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7 min
Corina y la muerte
Fantasía |
10.10.18
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Sinopsis

Corina y la muerte 

 

Ayer volví a platicar con la muerte. Creo que le he tomado gusto a sus visitas. Es curioso que todos le huyan, siendo ella tan buena y comprensiva. Cualquiera puede platicar con ella,  si usted desea contactarla es de lo más sencillo, así como hice yo. Basta con que  apague todas las luces de su dormitorio, se acueste, cierre los ojos y entonces cúbrase  todo el cuerpo con mantas o cobijas. Se espera una rato, cosa de cinco minutos y entonces ella aparece, ahí es cuando se puede sentir que la muerte nos toca la cara gustosa. 

Pero es que a pesar de lo que todos piensan, la muerte no es mala. No, no, no, nada más lejos de la realidad. Quizá por esta reputación mal infundada es que la muerte es especialmente buena amiga y consejera. También es muy dadivosa. La primera vez que me visitó le platiqué que había tenido un día muy malo y que desearía que mi suerte mejorara. Ella muy paciente escuchó atenta cada una de mis palabras y a pesar que no me decía nada, yo pude darme cuenta que realmente se preocupaba por mí. Finalmente y ya a eso de las 5 de la mañana (que es a la hora que suelo dormirme cuando me visita) se acercó y me susurró al oído:  

-Tu mala suerte acabará pronto. 

La noche siguiente me acosté y la esperé gustosa. Después de haberme cubierto con las cobijas y esperar un rato, pude sentir en  mi cara  su mano huesuda. Me dejó algo sobre el pecho y me susurró al oído: “úsalo  a partir de mañana” y así lo hice. 

Mi suerte cambió cuando empecé a usar su obsequio. Cualquier necesidad que se me  presentase,  en seguida se solucionaba, por muy complicada que fuera. Ahora déjenme hablarles de lo que la muerte me regaló. Era un relicario muy bonito hecho de plata, pero lo sorprendente era su contenido: dentro tenía una falange humana amarillenta, se notaba a la vista que era muy vieja. 

La muerte me explicó que había pertenecido al hombre más rico del mundo. Un hombre que en tan solo 10 años acumuló la mayor riqueza de la historia de la humanidad. Por eso es que me la regalaba, quería que su suerte ahora pasara a beneficiarme a mí y así fue.  

Pero a mí nada de eso me importaba. Yo tan solo era una niña y a mí las riquezas o la suerte no es algo que me preocupen. Seguí conservando el relicario beneficiándome de sus poderes, pero sobre todo porque era un regalo que me había hecho la muerte. Lo que más seguía disfrutando era de su compañía. 

Y a ella le gustaba eso. Así que otro día volví a escuchar su profunda voz: “has sido buena conmigo, pídeme lo que quieras del mundo, que yo te lo daré”. Yo le dije que yo no pedía nada, que me bastaba que todas las noches que la llamara viniera a acompañarme y acariciarme la cara, pero ella insistió, así que le pedí tan solo una cosa: que me dijera cuando es que mi vida terminaría. 

Ella se sorprendió. Por nada del mundo pensaba que yo haría una solicitud similar. Trató de persuadirme, pero yo le dije que si no podía cumplirme aquello, yo no le pediría nada más. Así que cumplió su palabra, pero con un estilo particular. 

Al siguiente día de que yo le pidiese que me dijera la fecha de mi  muerte, me entregó una pequeña cajita y me pidió que no la abriese hasta el día siguiente.  

Cuando la abrí, encontré un papel en el que la muerte me explicaba su contenido: 

“Corina, mi más querida amiga, todo el tiempo que hemos pasado juntos lo he disfrutado con todo el corazón, tú eres una luz en mi vida, casi siempre apagada por el oído de los humanos que me ven como  lo peor que existe en el mundo. Ellos a diferencia de ti, no han podido entender que solo soy un mensajero que conduce a la gente en su camino. Tú me has querido como soy y nunca me has exigido nada, por eso prometí obsequiarte lo que me pidieses. Cumpliendo mi promesa  en respuesta a conocer la fecha de tu muerte, este es mi regalo: un reloj  con tu arena de vida. Todos los humanos tienen  uno así. Unos más largos que otros, pero todos con  un final definido. Este es mi regalo, cuida mucho tu arena de vida…” 

El reloj era muy bonito y tenía grabado con letras doradas mi nombre. Estaba lleno de arena, en relación con  la vida que me quedaba por delante, supongo. Además la arena caía a un ritmo muy lento y en una pequeña cantidad, imagino que duraría 100 años en agotarse. Esa noche cuando la muerte volvió a visitarme, platicamos sobre su regalo. Le dije que me había gustado mucho  y ella se puso feliz. Pero me advirtió:  

-Debes cuidar mucho tu arena de vida. 

-¿Por qué debo tener cuidado con ella? ¿Qué pasaría si la rompiese o perdiera? 

Ella dejó de sonreír, evidentemente el reloj de arena escondía un secreto que no quería contarme. La acosé hasta que me revelara su secreto. Finalmente y después de insistir e incluso amenazarle con no volver a verla me dijo: 

-Tu arena de vida es lo que te toca de vivir, al acabarse, se acaba tu vida. Si se rompiera es como si se acabara, por lo tanto, se acabaría tu vida. Por eso quería que recapacitaras sobre tu deseo, si gustas me lo puedes regresar, yo sería el mejor guardián para tu arena de vida. 

Me quedé pensando en  lo que me dijo y sentí una curiosidad enorme. Por su puesto no quería regresarlo, por supuesto que no, otra idea me llegaba a la cabeza. Corrí al cajón donde la había guardado y la tomé con las dos manos, la muerte me miró con una expresión de sorpresa pero yo estaba decidida. La levanté tan alto como pude y con todas mis fuerzas la estrellé contra el piso. La arena llenó toda la habitación y en ese momento sentí que todas las fuerzas de  mi cuerpo me abandonaban  y caí pesadamente.  

 

Después de ver mi cuerpo en el piso no lo encontré para nada interesante, morir no es como había pensado, sin embargo no me arrepiento.  La muerte me toma la mano y puedo sentir que ya no son huesos los que me tocan. Juntas nos vamos por un sendero brillante que apareció ante nosotros. Me dice que no debí haber hecho lo que hice, pero yo no la escucho.  Lo hice por curiosidad y no por ella, como lo cree. No importa, seguimos caminado juntas platicando. Yo disfruto mucho su compañía. Y no me arrepiento de haberlo hecho. 

 

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