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5 min
¿Cómo no celebrar un día así?
Drama |
25.02.19
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Sinopsis

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Todo se junta en un momento como este, desde el ambiente cargado que se respira –fruto de la cantidad de gente arracimada en una habitación sin ventilación, con las ventanas trancadas, apenas iluminada por la tenue luz de las bombillas de una antigua lámpara, adornada con los finos hilos de las telas de araña, y un par de cirios apoyados sobre las mesillas-, hasta el espectáculo que ofrece la multitud aquí reunida, toda ella ataviada con oscuras vestiduras, con caras alargadas intentando mostrar la tristeza que muchos no sienten, incluso en algunos casos humedecidas por las esporádicas lágrimas que por ellas resbalan, todo ello acompañado por los continuos susurros y el sonido de sus narices al sonar unos mocos que ni siquiera existen. Aquí, en medio de este círculo de engañosa tristeza, está Eugenia, sentada frente a su marido –elegante como siempre, con su traje azul marino de tres piezas, camisa blanca, corbata negra y unos lustrosos zapatos de charol-, recostado con su mejor cara en este ataúd de madera de cedro, forrado de las más finas telas de seda –para algo han estado pagando toda la vida el seguro de los muertos-, con la mirada baja y un pañuelo entre las manos, ignorando los pésames y los golpecitos en el hombro que no paran ni por un instante, mientras ella, sumida en sus pensamientos, hace inventario de los recuerdos de toda una vida; más de cincuenta años junto a Jacinto da para muchos, unos mejores, otros peores.


Recordaba lo bien parecido que era de joven y como la cortejaba allí donde estuviera, con la labia que tenía –era eso la que le había conquistado, sin duda- y lo buen negociante que era, la habilidad que profesaba para regatear y para sacarle una perra a cualquier cosa; es lo que había visto en su casa y lo había aprendido desde joven, cuando con una vieja Lambretta de segunda mano se andaba los pueblos de la comarca comprando y vendiendo de todo, desde garbanzos a sardinas saladas, pasando por lana o simientes para la siembra. Si, era un negociante; eso lo hacía bien, lo único, porque -¡hay que ver!- cuando cerró el trato con Ceferino para recogerle las lentejas, sí, el trato fue bueno, pero, como “no lo había hecho nunca”, el trabajo duro, el de escarrancharse entre los surcos para recoger las lentejas a mano, le toco a ella, todo. Lo mismo pasó cuando empezaron a intermediar con las cebollas: Jacinto conducía el camión, pero cargar aquellos sacos de cincuenta kilos hasta que se salieran por los bordes de las barandillas, preñada de siete meses como estaba, eso lo hacía ella, porque a él “le dolía la espalda” ¡¿Te lo puedes creer?!

Sí, seguramente también tenía algunos recuerdos buenos, pero en estos momentos, quizá porque se le grabaron a fuego, eran esos, los malos, los que le venían a la memoria, como cuando le negaba unas alpargatas nuevas –aunque a él siempre lo tenía como un dandi-, porque, según decía, para trabajar, aquellas le valían, a pesar de que el dedo gordo ya hacía tiempo había asomado a coger aire por encima de la lona. O cuando se negaba a llevarla a bailar, porque allí “sólo hay mirones y sobajeos gratuitos”, mientras él, día sí, día también, llegaba a la casa con un punto de tontería, después de disfrutar de unos pocos chatos de vino en compañía de sus amigos y, quien sabe, de sobajear a alguna fresca en esas posadas de pueblo en las que paraba. Así toda la vida, trabajando, no de sol a sol, no, sino desde mucho antes de que saliera, hasta mucho después de que se pusiera, porque era ella la que trabajaba; él negociaba, controlaba, alternaba,…, cualquier cosa que no conllevara doblar el espinazo, como quien contrata jornaleros, pero con la ventaja de que esta ni salario tenía. Tanto era así que, si en alguna ocasión a Eugenia se le ocurría preguntar ¿Cómo había salido tal negocio o cuánto habían ganado con cual venta? la respuesta siempre era la misma: “¡Qué te importa a ti! Tú a trabajar, que es lo que tienes que hacer”. Así, controlándole el dinero como si ella no tuviera derecho, como si sus hijos no tuvieran que vestir y comer, era como la tenía enyugada, sometida, esclavizada.

Suerte tuvo cuando hace ya algunos años se jubiló gracias al doctor Sánchez-Varo que sabía de su situación y consiguió tramitarle, debido a los graves problemas de huesos que tiene, una pensión que le permite disponer de algún dinero, suyo, por primera vez en la vida.

Eso, ese poco dinero, es lo que le da la independencia suficiente para sentirse persona e ilusionarse con pequeños detalles que nunca, en su larga vida, ha tenido. Ahora entre y sale, sola, y hasta le gustaría subir en avión.

Con esas evocaciones, malas en su mayoría, embotándole la cabeza y alguna ilusión mezclándose entre ellas, se levantó de la silla con un respingo y acercándose a Jacinto le espetó:

- ¡Pero pijo! ¿Por qué puñetas no te has muerto antes?

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