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7 min
Conversaciones en una esquina del asilo
Varios |
22.04.17
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Sinopsis

John se pasaba varias horas diarias en el gimnasio. Tomaba varios tipos de proteínas. Lo que más le importaba era ganar masa muscular, pensaba que no necesitaba otra cosa en la vida. Compró varios libros para saber cuál era la mejor manera de lograr musculatura. Creía que logrando marcar abdominales y bíceps enamoraría a alguna chica. Se creía poco interesante e incapaz de encandilar a una mujer mediante la comunicación o por la vía de los sentimientos. Por ello comenzó con su tabla de ejercicios diarios y se gastó un montón de dinero en pastillas y polvos que ayudaban a desarrollar los músculos.

Al año, había logrado desarrollarse espectacularmente con gran trabajo. Se pasaba tantas horas en el gimnasio que dejó de lado sus estudios y todo lo que no fuera estar encerrado en esas cuatro paredes, por lo que perdió a gran parte de sus amistades. A los cinco años de empezar, estaba tan fuerte que compitió en pruebas de culturistas, quedando en muy mal lugar, de los últimos, por lo que decidió redoblar sus esfuerzos en el gimnasio.

Pasaban los años, y los pocos amigos que le quedaban y aquellos que había perdido, iban sentando la cabeza y casándose. John no comprendía como enamoraban a alguien con el deplorable estado de forma en el que se encontraban algunos. No cabía en su cabeza que se pudiera enamorar a alguien más allá de su aspecto físico.

Pudo ganarse la vida como culturista, una vez se hizo tan grande que para cruzar puertas se tenía que poner de lado y ganó varios concursos. Pero seguía solo, mientras sus conocidos tenían hijos, que a cada año que pasaba, se hacían más grandes, al igual que el bíceps y el tríceps de John. Sus amigos solían bromear, diciendo que sus bíceps eran sus dos hijos gemelos. A John al principio le hacía gracia, pero con el paso de los años y la falta de amor en su vida, hizo que se preocupara de verdad y esos chistes no le gustaban. Se acabó enfadando con sus amigos, por ese tipo de bromas, y se quedó más solo aun.

A  los cuarenta años, ganó varios premios importantes entre los culturistas, lo cual le alejó un poco de la mente sus miedos a quedarse solo.

Un día, mientras andaba por la calle, oyó a dos chicas hablando entre ellas sobre él, por lo que agudizó el oído:

-¿Has visto a ese de adelante?

-Sí. Qué asco. Demasiado grande, tanto músculo… Seguro que no tiene cabeza ni nada, que es un bruto.

-Seguro.

John llegó a su casa muy deprimido. ¿Acaso la gente lo veía como un monstruo y por eso estaba solo? Era buena persona, o eso pensaba él de sí mismo. La gente le juzgaba por su aspecto físico. Les criticó mentalmente hasta que se dio cuenta de que él hacía lo mismo con la gente en baja forma. Entró en una depresión difícil de salir sin el cariño y amor de alguien. John dejó el culturismo y se encerró en casa, sin buscar nada más que la soledad. Pasó el tiempo y los músculos se le fueron cayendo y las oportunidades para encontrar a alguien se fueron agotando. No sabía hablar con las mujeres, no sabía qué hacer para enamorar a alguna. Por ello, perdió todas las ocasiones en las que pudo haber logrado algo.

A los sesenta y cinco años, John se metió voluntariamente a un asilo. Le quedaba dinero suficiente como para costeárselo y, a pesar de poder valerse por sí mismo aun, ya no se sentía con fuerzas para cuidarse.

Los que le atendían eran muy buenos y hacían su trabajo diligentemente, pero les faltaba el cariño que él necesitaba. John se sentía un poco fuera de lugar, pues era el interno más joven de todos. Se sentaba solo en las comidas, y en la sala común, se quedaba viendo la televisión en el sofá, mientras los demás jugaban a cartas y socializaban.

Un día, se sentó una mujer al lado suyo en la cena. Tendría cinco años más que él sólo. Se presentó como Carmen. Hablaron un poco y John se sintió bien; era agradable utilizar las cuerdas vocales para hablar con alguien que no fuera él mismo. Carmen le contó un poco su vida y le explicó que era viuda desde hacía un par de años. John le dio el pésame de una manera un poco torpe. Al haberle hablado sobre su vida, John se sintió un poco obligado a contarle algo sobre él. Al principio lo hizo a regañadientes pero luego se empezó a liberar y notó como se quitaba muchas cargas de encima. Le vino tan bien hablar, que se lo dijo a Carmen y ella le propuso ponerse en una esquina de la sala común solos, para poder hablar de lo que quisieran en libertad. Así lo hicieron, y desde entonces casi todos los días se ponían en su esquina a conocerse mejor. Esto era algo que nunca había hecho John, conocer a alguien en profundidad. Entonces se dio cuenta del error de su vida, había creído que tenía que trabajar su cuerpo para encontrar a alguien y, en realidad lo que tenía que haber trabajado era la comunicación, aprender a abrirse, no a todo el mundo, sólo a las personas adecuadas. Por lo menos lo había aprendido, tarde sí, pero no lo demasiado como para conocer a una mujer especial. Carmen tenía un sentido del humor extraño que, sin embargo, a John le encantaba. Desde luego, ella sabía escuchar, y siempre tenía una solución a los problemas, al instante, pero al ser tan buenas podría parecer que se había pasado horas meditando.

Varios meses después, John estaba decidido a dar el paso y confesarle algo que sentía en su interior, aunque ni siquiera él sabía muy bien que era. Así se lo confesó, y ella, sin inmutarse demasiado le dijo que se aclarara la cabeza, que ya tenía una edad. Entonces le dijo que no lo sabía, porque nunca le había pasado nada igual por la cabeza. Ella le dijo que sería simplemente que la quería, nada más, pero que eso sería seguramente por el miedo que tenía a morir solo.

-No es eso. No te quiero para no estar solo, te quiero por ser tú. Tus defectos se convierten en virtudes para mis ojos. Tus imperfecciones son perfectas para mí, porque son tuyas. Si no tuvieras uno de esos fallos ya no serías tú, y yo quiero todo lo que tú eres.

Con ese discurso, Carmen se emocionó bastante, pero le dijo que a su edad no quería nada. Era demasiado mayor para tener otro marido, dijo, a lo que John no reaccionó del todo mal. Le pidió que nunca se separara de él, aunque no quisiera nada más que amistad. No le interesaba nada más que encontrar alguien a quien querer y con quien compartir cosas, daba igual siendo su pareja o su amiga. Tras sesenta y cinco años solo, por fin encontraba a alguien que hacía que su vida mereciera la pena, pues nadie es algo sin gente a su alrededor. John tenía a alguien ahora.

Carmen estaba encantada con tener a alguien tras la muerte de su marido. Desde entonces, no se separan el uno del otro, y se conocen a las mil maravillas. Pero siguen yendo a su esquina en la sala común del asilo a seguir comunicándose cosas, ya que siempre hay un sentimiento o una historia que se puede contar a alguien de confianza.  

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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