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8 min
Colores vivos 7
Suspense |
06.08.19
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  • 173
Sinopsis

Sondra cerró el libro de inmediato y se lo guardó entre sus telas

- ¡Corred! - alertó dando un salto y encarando la salida en el suelo.

Se deslizó con agilidad en el negro agujero y una vez abajo Jansen le entregó el candelabro sin perder tiempo y saltó sin miedo, mientras la puerta de la habitación comenzaba a girar sobre sus ejes. Moví la vela con rapidez e involuntariamente la apagué quedándome en compañía de la penumbra. Se me escapó una maldición y entonces sonó la voz del Abad Franz.

- ¿Quién va? - advirtió solemne.

Me arrodillé ante el borde del orificio y orientado por la escasa llama que iluminaba el túnel, me escurrí sin pensarlo dos veces.

Recuerdo la cara de asombro e ira de nuestro anfitrión al cruzar nuestra última mirada, antes de ser engullido por las entrañas de la tierra y colocar la reja en su sitio a toda prisa por encima de mi cabeza.

- ¡Dios Santo! - exclamó.

El eco de su voz angustiada se propagó también por el túnel.

Los otros dos ya se habian adentrado en la cavidad y tuve que correr con la barbilla a la altura del ombligo para darles caza. Miré atrás un momento pero no me seguía nadie.

Imaginé que el Abad volvería a salir de la cámara y daría la voz de alarma a su séquito de hermanos para que nos alcanzaran.

- Más aprisa - apremié al contactar con Jansen - Sacadnos de éste agujero.

- ¿Llegásteis a pie o a caballo? -preguntó ella azorada.

- A caballo - contestó el menor del grupo.

- Por aquí - indicó girando en un cruce.

La escasa visibilidad ayudó a que algunas aristas del escarpado subsuelo dejaran señales en mi cuero cabelludo y en mis manos. El desagradable aroma a pocilga ya no me afectaba el estómago llegados a otro sendero de heces.

Conforme huíamos, el techo se unía más al suelo, complicando que solo usaramos las piernas para desplazarnos. Tuvimos que gatear un buen tramo. Al sentir aquella viscosidad en mis manos pensé que aquel plan de fuga se había convertido en una mierda de plan. Y olía a excrementos equinos.

Deduje entonces que nos aproximábamos al cobertizo donde atamos nuestros caballos.

Gritos lejanos nos empujaron a acelerar la marcha. Los monjes iban declarando sus intenciones que precisamente no eran agradables. Un par de ratas se cruzaron en nuestro forzoso reptar. Parecían más asustadas que nosotros emitiendo agudos sonidos. Las esquivabamos casi a oscuras, rogando que un golpe de aire no nos dejara totalmente ciegos.

- Estamos cruzando el patio - informó nuestra valiente guía.

Pude comprobarlo al recibir poco después la luz de la luna en pleno rostro, a través de una alcantarilla. Unos metros más adelante Sondra detuvo el convoy subterráneo.

- Creo que estamos cerca del cobertizo - informó con cansancio en su voz - Voy a intentar abrir ésta forja.

Hizo dos intentos sin fruto sacudiendo los hierros.

- No puedo - desistió - está atascada.

- Dejadme sitio - pedí.

Pasé por encima de Jansen que no se quejó al pisarle sin querer. La joven se retiró a un lado y acoplé la espalda bajo la retícula de redondo metal. Tan solo había un metro de alto allí abajo pero empujé con todas mis fuerzas desgañitándome. Uno, dos embites. Fracaso, y el rumor de los monjes se intensificaba.

La cena pujaba por asomar por mi boca. Había que darle la vuelta a la tortilla y probé una nueva táctica.

Me tumbé al suelo panza arriba.

- ¿Qué hacéis? - soltó acalorada Sondra sin entender mi postura.

A punto estuve de hacerle una propuesta indecente pero no era momento para gastar bromas.

- Si la cabeza no sirve... - contesté.

Impulsé mis piernas directas a la reja y la golpeé con saña. A la tercera cedió por fin la maldita con un trueno al voltear y chocar contra el empedrado pavimento.

- ...los pies servirán - terminé la frase con salpicaduras de sucio orin por todo la cara.

Estaba hecho un asco por todos lados y con la empapada gabardina lastrándome, me dispuse a incorporarme, aunque la intempestiva joven me lo impidió apoyando su pie en mi pecho.

