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4 min
Confabulación
Varios |
07.11.07
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Sinopsis

Me despierto. Descolocado. Miro el reloj y en un minuto tengo que levantarme. En el sueño cenaba en un restaurante, con una chica que me recordaba a mi ex. El local parecía estar en la última planta de un rascacielos. Estábamos justo al lado de un ventanal que daba a una ciudad enorme, iluminada. La chica, con el pelo casi blanco de tan rubio y la cara casi transparente de tan blanca, no me transmitía nada con la mirada. En la mesa había dos platos y palitos de pan rancio para picar. En el resto de mesas todo el mundo cenaba, pero ningún camarero venía a atendernos. Miré a mi alrededor, algo acongojado por mi compañía. De golpe, las luces de la ciudad comenzaron a apagarse, como en una ola de oscuridad que venía hacia nosotros. Hasta que nuestro edificio también quedó en penumbra. Estábamos de repente a oscuras, pero nadie reaccionó de manera alguna. Continuaba oyendo el ruido de los cubiertos, el mismo murmullo apagado de restaurante de cinco tenedores. Y la chica albina, seria, tiznada de una luz roja de emergencia, comenzó a mirarme a los ojos. Susurró algo, y yo no la escuché bien. ¿Perdona? Y la chica volvió a susurrar. Seguía sin oírla. Así, una y otra vez, hasta resultar desesperante. Ella cogió su bolso, sacó un papel y un bolígrafo. Escribió algo, pero, al darme el papel, éste estaba en blanco. La miré, hice que no con la cabeza. Resopló. Volvió a susurrar. No has escrito nada y sigo sin entenderte, le iba diciendo yo todo el tiempo. Un camarero vino a atendernos por fin, y nos sonrió como si no estuviéramos todos a oscuras y todo fuera según lo previsto. ¿Qué va a querer, caballero? Yo miré a la chica y dije: pide tú antes, aún no lo he decidido. ¿Cómo?, reaccionó el camarero. Miré a la chica, al camarero, nuevamente a la chica. Y ésta volvió a susurrar, sin yo oírla. Si quiere, vuelvo en un par de minutos, dijo el hombre, visiblemente intranquilo. Me concentré en la chica, mientras el tipo desaparecía en la oscuridad, y le dije, ya mosqueado: Si no hablas más alto, no me entero de nada. Ella se levantó de su silla, apoyó las manos en la mesa, me escrutó fijamente, y justo antes de que me despertara, dijo: ¡Que estoy muerta, gilipollas!

Mi estado de humor de treintañero, hoy, hasta que llegue la hora de salir del trabajo, puede estar condicionado por el hecho de que se me ha acabado el café en casa. Me rio cada vez que la gente habla de los pequeños detalles que te alegran la vida, sin tener en cuenta los pequeños detalles que te la joden; y que suelen ganar por goleada. Salgo de casa y el sol pone en evidencia mi nihilismo, mientras me extraño de recordar aún con tanta claridad el sueño que he tenido. Tengo que dejar de leer a Ellis una temporada, añade un componente demasiado palpable a mi subconsciente. Me ascendieron y me dieron despacho propio, y desde entonces no dejo de tener pesadillas, o la sensación de que mucho de lo que me pasa ya lo he vivido; como si ya hubiera agotado mi cupo de sorpresas. Me desvanezco en lugares públicos como si fuera un anciano con insolación, pero mi médico me ha dicho que sólo tengo que controlar mis niveles de azúcar. Como si fuera un anciano sin más.

Entro en un bar en busca de café. Los pequeños detalles, si quieres llamarlo así. Dependo del café, de la nicotina, de mi reloj, de que me quieran. Me siento en un taburete en la barra, y la camarera me recuerda a la chica de mi sueño, aunque ésta sonríe y me saluda. Café solo, le digo, intentando suavizar mi semblant
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