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11 min
Complejo de Lámina
Amor |
30.09.13
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Sinopsis

Suele llevar unas medias negras con unos zapatos marrones de talón alto y cordones y la cara roja como un tómate, incluso durante la cuarta semana como secretaria de servidor. Siempre falda de ejecutiva, y nunca bufandas ni abalorios ni colgantes elegantemente grotescos de los que llegan hasta el ombligo y se compran en tenderetes en plena calle de camino a donde sea. Siempre sus sueters en distintos tonos de blanco sucio o gris o beich. Un par de veces una especie de camiseta ajustada y blanca, con motas grises y marrones por los hombros como de haber estado entrando en las torres gemelas para ayudar a los bomberos. Su cara suave, pequeña, a veces unas gafas de montura roja minúsculas, su pelo claro y liso hasta los hombros, ojos grises proyectando una especie de aura de cría de orfanato. Su trasero, todos se giran para mirar su trasero. Pies pequeños. Metro sesenta y pico (calculo). Y lo que mi jefe de ciento cincuenta kilos llama: “recién salida del horno”. O a veces: “ternerita”. O a veces, cuando va con prisa o ha tenido una conversación demasiado larga por teléfono, “bollycao”.
Mi trabajo es tan “de engranaje”, sistemático y gris que la sola idea de hablar de él hace que quiera suicidarme al pensar que dedico ocho, diez o hasta doce horas de cada día a él. Entré en la empresa más o menos cuando tenía la apariencia de juventud de mi secretaria. Entré ilusionado, creo que porque en mi fuero interno sólo lo consideraba mi primer trabajo, algo eventual hasta poder hacer otra cosa (aunque nunca supe el qué). Echo la culpa al sistema educativo, a los profesores, a mis padres, a mi educación en general, a Pretecnotimes, al mundo, a veces incluso a Dios. A cualquiera excepto a mí. Lo peor es que creo que no siempre estoy equivocado al hacerlo.

A veces sonríe, pero creo que es un rollo de inercia, de intento de humanidad. Intento ser extremadamente amable con ella, cuidadoso, no quiero ser su superior, no quiero que piense en jerarquías ni fechas límite (aunque las haya), ni que aun estando su mesa en mi despacho crea que eso es para tenerla más a la vista (aunque la idea empresarial sea esa). No quiero que me vea como alguien mucho mayor que ella (aunque lo sea). No quiero que mal piense ni me malinterprete ni crea que me esfuerzo demasiado para que se sienta cómoda. No quiero que sospeche que soy todo pose.
Es sencillo aun en toda su complejidad. No fue durante los primeros días; pero en la segunda semana noté un pinchazo en el estómago cuando se le cayó la cartera al suelo y se acuclillo para recogerla.

Poco después del día del pinchazo acudo a un profesional. Le digo que no puedo evitar sentir lo que siento. Él se muestra paciente conmigo, esa actitud reposada lo suficientemente estudiada como para no parecer estudiada que me saca de quicio. Me dice que no puede ser. Me dice: las circunstancias. Hay algo más desagradable que estar enamorado y no saber si vas a ser correspondido, y ese algo es saber que tal y como son las cosas la única opción es dejar libre a la persona amada. Si la quieres, déjala… todo ese cuento. Antes de los tiempos de Pretecnotimes había quien lo llamaba cobardía. Ahora, No Dar el Paso es a veces la única opción. No atreverse, No decir nada, Dejar que las cosas sigan su curso Todo eso me dice dando muchos rodeos ese tipo, el psicólogo, con la foto de sus tres hijos en el escritorio. Soluciones para la vida moderna, se supone que él me puede ayudar. Ha estudiado para eso. Se supone que él es una persona equilibrada porque conoce los parámetros a seguir, ha etiquetado los modos de comportamiento y tiene calada a la humanidad. Y yo asiento y rompo a llorar, porque esto es como no creer en Dios y al morir darte cuenta de que vas a ir de cabeza al infierno.
Me dice que ya ha tratado a otras personas como yo, y que ni tan siquiera hacen falta pastillas. Solo unos meses, que el tiempo haga su trabajo, todo eso. Dice -siempre dando muchos rodeos- que puede que lo único que necesite es salir más, entretenerme. No puedo creerlo. La sesión me cuesta un ojo de la cara y es como si estuviera hablando con mi madre. Años de carrera y lo que me dice es que de momento lo que toca es joderse.
Pasas por la vida como una especie de víctima de tu propia agenda. Te topas con alguien por la calle, le comentas con una sonrisa forzada que sí, que estás hasta arriba de trabajo, que el fin de semana tienes un cumpleaños y una comida de ex alumnos a la que no supiste decir no, que también tienes que ir a comer a casa de tus padres, que no tienes ni una sola tarde libre, que estás hasta arriba y cada noche caes rendido para dormir tus seis horas y volver a empezar; y entonces tu colega o conocido o lo que sea, te suelta: ¿Pues qué bien, no?…

