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10 min
Colores vivos 5
Suspense |
04.08.19
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Sinopsis

A mi impaciente y preciosa Seren

- Tened cuidado por los caminos- dijo Rental cubriendo y preparando el lomo de una de las monturas.

Ya me previno con antelación y me escondió un buen asistente de viaje con hoja de acero bien afilada.

Me había puesto mis gastados tejanos, mi larga gabardina y llevaba los pies enfundados en los botines de tacón y piel de vaca. Parecía más un personaje del viejo oeste que de la antigua Europa. Jansen se mofaba de mi atuendo y a su madre se le escapaba una disimulada risita. Nos había preparado comida para tres días y dos mantas enrrolladas en un mismo petate.

Las primeras luces del alba se reflejaban en las altas copas de los árboles inundando de colorido nuestros ojos.

- Las montañas se ven claras- observó Rental- no creo que la lluvia os acompañe. Si solo os deteneis para comer llegaréis antes de que anochezca.

Solía acertar.

Calculé que estábamos al final de la estación estival según transmitía la vegetación.

Subimos a la grupa de los caballos e Ivana se acercó a su hijo para despedirse de él con un beso en la mejilla. Luego se dirigió a mí.

- Cuidad bien de él - suplicó.

- Sabéis que lo haré.

Con un golpe en las costillas del caballo Inicié la marcha.

Rental levantó su mano y ambos le devolvimos el saludo.

-.Hasta pronto hijo - gritó con su voz de cazalla.

El bosque nos brindó su benévola sombra mientras trotábamos por el curso de los senderos que para mí eran totalmente nuevos. Jansen ejercía de guía, puesto que en otras ocasiones ya había realizado aquel itinerario con su padre.

Cuando el sol estaba en lo más alto desmontamos y comimos dejando pastar y beber a los caballos cerca de un arroyo. Tenía los mofletes traseros cuadrados pero no podía quejarme delante de mi joven amigo. Me recosté sobre la fresca hierba al canto de las cigarras. Casi podía escuchar como crecían las verdes y tiernas hojas que acariciaban la tierra a mi alrededor.

Poco duró el descanso porque Jansen se levantó de su asiento en una roca y me sugirió que debíamos continuar.

Desde el poblado de Günter se lograba divisar los muros de la ostentosa construcción religiosa que recibía ese mismo nombre.

Por el camino que conducía hasta la cima del desnudo montículo donde se alzaba la Abadía, mi templado compañero me obsequió con información sobre sus moradores. Eran gentes extrañas aunque también generosos con su pueblo. Los aldeanos intercambiaban alimentos y utensilios con los monjes que rendían pleitesía y sus conocimientos al Señor de esas tierras.

La bruma acompanaba las últimas luces del atardecer. Se avecinaban las sombras nocturnas cuando nos acercamos al soberbio pórtico. Desmontamos y golpeamos varias veces las robustas puertas de madera maciza. Tras unos instantes de espera alguien abrió una diminuta ventanilla y dos luceros se asomaron.

- ¿Quienes sois? - habló una voz impetuosa.

- Somos peregrinos - mentí - viajamos en busca de sabiduría para alimentar nuestras mentes y nuestras almas en nombre del Señor.

- Vos no parecéis un peregrino -objetó viendo mi aspecto.

- Es extranjero pero me salvó de morir ahogado en el rio - habló Jansen.

El hombre nos observó dubitativo y cerró la mirilla. Sus pasos se alejaron de las puertas y luego volvieron. Oí deslizar los enormes cerrojos que impedían la apertura para darnos paso.

Jansen me guiño el ojo.

En el gran patio interior no se detectaba movimiento. El monje que nos atendió iba acompañado de otro todavía menos simpático.

- Dejad vuestras cabalgaduras en el cobertizo y seguidnos.

La sala de recepción me pareció extremadamente grande. Nos hicieron esperar sentados en un banco de piedra labrada, bajo unas ponderosas vigas adornadas con cinceladuras florales. Lámparas de aceite lucían su llama bailona colgadas y enfrentadas asimetricamente de las paredes.

Una de las altas puertas fue abierta por el mismo monje que nos había dirigido hasta allí y dejó paso al Abad, que en lugar de caminar parecía que se deslizaba.

- Bien aventurados seáis, hermanos - su saludo atravesó la recortada perilla canosa que poseía.

Parecía un personaje cultivado en sabiduría.

- Bendito seáis vos y vuestros hermanos. Agradecemos de corazón vuestra amabilidad al recibirnos y que podáis acogernos esta noche en vuestra Abadía - contesté levantándome- Mi nombre es Cristian y éste mi joven compañero Jansen.

- Soy Franz Ovegh, regidor de ésta modesta casa de Dios.

Ambos agachamos las cabezas en señal de sumisión y respeto.

- ¿Qué noble causa os trae hasta nuestra humilde morada? - preguntó sin rodeos.

- Pues en realidad - traté de explicarme - vamos tras la estela de la vida y obra de un artista de la pintura.

- ¿ Un artista decís? - inquirió con curiosidad peinandose la perilla con la mano - ¿A quién os referís?

Me encomendé a los santos y solté lastre.

- A un hombre llamado Laitenen.

Su expresión cambió radicalmente. Parecía haber puesto el dedo en la llaga pero de inmediato su semblante tomó otro aire, como si no supiera de quién le estaba hablando.