- Las damas primero - anunció sonriendo y acercando sus labios a los míos para regalarme un beso raudo pero con sentimiento.

Me supo a gloria a pesar del cuadro escatológico que nos rodeaba.

Mi sorpresa fué doble cuando posó todo el peso de su cuerpo sobre el mío para impulsarse y salir de la cloaca después de sacarme un quejido, lo que divirtió a Jansen e hizo que soltara una risotada.

- Las mujeres siempre traen problemas Cris - se encogió de hombros.

Le otorgué el beneficio de la duda.

Lejanos reflejos de antorchas nos inyectaron energía extra.

- Ya llegan - increpó Jansen.

Me ayudó a incorporarme y ambos emergimos de aquel negro pozo maloliente. Volvimos a colocar la reja en su sitio y sobre ella un pesado macetero que había cerca. Eso los mantendría allí abajo un buen rato y nos permitiría ganar las puertas de acceso a nuestra libertad para poner tierra por medio.

Realmente olíamos a muerto. Hasta me pareció ver que la luna nos negaba su esplendor dándonos la espalda.

Al alejarnos y coger las riendas de los caballos resonaron truenos y maldiciones bajo nuestros pies. Los enfurecidos monjes pujnaban por mover el enorme tiesto de piedra sin conseguirlo.

- No sé montar - se quejó Sondra.

Me encaramé agil a mi montura y le ofrecí mi mano al mismo tiempo que con la otra mantenía el control del animal.

- Un trato es un trato - sonreí escupiendo despojos.

Enlazamos los antebrazos y estiré de ella que se acopló a mi retaguardia abrazandome con tensión.

- Sobre todo no os soltéis - avisé.

Jansen inició la fuga al galope y nosotros le postergamos en dirección a los acallados y solemnes portones. A la misma vez, dos hombres uniformados de alcoba, hacían volar sus claros atuendos bajo las sombras de los muros, motivadamente alertados por el revuelo ocasionado y en nuestra misma dirección con la intención de impedirnos escapar.

Consiguieron llegar antes a las puertas y se interpusieron ante nosotros, desafiantes.

- ¡Apartaos! - grité a la carrera.

No se inmutaron y alzaron los brazos, barrando el paso. Jansen frenó en seco su montura justo delante de los hombres y lo encabritó haciendo voltear las patas delanteras por encima de sus cabezas.

Ambos individuos se zafaron e intentaron agarrar al muchacho por los flancos, pero antes de que pudiera llegar hasta él para socorrerle, giró el caballo e hizo que éste soltara una tremenda coz en pecho y estómago a uno de ellos, dejándolo fuera de combate tras volar y aterrizar lejos de nosotros. Al otro lo arrollé gustosamente con la bravura de mi corcel.

- ¿Estáis bien Jansen?

- Si - contestó desmontando a toda mecha.

Al igual que yo, vió como una manada de religiosos nos acechaba por la retaguardia en estampida, rompiendo la paz de la Abadía con sus gargantas y blandiendo herramientas de labranza en sus manos.

Con los dos hombres abatidos, Jansen no tardó en retirar la balda y abrir la pesada puerta que nos cortaba la huida. Me hice con las riendas de su nerviosa cabalgadura mientras trataba de controlar la mia y se las pasé a mi ayudante para que volviera a montar.

El furor de los monjes se oía cada vez más cerca, corrían sin tregua en una cacería humana.

Espoleamos los caballos al unísono y atravesamos por fin las negras puertas con el tesoro en nuestro poder.

La húmeda oscuridad de la noche nos esperaba con los brazos de par en par, únicamente rota por el reflejo de la luna, alumbrando el sendero que descendía colina abajo.

Nuestros perseguidores nos lanzaron palos, hazadas y demás enseres de cultivo sin que su puntería fuera certera y el ruido de toda la artillería fue acallada por el sonido de los cascos.

Sondra ataba fuertemente sus brazos alrededor de mi cuerpo, apoyándo su cabeza en mi espalda. Se quedaban sin la cocinera.

Delante galopaba Jansen. No volví la vista atrás hasta unos instantes más tarde. Vi sus estáticas siluetas observándonos con impotencia. Grité de júbilo aún percibiendo mi desagradable olor a muerto, pero afortunadamente estaba vivo y bien acompañado por cierto.

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