Todo va bien porque no hay ningún centímetro de mi vida que no esté sujeto a horas fijas, alarmas de reloj y llamadas. Siempre que el horario cambia es por las horas extras. Alguien viene, te da un toquecito en el hombro un rato antes de irte a tu casa, y te dice que tienes que quedarte un par de horas más (que luego pueden ser tres, cuatro…). Puede que usen un tono de sugerencia. Esa impostada amabilidad de los de Personal está extendida también entre cualquier superior. Cuando me ascendieron a jefecillo y me pusieron una secretaria me sentí como una puta.
Un compañero lo llama Putas Dignas. El empleado medio que se deja la piel aun sabiendo ya que el trabajo duro no te garantiza nada más que una buena productividad para la empresa mientras no te echen. Si estás en una oficina siempre hay en tu vida una depresión potencial, si estás en un almacén es una hernia discal (y quizá también la depresión). Lo que mi psicólogo cree es que estoy proyectando toda mi frustración en esa secretaria. Cree que lo único que estoy haciendo es huir sin moverme del sitio, porque en realidad lo que me pasa no es que esté enamorado, sino que mi vida me da asco, y del mismo modo que algunas parejas intentan desmarcarse del tedio teniendo un hijo -aunque luego el tedio siga ahí y lo acabe pagando el hijo-, yo quiero creer que la secretaria me gusta, por más dañina que sea la idea. Ella, al parecer, es mi poster de Hawai gigante en la pared. Pero no, lo que sucede es que, al igual que un trabajador en un almacén puede ganarse una depresión y una hernia, yo ahora tengo mi depresión vital y mi enamoramiento irracional (el clásico de toda la vida).
Un día me vi buscando información sobre cuánto esperan aquellos que tienen que operarse por el susodicho problema de espalda, quería saber si también es cuestión de meses como -según el comecocos- mi cuelgue secretarial. Luego descubrí que hay hernias inoperables, y me entró el terror ante la idea de si habrá también enchochamientos eternos…

Durante mi sesión número tropecientos con el psicólogo, seguimos jugando al tenis emocional. Yo digo Por qué y el dice Porque no. Luego yo digo Por qué no, y él se va por las ramas hablando de sus hijos y de lo bien que me vendría vivir en un ambiente más colorido (de verdad, usa esa palabra), comenta que si tuviera un par de críos a los que cuidar quizá viera la vida de otra manera. Luego añade que no me está diciendo que tenga que tener hijos, pero hay otros modos de hacer que tu vida no sea solo gris. Etcétera. La ropa no me llega al cuerpo. Aún no he oído por boca de este tío nada que no puedas leer en una revista en la sala de espera del dentista. Nunca habla de mi secretaria si puede evitarlo; es un tema tan tabú que creo que en los telediarios se habla más sobre las estadísticas de suicidio.
Mis primeros días con Ella fueron agradables. Pero no hasta el punto de que la situación se convirtiera en una pesadilla. Ella iba de mi mesa a la suya y comentaba asuntos corrientes y aburridos del trabajo. A veces preguntaba algo, siempre con el rubor en la cara. Su cara está ocupando toda la zona activa de mi cerebro mientras Comecocos me vuelve a decir que soy un caso claro de Complejo de Lámina. Ella de camino a mi mesa, ella volviendo a su mesa. Sonrisa, su pelo suelto, su piel perfecta. Y otra vez tengo que oír el discurso sobre Pretecnotimes y el Nuevo Mundo. Menos nóminas y toda la pesca. Tiene la boca pequeña, pecas en la nariz, un lunar en su mano izquierda. Mi niña. Y el Comecocos dale con que me centre, con que no estoy con él, estoy vete a saber dónde, cada vez más perdido. Me vuelve a hablar sobre políticas de empresa, me susurra vehementemente que yo ya debería saber de qué va, que soy trabajador de Pretecnotimes y que aunque no esté en el departamento de Avance Científico tengo la suficiente capacidad para volver a la vida real y dejar de mirar el gran poster de Hawai de la pared. También tiene esa fragilidad en sus movimientos, ese perfume femenino en todo lo que toca, en cada gesto, cuando teclea en su ordenador, cuando ordena sus papeles. Mi amor. No soy como ella, me dice el tipo, no lo soy. Me vuelve recordar el caso del japonés que acabó solo, loco y suicidado por culpa de este rollo, pero que yo soy más inteligente que eso, tengo que serlo, solo es una fase; me dice que puedo tomármelo como un romance pasajero de verano, pero que debo avanzar, dejar atrás mi problema. No debo convertirlo en un drama, o aún peor, en el sentido de mi vida. Sus cejas, su frente amplia y curva y tan besable, su facilidad para escuchar. Ella no te escucha, dice el Comecocos (debo haber pensado en voz alta). Y raja otra vez sobre cómo un par de cerebritos crearon Láminas Natural. Esos tíos se están forrando con esa empresa, ¿es que no lees los diarios? No puedo concentrarme con tanta palabrería, me quedo ambivalente y mirando a este tío al que pago, relleno de huesos y vísceras y con estudios avanzados. Otra vez me dice que cómo puedo creer que ella va a notar mi controlado comportamiento. No puedo hacer que sienta lo mismo que yo, y aunque la tocara sólo estaría tocando lo que esos tíos de Lámina Natural están vendiendo a Pretecnotimes. Ella puede imitarte, dice, pero nada más, no se va a casa cada día a dormir la mona. Es un diseño, un diseño, me repite. Su ropa cada día distinta, a veces se recoge el pelo, está tan guapa con el cuello a la vista. La preparan cada día, me dice el tipo, cada día, cada día, es sólo una forma de hacer que tú veas algo distinto y anti-rutina. Sabes que lo sabes, me dice, no eres como ese tío japonés, he visto a muchos como tú, en cuanto menos te lo pienses andarás detrás de una chica que sí tenga sexo al levantarle la falda. Una lágrima baja hasta mi barbilla. Cuando la veas ante su ordenador, sólo tienes que darte cuenta de que no es más que una máquina moderna manejando otra más antigua. ¿Sigues conmigo?

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