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4 min
Constructores de mundos
Fantasía |
31.08.17
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Sinopsis

Se sentó tras un largo y tedioso día de trabajo sin que nadie en la oficina le preguntase cómo estaba, o si tenía alguna indisposición después de haber faltado durante toda la pasada semana. Al parecer su ausencia no despertó el más mínimo interés en sus compañeros, pero no le quitaba el sueño. Su mente tenía otras cosas de las que preocuparse, más si caía en cuenta que el haber faltado casi lleva a la perdición todo su enorme proyecto. ¿Cómo iba a sentarle eso a su jefe? Nuevo, de baja, y para colmo, la caga con su primer gran encargo. No podía permitirse fallar, por lo que centró todas sus habilidades en ser el trabajador más producente de toda la compañía. Un Constructor respetado, aunque influenciado por las teorías locas de los antiguos, no pasaba por ser el favorito de muchos, por lo que era preferible guardar siempre las distancias. Y ahora se iba sumando todo lo demás.

Grandioso. Sin más.

Y durante muchos meses le fue bien, salvó la honra y logró enormes resultados en la nueva creación proyectada, sobre todo tras el fiasco anterior del que nadie se dio cuenta. Él, entre muchos otros, era una nueva estrella en prominente ascenso hacia un cosmos que necesitaba de personas así. 

Cuando se sentaba cada mañana frente al tablero y arrojaba los dados, pensaba que estaba haciendo algo bueno, pese a dejárselo a la suerte, para sus adentros trabajaba por un bien mayor. Sus colegas creían eso, su jefe lo pensaba; todos ellos tenían esa misma impresión. Pero él a medida que transcurrían los siglos, empezaba a figurarse que el haber sido nombrado juez, jurado y ejecutor, le fue otorgando unos poderes que no hacían factible su labor. Si bien ante sus ojos se disponían en línea infinidad de posibilidades, le costaba una barbaridad tener que elegir una de ellas. Y en ese momento entraban los dados, cuando él no era capaz de decidir por sí mismo, éstos eran la sentencia de dicha indecisión. Y como él, todos los demás que se apiñaban en aquella minúscula, pero a la vez amplia oficina del cuarto piso, a mano derecha entre el tercer y cuarto desvío, en la esquina más alejada del universo, al final de la cuarta dimensión. Allí donde esos sueños carentes del menor sentido lógico cruzaban la adversidad matemática, con la realidad imprecisa de un futuro sin redactar.

Las líneas no fluían de sus dedos como antes, pues cuando debía de escribir las historias de esos nuevos personajes, se atascaba en los que quedaron por el camino. Durante horas miraba el tablero, el papel y el reloj distante del final de un pasillo infinito. Los demás deslizaban las plumas por sus millones de hojas, y otros tantos números de historias cobrarían vida después de haber sido dictadas en el tablero. Pero su mano permanecía inmóvil, como si le frenase una fuerza superior a él. Y no era posible, él era la fuerza superior a sí mismo.

Algunos gritos de alabanzas llegaban desde otras plantas, pero estaban demasiado lejos para distinguir algo más que simples ruidos y gorgoteos ilógicos de mentes inquietas. Por su parte, él, intentó devastar algo más que un simple bosque, pero la incapacidad de creación también afectaba a sus funciones motoras.

De todos modos, tampoco iba a conseguir nada esa semana.

Decidió dejarlo e irse, un descanso haría aflorar su interés por el proyecto y conseguiría cruzar la línea que le estaba separando del éxito. Si lo había tenido tan cerca por aquel entonces, volvería a ver de nuevo sus ojos frente a los suyos. Aunque tuviera que forzar, hasta casi doblar, el destino de millones. Lo conseguiría, porque de otro modo se vería abocado al más triste fracaso.

Mientras tanto, la pequeña mota azul, continuaba rotando a su estrella en el tablero de juego, esperando que la formación final no diese al traste con las aspiraciones que su Constructor había depositado allí.

Y rasgado en el papel una palabra extraña, algo alejado del vocabulario que imaginó para ellos: humanos.

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