- ¿ Y concretamente a que se debe vuestro interés por ese nombre? - habló con voz melosa.

- Mi padre y maestro en ese arte - mentí - me instó a realizar la promesa en su lecho de muerte de hallar el paradero de un antiguo libro, cuyo contenido es de un valor excepcional del conocimiento y aprendizaje para el dominio artístico de la pintura. Desgraciadamente desconozco el título y por este motivo investigo en las instituciones del conocimiento.

- Extraña aventura la vuestra - comentó entrelazando los dedos de ambas manos - De todas formas, el hermano Swaneen podría serviros de ayuda como índice der consulta en nuestra pequeña biblioteca...mañana - terminó con una sonrisa.

- Gracias por vuestra hospitalidad prior - se adelantó Jansen que hasta entonces había permanecido callado.

Las bolsas de los ojos del Abad se agrandaron al entornar los párpados.

- Si me lo permitís, debo retirarme, pero no sin antes ofreceros alimento y reposo para vos y vuestro joven amigo - concluyó con una forzada sonrisa.

- Vuestra cortesía es magna - respondí - esperamos no ser una molestia para vos y el resto de hermanos que habitan ésta noble Abadía.

Asintió y al salir de la recepción dió instrucciones a su ayudante de cámara para que fuéramos debidamente atendidos.

Seguimos a nuestro guía a través de un largo pasillo hasta la cocina cuyo ambiente rústico a leña se respiraba nada más entrar.

Se componía de un horno para cocer pan, tres chimeneas para hervir agua en marmitas y una gran cuna de piedra con carbón para asar carnes. Al lado opuesto, dos puertas y unas estantería les servían para almacenar los víveres.

Tomamos asiento en dos taburetes de los seis vacios alrededor de una de las mesas, donde preparaban y cortaban los alimentos.

Un monje encapuchado removía el fondo de una marmita sobre el fuego casi extinguido, de espaldas a nosotros.

El hombre que nos acompañaba se despidió.

- Todos los hermanos ya hemos cenado y ahora elevaremos nuestra plegaria nocturna al Santísimo antes del descanso. Mañana debemos levantarnos al alba para continuar nuestras labores - se explicó.

- Lo comprendo - indiqué con mis cejas.

- Os dejo en manos de nuestro ayudante de cocina. Él os indicará después donde podréis descansar - su coronilla rsplandecía a la lumbre de una antorcha.

- Que Dios bendiga vuestro descanso - quise parecer cortés.

Dió media vuelta y desapareció.

El cocinero vertió el humeante estofado de verduras en dos cuencos de madera y añadió sendas cucharas artesanales. Los sirvió en la mesa con cuidado.

- Buenas noches - saludó su voz desconcertantemente femenina.

Aquel timbre me hizo levantar la mirada hacia sus ojos. Eran muy bellos y de un profundo azul. Escondidos a la sombra de su pardo hábito monástico, los labios de color cereza sobresalían con pudor.

- Buenas noches - contestó Jansen con alegría.

Él también había percibido el pequeño matiz y me propinó un ligero codazo para hacerme reaccionar y no parecer un estúpido al quedarme sin habla.

- Gracias... - balbuceé - ...por la cena - y señalé la mesa.

Una sonrisa sincera se prestó tierna en sus labios y me hizo estremecer.

- Soy Cris, y me acompaña mi buen amigo Jansen - dije casi de carrerilla.

- Es un placer poder hablar con personas del exterior - dijo susurrando - no solemos tener visitas en la Abadía. ¿A qué se debe vuestra ventura?

Sus ojos brillaban ansiosos y Jansen leyó entre líneas que aquella misteriosa dama podía ser una buena aliada.

- Buscamos un libro - dijo directo al grano.

El olor a comida caliente se cirnió sobre mi nariz y me distrajo un segundo, abriéndome el apetito.

- Comed por favor, estaréis hambrientos - invitó descubriendo su oscura y enmarañada melena a la vez que se sentaba frente a nosotros.

Jansen le hizo caso y comenzó a degustar el guiso. Yo sólo probé una cucharada. Nunca había soportado quemarme la lengua, y ese no era el momento para dejar de hacerlo.

- Me llamo Sondra - se presentó por fin.

- Un placer conocerla Sondra - logré decir resoplando.

Su blanca y joven tez contrastaba con el azabache de sus cabellos. Absorta en observarme, apoyaba una palma en su mentón, descargando el peso de su cabeza e introduciendo lascivamente el meñique entre sus labios.

- ¿ Y qué libro deseáis encontrar? - preguntó pícara.

- Uno de arte y pintura - espetó mi impetuoso compañero en voz baja.

- Impresionante - admitió la chica - ¿Os ha dado el Abad su permiso para investigar en la biblioteca?

- Así es - respondí seguro de mi triunfo.

- ¿Y también para entrar en su secreta sala de lectura? - se mofó ladina bajando el tono.

Aquella novedosa noticia me dejó sin habla. Vaya vaya con los dichosos clérigos, siempre tan escurridizos ellos.

- Pero vos sí sabéis dónde está y como llegar ¿verdad? - adivinó Jansen cuchicheando.

Sondra asistió cerrando los párpados satisfecha. Me lo veía venir y no tuve más remedio que negociar.

- De acuerdo - le dije con remilgo - ¿qué queréis a cambio?

Amplió su encantadora sonrisa. Así era imposible negociar con aquel demonio con cara de ángel. Seguro saldría perdiendo.

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