vociferando y lanzándonos maldiciones.

Una vez todos ellos en la sala de los conjuros y antes de cerrar la puerta de forja les advirtió que no tocaran nada de lo que había ahí dentro o de lo contrario no podrían salir nunca. Lo dijo sin duda para que no se metieran en lios, aunque les prometió que volvería a sacarlos.

Hicimos caso omiso a los juramentos de "Brutus" y sus amigos cuando volvimos a pasearnos delante de ellos y tomar la interminable escalinata que conducía al edificio fortificado, en busca de la reliquia. Groshaim al frente como de costumbre, linterna de llamas en mano. Yo empuñé la afilada espada de mi derrotado adversario.

Después de subir casi trescientos peldaños en espiral tenía las piernas doloridas y el estómago seguía avisandome de que estaba hueco. En todo nuestro recorrido turístico por el interior de la montaña no habíamos encontrado ni un mísero mendrugo de pan que meternos en la boca. Acusaba el gasto energético de la llave del tiempo. Sondra me observaba. Notaba mi flaqueza.

- ¿Os encontráis bien? - preguntó preocupada.

- Sí. Es solo que tengo apetito - quise tranquilizarla.

Dimos a un rellano cuyas secas paredes de piedra ya construidas por el hombre, nos anunciaba la salida al llegar junto a una solitaria puerta de madera decorada con gruesas cabezas de clavos.

Menos mal que estaba Groshaim y su llave maestra para abrirnos camino.

- Al otro lado queda la sala de las armas - nos advirtió en voz baja - espero que los guardias no lo estén vigilando.

Espaldas contra la pared. Crucé los dedos. Sondra besó el crucifijo cordado a su cuello.

El sexagenario entreabrió la puerta despacio y sin ruido. No se escuchaba nada. Sacó la cabeza sin apenas cabellos y entró en la sala. Nos hizo un ademán para que le siguiéramos despacio y en silencio. Escudos, lanzas, espadas y algún martillo de púas abarrotaban dos paredes de la armería. Una pequeña mesa con dos banquetas reposaban en el rincón. Un cuenco con un par de manzanas y un vaso de madera lleno de lo que a priori parecía vino, captaron mi atención.

Sigilosamente me acerqué al mini banquete para darle cuenta. De pronto se abrió la otra puerta y un soldado me sorprendió con las manos en la masa, o en la manzana mejor dicho. Estaba claro que no me iban a dejar comer tranquilo.

El hombre de casco entachuelado, armado con lanza, entróla delante de si y dirigióla contra mí persona. Fintále una, dos veces. ¡Pardiez! ¡Qué tan grande interés en muerte darme tiene!

Con aquella larga lanza no podía tocarlo para activar la llave. Agarré la manzana con la zurda y le pegué un mordisco sin quitar ojo al insistente soldado. Sondra dió unos pasos atrás para evitar el radio de acción del enfrentamiento. Mastiqué y tragué.

En el tercer intento del soldado asesté un golpe de espada al mástil de su lanza que la partió y detuve su trayecto en busca de mi cuello. Segundo mordisco. Y segundo soldado que entró en tromba. Groshaim se encargó de él. De la palma de su mano le bufó unos polvos a traición, pues le esperaba tras la puerta. El hombre pegó un berrido y se llevó las manos a los ojos. Debía ser una especie similar a los sprays para la defensa personal de mi época. Entonces Sondra saltó sobre el desorientado soldado empuñando una de las espadas con ambas manos y empleó todas sus fuerzas en asestarle un revés en su abdomen a lo Navratilova que me dejó sin palabras. Cayó al suelo herido de muerte.

El segundo bocado se me hacía una pelota que no podía tragar y eché mano al vaso de vino, justo cuando mi preciosa compañera distrajo a mi contrincante con su ataque . Bebí un sorbo y desbloqueé la garganta. Sabroso. En el segundo empine del codo vacié el tosco vaso. Pila recargada. Vaso volando por los aires. Me sentía como Popeye tras engullir su lata de espinacas, y parecía intuir lo que a continuación iba a pasar.

Simulando una cámara lenta, el soldado se giró de nuevo hacia mí. Yo inicié un volteo de mi cuerpo imitando a Sondra pero empuñando mi afilada espada con una sola mano. Él probando de batear mi tronco. Trescientos sesenta grados sesgando el aire, cogiendo aceleración, calculando la trayectoria de aproximación, hasta cercenar su cabeza limpiamente. Noté el leve golpeo de la rota lanza en mi costado, mientras veía su cara mareada orbitar lentamente hasta besar el suelo.

Un sonoro campanazo del casco anunció la una. Su cuerpo doblose por las rodillas y como un fardo, postrose a mis pies, escupiendo sangre. Manchó mis botines y me resultó bastante desagradable. Esperaba no tener que repetirlo.

Sondra me miró y dejó caer su espada, apesadumbrada. Jamás había quitado una vida antes de ese modo tan deshumano. Entendía su pesar, pero eran ellos o nosotros. Y se lo dije para calmar su espíritu.

Groshaim escudriñó fuera la llegada de más soldados. No halló rastro de ellos y nos indicó que lo siguiéramos. Obedecimos sin entretenernos en otro beso y cerramos la puerta tras nosotros.

Nos llevó de puntillas, ocultándonos entre las sombras de los muros de piedra y sorteando la vigilancia de los guardas. Dimos con los aposentos de Tauron.

Escuchamos en la lejanía una voz de alarma, debido presuntamente a que habían encontrado los cuerpos sin vida de los dos hombres en la armería.

- ¿De cuántos soldados dispone ésta fortaleza? - le susurré preocupado.

- Mejor no lo queráis saber - contestó el druida a mi estúpida pregunta.

Ya no nos quedaba demasiado tiempo para...

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