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4 min
Confusión por un amor del ayer
Amor |
08.11.19
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Sinopsis

Código Safe Creative: #1702172……

Vertía trazos y colores en la tela con la mirada fija a los rostros, cuando un agradable aroma a tierra mojada antes de la lluvia, me hizo recordar la vez que seduje a Natasha de posar para un boceto de retrato. Estábamos en los prados de un parque a orillas de un canal de aguas dulces. Pero ahora las figuras y los rostros se suceden en una vertiginosa secuencia que se interponen, que se deforman y vuelven imprecisos los recuerdos de una tarde ya lejana, errante, evasiva. Sin embargo, creo evocarla con esos ojos azules que por días condujeron mi vida hacia un destino incierto. Han pasado tantos soles y tantas lunas.

A este día lo cubren ahora nubes borrascosas y amenaza la lluvia. Ha empezado a llover y me refugio en un bar con la idea de tomarme un trago de ron. Nadie me reconoce. Si apenas soy un viejo y doliente pintor sin un pasado célebre, que con dificultad puede rememorar dementes historias que parecieran no tener sentido. Sorbo la primera copa con desespero, exhalando un deleite ya olvidado, ya perdido. Pero ese “petricor”, ese olor a tierra mojada, me conduce a un punto muerto de mí mismo ya desdibujado por el tiempo.

Y siempre Natasha ante mis ojos. La miraba y miraba su cara dulce teñida del blanco lirio con su pelo negro de rizos desordenados. Miraba sus ojos azules nadando en aguas de un oleaje cautivo con su cuello blanquecino perdido dentro de la blusa blanca acordonada por un cintillo de colores. Y yo diciéndole «recuéstate al árbol, desbrocha la blusa e inclínate un poco como derramando tus senos hacia mí». Y Natasha tan crédula, tan inocente que hasta pensaba que era una modelo y yo con esos deseos de pincelarla al desnudo.

Ahora sedimento mis pesares y enciendo un cigarrillo para escuchar el murmullo del aguacero que se cuela dentro del salón del bar. Sorbo otro trago envuelto en las bocanadas del humo. Vuelve Natasha y la percibo en instantes no tan ingenua. Si hasta tiene avidez por desnudarse y yo acobardado trazando rasgos y ella sonriendo como un haz de luna azul, al momento que suelta las trenzas de la blusa. Era tan joven, tan bonita con esas piernas largas bien proporcionadas que apenas cubrían su minifalda plisada. Empino otro par de tragos y me ausento del bar queriendo vivir.

La lluvia amaina. Yo tan nostálgico y con pesadumbres en el alma, salgo a la calle mirando la riada de aguas sucias que corren hacia los alcantarillados. La cabeza me da vueltas como una bolsa de plástico destrozada, dando giros entre las aguas mugrientas que la impulsan en el revuelo de un río de lluvia que corre calle abajo. Me doy cuenta que Natasha se escapa como el destilar de las últimas goteras que caen de los tejados. La busco porque soy masoquista y la encuentro en los más íntimos recuerdos. La tengo, pero de nuevo se disuelve como las bocanadas que humea el cigarrillo. La lluvia se espanta y se va y Natasha la acompaña en su fuga.

Ahora estoy confundido y no puedo saber a ciencia cierta si era Natasha o Anastasia. Esta bastarda memoria que me falla cuando más la necesito. Pronto la miro que camina a mi lado, pero ahora es Anastasia. Ella también de ojos azules, cuyos pezones se impulsan tras la blusa mojada por la lluvia, que le mantiene a buen resguardo la firmeza de unos senos que reconozco. Vuelve a llover y estoy cansado. La cabeza me da vuelta por el aguardiente. Los recuerdos se apenan por los desvaríos. Me refugio a la vera de un techado ajeno, entretenido con las gotas que cual estalactitas cristalinas caen a rabiar sobre la acera. Me veo en el espejo de lo que será mi vida y miro a un anciano casi ebrio, echado sobre una calzada bajo el manto de una marquesina y que se nota muy apesadumbrado por confusiones en la silueta de un amoroso pasado.

 

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El seudónimo es por un anuncio en internet de Viillanueva del Segura en Murcia. Nací en Caracas-Venezuela de profesión ingeniero proyectista y mi nombre es Gilbert Bounichelli. Lector compulsivo de novelas porque desde niño el abuelo y mi madre fueron mentores de las primeras lecturas. Con apenas 9 años el abuelo me impuso el castigo de leer La Montaña Mágica y casi que no podía con el peso del libro. Sólo utilizo la palabra escrita para comunicar realidades e imaginarios que deambulan por mi mente, sin pretender algo más. El intento de escribir es reciente desde abril del 2.015 que entré en Tusrelatos.com. Espero la colaboración de todos para no quedar en el intento

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